Mucho ruido y pocas nueces es uno de los dichos más ajustados de nuestra lengua, además de perfectamente traducible a otras lenguas, como evidencia la comedia de Shakespeare, ya que se trata de un concepto extendidísimo: algo que genera más ruido del fruto que verdaderamente aporta. Lo curioso es que ahora parezca ser un mérito el envolver de mucho ruido unos exiguos frutos. Eso sucede con la excesiva, y sobrealorada, novela de Lucy Ellmann.

El hecho de que la desmesura no es una virtud en sí misma, el hecho de que a la novela se le ven las ideas y la estructura a las veinte páginas, no eran necesarias quinientas, no digo ya mil, el hecho de que los inventarios de los pastelitos de la infancia, el Bony, el Tigretón, la Pantera Rosa, las Conchas, los Donuts, dan color pero no nutren, el hecho de que ya sabemos que la vida de un ama de casa aburrida, sometida a los caprichos de sus hijos y la falta de motivaciones, da para una novela, no es nada nuevo, el hecho de que se ha escrito eso mil veces, y mejor en muchas ocasiones, el hecho de que el retrato del presente, atiborrado de estímulos, de citas, de ruido que emborrona lo fundamental, es algo que lleva haciendo la literatura, la anglosajona y la catarí, desde hace años, no es ninguna novedad, el hecho de que ya no hay modo de comprar Mirinda, ni Tab, ni Tang, ni Kas, ni muchos otros refrescos, el hecho de que la independencia entre los poderes está siempre puesta en duda, el hecho de que todos los españoles conocen el punto 2 del artículo primero de la Constitución del 78, ese que dice que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado, pero pese a ello ahora nos dicen que los jueces no deben ser elegidos por el pueblo, del único modo en que al pueblo se le pregunta, eso es, en las elecciones, donde eligen a los representantes del poder legislativo, de los que salen los encargados del ejecutivo, vigilado y tutelado por las cortes, y que designan al órgano que preside el poder judicial, ya que si la cúpula de la judicatura no la eligen los representantes electos del pueblo el poder judicial deja de emanar del pueblo, como quieren los jueces, como quiere la derecha, como quieren los que buscan cargarse el estado de derecho y la fórmula por la que se gobierna la nación, el hecho de que eso se aprobó en el 78 y la mayoría actual de la población no participó en el dichoso referéndum, el hecho de que Suárez coló la aprobación de la monarquía de tapadillo dentro del referéndum constitucional, pero luego dicen que por qué algunos quieren la república, el hecho de que el precio del aceite esté por las nubes, el hecho de que la novela de Ellmann apenas tiene trama, el hecho de que eso no impide que se extienda a lo largo de más de mil soporíferas páginas, llenas de listas, de ocurrencias, el hecho de que ni siquiera Joyce abusó de ese modo del lector, porque el Ulysses está lleno de innovaciones y de técnicas experimentales, mientras que la novela de los patos tiene una única técnica, la de la acumulación, la de apabullar al lector y obligarle a ser el editor de la novela, separando el grano de la paja, el hecho de que la novela tiene paja para aburrir, el hecho de que en los medios han elogiado la novela sin haberla leído, cosa que no sorprende, porque siempre hacen lo mismo, ya sabemos como es la prensa cultural, ese oxímoron, el hecho de que he llegado a leer un artículo donde los únicos y entusiastas elogios provienen del traductor, que en ello el va el pan y como es lógico habla bien del libro, no va a hablar mal, hasta ahí podíamos llegar, el hecho de que la sensación de pérdida de tiempo tras la lectura de la novela es bastante desagradable, el hecho de que lo molesto no es tanto que alguien escriba el libro, cada uno con su pan se lo coma, sino que se elogie solo por su extensión, el hecho de que las entrevistas que ha concedido la autora no la convierten en alguien especialmente agradable, ni siquiera inteligente, el hecho de que venga avalada por una serie de premios que, cuando uno repasa los premiados, sobre todo los de los últimos años, no revela un especial acierto a la hora de captar el espíritu de nuestra época o una capacidad de descubrir libros determinantes de lo que todos hablamos y ante los que el mundo literario se rinda, el hecho de que llevamos una semana sin que salga el sol, y eso hace que la casa esté fría, y sea muy costoso caldearla, el hecho de que cada día en las noticias insisten en la necesidad de que llueva, porque hay zonas del país que atraviesan una sequía pertinaz, pero en esas regiones luego despilfarran las escasas reservas de agua dulce en pistas de hielo para la navidad o en cañones de nieve para que los ricos esquíen, los pobres que se mueran de sed, porque ellos no tendrán para comprar el agua embotellada, el hecho de que se trate de regiones urbanas donde prácticamente nadie bebe agua del grifo, pero décadas de penurias y de mala calidad del agua no les ha hecho modificar sus políticas hídricas, pero los mismos gestores inútiles van a ser capaces de gestionar un país independiente y mejorar la vida de su población, el hecho de que el principal motivo por el que la novela de Ellmann ha sido elogiada y ponderada por algunos críticos e instituciones británicas es porque responde perfectamente a la idea que tiene el británico promedio de lo que es la vida de la clase media en los Estados Unidos, el hecho de que la novela transcurra en Ohio, y la voz que enuncia la narración sea la de un ama de casa más o menos culta, que apenas tiene tiempo ya para leer, que reproduce como si fueran memes (el hecho de que esto les gustará a los modernos, porque señalar una obra literaria con memes los excita de un modo irrefrenable) frases del discurso público, y canciones, y citas, el hecho de que estén todas extraídas de revistas femeninas, de plataformas audiovisuales, de referentes de la cultura popular, pero se da el hecho de que de repente aparecen citas británicas, canciones infantiles, referentes como Guy Fawkes que no conoce prácticamente ningún gringo, pero da todo igual porque el hecho es que la novela no está escrita para el público gringo, ni pretende ser coherente, sino entregar al público británico high brow una novela sobre lo vacuo e intrascendente que es el mundo de los estadounidenses, el hecho de que a medida que se avanza en la lectura se vaya haciendo más estomagante el enfoque, lo pretencioso, lo molesto del truco, el halago facilón a lo pedante que late en cada lector, el desprecio por extensión a los materiales de la novela, el hecho de que tampoco es una locura estilísticamente hablando, el hecho de que sea como la COP, un contrasentido, reuniones de mandatarios internacionales que vuelan en sus jets privados a países desérticos donde la riqueza proviene de combustibles fósiles, el hecho de que además de los representantes del poder acudan técnicos y periodistas, el hecho de que a todos ellos les dan de comer en embalajes de plástico, el hecho de que se reúnan en ciudades cuyo mantenimiento es inasumible, el hecho de que haya una liga de golf, un deporte que requiere enormes extensiones de césped en lugares donde no hay agua, el hecho de que el exceso en Arabia Saudí y los emiratos del golfo Pérsico sea, hoy, la verdadera diana, más allá de la renqueante y ya derrotada idea del sueño americano, el hecho de que digamos “americano” para hablar de los Estados Unidos sea la muestra más patente de colonialismo, que impregna hasta nuestra lengua, el hecho de que esta novela, de haber sido escrita por una vecina de Barbastro pasaría totalmente desapercibida, el hecho de que nadie la habría publicado, el hecho de que la han debido leer cuatro, porque es como la edición de RBA de El nombre de la rosa, que estaba en todas las casas porque valía cien pesetas, el hecho de que las pesetas no sean antiguas, el hecho de que dejaron de ser un valor de cambio, el hecho de que la novela la comprabas en el quiosco por poco más de medio euro, el hecho de que hoy con eso no compras ni una caña, el hecho de que una caña bien tirada es breve y placentera, cosa que no puede decir la novela de los patos, el hecho de que la desmesura no es un mérito, el hecho de que Krahe tuvo la genialidad de decir que el Guinness es un libro de excesos que hay en inglés, el hecho de que sea la compañía de cerveza, o su familia por ser más exactos, quien financie ese libro ese absurdo, el hecho de que es posible que este libro entre en sus listados, no por ser el más largo, sino el más vacuo de los largos, el hecho de que la desmesura no es un mérito, creo que eso ya lo he dicho.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es NOLA ( 2021). Además ha publicado la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en digital, y Mezclados y agitados, entre otros.