A finales del pasado mes de septiembre, coincidiendo con el acto de entrega del Premio Formentor a su autor, László Krasznahorkai, se lanzó al fin en castellano El barón Wenckheim vuelve a casa, novela publicada originalmente en magiar en 2016, que todos los seguidores del autor húngaro, y de su traductor Adán Kovacsics, esperaban como agua de mayo y que, lejos de decepcionar como suele suceder en estos casos, se constituye por derecho propio en uno de los grandes libros, si no el mejor, de los publicados a lo largo de 2024.

Puede ser que el rumor de la mercadotecnia —que ha vendido la idea de que la primera novela de ficción pura de Mircea Cărtărescu, que como ya comentamos en este mismo espacio le ha quedado a medio acabar, era el verdadero acontecimiento de la rentrée otoñal en España—, unido al hecho de que por haber sido premiado con el premio Formentor el escritor ha estado disponible para las entrevistas de los medios, y esto ha facilitado que se haya privilegiado la figura del escritor por encima de su obra, sean los causantes de que no esté todo el mundo hablando de una de las más afortunadas noticias para los lectores de este año 2024 que va ya camino de su cierre: la publicación, al fin, de El barón Wenckheim vuelve a casa, novela de László Krasznahorkai publicada hace ocho años ya en húngaro, y que había sido traducida a diversas lenguas pero, todavía no, a castellano. Ojalá no se retrasen tanto ni con la más reciente de su autor, Zsömle odavan (Zsömle espera), publicada este mismo 2024, ni tampoco con la inmediatamente anterior, Herscht 07769, publicada en 2023 y que ha aparecido ya en inglés, francés o alemán. El hecho de que esta dilación se deba a que, en Acantilado, con acertadísimo criterio, confíen solo en Adán Kovacsics para verter al castellano los libros de Krasznahorkai, hace más llevadera la espera, porque los lectores tenemos la certeza de que el texto que nos llegue habrá sido realizado con el rigor acorde que la exigencia estética del autor exige. No pretendo ser adulatorio, sino compartir con los lectores que aún no estén al tanto de ello que saber que un libro es fruto del trabajo de Kovacsics es una garantía infalible de su calidad. Ha llegado a un punto que no se molesta en dedicarle tiempo a malos libros, y le resulta imposible hacer un mal trabajo. Basta con saber que Kovacsics ha tenido algo que ver con un libro para comprarlo sin albergar una sombra de duda. Al menos en mi caso. Háganme caso, no saldrán decepcionados.

Por otro lado, leo, en algunas de las reseñas críticas que se han publicado sobre la novela, que está es una «novela difícil». Ha escuchado uno demasiadas veces lo de la dificultad de tal o cual autor, o de alguna de sus novelas, como para hacer algo más que perder todo el respeto a los que usan semejante adjetivo. Un libro puede ser difícil de encontrar, pero nunca complicado de leer, se abre y el texto está ahí. Puede parecer algo de Perogrullo pero no deja de ser cierto. Si repasamos, sin alejarnos de nuestra tradición de literatura en castellano, a quiénes se ha considerado en las últimas décadas «autores difíciles» nos podemos echar unas risas: Borges, Saer, Rulfo, Reinaldo Arenas, Sarduy… La lista es larga, como la estupidez humana. ¿Qué tienen esos autores de complicado? Nos hemos acostumbrado, quizás demasiado, a que los textos deban ser redundantes, explícitos y, hasta cierto punto, condescendientes, con el lector para que no sean tildados de complicados. Si un autor ofrece un texto donde el lector debe sumergirse de modo excluyente, que tampoco es algo tan complicado, consiste en leer sin estar atento a las redes sociales, sin tener la televisión de fondo, sin levantar la cabeza cada veinte segundos para ver qué sucede en la playa o quién pasa por la calle, o tener que estar pendiente de la parada en la que debemos bajarnos, o sea, si el lector ofrece un texto que exija ser convertido en el centro de atención de quien, se supone que de modo voluntario, ha decidido leerlo, se dice que es un texto «difícil». Otra posibilidad es que el libro, como este que nos ocupa, que se extiende a lo largo de 500 páginas, dedique la primeras ciento cincuenta o doscientas a presentar de modo cabal el universo en el que se mueve. Vivimos en un mundo abarrotado de idiotas que se lamentan cuando un libro exige esa dedicación por parte del lector, pero no tienen empacho en decirte que «tienes que ver las dos primeras temporadas» de una serie para «pillarle el gustillo». Esto es, uno debe dedicarle 16 o 20 horas a una serie en una plataforma para comenzar a sacarle el mucho o poco jugo que pueda tener, pero si una novela no te sumerge en su universo en las primeras diez páginas no merece la pena leerla. O, los que la leen, que deben ser mentes a punto de desentrañar la teoría de las supercuerdas, tienen el detalle de informarte que se trata de una «novela difícil» y que tu esfuerzo se verá recompensado con su lectura. Se está poniendo complicada la cosa, porque uno ya ha asumido como costumbre que el mundo, así en general, esté lleno de tontos, pero no termina de sobrellevar que esos tontos tengan un púlpito en los medios o los suplementos culturales.

El barón Wenckheim vuelve a casa, como todas las novelas que ha publicado Krasznahorkai, es una lectura sencilla capaz de proporcionar muchos y variados placeres al que haga algo tan sencillo como leerla. Se encontrará con la historia de un pequeño pueblo húngaro de provincias a donde, tras haber acumulado deudas de juego, regresa el barón Wenckheim, uno de los escasos supervivientes de una opulenta familia de la nobleza que tiene en la población un palacio abandonado, incapaz de lidiar con las necesidades más cotidianas de esta vida, y cuya visita desata las expectativas de un puñado de personajes que, como si se tratase de un juego de mesa, comienzan a interactuar entre sí y con el personaje, o diría incluso que con la aureola mítica que lo envuelve. Una criada avejentada que lo recuerda como su primer amor, el alcalde del pueblo, una banda de pandilleros armados, un director de orquesta trastornado, un buscavidas veleta y lleno de labia. Krasznahorkai necesita muy pocos elementos, como bien saben sus lectores asiduos, para levantar un universo donde el lector se sumerge tan fascinado como intimidado. Y no uso este adjetivo a la ligera, sin duda es la capacidad de intimidar, de inquietar al lector, una de las características más singulares de su obra, lo que obliga al lector a permanecer despierto en todo momento mientras transita por sus palabras, no ya por enterarse de qué sucede, sino porque a la vuelta de cualquier signo de puntuación, o en un inciso, puede revelarse lo inesperado. Es más que posible que fuera esa característica de su escritura lo que llamó la atención de Béla Tarr, que tras leer Sátántangó (traducida al castellano como Tango satánico) se enfocó en la adaptación de esta al cine, y comenzó a colaborar con el escritor en calidad de guionista hasta el que, de creer a Tarr, es y será su último trabajo A torinói ló (El caballo de Turín). La capacidad que tiene Krasznahorkai de dotar de espesor a su prosa, de modularla y otorgarle una condición casi tangible, hace que resulte un tanto inexplicable ese adjetivo de «difícil». ¿Desde cuándo ha sido difícil dar un paso adelante y entrar en una habitación con la puerta abierta de par en par? Resulta complicado entender cierto tipo de afirmaciones y, lo que es peor, parecen estar enunciadas desde una posición cuestionable, incluso despreciable, en la que quien dice algo así se coloca en la situación de alguien capaz de explicarle al de al lado, que es medio tonto, eso que no comprende. He venido a explicártelo parecen decirnos, aunque no sepamos bien qué en una novela necesita explicación, como si fuera un tratado de astrofísica, cuando todos sabemos que la ficción se escribe para ser, como se dice hoy con cierto tonto refitolero, experimentada (o experienciada si tenemos sobredosis de textos de mercadotecnia en la cabeza). La ficción es eso que hoy se ofrece como «experiencia». Vas a un restaurante y te ofrecen una «experiencia gastronómica» (lo que viene siendo comer, porque si te lo metes en la boca y lo tragas es una experiencia y si es gastronómica es porque es comida), las películas son «experiencias cinemáticas» (vamos, son una puta película, porque una experiencia cinemática no es otra cosa que ver imágenes en movimiento, así que en realidad no te engañan, ver un puto tiktok es una experiencia cinemática, y lo es también girar una linterna mágica o un folioscopio, que es, por cierto, el nombre en castellano de lo que los esnobs llaman flip-book), en las webs de alojamientos turísticos amplían la oferta con «experiencias locales» (lo que no deja de ser curioso, porque esa experiencia propia de un oriundo nunca consiste en no encontrar un alquiler decente, ver como ya no te puedes tomar una cerveza en un bar céntrico porque los turistas han disparado los precios o tener que soportar a algún guiri pedo tocándote las narices). Leer una novela supone vivir la experiencia que te propone el autor, tan sencillo como eso. Unamuno lo decía más bonito: «leer, leer, vivir las vidas que otros han escrito». Pues eso. Lo gracioso del asunto es que la experiencia que propone Krasznahorkai, ese mundo y vida en las que sumergirte, está hecho de frases largas, de párrafos extensos, que no son así por capricho, sino porque presenta una realidad llena de matices, que se decanta con calma y paciencia, y que en ese disfrute demorado entrega todos sus sabores. Todos estos reseñistas de saldo y esquina que tanto subrayan esa supuesta complejidad sintáctica y lo más o menos arduo que es recorrerla van a quedarse muertos cuando se enteren de que Herscht 07769 es una única frase de 400 páginas. Quizás porque para expresar una idea verdaderamente compleja hace falta una oración así de larga. Como pasa en las películas de Béla Tarr, por cierto, que también para algunos serán «difíciles y complicadas», aunque la más larga de ellas, Sátántangó, no llegue a las ocho horas de la primera temporada de esa serie de la que debes ver al menos dos para comenzar a disfrutarla.

Y ahí es donde finalmente, por la referencia al cine de Tarr y a la ficción de Krasznahorkai, llego a lo que estos apóstoles de la dificultad rondan, pero no alcanzan, o no se atreven, a nombrar: la intensidad. No se trata de que sean difíciles, ni las novelas de uno ni los filmes del otro, sino de que son intensos, de que te hacen arder, de que hasta cierto punto transitar por ellos supone una descarga de vida que puede hacer que salten los plomos. No es que sean difíciles, es que nos hemos acostumbrado a una vida anestesiada hasta tal punto que cuando nos enfrentamos a la vida real parece que la resistencia que hemos desarrollado se derrite incapaz de soportar semejante impedancia. Hay demasiada vida ahí, y eso nos provoca cierto pavor.

Pero, eso sí, aquel que no suelta las manos de la máquina de toques callejera que le ofrecen estos dos creadores húngaros (podría extenderse la nómina de estos generadores de descargas con la realizadora Ágnes Hranitzky, o con el escritor transilvano de nacimiento, pero de expresión húngara Ádám Bodor) se ve recompensado con una extensión de su experiencia vital, con una prolongación de su existencia, subyugadora. Y es eso lo que los convierte, a todos ellos, en creadores insustituibles, singulares y necesarios. Podemos gastar mucho tiempo y tinta en analizar los numerosísimos aciertos de Krasznahorkai, incluso en recurrir a los socorridos clichés que siempre pueden servir como recurso (ya que habla del pasado y la memoria puedes nombrar a Proust en tu reseña, como crea un universo propio e interconectado conviene citar a Faulkner, una vez corroboras que sondea con libertad estética las profundidades de la psique estás legitimado para mencionar a Joyce, todos sabemos escribir reseñas de mil caracteres para suplementos culturales), pero todo eso no va a emular, ni a equipararse al hecho de que el lector que atraviesa sus libros sale transformado de ellos y ve aquilatada su experiencia. Eso hoy lo proporcionan muy pocos autores, casi ninguno. No es poca cosa toparse con uno que, como Krasznahorkai, lo hace además con una exuberancia estética, al menos filtrado por Kovacsics, subyugadora. No sé a qué están esperando para dejar de leer esto e ir a por un ejemplar de su libro.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es NOLA ( 2021). Además ha publicado la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en digital, y Mezclados y agitados, entre otros.