La noticia del día, una noticia triste, claro, es que nos ha dejado António Lobo Antunes, y a modo de homenaje compartimos un texto del director de todo esto.

 

Tras pasar tantas noches allí cuando trabajaba de guía turístico, se convirtió en una costumbre alojarme en el hotal Princesa cada vez que iba a Lisboa. Fuera un viaje con amigos, o con mi pareja, incluso las escapadas que hacía en solitario por disfrutar durante tres o cuatro días de la ciudad en la que uno fue feliz, siempre reservaba habitación en el mismo establecimiento. A ser posible la misma. Aquellos viajes eran más o menos iguales: entresemana, dedicados a paseos y visitas a librerías, de nuevo y de viejo, acaso algún capricho gastronómico puntual, quedar con alguno de los amigos que uno conserva allí si era posible…

Siempre un periplo relajado. Se levantaba uno sin prisa, salía de paseo y dejaba que el día discurriera plácido entre cafés, lectura, compras y momentos de calma. El mejor modo de viajar. Así que en uno de esos viajes salió uno como siempre, sin prisas, del hotel, y me deslicé colina abajo hacia la Avenida da Liberdade, pero, en vez de seguir el más habitual trayecto que me llevaba al Campo dos Mártires y luego a los jardines de Torel, me perdí por las calles de la zona trufada de hoteles y oficinas que corre paralela a las avenidas que hay entre la Rotunda y Saldanha. Doblé la primera esquina de la Gomes Freire, la calle del hotel., para bajar por Bernardim Ribeiro. Siempre que deambulaba por aquella calle me venía a la mente Menina e moça. Pasatiempos de filólogo. Y en eso pensaba cuando me topé con el Bancário 2000. Uno de los mil estupendos pese a lo humilde bares caseros que hay por toda Lisboa, o al menos había, con dos mesas dentro y dos mesas fuera, y una barra diminuta en la que siempre se come estupendamene por dos duros y sabes que te servirán un buen café.

Así que decidí hacer la primera parada del día ahí mismo. Entré al local y descubrí allí al ubicuo propietario hostelero luso con su señora atareada en los fogones. Y un señor, taciturno y callado, en la esquina de la barra. El camarero saludó, le correspondí, y pedí uma bica. Eché un vistazo a los dulces de la vitrina y decidí que me apetecía una delícia folhada para acompañar el café. Mi portugués es bastante decente, pero siempre he asumido que pese a todo deja traslucir mi acento extranjero, así que no me sorprendió que el cliente de la barra levantase la vista del periódico que hojeaba para echarme un rápido vistazo.

Lo que no podía esperar yo es que al ver su rostro me iba a encontrar con Lobo Antunes. Mis pupilas debieron abrirse, las cejas seguramente se arquearon y en la comisura de su boca se esbozó una ligerísima sonrisa. Sou sim, dijo porque prefirió anticiparse a la pregunta evidente que yo iba a hacer. Era amable, correcto, escuchó atento mis elogios a su obra y no pareció sorprendido cuando le confesé que conocía personalmente a los dos traductores al castellano de sus libros. Es muy posible que esas casualidades hace tiempo hubieran dejado de resultarle sorprendentes, acaso no era el primer lector que lo acechaba en las calles de Lisboa. Me explicó que vivía a dos pasos de aquel bar, era aquel su barrio de siempre, donde también había trabajado toda su vida, allí mismo como quien dice, porque al final de aquella calle estaban ubicadas las escaleras por las que subió cada día al Miguel Bombarda, el antiguo hospital que estaba justo frente a mi hotel, desde mi ventana podía ver el edificio circular que fue el pabellón de seguridad para los pacientes peligrosos, y hasta que lo clausuraron por completo le habían permitido mantener el uso de su despacho en el centro hospitalario pese a haberse jubilado, como ya habían comenzado a desmantelar el hospital les sobraba espacio, y él se había acostumbrado a trabajar fuera de casa, así que como ahora ya no podía ir al hospital un amigo que tenía un local en aquella calle le había dejado un hueco donde ir a escribir cuando quisiera. Lo que no ha cambiado es la costumbre de tomarme el café que me hace Henrique, dijo con tono cómplice y así introdujo al camarero en nuestra conversación.

En ese momento me invadió el pudor. No era la primera vez que conocía a un autor al que he leído tanto, ni tampoco la primera vez que topo con un autor en un bar o un café. La sensación de vergüenza surgió de sentir que, a fin de cuentas, uno allí no era más que un turista, y ahí era yo quien sobraba. Ahí estaba Henrique en el trabajo para ganarse el pan de cada día y allí acudía como cada jornada su parroquiano. ¿Me permite invitarle al café, tocayo? Lobo Antunes asintió, esbozó otra media sonrisa y se despidió. A mí me dijo que había sido un placer y a Henrique que ya se verían al día siguiente. Y salió del local, camino del despacho que le cedían o de su casa, quién sabe. Cuando le pregunté a Henrique qué le debía de mi desayuno y el café de Lobo Antunes me dijo que nada. El señor António no paga en esta casa hace años, y lo mío era cortesía de la casa por haberle alegrado la mañana al señor António. De nuevo no hizo falta que verbalizara la pregunta, al ver mi cara de sorpresa me aclaró que el señor António es tímido, pero no es tan frecuente que alguien entre aquí y resulte que ha leído su obra y conoce a sus traductores, le ha alegrado usted el día. Aquella noche me volvía a casa, así que no regresé ya al Bancário. Tampoco creo que lo hubiera hecho de estar allí más días. Topar con aquello al azar era una cosa pero insistir en repetirlo sería una estupidez. Aún así hoy me he quedado con las ganas de estar en Lisboa y acercarme a darle el pésame a Henrique. Eso no me parece, en cambio, que sea algo estúpido.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor (entre otros menesteres). Su libro más reciente es NOLA ( 2021). De entre el resto de sus títulos pueden destacarse la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en edición digital, y Mezclados y agitados, etc.