La edición definitiva de Larva de Julián Ríos, libro mítico publicado en 1983 y que ahora pone a la venta en una edición trabajada junto al autor la editorial Jekyll & Jill para convertirse en el referente de esta obra de cara al futuro, no es solo uno de los grandes acontecimientos del año dentro del mundo editorial y cultural, sino que presenta una oportunidad única para calibrar el alcance de su aportación a la Historia de la literatura, como intenta señalar este texto del director de la revista de este libro que, desde mañana mismo, puede adquirirse en todas las librerías de España.

 

La aparición de Larva, en noviembre de 1983, publicada por una editorial creada que no había casi publicado en castellano hasta que puso en circulación esta novela, Llibres del Mall, supuso un acontecimiento innegable en la literatura española. Un acontecimiento anunciado y previsto, porque la figura de Julián Ríos, desde hace tiempo, corría de boca en boca entre los círculos de la intelectualidad y la creación artística más vanguardista, tanto por los dos libros que había coescrito junto a Octavio Paz, Solo a dos voces y Teatro de signos, como por su labor como editor en Fundamentos. No era Julián Ríos un desconocido, y la publicación de esa primera novela suya, de la que ya se conocían anticipos previos, fue un aldabonazo en medio de la escena literaria en castellano pero a la postre no supuso la revolución que parecía querer desatar. Sí que se produjo, como ya he dicho, el previsto y anunciado éxito crítico, y comercial, porque en aquel momento todavía existía una parroquia de afectos a las experimentaciones literarias que habían eclosionado en la década anterior, y no estaba todavía plenamente armada la operación mercantil más que editorial que terminó siendo conocida como “Nueva narrativa española”. De hecho, puede decirse que el contexto que facilitó el éxito de la novela en el momento de su publicación fue el mismo que condenó a su autor a los márgenes del mercado, primero, y más tarde de la estima de la república de las letras, al poco de aparecer la novela se publicó, en la misma editorial, todo un libro de homenaje y análisis, Palabras para Larva, en el que se reunía un ramillete de la intelectualidad de avanzada del momento, prefigurando así el lugar que sigue ocupando Ríos de autor ilustre, muy reconocido y apenas leído. Los casi cuarenta años que han pasado desde la publicación de Larva la han convertido en un mito desconocido, reverenciado e ignorado, que ahora, con esta edición definitiva de la novela a manos de Jekyll & Jill podemos calibrar de modo mucho más cabal, tanto en su verdadero alcance como en sus ecos, de lo que ha sucedido en estos cuarenta años. Quizás convenga hacer un poco de repaso para entender a qué me refiero.

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A lo largo de estos cuarenta años siempre se ha subrayado la huella de Joyce en la obra, su vocación de juego lingüístico, de creación verbal. Vertiente de interpretación que el propio Ríos subrayó con su siguiente libro, Poundemonium, donde ya desde el título hay un explícito homenaje al poeta imaginista. Resulta evidente para cualquiera que se acerca a Larva el despliegue verbal, la fusión de distintas lenguas y niveles de interpretación y uso de la misma, lo que obliga a plantear una lectura en el plano metalingüístico que acaso llega más allá incluso que en el más acostumbrado de la metaliteratura, aspecto este que en toda producción literaria debe ser considerado y que es, hasta cierto punto, el pago de cuota hacia el intelectualismo mismo que existe en toda afición, y gesto, literario. Los poetas más planos y serviles con las formas heredadas pueden incluir epígrafes, citas, préstamos, o robos, intertextuales dispuestos a lo largo del texto, de modo más o menos escondido para excitar el placer libidinal del lector culto que los descubre y celebra gracias a ellos su pertenencia a una cofradía de lectores cultos capaces de ir más allá del mero plano denotativo del texto. Todos muy contentos de conocernos y felices de ser autores, críticos, lectores, editores, capaces de localizar las referencias y hablar sobre ello. Qué aburrido ya esto, a qué mentirnos, pero va a estar ahí siempre como contraseña y pase que nos incluye a todos en la esfera de la cultura, esto del merecer entrar en el club jamás se extinguirá. Larva, que está plagada de estos bombones para lectores cultos, como lo está cualquier best seller de los que venden en los quioscos de las estaciones de trenes y aeropuertos, iba un poco más allá, ya que además de esa faceta metaliteraria desplazaba buena parte de su apuesta al estrato lingüístico, a la mezcolanza idiomática y los juegos de palabras. Leer esta novela sí que se parece al reto que ofrece Joyce en Finnegan’s Wake, y quizás por eso no sea gratuito el vínculo que siempre se ha establecido entre ambos autores. De hecho, es en ese sentido un libro inserto de modo más servil en el templo de la cultura. Donde Joyce entregó un texto que delira sin más aparato que su soporte verbal, Ríos es ya consciente del modo en que se va a leer el libro, con sus notas y necesarias aclaraciones, que nada aclaran en la mayoría de los casos, es parte de su genialidad, pero que se presenta así ante el lector como un texto que no se lee, no busca un lector, o un hermeneuta, sino directamente un exégeta, que vaya a trazar no la lectura ni la interpretación, sino el análisis del origen y sentido de sus páginas. Esto, que fue uno de los detalles no atendidos en su momento, es una de las novedades que aportó Larva frente al experimentalismo de la década anterior, tiene una conciencia posmoderna mucho más acusada, y eso no supo verse, o se malentendió casi desde el mismo momento de su publicación. Muchos vieron en ella la culminación del experimentalismo intelectualizado de los tres quinquenios anteriores, cada vez menos juguetón y más pedante, y por eso celebraron que Larva estaba cargada de chispazos de humor, chistes y juegos de palabras, que atenuaban la avalancha de referencias culturales y desafíos lingüísticos que la hacían tan ardua como lectura. Buena muestra son los textos aparecidos en la prensa del momento, firmados por Rafael Conte, Juan Goytisolo o Sarduy, y la mencionada recopilación Palabras para Larva, donde se reunieron textos de Haroldo de Campos, Arturo Carrera, R. Conte, G. de Cortanze, G. Díaz-Migoyo, Roberto Echavarren, J.F. Fonseca, A. Gargatagli, Juan Goytisolo, D. Hayman, S.J. Levine, F. Jiménez Losantos (sí, hubo un tiempo en que se dedicó a la crítica literaria de vanguardia, puede parecer increíble pero sucedió), J.M. Lech, D. Martínez Torrón, J. Ortega, J.M. Oviedo, A. Pimienta, Emir Rodríguez Monegal, A.A. Roggiano, A. Sánchez, A. Sánchez Robayna, S. Sarduy, S. Yurkievich. Pero, al mismo tiempo, quizás por esos chispazos, por esa alegre disposición del texto, no se percataron de lo que suponía de giro de tuerca, de nueva apuesta, de progresión frente al experimentalismo que la había precedido, en el que su autor había participado, como autor, y alentado, como editor, y que estaba ya agonizando en las mesas de novedades de las librerías.

Habían pasado los años de la literatura revolucionaria, habían pasado los años del ensayismo comprometido, las editoriales que se habían encargado de nutrir los debates políticos y sociales del tardofranquismo y la transición temprana (seguimos con la forma de gobierno que decidió el dictador, quién piense que la transición, cincuenta años después está ya concluida es, suena terrible pero no deja de ser cierto, un franquista de modo consciente o no) estaban modificando sus catálogos para pasar a centrarse en la narrativa, una narrativa inteligible y burguesa, que entretuviera y no resultase ardua de leer. No solo se trataba de buscarla y pescarla, sino de producirla, como quedó claro cuando se armó la operación comercial de la Nueva narrativa española, que pretendía ofrecer al lector español novelas sencillas y entretenidas escritas por sus compatriotas, frente a las ambiciosas novelas que seguían llegando desde los países Latinoamericanos. El hartazgo de la vanguardia le pasó factura a Larva, que fue aclamada por la intelligentsia y la universidad, pero pronto quedó arrumbada en el imaginario común a algo pasado. La novela de Ríos se convirtió en un mito reverenciado y al tiempo desconocido, apenas reivindicado. Y así siguió siendo a lo largo de los siguiente cuarenta años, ni siquiera la reivindicación que llevaron a cabo algunos autores jóvenes coincidiendo con la eclosión de otra operación comercial, lo que se llamo “Generación Nocilla”, lo devolvió a un lugar de referencia ineludible dentro del organigrama de las letras españolas. Posiblemente tuvo mucho que ver el detalle de que esta última reivindiación fue una de las cosas más incoherentes de la historia, ya que todos y cada uno de esos autores del nocillismo han preferido trabajar con referentes icónicos, plásticos, pero desde luego ni uno solo de ellos ha atendido al lenguaje como espacio de trabajo o combate, característica que es cenital en la producción de Ríos. ¿Reclamar como maestro a un autor al que no se atiende es un ejercicio coherente? No lo parece mucho, pero nunca ha sido la coherencia ni la lógica aspectos que han destacado en estas operaciones de mercado que los periodistas compran con una alegría e ingenuidad que siempre despierta cierto rubor. Pero, bueno, tampoco vamos a centrar esto en el bochorno constante que provoca ese oxímoron perpetuo que es el periodismo cultural.

El asunto es que al editarse en 1983, Larva, despertó como se ha dicho el aplauso unánime de una élite que celebraba su vanguardismo y riesgos, y fue precisamente ese mismo el motivo de su posterior ostracismo en medio del emergente panorama que se apoderó de la narrativa española. Cuántas veces no habremos leído o escuchado el adagio «Julián Ríos es buenísimo, pero es tan trabajoso leerlo». En un entorno que no premia el esfuerzo, que repite hasta la saciedad el «Si un libro te aburre deja de leerlo», frase salida de labios de figuras que se presentan como supuestos referentes intelectuales, léase Fernando Savater, al que con generosa hipérbole se suele denominar filósofo (¿qué habrá hecho la filosofía para merecer eso?), dejan claro cuál ha sido el tono de la cultura española en los últimos cuarenta años. Cuatro décadas que han dejado a Pérez-Reverte como miembro de la RAE y referente de lo que es un escritor en España. No deja de resultar paradójico que alguien incapaz de documentarse mínimamente para una novela ocupe un sillón en el palacete junto a los Jerónimos y alguien que fue un lingüista de primer nivel como Sánchez Ferlosio jamás lo pisara. Dice mucho de España, sin duda. En fin, en medio de este contexto, viviendo además en su exilio parisino, lo que complica mucho convertirlo en figura pública, Ríos se fue convirtiendo cada vez más en pasto de entendidos e iniciados, autor casi no leído que, cada cierto tiempo, en oleadas, salía de su refugio para publicar unos cuantos títulos que extendían la bibliografía y la leyenda, aunque no supusieran riesgos comparables al de sus primeros libros. Así, al mito de la persona se le añadió, exponencialmente, el de aquella primera novela de ardua lectura, exigente y trufada de referencias, cumbre de un vanguardismo ya anacrónico a la que solo se acercaban los muy curiosos o los que se veían obligados a ello. La narrativa de éxito comercial ensalzó Larva elevándola a los altares: «Ya no se puede ir más lejos, coloquémosla en la vitrina como pieza única y dediquémonos a nuestras mundanas, pero mucho más legibles y entretenidas, novelas que pueden ganar lo mismo el Planeta que el Alfaguara» o cualquier otro de esos premios de chichinabo con que se rellenan las páginas culturales de los periódicos donde solo se leen dossiers de prensa y las primeras páginas de algunas novelas, siempre las mismas, siempre las predecibles, siempre los mismos cuatro autores.

Es solo ahora, después de que Ríos se pusiera en contacto con Víctor Gomollón, el editor de Jekyll & Jill, para realizar la edición definitiva de Larva, cuando podemos comprender el verdadero alcance de un libro como este. En buena medida porque el mundo ahora es otro, y en estos cuarenta años que han pasado se han desarrollado una serie de tecnologías y posibilidades que obligan a mirar con nuevos ojos a un libro como Larva. No quiero, y lo subrayo, decir que hubo cosas que no se vieron en el momento de su aparición, sino que no podían verse, sin más, y hoy las tornas han cambiado. Uno de los detalles curiosos que pueden observarse si uno repasa las ediciones que ha tenido el libro a lo largo de estos cuarenta años, incluidas las de bolsillo, es que son reproducciones fotográficas de la primera, se realizaron no mediante composición o nuevo fotolitos, sino que son meras réplicas de la original, lo que se aprecia en el aspecto más o menos difuminado de las páginas. En puridad, lo que se hizo fue replicar la primera edición, por lo que en sentido estricto esta nueva edición es la única que puede ser considerada como tal una nueva edición del libro. Y es más que probable que fuera ése el motivo de Ríos de ponerse en contacto con la editorial, porque como el buen editor que ha sido reparó en que es muy posible que Jekyll & Jill sea la única empresa que pueda llevar a buen puerto un proyecto como este. Se ha vuelvo a maquetar, siempre manteniendo las exigencias impuestas por Julián Ríos, que pasan por el uso de los signos y normas ortotipográficas de la edición francesa, se han corregido minuciosamente todas las erratas, con especial cuidado de que el retoque solo afectara a las que lo son, ya que el tono babélico del libro puede hacer parecer que se tratan de erratas sin serlo o, al contrario, que pueda pensarse que no lo son cuando sí fueron errores de imprenta, labor llevada a cabo por Alejandro Hermosilla y, aspecto fundamental, se ha respetado a rajatabla la paginación del original. Esto es algo que puede pasar desapercibido para muchos, incluso entre los que tengan ejemplares de la edición original de Llibres del Mall o las reproducciones de la misma que se hicieron posteriormente, pero que se evidencia en un cotejo rápido.

En apariencia puede pensarse que todo esto es banal, porque para muchos pueda ser irrelevante. Todo bien, no vamos a evangelizar o formar a esos lectores con este texto, no es lo que se pretende. La diferencia determinante, cualitativa, es que esta edición definitiva y el trabajo llevado a cabo en ella, o dicho de otro modo, esta edición y la primera, replicada en un número concreto de ocasiones, subrayan que Larva no es un texto sin más. De ser un texto, de poder ser atacado en tanto que texto sin más condicionantes, se trataría de un texto transportable a una edición digital, cosa que no sucede, ya que los textos digitales se leen en una pantalla única, y las referencias constantes, las notas, que en Larva ocupan siempre la página par, deberían desaparecer de esa ubicación, y por lo tanto desaparecería el modo en que el libro está pensado. En el libro, la narración o cuerpo textual ocupa siempre la página impar, quedando siempre la página par reservada para las abundantes notas que el autor incluyo como parte del discurso de su libro. Pero, y esto es tan importante que no puede ser desatendido, la presencia de esas notas no es azarosa, determina la paginación, y es por eso que se producen los cortes que tiene el texto, para que siempre que esa posible la nota ocupe la página izquierda y el cuerpo textual la derecha, existiendo muy contados casos en los que la nota se extiende más allá del espacio que tiene acotado. ¿Qué quiere decir esto? Que Larva fue concebido como un mensaje en el que el formato álbum, el más extendido de los existentes para el objeto libro, pasa a formar parte del significado, del mensaje, del libro. En 1983 esto podía parecer obvio y darse por sobreentendido, pero en 2021, con la plétora de soportes y modos de leer que tenemos a nuestra disposición, desde internet a libros electrónicos, audiolibros o todos los formatos que estén por venir, esta singularidad pasa al primer plano. Larva solo puede existir como libro en papel en formato álbum. Incluso si se intenta remedar su lectura mediante imágenes filmadas, casi fotografías, de la doble página, se perdería de modo fatal no ya la percepción táctil del libro, que también sino el característico juego especular en el que se basa, al aparecer como un remedo, mera copia, que se ve plana, frente a la doble página del libro que se enfrenta por la encuadernación misma. Julián Ríos tuvo en cuenta esto, y, de modo consciente o no, creó un libro que no puede ser trasladado a otro formato, y eso lo convierte en un extremo, una cota terminal, de un formato. Muchas veces, desde la aparición de los formatos digitales, se ha hecho la pregunta de si todo libro es susceptible de ser trasladado a esos formatos. Y en buena medida, sí, hasta que esta reedición nos ha hecho darnos cuenta de que Larva es un texto que solo puede existir como libro álbum de papel. Presentarlo bajo otro formato no es más que una simulación, en la que, siempre, hay pérdida y, lo que es más importante, requiere que se reproduzca la doble página enfrentada de un libro. O sea, no solo hay pérdida de sentido, de aspectos comunicativos, sino que impone que se trate de una imitación, más o menos burda, del formato. Como las primeras películas que imitaban servilmente el proscenio teatral, donde la cámara no era más que un espectador que registraba lo que sucede en el escenario, en este caso el formato digital tendría que hacer el mismo trompe l’oeil de imitar el otro formato, no hay modo de trasladar la experiencia de la doble página enfrentada | especular del libro álbum a otro formato.

Julián Ríos, de modo consciente o no, fue capaz de cartografiar un límite, un espacio frontera que subraya la singularidad del formato que eligió. Con esta nueva edición, finalmente, podemos ver eso de modo mucho más destacado, porque, al igual que sucede en el cuento de Borges, no es lo mismo escribir el Quijote bajo un contexto que hacerlo en otro. Hoy, transcurridos cuarenta años desde aquella primera edición, la conceptualización misma del libro ha sufrido una drástica transformación, y un libro como Larva pasa a ser mucho más que su realidad como texto, para cargar también las tintas en los aspectos materiales del mismo, en el soporte. Estos, que son detalles que nunca deberíamos obviar al hablar de libros, porque forman parte de su sentido o de su mensaje, a veces vaciado de sentido, suelen ser detalles que muchos autores descuidan, o que dejan en manos de un editor más o menos atento a ellos. Por eso, demasiado a menudo, son despreciados o son invisibles. Pero un caso como Larva obliga a prestarles especial atención, porque no son, como suele creerse detalles ajenos al libro, en este caso, al modificar el texto, su disposición y el modo en que se transita por él, se hacen mucho más visibles y obligan a tomar una plena conciencia de ellos, de cómo modifican la lectura y, por tanto, de la experiencia en sí del libro. Larva no es solo un libro que juega, distorsiona y tensa el lenguaje o los condicionantes narrativos, sino que introduce la lectura, sus mecanismos y sus procesos dentro del libro mismo. Y es eso lo que hace más grande si cabe al libro, lo que le reporta la singularidad, casi indisputada, dentro de la Historia de la literatura, en castellano o en otra lengua. Esta nueva edición sirve, entre otras cosas, para ser más conscientes de ello o, cuanto menos, siquiera a través de este texto, para comenzar a verlo, y por tanto a reflexionar en torno a ello.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es NOLA (Jekyill & Jill, España y Festina, Ciudad de México, 2021). Además ha publicado la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados.