Recién publicada, Los llanos es la primera novela de Federico Falco, y con ella quedó finalista en la última edición del premio Herralde de la editorial Anagrama, cuando todavía está la novela desembarcando en las mesas de novedades de las librerías hemos querido compartir la lectura fascinada de este libro insólito y genial con el que su autor ha logrado evolucionar de modo fascinante respecto a sus anteriores títulos, que lo habían colocado ya, por méritos propios, como uno de los referentes de la literatura en castellano.

 

Hace ya bastantes años que veníamos, los lectores que hemos seguido a Federico Falco desde que leímos, deslumbrados, La hora de los monos, posiblemente desde hace más tiempo aún los que lo comenzaron a seguir desde 222 patitos o 00 o Made in China, esperando, sin tener una idea clara, de cómo sería, una novela, su primera novela, como es esta de Los llanos. Solo eso ya sería una noticia, la primera noticia de Falco, porque los afortunados degustadores de una literatura exigente y minuciosa como la suya sabíamos que no era más que cuestión de tiempo que este libro llegase, y por eso ya fue motivo de alborozo y de expectativa su aparición cuando hace unas semanas se hizo público el fallo del premio Herralde en el que obtuvo el mérito de finalista. Lo que acaso no podíamos sospechar es que la novela iba a ser como es Los llanos. Una novela que apenas tiene hilo narrativo, que poco o nada tiene que ver con ese cuentista brillante y meticuloso que perfeccionó los logros de sus primeros libros en Un cementerio perfecto o que, cuando se encontraba con el material necesario para trazar una historia de más largo aliento, cuadraba una nouvelle inolvidable como la que daba nombre a este último libro de cuentos que he referido o esa obra frágil y hermosa que es Cielos de Córdoba, que acaba de ser editada por primera vez en España, casi una década después de la edición original argentina, de la mano de la exquisita editorial Las afueras. Porque Los llanos es, en sí, escritura pura, y apenas deja traslucir unos breves, fugaces y conmovedores, esbozos de la trama, en realidad de la excusa, que ha servido como detonante para esta historia de duelo que, en realidad, es una novela genial sobre la escritura y la presencia de la misma en la obra de un autor. Tampoco podíamos imaginar el armazón autobiográfico, o autoficcional, tanto da a efectos prácticos, que la sostiene, que le aporta una cuota de verdad irreprimible, e irrefrenable, que se hace más tangible, incluso, en el hecho de que la fotografía que ilustra la cubierta del libro sea obra del propio Falco, una de las muestras de ese artista plástico que comenzó a descollar a la vez que sus primeros libros y que, con el tiempo, ha sobrevivido agazapado, oculto tras la figura más reconocida del escritor Federico Falco. Esta novela, contenida y al mismo tiempo desbordada, acaso ha supuesto un reto para el escritor mucho mayor de lo que pueda suponer para el lector, que no debe hacer otra cosa que mecerse por la pulida y refinada prosa de su autor, que no necesita ser vistosa o barroca para hacer más palpable la rotundidad con la que crea mundos, moldea materia y entrega a los que transitan por sus páginas un universo palpable, en que sumergirse y poner en funcionamiento todos y cada uno de sus sentidos. Los llanos se huele, se toca, se escucha, se saborea, además de poder contemplarse. El universo en el que se adentra el narrador para sobrellevar su duelo está construido con una fisicidad pasmosa, incontenible, y eso permite introducirse en él con una sencillez que puede resultar engañosa. Nada hay más complicado para la literatura que crear un universo, que empujar dentro de él al lector como lo hace esta novela en la que no pasa nada, y al mismo tiempo pasa todo, que se desliza con sugestiva habilidad dentro de la mente del lector hasta que este se acomoda en el escenario que se le propone seducido, convencido de que acaso ese entorno sea más real que el suyo, más verídico, más verdadero.

Pero acaso eso puede hacer olvidar el verdadero sentido, o el verdadero alcance, a ojos de otro escritor, de lo que supone esta novela. Se trata de una conquista, del combate por la libertad de una escritura, de la liberación de un estilo de los corsés más o menos inconscientes que lo ha venido conteniendo hasta ahora. Insiste mucho el narrador de Los llanos en la lejanía del momento y de la experiencia que atraviesa de su vida anterior, de sus cuentos, de sus talleres, de esos fragmentos de vidas ajenas que lo seducían y en los que incursionaba como quien asciende una montaña, como un alfarero trabaja el torno hasta lograr una pieza perfecta. La novela misma ejemplifica la metáfora y no es desdeñable ni gratuita. El ceramista debe encontrar la centralidad, el equilibro del puñado de barro con el que trabaja y, una vez ha logrado encontrar su punto de equilibro, su simetría, de modo ya mucho más sencillo, con menos esfuerzo en apariencia, valiéndose de sus manos e hidratando lo suficiente la arcilla, logrará dar forma a una pieza que, tras pasar por el horno, quedará ya endurecida y lista para su uso. Pero, frente a esos cuentos geniales, y acaso surgidos de la maestría del mejor artesano, postula Falco una novela que crece de modo espontáneo como las plantas, como la vida, con brotes que se echan a perder y semillas que germinan con fuerza inesperada, en la que el escritor, como un hortelano, se debe dejar llevar y muchas veces más observar y aprender del comportamiento espontáneo, descontrolado, de su siembra, y sacar luego provecho de ella, sin ir más allá de tutorar algún tallo y regar sin llegar a ahogarlas, esas plantas que crecen por sí mismas, que el campesino aprovecha y de las que aprende. Hay una maduración profunda en el enfoque con el que Falco se ha acercado a sus materiales que, sin cuestionar el modo en que su escritura anterior se desarrollaba, induce a pensar que esta novela no es solo el duelo de su protagonista o el proceso de reencuentro con el campo de sus orígenes, del que escapó para poder vivir y el que retorna, sino al mismo tiempo una revolución fecunda y poderosa del modo en que se da forma a un texto. La prosa de Falco no ha perdido un ápice de su concreción ni de su precisión léxica, al contrario, lo que ha hecho ha sido exponer la tramoya de la misma para darle volumen mayor si cabe. Lo que antes eran decorados y ambientes surge ahora como proyección irreprimible del yo que escribe, las descripciones del paso de las estaciones, de una delicadeza e incisión fascinantes, la yuxtaposición de paisajes y la vívida reproducción de las tareas de labranza, pueden siempre ser leídas de modo denotativo, lo que ya de por sí deleita al lector por la vivacidad de la representación lograda, y también ser interpretadas de modo metafórico, porque el mismo texto va desvelando las claves necesarias para ello, y de ese modo, más allá de una novela sobre una ruptura y una apasionada carta de amor a la naturaleza domesticada e indomeñable, Los llanos se presenta ante el lector como la plasmación de los relieves y angosturas de la creación literaria, de la paradoja de una superficie tersa en la que han sido impresas las palabras necesarias para plasmar los recovecos de la vida, de las frustraciones y, también, de los procesos esquivos y sorprendentes para el propio autor de la creación literaria, de su fugacidad e autonomía, de la humildad necesaria para limitarse a plantar y cuidar de una novela que va germinando por sí misma.

Federico Falco pareciera conocer al dedillo los versos de las Geórgicas: «Sé el primero en cavar,/ el primero en quemar los sarmientos recortados,/ y el primero en guardar bajo techo las estacas./ Y vendimia el último. Se cierne sin respiro/ la sombra en los majuelos, sin respiro las hierbas/ de prietas zarzas cubren la tierra de labor./ Duras son labores. Alaba enorme campo,/ cultiva el pequeño.» Ha hecho una lectura atenta de estos versos, y si no los ha leído da igual, porque Virgilio no hizo más que versificar el conocimiento que el narrador de Los llanos extrae de su propio linaje, del pasado interiorizado ya dentro de sí, y por eso puede esbozar una novela bucólica que nada tiene de bucólico, que habla del modo en que nos enraizamos para ser luego arrancados y vernos obligados a buscar un nuevo terreno donde retoñen nuestros sarmientos. Así, del mismo modo, Falco ha injertado su escritura y la ha sabido abonar para obtener de ella algo completamente nuevo que sigue siendo totalmente suyo. Dejarse mecer por su escritura sigue siendo uno de los más fructíferos gestos que puede permitirse el lector, pero ahora, además, frente al medido y ajustado preciosismo de los bonsáis que eran sus cuentos, han crecido unos robustos árboles, llenos de vida, bajo cuya sombra sentarse a contemplar cómo surca el cielo sobre la llanura pampeana un sol que nos recuerda que estamos vivos, y que debemos dar gracias por ello.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Además ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.