Acaba de aparecer una nueva novela de César Aira, El arqueólogo (Blatt & Ríos), y en la revista estamos alborotados y felices por poder leer una nueva novela suya. El director de todo esto no ha dudado y ha detenido cualquier otra actividad para leerla, y el resultado son estas reflexiones. No se la pierdan.

Aunque sean ya más de ciento veinticinco títulos, cada nueva publicación de César Aira supone una noticia, y para su creciente parroquia de fervientes lectores un acontecimiento que merece celebración. Más allá de los clichés sobre su fecundidad o su singular enfoque de la escritura y su ubicación dentro del panorama literario, que pueden traerse a colación con casi cualquiera de sus libros, hay, dentro de su producción, un linaje de títulos donde, mediante la alegoría y la metáfora, plasma una serie de reflexiones sobre su posición como escritor dentro del mundo literario argentino, y de un tiempo a esta parte mundial, y la condición de su obra desde un enfoque historiográfico y crítico. Era el caso de su fundamental El mago, novela de cenital importancia para discurrir en torno a la poética de Aira, lo era en menor medida en El santo o El crítico, y lo es, de un modo patente y casi explícito en esta recién aparecida El arqueólogo.

Como sucede en buena parte de las producciones recientes de Aira, en esta nueva novela la trama de la novela, como tal, es casi mínima, y demora su aparición dentro de la narración, que se centra en primera instancia en la construcción de un personaje y el universo que proyecta y desde el que se despliegan toda una serie de metáforas y reflexiones que permiten inferir una alegoría cargada de ironía, hasta cierto punto sátira, donde el autor responde a buena parte de la literatura que tanto su figura como su obra genera. Debe ser complicado ser, desde hace años, la clave que sostiene una literatura, y Aira ha logrado sobrellevar esa condición de referente, explícito o implícito, con un tino digno de elogio. Hace años que procura evitar las entrevistas, sobre todo en su país, y las que concede a periodistas o interesados extranjeros las responde con la precaución de quien sabe las consecuencias que la propagación de estas dentro de su país va a generar. Acaso sea ese el motivo de que evite ya las sentencias polémicas que tantos ríos de tinta han generado, como el desprecio de Cortázar frente a la figura de Borges, o la menos repetida consideración de este último como un escritor para adolescentes cultos. La recuperación de los textos críticos que se ha realizado en los últimos años en recopilaciones donde reseñas, artículos, conferencias y lecturas han terminado en manos de los muchos lectores interesados en esos textos de complicada ubicación (para deleite de editores que encuentran así «nuevos» libros de Aira que poder comercializar), puede generar una cierta distorsión a la hora de tener una idea ajustada de la evolución de su trayectoria. Hace años ya que Aira no escribe crítica como tal, dentro de publicaciones periódicas, y por tanto no se inmiscuye en debates estéticos o polémicas de todo tipo. Pero esa mirada no ha quedado desactivada, al contrario, está cada vez más presente en su narrativa, donde la velocidad de peripecias y hechos que caracterizó su estilo ha dado paso a una profusión de reflexiones, cuando no directamente a la elección de una figura como eje vertebrador de un libro, pienso sobre todo en Emeterio Cerro.

Lo más llamativo, y es una elección que parece tomada casi para terminar de provocar a la también numerosa parroquia de detractores de Aira, consiste en que esa perspectiva crítica parece cada vez más dirigida a la propia obra de Aira, incluso a la imagen pública como autor que tiene, sobre todo en Argentina, aunque también en el extranjero (el extranjero desde el que yo escribo, por otro lado). En El arqueólogo este ejercicio ocupa casi dos terceras partes de la novela, pero, lejos de lo que algún malpensado podría pensar ahora, eso no es aburrido ni presuntuoso, es la excusa para algunos de los pasajes de ironía más afilada y reflexiones más chispeantes de los muchos que tiene ya su extensa obra. Es un gozo inagotable contemplar la capacidad de Aira de construir alegorías que le permitan reflexionar sobre su propia literatura, y un placer contemplar las piruetas con las que desactiva las críticas inanes, por lo general son tan endebles que se deshacen como una pastilla efervescente al contacto de algo más sólido, como pueda ser un cerebro pensante, y con ellas levantar un argumento estético que sostiene con pulso narrativo.

Porque lo que convierte a esta en una novela es ese último tercio donde el personaje que se ha construido ante la mirada del lector comienza a hacer cosas, y esa peripecia es fascinante, llena de sutilezas y sugerencias, que aceleran la novela y sus interpretaciones en el cerebro del lector, extasiado y fascinado ante la capacidad ilusionista del autor. El Aira de sus novelas más recientes, el que nos ha entregado En El Pensamiento y esta El arqueólogo, no es ya tan solo el escritor brillante y paradójico que transformó la literatura de su país, primero, y más tarde la del resto del mundo, es un experto y sólido narrador que, como un buen prestidigitador, entretiene al lector con un discurso y una serie de detalles sobre los que llama su atención para, con pasmosa precisión, disponer el truco final que dejará asombrado al lector, que pensaba transitar por una descripción psicológica trufada de reflexiones y se enfrenta a una novela trascendente y misteriosa sin haberlo llegado siquiera a sospechar. Acaso el mejor modo de entender El arqueólogo sea buscar dentro del mencionado linaje a una antecesora donde puede encontrarse la poética que sostiene a esta: El mago. Aquella novela giraba en torno a un mago que se hace pasar por prestidigitador en un congreso de prestidigitadores para no levantar sospechas, cuando, en realidad, él jamás ha recurrido a ningún tipo de subterfugio o engaño, él siempre ha hecho magia, magia real que no sabe de dónde proviene y que surge de modo automático y natural sin que él haya hecho nada por desencadenarla. Esta novela parece construida por ese mago, que se va a Moldavia y elige una actividad, la arqueología, para hablar de sí mismo, de su país, de su carrera, y, antes de que nos demos cuenta, levanta ante nuestros ojos un enorme castillo misterioso y sugerente, que flota ante nuestros ojos como en el cuadro de Magritte, y que puede caer sobre nosotros en cualquier momento y aplastarnos. Y nosotros tan felices y asombrados ante el nuevo truco, que es demasiado bueno como para no ser magia.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor (entre otros menesteres). Su libro más reciente es NOLA ( 2021). De entre el resto de sus títulos pueden destacarse la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en edición digital, y Mezclados y agitados, etc.