Con demasiado retraso, el director de todo esto ha recalado en la lectura de Le combar ordinaire de Manu Larcenet, y esa bitácora de la derrota de una vida le ha deleitado tanto que se ha visto empujado a compartir con los siempre atentos lectores de penúltiMa alguna que otra escala del periplo, que le ha permitido, entre otras muchas cosas, reflexionar en torno al desclasamiento del artista obrero, una de las líneas temáticas que sostienen buena parte de las mejores producciones artísticas del último siglo. Pasen y lean.
Una de las temáticas fundamentales de las producciones artísticas desde hace ya ciento cincuenta años, esto es, desde que se produce el acceso generalizado de las clases medias y bajas a la educación obligatoria y, por lo tanto, surgen de su seno voces artísticas que pueden permitirse vivir de su obra (pese a ser escasas existen), pasa a ocupar un espacio importante todo lo relacionado con el desclasamiento. En la literatura española brilla la narrativa de Juan Marsé, sobre todo la de su primera época, como una de las cumbres reconocidas, ya que el retrato que hace de arribistas como Pijoaparte o el modo en que plasma su propia peripecia vital mediante personajes que son trasuntos suyos en mayor o menor parte, supuso la introducción del tema incluso dentro de los manuales de literatura. De no haber sido tan maltratado por las élites universitarias y las editoriales, podría acaso haber sido Arturo Barea la primera gran figura literaria que vivió en su propia experiencia ese desclasamiento. Y, como curiosidad, otro desclasado, y amigo de Marsé, fue Juan García-Hortelano, lo que sucede es que se cuidó muy mucho de que en sus novelas hubiera rastro de esa peripecia vital. Son tres ejemplos de escritores que pasaron de los estratos más marginados de la sociedad, de familias proletarias y trabajadoras, a formar parte de las bibliotecas de la burguesía y las élites, y hasta cierto punto una de las cosas que esos señoritos y familias bien celebraban de ellos era su procedencia, el bálsamo que suponía su existencia, ya que confirmaban que habían cumplido con la tarea pendiente de la justicia social y, si los hijos de la clase trabajadora lo merecían y se esforzaban, terminaban siendo reconocidos como cualquiera de los cachorros de la burguesía y la plutocracia. La gran paradoja del sistema es que el éxito de estos autores sancionaba el éxito de la sociedad en su conjunto. Y todo tan felices a comer perdices.
Pero, a medida que han pasado los años, lejos de disolverse esta tensión, se ha incentivado por otros medios, o, por decirlo mediante una metáfora nosológica, los síntomas han cambiado y eso complica el diagnóstico, la identificación de la enfermedad. En primer lugar, porque la clase media ha dejado de ser una clase social para convertirse en un estado mental. Desde el rico hasta el pobre, todos somos clase media. Es clase media el que vive en un piso céntrico que puede salir al mercado por un millón de euros y tiene tres o cuatro pisos en los barrios obreros de lo que obtiene el dinero con el que manda a los hijos a universidades privadas o veranea en Menorca y es clase media el que convive en un piso de tres habitaciones y comparte cocina y cuarto de baño. Todos somos clase media, y, claro, si todos formamos parte del mismo estrato es complicado sentirse un desclasado. Es más, hay voces que comienzan a utilizar la idea de clase como un elemento que explica la opresión social que facilitó la existencia de los desclasados, pero esto tampoco sorprende demasiado. Vivimos un momento donde la ignorancia está tan extendida, ahora que prácticamente tenemos acceso a todo el conocimiento occidental mediante una conexión a internet, y donde esa ignorancia retuerce tanto los hechos que uno ha llegado a convencidas muchachas decir que la píldora anticonceptiva es un mecanismo de opresión heteropatriarcal. Que le digan a las mujeres de las últimas generaciones la liberación que supuso poder controlar los embarazos, a ver si eso fue una herramienta feminista u opresora. Toca vivir en el mundo que nos rodea, pero no por eso hay que aplaudir o siquiera tolerar la ignorancia y estolidez que nos cerca.
La gran paradoja de nuestro presente es que en un entorno de empobrecimiento social y cultural, de homogenización de folclores y tradiciones, la figura del desplazado parece desdibujarse porque, si uno la toma al pie de la letra, somos desclasados perpetuos, vivimos en un incesante desclasamiento, y acaso por eso no somos conscientes de en qué modo nos afecta esa vivencia. Por eso resulta doblemente necesario, y gozoso, encontrarse con una joya como La lucha cotidiana (Le combat ordinaire, que en su edición castellana pasó a pluralizarse para trocarse en Los combates cotidianos), una serie de cuatro álbumes que Manu Larcenet comenzó a publicar en 2003 y cuya primera entrega recibió el Premio al mejor álbum del Festival de Angulema al año siguiente. Lleva vendidos más de medio millón de ejemplares en su edición francófona e, incluso, hay una adaptación cinematográfica que, por lo que creo, no funcionó ni entre críticos ni tampoco en taquilla. Y es algo hasta cierto punto normal porque Le combat ordinaire, como toda gran obra, aprovecha hasta tal punto las características del medio para el que ha sido creada que soporta mal las adaptaciones.
Muy a vuelapluma el resumen de la serie pasa por indicar que se trata de la peripecia vital de Marco, un joven fotógrafo que ha atravesado una serie de contratiempos psicológicos que le han llevado a retirarse de la vida viajera en busca de imágenes exóticas que colocar en revistas y agencias para recalar en una vida campestre en la que se esconde tanto del mundo como de sus propios miedos. Conoce a una veterinaria local con la que establece una relación y vemos desfilar a sus padres, que viven ya jubilados en una casa cercana al pueblo donde están los astilleros en los que trabajó el padre tras dejar el ejército, estuvo en Argelia, uno de los pasajes más turbios de la Historia reciente de Francia, y a su hermano y su cuñada, que viven en las afueras de París. Podríamos estropear al lector interesado el placer de leer el cómic al revelar detalles de la trama, pero siempre es mejor no estropear el placer ajeno.
Lo determinante a efectos de este texto es que en la evolución laboral de Marco hay un interés reiterado en plasmar la vida de los trabajadores del astillero, el universo en que creció, sobre todo porque, en los años que abarca la narración (y son unos cuantos), se produce un proceso paralelo en el que los astilleros pasan de ser espacios anclados en una economía del pasado a desaparecer, y con ellos toda la vida que generaron en torno suyo. Y, lo que no es algo menor de cara a la evolución psicológica del protagonista, la desaparición de su pasado y la posibilidad de convertirse, él, en el impulsor de la memoria y recuerdo de ese mundo. Uno de los elementos determinantes para entender esta obra de Larcenet es que pivota en torno a en qué medida estamos formados por aquello que hemos vivido y aquello que deseamos ser, la realidad y el deseo de los que habló Cernuda. Marco, por un lado, quiere ser artista, lo de menos es que no disfrute especialmente del ámbito artístico y de la hipocresía que sirve como lubricante de los egos y ambiciones que se desarrollan en ese hábitat, pero no deja de ser el hijo de un trabajador de astillero y excombatiente, que aprendió por su cuenta a valorar sus emociones de cara a trabajar con ellas, pero no por ello ha dejado de estimar los valores de esa sociedad varonil, fraterna y leal de los obreros de las atarazanas. El hecho de que ese universo esté desapareciendo, que el capitalismo tardío y la especulación financiera arrample con un sector y las vidas de los que dependen de él hace que ese proceso acompañe, y determine, la propia evolución de Marco, y por extensión de la narración.
Esa obsesión militante, que es en realidad la herencia principal que recibe de su padre y los que fueron sus compañeros de trabajo, una especie de tíos (siempre que pienso en la influencia de los tíos me viene a la cabeza Malinowski y Lévi-Strauss, y los que los hayan leído me entenderán enseguida), que se plasma en su trabajo como fotógrafo tanto por temática como por estética, es la que aboca a Marco, trasunto de Larcenet, a la conclusión final que resuelve las tensiones generadas por su desclasamiento: no existe. No se ha producido un desclasamiento como tal, sino que se ha trasladado, él ya no es, como lo fue su padre, un trabajador manual que construye barcos, sino que es un trabajador intelectual que malvive y trata de ganarse la vida dentro de la precariedad inestable del mundo artístico. Es un proletario del arte, y como tal su enfoque ha sufrido una reconfiguración, pero no una mutación o un cambio determinante, sigue siendo más o menos lo mismo que fue su padre. A efectos sociales, al menos, y el acierto en ese sentido de Larcenet es construir toda la asimilación de esa realidad, que conlleva no poco esfuerzo para el protagonista, ante el lector, sin necesidad de despreciarlo con una explicación. Hay muchas más cosas en estos cuatro álbumes: hay una sensibilidad a flor de piel, hay un coraje para afrontar cosas que muchos esquivarían, hay humor y hay desamparo, hay goce y temores, está la lucha cotidiana que conforma nuestra vida, y retratada con una sensibilidad desarmante. No se pierdan esta joya, es todo un universo en el que sumergirse.

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor (entre otros menesteres). Su libro más reciente es NOLA ( 2021). De entre el resto de sus títulos pueden destacarse la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en edición digital, y Mezclados y agitados, etc.



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