Uno de los libros más anunciados de enero es la traducción de la última novela de Dennis Lehane, tanto es así que muchos periodistas culturales, ese oxímoron, sin haberla leído ya la han declarado uno de los mejores libros del mes, de los fundamentales, de los que deben leer (y toda esa variedad de idioteces con que ahora en los medios se doblegan como publicistas olvidando su deber de informar y cuestionar), y el director de todo esto ha caído en los cantos de sirena porque ya conoce a Lehane y de él espera mucho. Pero cuando el libro ha caído en sus manos algo ha sucedido y ahora no sabe qué hacer. Aquí lo cuenta de modo más detallado.

El fin de semana pasado cometí el craso error de hojear en un café el suplemento dominical del periódico de Miguel Yuste. Hay que ir siempre a los locales de hostelería armado de lectura propia, te descuidas y acabas metiéndote en el cuerpo cualquier mierda que antes o después te pasa factura. Y, lo peor del caso, es que no le puedes pedir responsabilidades del dueño del bar porque es cierto que él no es responsable de la basura que sale en los diarios que pone a disposición de los clientes. El asunto es que allí me encontré con un reportaje sobre Dennis Lehane. Para los poco aficionados a las novelas de serie negra habrá que aclararles que Lehane es uno de los referentes actuales del género, en buena medida debido al éxito que han tenido las adaptaciones de sus novelas al formato audiovisual. Suya era la novela que Clint Eastwood convirtió en la estupenda Mystic River y suya era la novela, menos lograda, que Scorsese adaptó en Shutter Island, también menos lograda que la película de Eastwood. Siempre se dice que de novelas malas pueden salir buenas películas y a la inversa, pero normalmente se cumple el teorema que habla de que de una novela menos buena es complicado hacer una adaptación más buena que la que se hizo anteriormente de una novela mejor. Con todo, el principal mérito en relación con la industria audiovisual de Lehane es haber participado como guionista en The Wire junto a David Simon y Ed Burns, del mismo que lo hicieron otros escritores de policial como Pelecanos o Price. Ahora bien, de ahí a la estupidez que el pinchaúvas que tienen como corresponsal en El País en la Costa oeste de los Estados Unidos, Luis Pablo Borrego (no es errata, es chiste) escribe de que es «el creador de los personajes de la mítica The Wire» va un trecho. Todos sabemos que en El País parecen muy preocupados por las noticias falsas, siempre y cuando no sean las suyas. Leer ese periódico se ha convertido ya en una especie de suplicio a tiempo completo. Y resulta bastante agotador tener que repetirlo siempre, pero es necesario no dejarse vencer por el cansancio y repetirlo siempre que sea necesario: El País es una porquería y parece escrito por analfabetos. Cada día más, que es lo peor.

Pero, en todo caso, el mal rato de hojear el periódico me sirvió como aviso de que habían publicado una nueva novela de Lehane. Así que dejé a un lado el infecto panfleto y busqué algo de información al respecto en internet.

Small Mercies fue publicada en abril de 2023 en los Estados Unidos por Harper Collins, ambientada en los conflictos raciales relacionados con el traslado en autobuses y la integración entre las comunidades blanca y negra que tuvo lugar en los años setenta. Boston es una de esas ciudades que siempre ofrece una imagen de uniforme comunidad irlandesa blanca de clase trabajadora y en realidad alberga una serie de tensiones raciales y culturales que van mucho más allá de lo que normalmente se quiere reconocer. Los aficionados al baloncesto recordamos perfectamente cómo el mejor jugador de la NBA de todos los tiempos (pueden venir a contarles lo que le salga de las narices, pero el único jugador con once títulos de la liga, ganados en trece temporadas, y responsable en buena medida de que los siguientes siete jugadores que aparecen en la lista de más títulos estén donde están, además de haber cambiado la concepción del juego es Bill Russell) era repudiado incluso por los propios seguidores del equipo al que dio la gloria solo por el color de su piel. No es casual que en Boston se exalte más a Larry Bird, que encaja con la idea que tienen los bostonianos de cómo deben ser ellos, lo de menos es que Bird fuera de Indiana, que al mítico pívot de Luisiana que los hizo míticos.

El asunto es que Pequeñas misericordias parecía una novela más que interesante, como de hecho me demostró su inicio, que pude leer mientras me terminaba el café. Aquí les dejo un pantallazo del fragmento que ofrece la editorial norteamericana.

Intrigado al respecto no me demoré en pedir a la gente de prensa de Salamandra un ejemplar de la novela para leerla al completo. Me llamó la atención, antes de ninguna otra cosa, el cambio del título. ¿Por que cambiar un título que se entiende perfectamente en castellano y que cumple su función? No es la primera vez que hacen algo así en Salamandra. Hace unos meses me llamó poderosamente la atención que hubieran transformado Afterlives de Gurnah en La vida, después. Podríamos estar un rato hablando sobre la conveniencia o no de modificar títulos, pero me parece muy perezoso transformar un concepto, el de vidas que se prolongan más allá de sus experiencias traumáticas, donde se trae la muerte al terreno de la vida, ya que afterlife es nuestro «más allá», a una frase ambigua y casi agramatical. Se podía haber sido mucho más clásico, y también cuidar un poco más la estética, con algo como «Las secuelas». Pero, bueno, mejor dejarlo correr. Ahora tocaba leer a Lehane.

Diligente y profesional, la encargada de comunicación me hizo llegar un ejemplar y, sin mayor dilación, me puse a leerlo. Y, apenas me lanzo a ello, me quedo extrañado. Uno no tiene una memoria fotográfica que llegue hasta ese punto, pero desde luego algo me sonaba raro. Como que la cadencia del texto no terminaba de fluir, lo que en inglés era dinámico y cautivador aparece estancado, carente de todo brío. Les dejo aquí un pantallazo del mismo fragmento en inglés en la versión en castellano que está a disposición de los clientes en la web de la editorial.

Sí, amigo lector, a mí, como a tí, también a mí me escandalizó el asunto. Dan ganas de arrancarse los ojos al leer la primera frase. Cómo es posible que alguien haga algo así en la primera frase de un libro. Es más que cuestionable hacerlo ya en el interior del libro, cuando está la trama lanzada y el lector se ha acostumbrado a seguir un tono, un ritmo, cuando al menos ya está seducido por el texto. Pero hacerlo en la primera línea es inexplicable, es injustificable de hecho. No es el único error, pero sí desde luego es el más hiriente del asunto. ¿Cómo es posible que la responsable de esto, Aurora Echevarria Pérez parece ser la traductora, haga algo así?, ¿cómo es que nadie en el departamento de edición haya dicho nada?, ¿esto no se corrige? Es casi más inquietante que sí haya pasado por varias manos y a todos les parezca bien algo así, que no entiendan que se atenta de modo directo contra el texto y el placer que el lector pueda encontrar en él. Recordé que hace un par de años me pasó algo parecido con el inicio de una novela de Lethem publicada en la misma editorial (no es la misma traductora, pero más o menos pasaba lo mismo) y uno tuvo que dejar la lectura antes de comenzar a pasarlo mal.

Como uno de un tiempo a esta parte ha comenzado a tener dudas acerca de lo neurótico que puedo llegar a ser me dio por hacer un sencillo ejercicio, que se hace en un segundo y es muy revelador: probar con la traducción que ofrece Google Translate. Dejando a un lado las «adiciones» del texto en castellano, que como ya digo podrían ser comprensibles un poco más adelante en el libro, y acercas con un poco más de tino, la traducción que ofrece la máquina tiene más ritmo que la de la traducción publicada. Es pasmoso.

Ahora me toca decidir si, pese a todo, sigo adelante con una traducción así. La fe la ha perdido uno, y sobre todo toca plantearse hasta qué punto uno puede decir que está leyendo a Lehane. Es uno de los motivos por los que cada vez más a menudo obvio las traducciones, y por el que tiene uno el empecinamiento de aprender alemán. Desde luego sí que tengo la certeza de que el nivel de los traductores del inglés en la edición en castellano es paupérrimo hoy en día. Sin más. Y, para más inri, la incapacidad de los editores, sobre todo los salidos de los másteres de edición que para nada valen, no es mejor. Se juntan, como decía mi abuela, el hambre con las ganas de comer.

Para los ilusos, para los que creemos en la posibilidad de alguien que haga su trabajo con algo de ganas y cariño aquí les dejo un primer párrafo alternativo, con parte entre paréntesis al gusto de los editores paternalistas que piensan que los lectores no entenderán un poco más adelante las particularidades del barrio donde se desarrolla la novela. El resto del libro no va a poder ser, porque nadie me paga por esto.

El suministro parece haberse ido antes del amanecer y todos en (las viviendas de realojo de) Commonwealth se despiertan sofocados. En el apartamento de los Fennessy, los ventiladores de las ventanas se han quedado parados y la nevera está perlada de sudor. Mary Pat asoma la cabeza en el cuarto de Jules, ve a su hija sobre las sábanas, los ojos apretados, la boca entreabierta, jadeante sobre la húmeda almohada. Mary Pat atraviesa el recibidor camino de la cocina y enciende su primer cigarrillo del día. Mira por la ventana sobre el fregadero y puede oler el calor que desprende el ladrillo del marco de la ventana.
Se da cuenta de que no puede preparar el café solo cuando se pone a hacerlo. Iba a hacerlo en los fogones, la cocina es de gas, pero la compañía se hartó de excusas y cortaron el suministro la semana pasada.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es NOLA ( 2021). Además ha publicado la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en digital, y Mezclados y agitados, entre otros.