La publicación de varias novedades editoriales, entre las que destaca Introducción a la crítica de mí mismo (Siglo XXI) que reúne unas conversaciones con Horacio Tarcus, y que obliga a reflexionar de nuevo en torno a la obra de Piglia, donde cada vez destaca más la construcción de su propia imagen pública y literaria como la más genial de todas sus creaciones. 

 

Ricardo Piglia es un caso paradigmático de la plasmación de una estética posmodernista en la creación literaria. Aunque su perspectiva crítica siempre bebió de Benjamin y de la teoría marxista, en su vertiente creadora ejemplifica como lo hacen muy pocos autores la idea de la autoficción. Lo curioso es que esto puede sonar algo extraño, acaso incómodo, para algunos lectores. Los años finales de su vida, cuando hizo pública su enfermedad y progresiva parálisis, vinieron acompañados de la concreción de uno de los proyectos más anunciados de la historia de la literatura argentina. Por supuesto, me refiero a su diario. Un diario mítico, del que antes algunos decían haber leído fragmentos, otros haber visto los cuadernos, 327 fue la cifra arbitraria que eligió Piglia para la película documental de Andrés Di Tella, y que muchos consideraban algo vaporoso y etéreo, una leyenda más de las muchas de las que está trufada la literatura argentina. Para sorpresa de unos, deleite de otros, aversión de otros cuantos, los diarios comenzaron a publicarse. Pero no eran los diarios de Ricardo Piglia, sino los de Emilio Renzi. Esto provocó ríos de tinta, llenos de desprecios y elogios. Para algunos se trataba de una ruptura del pacto autobiográfico en el que se basa el género del diario, y encontraban que muchos de los pasajes descritos, de las historias recogidas en él, estaban falseados por la distancia y el paso del tiempo, evidenciando que en ellos Piglia había, en la medida de lo posible, maquillado su imagen, no de un modo burdo, obvio, apareciendo como un seductor lleno de virtudes, pero sí modificando las percepciones de los hechos gracias al tamiz del paso de los años y presentándose como alguien más agudo, más perspicaz, con una mayor capacidad de vislumbrar el devenir de la literatura y la historia argentinas. Y conviene dejar claro que esas críticas estaban cargadas de razón, pero al hacerlo obviaban siempre lo más obvio, lo que, como la carta robada, por estar a la vista de todos, parece no verse: los diarios no eran de Piglia, sino de un trasunto ficcional, Emilio Renzi, que desde su primera aparición en relatos de los años sesenta venía siendo Piglia sin serlo del todo, o sea, para que quede más claro, el autor no es el personaje y el personaje no es el autor, ni siquiera en el caso de que compartan nombre, cosa que no ocurre en este caso, o no de forma explícita —los lectores enterados saben que Emilio Renzi es un nombre que surge de la familia de Piglia, pero eso es secundario—, y eso trastoca de modo radical la posibilidad de hacer una lectura simplona de los tres volúmenes de los diarios de Emilio Renzi como una mera reunión de memorias de Piglia. Puede gustar más, o puede gustar menos, pero hay una serie de elementos, estéticos, éticos y artísticos, que están en juego para presentar ante el lector no un texto mejor o peor, pero sí desde luego más sofisticado que unas sencillas memorias o diarios de un autor.

Del modo equivalente puede decirse que los que leyeron con devoción parroquial los mismos, y los consideran una confesión personal pulida con destellos de genialidad críticos y narrativos, una obra imperecedera destinada a terminar de apuntalar la presencia tutelar de Piglia dentro de la literatura argentina, o hispanohablante, son más ingenuos si cabe que quienes sospecharon de ellos, y es más que posible que el mismo Piglia, aunque estuviera agradecido con su lealtad y entusiasmo, estuviera más cerca de los censores que de estos hagiógrafos. Piglia editó algunas notas guardadas durante años en cuadernos, claro, pero también creó, fabuló, inventó mucho, desde los datos y desde la memoria, y lo hizo con una voluntad evidente de construir no ya un texto diarístico o narrativo, sino sobre todo un artefacto que, del mismo modo que sus novelas precedentes, incomodara una adscripción sencilla y facilona a algún género, ya fuera en lo que se refiere a su elección formal como temática.

Lo ha dicho uno muchas veces y también veo que sigue sorprendiendo. Si cuando Piglia decidió reunir un conjunto de textos que se habían leído desde hacía años como ensayos en los seminarios universitarios en una colección de narrativa, presentados bajo las mismas condiciones que sus novelas, y no en la colección de ensayo de esa editorial, donde sí colocó Crítica y ficción, no podemos ignorar el detalle como si nada. Que, además, en las entrevistas donde hablaba, por ejemplo, de uno de esos textos, las «Tesis sobre el cuento», lo hiciera con cierto tono zumbón y diera a entender que era un texto más cercano a cuentos de Borges como «La biblioteca de Babel» que a los ensayos de Otras inquisiciones, no podemos ignorar soberanamente el gesto, la decisión del autor. No conviene, al menos, prescindir de detalle sin más.

Tampoco que, pese a que sea más explícita en «Nombre falso», el cuento largo o nouvelle, no el libro donde estaba incluido este texto, la herencia de Arlt es más determinante, diría incluso que brillante por no ser tan visible, en El camino de Ida. La idea de que el escritor es un terrorista que atenta contra la visión consensuada de lo real y postula un mundo que la suplante o destruya que sustenta la última novela de Piglia es donde se muestra de modo más directo como un heredero del autor de Los lanzallamas o Los siete locos. Que no lo diga de modo explícito no niega esa condición.

Enhebro estos tres ejemplos: el del diario que no es diario ni es suyo, el de los ensayos que no son ensayos sino cuentos que se presentan como ensayos siguiendo el modelo de Borges, y el de la novela arlteana que lo es pese a que no menciona a Arlt en ella, para subrayar que toda la trayectoria de Piglia obedece a un principio, el del lector como detective que debe no ya ser capaz de advertir y distinguir las pistas y de ese modo entender de modo cabal todo el andamiaje que ha creado el autor, ese lector que se imagina al inicio de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», algo más o menos evidente en que él insistió mucho, sino, que muchas veces se olvida, que el autor debe armar ese rompecabezas, en el que él mismo se inserta para complicarle más la vida al lector al tiempo que le entrega un texto de una riqueza mucho mayor. Piglia no solo se pasó toda su vida indicando cómo descifrar un texto, sino como ocultarse con ellos. Por eso sus diarios no son suyos y no son diarios, sus ensayos son cuentos y sus cuentos ensayos y sus novelas son manuales de terrorismo o, si no tanto, los informes de una sociedad entregada a la labor de dinamitar el mundo.

Por eso la aparición casi simultánea de dos libros viene en cierto modo a modificar de nuevo el caso y aportar mayor confusión, a la vez que nuevos materiales, a su particular artefacto de ocultamiento. Hablo, por supuesto, del perfil de Mauro Libertella, Ricardo Piglia a la intemperie, y de la transcripción de una serie de entrevistas sobre sus colaboraciones y labor en diversas revistas y publicaciones periódicas en los años sesenta y setenta sobre todo, llega un poco hasta los ochenta y la separación final de Punto de Vista durante el Alfonsinismo, que le hizo Horacio Tarcus y que han sido reunidos junto a algunos de esos textos «de combate» o «de trinchera» bajo el título Introducción general a la crítica de mí mismo, libro publicado casi a la vez en Argentina y España por Siglo XXI.

Resulta obvio que es más interesante, por reflejar su voz de modo directo y sus textos, y venir a paliar uno de los aspectos si bien no ocultos, sí menos trabajados por la crítica, sobre todo la de fuera de Argentina, en torno a su trayectoria, el libro del que es coautor Tarcus y no tanto el perfil, un perfil interesante como todos, pero que solo hacia el final comienza a expresar de modo inequívoco las dudas que le presentan los diarios, aunque son los mismos que ha creído casi a pie juntillas cuando se trataba de circular por pasajes y épocas de su vida donde los testimonios de otros escritores o personajes del mundo de la cultura podían aportar testimonios al respecto. O sea, que se trata de un perfil que da por buenos los mismos materiales unas veces y los cuestiona en otros, además de que, como sucede con casi todos los libros de la editorial donde ha aparecido, parece que nadie ha hecho edición alguna del libro, lo que incomoda mucho una lectura que se topa con frecuencia con inexactitudes evidentes, por ejemplo: considera que un semestre académico estadounidense dura un año completo, y eso obliga a sospechar de muchos otros detalles que posiblemente sean malentendidos semejantes, lo que finalmente termina por apagar en buena medida el interés que pueda suscitar los materiales que aporta, ya que si no se han contrastado unos, por qué deberían estar contrastados los otros. De todos modos, hay que reconocerle a Libertella la osadía de trazar un perfil de una persona que se pasó su vida ocultándose, como historiador cuando quería ser escritor, luego como editor y traductor, más adelante como militante, el esconderse de veras, ya no un ocultamiento metafórico, obligado durante la dictadura, más tarde el ocultamiento en los Estados Unidos tras la polémica por el premio Planeta, etc. Libertella, a la postre, resalta lo que ya hemos dicho pero lo hace con una acumulación de datos, que vamos a dar por ciertos, esperemos que los errores de edición no hayan tenido nada que ver con la investigación o la escritura, que terminan por confirmar lo que sospechábamos antes de iniciar la lectura de su perfil: Piglia construyó un personaje, y esa acaso haya sido su gran labor, su obra magna, y no tanto el diario de ese personaje como muchas veces se ha dicho, creyendo al pie de la letra sus palabras que, en el caso de Piglia, quizás sea el error más tentador, pero también el más palmario, en el que se puede caer.

Y el libro de las entrevistas, en buena medida, nos permite entender cómo ese personaje se labró un hueco en el ecosistema literario argentino y cobró la aureola mítica que lo acompañó de por vida. Porque, y eso no es un detalle secundario, y Libertella lo subraya varias veces en su libro y se ha repetido muchas veces, la secuencia de publicaciones de libros de Piglia no termina de explicar su importancia de no tenerse en cuenta la tarea que desempeñó en editoriales y, sobre todo, en las revistas. Lo importante de las conversaciones con Tarcus es que ponen el foco justamente en esa época. Piglia publicó un libro de cuentos a finales de los años sesenta, otro en los setenta y, cuando se publica Respiración artificial en 1980, es ya un autor respetado y central para entender el panorama literario del momento. No es casual que la novela fuera esperada y elogiada de modo automático. Piglia ya ocupaba un lugar central en la literatura argentina, y todos sabemos que lo mejor para recibir elogios es no necesitarlos. Ese lugar de especial relevancia lo obtiene Piglia, sobre todo, gracias a su labor en diversas revistas. Los años trotskistas y maoístas, la sombra de Marx y Chandler, la Revista de Liberación, el proyecto de Literatura y Sociedad, las tensiones con el grupo de Contorno, la concepción de Los Libros, o la amistad con Altamirano y Sarlo que fragua Punto de Vista y que sobrevive al alejamiento ideológico y estético de Piglia de esa aventura, sirven como hitos en el desarrollo de esos quince años que ubicarán a Piglia en la cima de la intelectualidad argentina al mismo tiempo que explican buena parte de sus derroteros posteriores. Eso, explicado por el propio Piglia, junto a una selección de textos que permitan entender de modo cabal este periplo de década y media, es lo que va a encontrar el lector en Introducción a la crítica general de mí mismo, o, como podríamos decir al hilo de lo dicho antes, entender el modo en que debemos leer, cuestionar y dialogar con el proceso de autoficción en el que se embarcó Piglia. Tampoco fueron malos los resultados.

Por eso, frente a la recuperación reciente de algunas clases televisivas o textos académicos que se han realizado de un tiempo a esta parte —y ojalá lleguen más porque la vertiente académica de Piglia es uno de esos raros casos en los que se aprende con textos pensados para ser leídos en clase, o que son transcripciones de estas—, las conversaciones con Tarcus nos permiten conocer algo más de él, de su persona y de su personaje. Lo que subraya el acierto del título, ya que es, esta vez sí, Piglia haciendo crítica sobre sí mismos y presentando unos modos de lectura que se le puedan aplicar a su biografía y obra. Es posible que algunos lectores no estén muy versados en el nutrido plantel de figuras históricas de la intelectualidad argentina que desfilan por estas páginas, o en las crisis históricas y acontecimientos relevantes a los que se aluden. Eso es, creo, algo secundario. Si uno quiere saber no es complicado hoy encontrar extensa información al respecto e, incluso para los más perezosos, conviene recordar que cuando Melville da por sentado que sabemos unas cuantas cosas sobre cómo es la vida en un ballenero nadie osa ponerle pega alguna. Pues eso.

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente es NOLA ( 2021). Además ha publicado la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en digital, y Mezclados y agitados, entre otros.

 

En la imagen que ilustra el texto puede verse, por este orden a Ricardo Piglia, Juan José Saer, Hugo Vezzetti, Carlos Altamirano,María Teresa Gramuglio y Beatriz Sarlo.