Continuamos la publicación de numerosas columnas de Martín Cerda de difícil acceso de la mano de Marginalia editores, donde están preparando la edición de un volumen recopilatorio, y han tenido el amable gesto de ir compartiendo con los lectores de penúltiMa los textos de uno de los más excelsos ensayistas de nuestra lengua, que, en este caso, se acerca a una de esas figuras renombradísimas dentro de la cultura chilena, Jaime Eyzaguirre, pero que apenas son conocidas fuera del país transandino. Martín Cerda en estado puro.

 

“Ne me demandez pas de me repentir des pensées que j´ai pu avoir. Ce repentir ne serait pas sincere”.
A. Gide, L` Ecoles des Femmes, 147

 

La tradición historiográfica de Chile –señalada por Menéndez Pelayo, en hora oportuna– se sostiene, al parecer, como la más espaciosa, sólida, continua, de Iberoamérica. Bastaría traer, creo yo, en recordatorio los nombres ilustres del abate Molina, de Diego Barros Arana y de José Toribio Medina, para fundar, sobre bases incuestionables, la verdad que transcurre por esta humilde, ocasional, frase periodística. (Sirva, al tiempo, tal recordación de aviso elíptico a todo posible malentendido “nacionalista”, tan inexcusable como otra tontería de trinchera o campanario).

Heredero infatigable de esta tradición –laborioso cultor de los huertos de Clío– es Jaime Eyzaguirre, quien ahora, se encuentra en Caracas, como invitado de la Academia de Historia, para participar en el Congreso de Academias e Institutos Históricos sobre el pensamiento constitucional en Latinoamérica. Historiador probada en la búsqueda de los archivos, catedrático universitario desde su mocedad, escritor de precioso conceptismo, Eyzaguirre no es sólo el heredero de esta tradición, sino que, por haberla asumido como tal traditio, es un renovador de las más originales tareas historiográficas, en Chile.

Su obra –que anda alumbrando ya en labores discipulares– representa un cambio sustantivo en los planteamientos y perspectivas sobre la realidad histórica de Chile e Iberoamérica. Así desde su Ventura de Pedro de Valdivia (fundador, que no “conquistador” de Chile), hasta su reciente Ideario y ruta de la emancipación de Chile (reedición ampliada de un documentado e inteligente ensayo sobre el tema, publicado en Atenea, hace diez años), la labor de Eyzaguirre ha sido, y es, una radical lección historiológica. Ejecutivo cumplimiento de una vocación solicitada por la existencia histórica iberoamericana (recuerdo, si no mal ando de memoria, su magnífico ensayo Hispanoamérica del dolor, publicado en Estudios, revista de su dirección, a la que tantos debemos tanto.)

Conozco a Jaime Eyzaguirre desde hace quince años. Desde la tertulia que animaba en la librería “El Árbol” –ahora memorable, por haber desaparecido de aquel rinconcito familiar de la calle Moneda, de Santiago– aprendí, siendo casi un niño de pantalones estirados, el trato o la práctica de las ideas. Los contertulios habituales de aquellos años –el crítico Alfredo Lefevbre, los poetas Miguel Arteche y Juan Lanza, el ya serio y docto Gonzalo Vial Correa (hoy tan brillante profesor, como entonces estudiante), el errabundo de sorpresas que esto escribe– tuvimos siempre en Eyzaguirre un cordial maestro de certezas e inquietudes.

Fue en aquella tertulia –los años alborales proa a un futuro incumplido– donde aprendí la lección primera de hispanoamericanidad. Desde su luminoso ruedo de palabras –hoy, espectralizadas en su memoria–, las obras que constituyen la más depurada expresión de nuestra común tradición hispánica, se impusieron, en medio de tantas peripecias ulteriores, como certezas de vida, que más nunca habrían de abandonarme. Como verdades tejedoras de este andar hacia horizontes, siempre más o menos inciertos, que es la existencia.

Cervantes, Azorín, Góngora, Ortega, Quevedo, Unamuno, Gracián, Zubiri, Lope, Maeztu, Calderón, Reyes, Ercilla, Sanín Cano, Victoria, Picón Salas, Las Casas, Martínez Estrada, Bello Mañach… dialogaban en nuestras cabezas platónicas, al azar de la lectura, con otras ideas que Eyzaguirre movilizaba con rara , casi inverosímil maestría y, sobre todo, con franca amistad. En las páginas de Estudios, encontrábamos la ideal arquitectura de una nueva consciencia de Hispanoamérica: una auténtica apetencia de su ser, limpio de todo aquel fárrago que –como lo había dicho Alfonso Reyes– que nos mata, cuando no nos remata…

No sembró en la nada Jaime Eyzaguirre.

Si durante los años siguientes –éstos diez últimos años de tan largas errancias, y acaso, de no menos largos errores– he estado alejado de aquella tertulia, ha sido –créalo, Jaime, en sinceridad– sólo físicamente. Porque, con mis disidencias aún a cuestas, nunca he cesado de estar próximo al cumplimiento de su lección espiritual, que es –para mí, no historiador– la que siempre y ahora me ha importado.

Esta lección, de tan hondos alumbramientos espirituales, ha sido, de un modo u otro, un factor omnipresente en cada momento de mis mocedades. La recordaba, hasta en sus pormenores, escuchando en París a Marcel Bataillon. Volvía sobre ella, en Madrid, en conversaciones con Jaime Delgado, historiador, común amigo y guía hospitalario de mis pasos por Villa y Corte. La rememoro, una vez más, en Caracas, desde esta modesta, transterrada, pero siempre fiel, columna periodística.

 

Nota literaria fechada el 2 de julio de 1961, correspondiente a sus entregas intituladas “Punta de lápiz” del periódico La República de Caracas

 

Martín Cerda nació en Antofagasta en 1930. Realizó sus estudios básicos en Viña del Mar, en el colegio los Padres Franceses. Desde entonces su pasión fundamental fueron los libros, especialmente la literatura y la cultura francesa. Por esta razón, a los 21 años viajó a París, con el propósito de conocer e imbuirse en la corriente intelectual encabezada, en esta época, por los existencialistas Jean Paul Sartre, Boris Vian, Albert Camus, Ives Montand, Simone de Beauvoir entre otros. Se matriculó en la Universidad de La Sorbonne para estudiar derecho y filosofía, allí entró en contacto con obras de escritores franceses y europeos fundadores del pensamiento moderno. Así, Cerda fue uno de los primeros escritores chilenos en estudiar a los intelectuales europeos de la década de 1950, adquiriendo con ello una erudición que lo posicionó como el único autor con la capacidad de difundir tales ideas en Chile. Todo esto ayudó a forjar su orientación de ensayista, actividad que abordó con gran entusiasmo, pues esta forma literaria le permitió situarse en la contingencia y dejar constancia de su tiempo. De regreso en Chile, trabajó como columnista en distintos periódicos y revistas, colaboró desde 1960 en la revista semanal PEC, y en el diario Las Últimas Noticias, donde escribió ensayos sobre hechos históricos, literatura, cultura y contingencia chilena. Asimismo, en 1958, participó de un suplemento del diario La Nación llamado «La Gaceta». Por otra parte, en esta época formó parte del ambiente intelectual chileno, integrándose a discusiones literarias en cafés y en tertulias y dando charlas. En 1970 resolvió abandonar Chile y establecerse en Venezuela desde donde siguió enviando artículos para Las Últimas Noticias. Además trabajó en un suplemento literario de un periódico de ese país. En 1982 publicó su primer libro, La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo, en el que propuso un recorrido por la historia de este género, desde sus orígenes. En 1984, asumió la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, cargo al que renunció el 3 de marzo de 1987, porque quería dedicarse por completo a la preparación de otros libros de ensayos. Ese mismo año, publicó Escritorio, un largo texto donde reflexionó sobre el oficio del escritor. En 1990, obtuvo la beca Fundación Andes para llevar a cabo tres proyectos de investigación en la Universidad de Magallanes (Umag): Montaigne y el Nuevo Mundo; Crónicas de viajeros australes y una completa bibliografía de Roland Barthes. Esta experiencia lo motivó a trabajar en la ciudad de Punta Arenas, donde había descubierto una escena literaria fecunda y una activa vida académica.Sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, en agosto de 1990, la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, donde estaba alojado, sufrió un incendio que destruyó casi por completo su biblioteca personal y sus manuscritos próximos a ser publicados. Esta catástrofe le asestó un duro golpe del cual nunca logró recuperarse. Luego de sufrir un paro cardíaco a fines de ese mismo año, debió ser sometido a una intervención quirúrgica que, en definitiva, no resistió. Murió el 12 de agosto de 1991. Dos años después, los investigadores Pedro Pablo Zegers y Alfonso Calderón publicaron dos libros recopilatorios de sus ensayos dispersos en libros y revistas. Más tarde, el prólogo de Martín Hopenhayn a la última edición (2005) de Palabra quebrada; ensayo sobre el ensayo, marcó la reactivación de las lecturas e interpretaciones en torno a su obra, que vino a confirmar la publicación de Escombros: apuntes sobre literatura y otros asuntos, volumen de textos inéditos con edición y prólogo también a cargo de Calderón.