«Nos contactaron de la productora para pedirnos unos libros con los que ambientar la película de Almodóvar» ha sido uno de los cebos promocionales que se han propagado esta semana en las redes sociales de las editoriales. Los community managers no son demasiado originales. No sabemos si alguien ha mordido el anzuelo o cuántos de ellos habrán picado y ahora se han convertido en lectores de la editorial por el lomo, pero nos vemos obligados a elogiar la idea como mecanismo promocional. Pon unos lomos en la biblioteca que tenía el piso que alquilaste. Hace tiempo que nos sorprende la pertinaz presencia de escritores en las películas de Almodóvar como un correlato directo con la creciente inverosimilidad de sus diálogos y la utilización de argumentos cada vez más acartonados. Los libros han pasado a ser ya parte de la decoración de sus películas, que desde luego es lo que parece que más se cuida en ellas. Al menos, pensarán los libreros y se frotarán las manos, para decorar la casa hay que comprarlos, mucho mejor que la férrea actitud de esos pervertidos que acuden a las bibliotecas para poder leerlos sin tener que gastar dinero.
En una de las primeras ocasiones en que visité París se me grabaron en la retina los escaparates de una boutique en el bulevar de Saint-Germain cercana a la Les Deux-Magots y la universidad de Paris Cité donde, supongo que para estar a tono con el aire libresco o intelectual del barrio, los entendidos saben que estos adjetivos no son intercambiables, o cuanto menos con el pasado mítico del distrito séptimo, exhibían los maniquís con las prendas de temporada rodeados de numerosos ejemplares de la NRF de Gallimard que forraban las paredes. La tienda entera estaba, de hecho, ambientada con una cantidad ingente de volúmenes de dicha editorial. Todos con el lomo a la vista, como una enorme biblioteca. No sorprende que eligieran esos porque la sede de la editorial está a la vuelta de la esquina, en la calle dedicada a Sébastien-Bottin durante muchos años pero que hace poco más de una década, con la excusa del centenario de la editorial, fue rebautizada con el nombre del fundador de la empresa. Por lo visto fue una iniciativa de Pierre Assouline. Un día tendríamos que elegir un Assouline español. Yo tengo mi candidato, pero siempre me ha dado pereza. Uno puede imaginar la alegría que se llevó el director comercial de la editorial cuando vino el diseñador de la boutique a pedirle miles de libros para poder decorar esa enormidad de metros cuadrados. Incluso si al final se los regaló salió ganando la editorial con casi total certeza, porque así hicieron espacio en los almacenes para nuevos ejemplares de los títulos que no venden. Los que están en el ajo lo entenderán enseguida. Llamaban la atención esas paredes con una tonalidad de dentadura poco frecuentada por el cepillo, los lectores habituales sabrán que el color beige, ceniza o sarro (va en gustos o referentes) de los libros de la NRF de Gallimard es una de sus señas de identidad. Aquello me sirvió para entender por vez primera que los libros, incluso esos que nadie lee, tienen una cualidad decorativa arrebatadora. Lección aprendida: cuanto menos se leen más bonitos quedan los libros.

Pese a ello, siempre me ha llamado la atención que en las revistas de diseño los libros sean los elementos marginados. Basta con ver las fotografías de esas casas de ensueño en las que viven actores, futbolistas, estrellas del pop y demás referentes de las redes sociales para entenderlo al primer golpe de vista. Lo que falta, la ausencia, el vacío. A los que leemos nos parecen casas inverosímiles porque carecen de estanterías. Y es que los libros son una molestia para la estética de las casas de ensueño y sus diseñadores, de veras un incordio, y brillan por su ausencia. Si aparecen son libros para decorar en las mesas. Libros que no se leen, sino que se miran, se (h)ojean, porque quedan bonitos. Hay editoriales especializadas en ese tipo de ediciones, es por ejemplo el caso de Taschen. Uno debe ser de los pocos pervertidos que alguna vez ha leído un libro de esa editorial. Pero es que uno, como Cervantes, lee hasta los papeles que se encuentra por el suelo. Es algo que saben en estas editoriales, por eso la mayoría de los libros de Taschen no han sido pensados, editados, etc., para ser leídos, sino para tener cajas de texto. En todo caso, no supone una gran pérdida, según la encuesta de hábitos de lectura son cuatro gatos los que leen, no vamos a modificar industrias, la del libro que no pretende ser leído o la del diseño de interiores, por poner dos ejemplos, por una cosa tan marginal como la lectura. Libros, sí, la lectura es un lujo.

En la estética del presente los libros sobran. No hay espacio para libros en las casas de diseño, no hay libros en los decorados de cine, y en buena medida parece lógico porque los libros terminan convertidos en un fondo indistinguible, que incluso puede hacer efectos extraños en las lentes de las cámaras como las rayitas o los cuadritos. El efecto moaré, por no tener, no tiene ni siquiera programa en Radio 3. Alguna gente malpensante cree que esa desaparición de los libros se debe a la falta de afición lectora de los que trabajan en el audiovisual. Yo creo que es una afirmación tan endeble como maliciosa. Durante muchos años, cuando se quería dar a entender que la casa era de alguien de clase alta o elevado poder adquisitivo se utilizaban los lomos de las enciclopedias, sobre todo la Espasa con sus ciento veinte tomos, o bien la inagotable serie de los Aranzadi, que siempre crecía gracias al inagotable flujo de jurisprudencia y las invensantes modificaciones legislativas. Qué buen negocio es el de los libros legales, lástima que sea casi un monopolio. En el mundo del cine se produjo un florecimiento de la presencia de los libros en los decorados cuando llegó el cine en color. Las estanterías de las películas de Hitchcock son legendarias, como en el caso de The Birds, con esos volúmenes multicolores que tan bien resultaban en el Technicolor y el Cinemascope. Esas bibliotecas de novelas consumidas por la clase media, la misma que a la hora de ir al cine acudía a ver las películas de Hitchcock y podían sufrir el ataque imprevisto de las aves, dan el tono ideal con el que sentir la identificación ante la historia. Esas aves nos pueden atacar a cualquiera, pensaba el gringo de clase media que tenía las mismas bibliotecas de lomos multicolores en uno de los paños del salón. No hay tantos libros en Psycho, claro, no vende lo mismo saber qué lee un trastornado, ya sabemos que los lectores son gente trastornada, pero no son peligrosos como Bates.

Tampoco hay libros en ¿Qué hecho yo para merecer esto?, sin duda, la mejor película de Almodóvar. En las humildes viviendas de las colmenas del barrio de la Concepción no había espacio para estanterías. Casi no hay ni sitio para que quepan en plano los personajes, no había desde luego un hueco para poner la cámara en el rodaje, de hecho. La claustrofobia y falta de espacio en que vive la familia proletaria está perfectamente plasmada en la película. Qué gran trabajo, por cierto, el de Ángel Luis Fernández pese a no tener sitio donde poner la cámara, y qué poco se le reivindica pese a que no solo es el responsable de la textura de las primeras películas de Colomo, Trueba o Almodóvar, sino de referentes incombustibles y tan distantes como El sol del membrillo o Arrebato. Hay que hacer un ciclo sobre Ángel Luis Fernández, y hay que hacerlo ya. Un libro no, porque no los lee nadie. En la casa de Gloria y Antonio no se lee, tampoco lee la vecina prostituta, Cristal, ni lee la abuela, ni lee Juani. Ni siquiera lee Vanessa, la niña con poderes sobrenaturales. Allí nadie lee, claro que se escucha la radio, se ve la tele, pero no se lee. Tampoco hay espacio para libros, pero no supone un problema. Y cuando hay espacio, como en las casas menos populosas de los vecinos, tampoco leen. Entra dentro de la lógica de la narración. No hizo Banús la Conce para profesionales liberales con bibliotecas. Los pobres no tienen libros y no leen, y eso queda plasmado en la película.

Sí hay escritores, y guionistas. Gonzalo Suárez y Jaime Chávarri desfilan por la película, lo que la convierte en la más literaria de su filmografía, de hecho, Lucas Villaba es el primer escritor que desfila ñpor ella. Lo de Pepi es un poco distinto. Lo que pasa es que Villaba es un escritor mediocre y fracasado, así que no se le representa como escritor. Es un pervertido más bien. Cuando los personajes son escritores que viven de ello las cosas cambian. Esos sí que tienen imagen de escritores. Antes con una máquina de escribir, luego con un ordenador portátil (los escritores no escriben en ordenadores de sobremesa en el mundo audiovisual, es un cliché conocido), y, sobre todo, rodeados de libros. Los escritores, omnipresentes en las últimas películas de Almodóvar, viven en casas enormes que permiten planos amplísimos, y están llenas de libros impolutos, que nadie parece haber leído nunca. Son libros para decorar, para que se sepa que vive un escritor. Luego las editoriales presumen en redes sociales de haber colaborado con libros para el rodaje. Están ahí, hay que escudriñar el plano para verlos, y cuando lo hace uno se da cuenta de que son los libros menos leídos de la historia. Cumplen idéntica función a la de los libros de las exposiciones del IKEA, o los de la boutique parisina, son libros que nadie lee. Porque en el audiovisual, sea el cine o las series, no se lee. Qué poco vende la lectura. Pero qué bonitos quedan. Libros por tonos, libros por escala de colores, libros distribuidos por el pantone. El libro objeto.

Raymond Carver contaba que Michael Cimino contactó con él para elaborar el guion de un film sobre Dostoievski. Carver insistía en que si era una película sobre un escritor debía girar en torno a lo que hace un escritor: muchas horas de lectura y muchas otras de escritura. ¿Ustedes han llegado a ver esa película? Ni ustedes ni nadie, no se hizo, como es obvio, a quién le va a interesar una película de gente que lee o escribe. En las pelis de Almodóvar los creadores aparecen como figuras narcisistas. Lo de menos es que sean escritores, claro. Pero, eso sí, qué bibliotecas tienen. Las que jamás tendría un escritor, claro. O, mejor dicho, habría que ponerse un día a mirar qué libros considera Almodóvar que son los que un escritor lee y conserva en su casa. Nos vamos a echar unas buenas risas todos.

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor (entre otros menesteres). Su libro más reciente es NOLA ( 2021). De entre el resto de sus títulos pueden destacarse la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en edición digital, y Mezclados y agitados, etc.



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