Continuamos la publicación de numerosas columnas de Martín Cerda de difícil acceso de la mano de Marginalia editores, donde están preparando la edición de un volumen recopilatorio, y han tenido el amable gesto de ir compartiendo con los lectores de penúltiMa los textos de uno de los más excelsos ensayistas de nuestra lengua, que, en este caso, se acerca a la publicación de un volumen en la Biblioteca Americana del FCE del que había sido su programador, Pedro Henríquez Ureña, una figura fundamental para entender la Literatura latinoamericana del siglo XX que ha caído en el olvido porque su labor era menos vistosa de la de muchos de sus contemporáneos. Como siempre, brilla en cada una de las líneas el afilado tino de lector de Martín Cerda, que no por casualidad fue uno de los mejores críticos de su época.

 

La excelente Biblioteca Americana, que edita el Fondo de Cultura Económica, acaba de publicar un volumen que abriga la obra crítica de Pedro Henríquez Ureña, su programador[1]. Con anterioridad se había incluido Las corrientes literarias en la América Hispánica, obra que —según palabras de Marcel Bataillon— “viene a ser como introducción y modelo de toda la Biblioteca”.

La preparación de Obra crítica estuvo en manos de Emma Susana Speratti Piñero, a quien se debe también la valiosísima “crono-bibliografía” de Pedro Henríquez Ureña, anexa al volumen; que registra seiscientas cincuenta y siete fichas. Prologa la obra, Jorge Luis Borges; escritor íntimamente vinculado al desaparecido humanista dominicano.

Emma Susana Speratti Piñero ha reunido seis libros y una “antología” de artículos y conferencias. Son los libros: Ensayos críticos (1905), Horas de estudio (1910), En la orilla. Mi España (1922), Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo (1936), y Plenitud de España (1940-1945). De la antología, caben señalarse: “Apuntaciones sobre la novela en América”, “Música popular de América”, “Aspectos de la enseñanza literaria en la Escuela Común”.

Trabajos que nadie —nadie, se entiende al menos, al que seriamente le importe el proceso de Iberoamérica— puede excusarse de leer despaciosamente, abriendo entre página y página, si no entre párrafo y párrafo, fecundos paréntesis reflexivos. Pocos iberoamericanos —salvado Alfonso Reyes, su hermano de temple y de estudios— han vivido la trama histórico-cultural, la aventura espiritual de Iberoamérica como Pedro Henríquez Ureña.

Desde edad temprana (ya a los diez años, podía escribir su primer poema y, a los trece, traducir a Lamartine), Henríquez Ureña sobresalió por sus excepcionales dotes como crítico e investigador de las literaturas: véanse, como muestra, los ensayos reunidos en su primer libro, cuando no contaba más de una veintena de años. Por ello pudo “presagiarlo” su ilustre coetáneo Francisco García Calderón, al prologar, en 1911, Cuestiones estéticas, libro primero de Alfonso Reyes. “Pertenece Alfonso Reyes —escribió el peruano— a un simpático grupo de escritores, pequeña academia mexicana, de libres discusiones platónicas. En la majestuosa ciudad del Anáhuac, severa, imperial, discuten estos mancebos apasionados. Pedro Henríquez Ureña, hijo de Salomé Ureña, la admirable poetisa dominicana, es el Sócrates de este grupo fraternal, me escribe Reyes. Será una de las glorias más ciertas del pensamiento americano (Cfr. A. Reyes, Obras Completas, I, II).

¡Cuán certero resultó aquel presagio!

Escurrido medio siglo —silenciados ya los actores de aquellos entusiasmos de alborada intelectual—, la obra de Pedro Henríquez Ureña consta ahí donde se estudie seriamente, sin ánimo provinciano ni fronterizos resquemores, la realidad múltiple de las letras continentales (e insulares, se comprende) de la América española. “Para Pedro Henríquez Ureña —apunta Borges en su Prólogo—, América llegó a ser una realidad; las naciones no son otras cosas que ideas y así como ayer pensábamos en términos de Buenos Aires o de tal cual provincia, mañana pensaremos de América y del género humano. Pedro se sintió americano y aun cosmopolita…”

Sus dos obras panorámicas, Las corrientes literarias en la América Hispánica e Historia de la cultura en la América Hispánica, pasarán, si es que no han pasado ya, a la más rigurosa historia de las ideas iberoamericanas, como dos aportes sustantivos (los más valiosos de su generación con Última Tule, de A. Reyes), no tan sólo por su inverosímil eruditio que importan, sino por, lo que es más importante y radical, la justeza de sus perspectivas y el nivel logrado en su presentación de los problemas.

Quien lee ahora —sobre todo aquel que lee por razones biográficas, debiera estar leyendo— esta Obra crítica, experimentará al confrontarla con trabajos de otros escritores más recientes, cierta sensación de altura. Cierto ideal ascenso hacia cumbres factuales o ideológicas, que otros, más “nuevos”, ni siquiera vislumbran, al nadar a trompada limpia con los aires de la calle. (¡Cuán fácil pero, al tiempo ingrato, resulta señalar los niveles que median entre la generación de Henríquez Ureña, Reyes, Vasconcelos Caso, Zum Felde, García Monge, Gerchunoff, Rojas, Güiraldes, Gallegos, G. Mistral, Rivera y aquella que cree andar ahora reinventando el mundo!).

De ahí, en cierto modo, el valor inmediato de su presencia.

La obra de P. Henríquez Ureña está ahí —en nuestra situación— presionando. Forzando nuestros dispositivos críticos, estimulando inesperadas energías, señalando procedimientos, que de una manera u otra, terminarán por despertar, en la conciencia actual una imagen espléndida de tareas concordantes con las más depuradas, radicales e irrenunciables tradiciones del proceso literario y espiritual de Iberoamérica.

¡Tradición y tarea! ¿Qué otra cosa es la cultura?

 

Nota literaria fechada el 12 de junio de 1961, correspondiente a sus entregas intituladas “Punta de lápiz” del periódico La República de Caracas

[1] Obra crítica, de Pedro Henríquez Ureña, Biblioteca Americana, vol. xxxvii. Fondo de Cultura Económica, México, 1960 (XIII, 844 págs).

 

Martín Cerda nació en Antofagasta en 1930. Realizó sus estudios básicos en Viña del Mar, en el colegio los Padres Franceses. Desde entonces su pasión fundamental fueron los libros, especialmente la literatura y la cultura francesa. Por esta razón, a los 21 años viajó a París, con el propósito de conocer e imbuirse en la corriente intelectual encabezada, en esta época, por los existencialistas Jean Paul Sartre, Boris Vian, Albert Camus, Ives Montand, Simone de Beauvoir entre otros. Se matriculó en la Universidad de La Sorbonne para estudiar derecho y filosofía, allí entró en contacto con obras de escritores franceses y europeos fundadores del pensamiento moderno. Así, Cerda fue uno de los primeros escritores chilenos en estudiar a los intelectuales europeos de la década de 1950, adquiriendo con ello una erudición que lo posicionó como el único autor con la capacidad de difundir tales ideas en Chile. Todo esto ayudó a forjar su orientación de ensayista, actividad que abordó con gran entusiasmo, pues esta forma literaria le permitió situarse en la contingencia y dejar constancia de su tiempo. De regreso en Chile, trabajó como columnista en distintos periódicos y revistas, colaboró desde 1960 en la revista semanal PEC, y en el diario Las Últimas Noticias, donde escribió ensayos sobre hechos históricos, literatura, cultura y contingencia chilena. Asimismo, en 1958, participó de un suplemento del diario La Nación llamado «La Gaceta». Por otra parte, en esta época formó parte del ambiente intelectual chileno, integrándose a discusiones literarias en cafés y en tertulias y dando charlas. En 1970 resolvió abandonar Chile y establecerse en Venezuela desde donde siguió enviando artículos para Las Últimas Noticias. Además trabajó en un suplemento literario de un periódico de ese país. En 1982 publicó su primer libro, La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo, en el que propuso un recorrido por la historia de este género, desde sus orígenes. En 1984, asumió la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, cargo al que renunció el 3 de marzo de 1987, porque quería dedicarse por completo a la preparación de otros libros de ensayos. Ese mismo año, publicó Escritorio, un largo texto donde reflexionó sobre el oficio del escritor. En 1990, obtuvo la beca Fundación Andes para llevar a cabo tres proyectos de investigación en la Universidad de Magallanes (Umag): Montaigne y el Nuevo Mundo; Crónicas de viajeros australes y una completa bibliografía de Roland Barthes. Esta experiencia lo motivó a trabajar en la ciudad de Punta Arenas, donde había descubierto una escena literaria fecunda y una activa vida académica.Sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, en agosto de 1990, la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, donde estaba alojado, sufrió un incendio que destruyó casi por completo su biblioteca personal y sus manuscritos próximos a ser publicados. Esta catástrofe le asestó un duro golpe del cual nunca logró recuperarse. Luego de sufrir un paro cardíaco a fines de ese mismo año, debió ser sometido a una intervención quirúrgica que, en definitiva, no resistió. Murió el 12 de agosto de 1991. Dos años después, los investigadores Pedro Pablo Zegers y Alfonso Calderón publicaron dos libros recopilatorios de sus ensayos dispersos en libros y revistas. Más tarde, el prólogo de Martín Hopenhayn a la última edición (2005) de Palabra quebrada; ensayo sobre el ensayo, marcó la reactivación de las lecturas e interpretaciones en torno a su obra, que vino a confirmar la publicación de Escombros: apuntes sobre literatura y otros asuntos, volumen de textos inéditos con edición y prólogo también a cargo de Calderón.