Incluido como epílogo a la reciente edición del libro puesta en circulación por la exquisita editorial Las afueras, este texto del traductor de dicha edición repasa el proceso conocido y bien documentado de la escritura de una de las novelas más importantes del siglo XX. Los interesados pueden adquirir el libro en el enlace de la editorial.
«Graciliano, este título no tiene nada que ver con tu novela. Debías escoger algo que retratase mejor a tus personajes, que tienen unas vidas secas…» Daniel Pereira, hermano de su editor José Olympio, tras haber trabajado mano a mano con Graciliano Ramos durante los primeros meses de 1938 en la tarea de ultimar los detalles de la primera edición de esta novela, debía estar a la venta en abril dentro del catálogo de Livraria José Olympio Editora, no terminaba de emocionarse con el título elegido por el autor para el libro. Había comenzado llamándose «Baleia», y el poeta Augusto Frederico Schmidt llegó a sugerir a su amigo Ramos la opción de «Vidas amargas». Pero el título que aparece en la versión mecanografiada definitiva que entregó Graciliano a la editorial, así como en las pruebas de imprenta que acompañaban a las palabras de Pereira era «El mundo cubierto de plumas». Graciliano no termina de decidirse. En el último momento tacha el título completo en las pruebas de imprenta y añade, de su puño y letra, «Vidas secas». Una de las novelas más importantes del siglo xx ha sido, finalmente, bautizada.
No hay muchos casos en que se cuenten con tantos documentos que permitan trazar de modo fiable el proceso de escritura de un libro. Thiago Mio Salla, uno de los expertos en la obra de Graciliano, lo subraya en la nota que incluye en la reciente edición que se ha publicado en Brasil de la novela. En el archivo del autor, conservado en la Universidad de São Paulo, se conservan los manuscritos de los trece capítulos de la novela, cada uno con una fecha, así como la versión mecanografiada del conjunto que entregó a la editorial cuando comenzó a trabajar con Pereira para su publicación. En el archivo pueden consultarse también las versiones de los textos tal y como se fueron publicando como cuentos independientes en la prensa y, cómo no, las mencionadas pruebas finales de la novela en las que plasmó Graciliano el consejo de Pereira. Pero ahí no acabó el proceso de construcción del libro. Siguió creciendo, acaso sería más exacto hablar de transformación, durante los años siguientes. En el mismo archivo se conserva un ejemplar de la primera edición de la novela ya impresa con enmiendas hechas a mano, versiones manuscritas que él realizó con nuevas modificaciones de algunos pasajes del libro para remitirlos a amigos suyos, las pruebas de la segunda edición, la de 1947, sobre las que hizo nuevas correcciones y cambios, así como un ejemplar impreso con más anotaciones destinadas a ser incorporadas en la tercera edición de la novela. En la portada de este ejemplar dejó una anotación destinada al responsable de la tercera edición pidiendo un respeto riguroso a las decisiones ortográficas que incluía en esas últimas correcciones. Esa nota manuscrita cuenta además con una fecha: 4 de julio de 1951. Esa versión se publicó al completo por entregas entre septiembre de 1951 y octubre de 1953, más allá de la muerte del autor, que tuvo lugar en marzo de 1953, en la revista O Momento Feminino, y coincide con la que hoy sirve como la de referencia: la tercera edición publicada también por José Olympio en 1952. Solo en ese momento puede decirse que concluyó en sentido estricto la escritura de Vidas secas, tras quince años de trabajo y reflexión. Quiso el azar que fuera ese momento cuando se desató su éxito popular, ya que si bien hasta entonces había sido recibida con entusiasmo por la crítica, jamás llegó a ser un éxito de ventas en vida de Graciliano, que murió sin haber escapado de la vida modesta, algo sorprendente al conocer que la novela tiene ya más de 160 reimpresiones.
La escritura de la novela había comenzado mucho antes, al poco de salir de la cárcel Graciliano, donde estuvo preso durante diez meses y diez días. A lo largo de ese presidio no llegó a recibir acusación alguna, ni siquiera llegó a estar ante un juez, se limitó a formar parte de un conjunto de más de tres mil presos políticos detenidos en el nordeste del país tras la conocida como Intentona Comunista, un levantamiento liderado por militares que tuvo lugar la semana del 23 al 27 de noviembre de 1935 en Natal, Recife y Río de Janeiro, y que fue reprimida con dureza por el entonces aún democrático gobierno de Getúlio Vargas, y más tarde utilizada como justificación y propaganda para defender el golpe de estado que desembocó en la dictadura implantada en 1937 que ha quedado fijada en la Historia con el nombre de Estado Novo. La administración federal impuso el estado de sitio tras la Intentona y comenzó a buscar simpatizantes comunistas en sus propias casas para detenerlos sin molestarse en tener pruebas en su contra. Bastaron delaciones realizadas por denunciantes anónimos o carentes de toda lógica para llevar a cabo detenciones arbitrarias. Un caso que sirve como ejemplo perfecto es el de Nise Magalhães da Silvera, discípula de Jung y reconocida psiquiatra, que compartió la prisión con Graciliano y por ello aparece en sus Memorias de la cárcel, a la que detuvieron por la denuncia de una enfermera que pensaba que algunos de los libros que tenía en su despacho eran de orientación marxista.
La detención de Graciliano Ramos fue, en todo caso, la que causó más revuelo en el momento en que se produjo, ya que Ramos contaba con un cierto renombre como escritor y un prestigio como funcionario intachable. La carrera de Graciliano es de una singularidad extrema en ese sentido. Aunque nacido en el estado de Alagoas, el primero de dieciséis hermanos, en cuanto terminó sus estudios emigró a Río de Janeiro, donde trabajó algunos años como periodista. Pero en 1915, con apenas 22 años, regresa a Alagoas tras la muerte de tres hermanos y un sobrino por una plaga de peste bubónica y se instala con su padre en Palmeira dos Índios. Ese mismo año contrae matrimonio con su primera esposa, que moriría cinco años después tras dar a luz a cuatro hijos. En 1927 fue elegido prefecto de la ciudad, lo que vendría a ser el delegado del gobierno encargado de dirigir la función pública de la zona. Sus informes públicos llaman la atención de periodistas, escritores y políticos, de hecho, hoy se incluyen dentro de su bibliografía en los manuales de Historia de la literatura. Son mucho más que los memorándums administrativos carentes de alma que uno espera en estas circunstancias. Ahí comienza a aparecer el escritor en que se convertiría, y eso lo vislumbró enseguida el poeta Augusto Frederico Schmidt, uno de los que más insistieron en que se dedicase a la escritura. En 1930 se muda a Maceió, la capital del estado de Alagoas, donde pasó a trabajar como profesor y ocupar los cargos de director de la imprenta y editorial oficial y la dirección de la instrucción pública del estado. El impulso recibido a su vocación de escritor fructifica en la publicación de sus dos primeras novelas: Caetés aparece en 1933, y recibe encendidos elogios de escritores como Valdemar Cavalcanti y Aurélio Buarque de Holanda (responsable de la edición del Nuevo Diccionario de la Lengua portuguesa, conocido como «el Aurélio», y primo de Sérgio Buarque de Holanda, el notable historiador y fundador del Partido de los Trabajadores, lo que lo convierte en tío de Chico Buarque y Miúcha) para más tarde obtener el premio Brasil correspondiente a aquel año; y el mismo consenso crítico obtiene São Bernardo, su segunda novela, publicada al año siguiente. Graciliano, a comienzos de 1936, cansado de las amenazas constantes que recibe como director de educación, dimite del cargo, y decide consagrarse a la escritura de una novela que tiene en marcha.
Como se hace evidente, cuando se produce la Intentona Graciliano era un hombre de importancia y creciente fama, pero eso no impide que cuatro meses después del alzamiento militar sea detenido, el 3 de marzo de 1936, y trasladado como el resto de los tres mil presos políticos en bodegas de barcos hacia Río de Janeiro. En las Memorias de la cárcel cuenta que cuando llegó al cuartel del Vigésimo Batallón en Maceió recordó haber estado allí unos años atrás, en plena exaltación de la Revolución de 1930, la que había llevado a Getúlio Vargas al poder y que apoyaron de modo masivo los intelectuales por considerarla un avance progresista para el país: «Pensando en estas cosas, bajé del coche y crucé el patio que, en 1930, había visto lleno de entusiastas adornados con brazaletes rojos (…). Si todos los perseguidos hubieran sido como yo, jamás se hubiera producido una sola revolución en el mundo. Un revolucionario de baratillo. Mis armas, débiles y hechas de papel, solo podían empuñarse cuando uno está a solas». Es más que posible que de no haber dimitido de su cargo no hubieran llegado a detenerle, aunque tampoco es algo que pueda afirmarse de modo taxativo. Detenidos por sus ideas, sus simpatías ideológicas o, como ya se ha dicho, por tener unos libros en el despacho, estos miles de presos sin cargo alguno fueron distribuidos por las prisiones de la capital. Graciliano termina pasando ese presidio sin juicio ni condena en el penal de Ilha Grande. Durante esos meses de cárcel se publica esa tercera novela en la que se había concentrado, Angústia, cuyo proceso final de edición no pudo supervisar, motivo por el cual no terminaría de mostrarse conforme con su acabado, aunque siempre estuvo agradecido a los amigos, entre los que destaca José Lins do Rego, que se esforzaron en ponerla en circulación, lo más probable es que actuaran con el objetivo de darle una mayor visibilidad mediante la publicación y evitar así cualquier posible exceso de las autoridades.
A comienzos de 1937, el 13 de enero, es puesto en libertad y el mismo Lins do Rego lo acoge durante unos días en su casa de Río de Janeiro. Graciliano decide no regresar a Alagoas. Se instala en la pensión de doña Elvira, en el barrio de Catete, en el número 164 de la calle Corrêa Dutra, donde comparte un pequeño cuarto con un compañero de presidio, al principio, y más tarde con su segunda esposa y las dos más pequeñas de los cuatro hijos que tuvieron, que se trasladarán desde Maceió sin llevar consigo nada más que lo imprescindible. Subrayo esto porque, frente a la ingente documentación que nos permite recomponer la escritura de Vidas secas, la ausencia de material de sus anteriores trabajos es muy posible que se deba a la imposibilidad de haberlo conservado en medio de estas circunstancias, no desde luego a su dejadez. A los pocos días escribe su hijo Márcio que su prioridad en aquellos momentos pasa por buscarse cómo pagar «techo y rancho»: «Hace un año, disfrutaba de ambas cosas, y además de buena calidad, y todo de modo gratuito. Pero el gobierno me puso en la calle así que perdí mi último empleo, el de preso político, y ahora no tengo más que esto. Tengo que inventarme una vida nueva, esto es un desastre».
Quiere la casualidad que recuerde una propuesta que le hiciera el traductor argentino Benjamín de Garay antes de que entrase en prisión: escribir unos cuentos para publicar en la prensa como modo de ganar dinero sin tener que esperar a tener un libro completo. En realidad, la propuesta del argentino tenía más que ver con darle cierto renombre en Argentina y así poder convencer a algún editor local para realizar la traducción de São Bernardo, de la que quería encargarse Garay. El 26 de febrero Graciliano le escribe: «¿Sería posible conseguir un poco más de esos veinticinco pesos por cuento, Garay? Puedo escribir dos o tres por mes, si así lo estima conveniente». Garay le pide que envíe textos con color regional y llenos de pintoresquismos, así quizás pueda colocarlos en la redacción de La Prensa. Graciliano se pone en marcha. Escribe a Heloísa, su mujer, que todavía estaba en Alagoas, para que le envíe las notas que ella había acumulado sobre diversos hechos y personajes de la región con la intención de escribir ella un libro, un proyecto al que siempre le animó Ramos.
En la pensión de la calle Corrêa Dutra, Graciliano recuerda el sacrificio de un perro que contempló en su infancia, y se lanza a escribir un cuento que hoy conocemos como «Baleia». El manuscrito del cuento está fechado el 4 de mayo de 1937. En una carta del día 7 le cuenta a su esposa Heloísa: «Escribí un relato sobre la muerte de una perra, una cosa complicada, como podrás imaginar: intenté adivinar qué pasa en el alma de un perro. ¿Tendrán alma los perros? Tampoco es una cosa que me quite el sueño. Mi mascota muere deseando despertar en un mundo lleno de cuyes. Exactamente lo que todos queremos. La diferencia es que yo quiero que aparezcan antes de dormir, y el padre Zé Leite quiere que vengan a nosotros en nuestros sueños, pero en el fondo todos somos como mi perra Baleia y todos estamos esperando unos cuyes. Este es el cuarto texto que escribo aquí en la pensión. En ninguno pasa realmente nada, hay gente a la expectativa. Intento averiguar qué hay dentro de ellos».
Manda el cuento al suplemento literario de O Jornal y, apenas lo había remitido, se arrepintió ante la sospecha de que no fuera lo suficientemente bueno. Pero decide no hacer nada, porque lo más importante eran los cien mil reales que iba a cobrar por él. Le envía también una copia del texto a Garay, y en la carta que lo acompaña le comenta «¿Es posible que los animales tengan alma? Algo parecido al menos deben tener, lo que sea con tal de que se pueda cambiar por un cheque. Hágame el favor, mi querido Garay, de examinar la cuestión psicológica y también la financiera, si es necesario pruebe a ver si mi perra puede ser intercambiada por algunos pesos, ya sea en una redacción o en una sociedad protectora de animales».
Ya tan solo quedaba esperar a la recepción del cuento por parte de los lectores. Apareció publicado el 23 de mayo. Los habituales de las tertulias en la librería de José Olympio (Affonso Arinos, Augusto Frederico Schmidt y José Lins do Rego), se muestran entusiasmados. José Maria Belo llega a confesarle que lloró al leer la muerte de la perra. Graciliano, con irónico sarcasmo, no termina de creerse el éxito y responde que no sabía que le hubiera quedado tan cursi. Pero parece más un gesto de modestia que otra cosa, porque persiste en la escritura de esas historias, que en las cartas a Garay o a su hijo denomina «historias de bichos: perros y paletos».
Su mujer viaja llega finalmente a Río para reunirse con él después de un año, y lo hace acompañada de sus dos hijas pequeñas, así que comienzan a vivir los cuatro en el mínimo cuarto de la pensión. Dênis Moraes, el biógrafo de Graciliano, da muchos detalles acerca de la rutina de aquellos meses en que se escribió la novela. «Debido a que vivía en una habitación minúscula con su mujer y sus hijas, solo podía levantarse al amanecer para escribir. Se levantaba casi de puntillas, se lavaba la cara y se sentaba ante una mesa llena de libros. Encendía la tenue lámpara, mojaba la pluma en el tintero y escribía lentamente para que la letra quedase legible en las hojas de papel sin pauta. Sacaba cigarrillos Selma de su cartera, aplastaba las puntas hasta que salía la colilla y los encendía con cerillas. De vez en cuando, abría el armario y bebía un trago de cachaza. El trabajo continuaba hasta que el resto de la familia se levantaba. Poco acostumbrado al ruido de los niños, Graciliano se quejaba a sus hijas, sobre todo cuando insistían en hacer travesuras. Por la tarde, su mujer las llevaba al Largo do Machado para que su marido pudiera descansar, y cuando volvían su malhumor había desaparecido por completo. De corazón tierno, apartaba la montaña de papeles que había sobre la mesa para mostrarles los lugares lejanos marcados en los mapas de los diccionarios e inventaba historias para ellas. Horas después, Graciliano repasaba metódicamente los manuscritos de madrugada. Tachaba sin piedad las palabras no deseadas. Para hacerse una idea del sonido del texto leía los capítulos en voz alta a Heloísa. Después de oír a su padre repetir los mismos pasajes, Luísa, de seis años, y Clara, de cinco, aprendieron a recitar de memoria: “Una, dos, tres, cuatro, había muchas estrellas, había más de cinco estrellas en el cielo”. Fueron en total seis arduos meses de escritura a tiempo completo. Cuando terminaba cada capítulo, su amiga Zora Seljan llevaba las páginas mecanografiadas a los periódicos que las publicarían. Graciliano abusaba a veces de esa amistad para pedirle dinero. “Graciliano no salía mucho, no quería moverse demasiado, aún tenía miedo de los problemas políticos”, decía su amiga e inseparable rival en interminables partidas de ajedrez».
Los manuscritos conservados dan fe de su productividad y de la secuencia de escritura de los textos. «Señora Vitória» está fechado el 18 de junio, el mismo mes concluye la primera versión de «Cárcel», el 21, y el 26 «El niño menor». En julio concluye el «El niño mayor», el 8, «Invierno» el 14, «Mudanza» el 16, «Fiesta» 22 y, el 29, «Cuentas». El 22 de agosto fecha «Fabiano» y el 27 «El mundo cubierto de plumas». «El soldado amarillo» está datado el 7 de septiembre y, justo un mes después, el 7 de octubre, pone punto final a «Fuga». Las numerosas enmiendas y correcciones permiten suponer que no consideró ninguno finalizado pese a haberlos fechado. No solo hay correcciones en los manuscritos, el texto mecanografiado que recoge el conjunto para hacerlo llegar al editor está también lleno de cambios, casi todos realizados con lápiz, aunque el título original de la novela, Baleia, aparece tachado y, en una corrección que destaca sobre el resto por estar escrita a tinta, la novela pasa a convertirse en El mundo cubierto de plumas. También se conservan las versiones mecanografiadas que llevaba Zora a los periódicos, ya que diez de los capítulos se publicaron como cuentos en diversas publicaciones, junto a los recortes de prensa, donde puede apreciarse que hasta comienzos de abril de 1938 aparecieron con la indicación de que eran fragmentos de «la novela inédita Baleia» y solo el 17 de abril de 1938, al publicar bajo el título «Viaje» un fragmento de «Fuga», aparece por vez primera la novela inédita con el título de Vidas secas.
Resulta obvio que este inventario apresurado enfatiza tanto los plazos de ejecución de esa primera edición de la novela, acelerados ya que su primer objetivo era obtener dinero del modo más rápido posible, como la cambiante perspectiva de su autor acerca de ella. En una carta que le envía a Garay, fechada el 1 de julio de 1937, cuando todavía no ha obtenido respuesta alguna acerca del primero de los textos que le envió, «Baleia», le indica que se ha dedicado a extender esa serie de cuentos regionales con historias protagonizadas por cada uno de los miembros de esa familia, y le recuerda su idea de ir publicándolas en la prensa como cuentos antes de reunirlas en un libro. Llega incluso a aventurar una fecha de conclusión de la obra: finales de año. Y en diciembre, cuando se cumple el plazo que él mismo se impuso, vuelve a escribir al traductor, para refrescar la idea de todo el proyecto: «Mi plan fue el siguiente, querido Garay: escribí una serie de cuentos con los mismos personajes. No hay nada original en ello, no es más que una cuestión pecuniaria, los cuentos pueden publicarse en los periódicos, cosa que no podría suceder si se ofrecen como capítulos de una novela. Cada relato comienza y acaba, de modo natural, sin que suponga perjuicio alguno para el lector, pero todos juntos forman una novela». También le informa al traductor de que su editor José Olympio ya le ha manifestado su voluntad de publicar la novela, si bien no puede hacerlo en aquel momento por falta de liquidez. Aunque en una carta de agosto a su hijo Márcio le había adelantado ya el mismo plan, donde además enlazaba este proyecto con su novela São Bernardo. Y en toda esta correspondencia con distintos interlocutores ofrece de modo más o menos reiterado esa información sobre el cambio que se ha producido en la idea original. Aunque no pierde nunca de vista que los cuentos deben venderse al peso para sacar algo de dinero con el que sustentar su vida en Río, ha comenzado a contemplar el libro de modo unitario. En carta a Octavio Dias Leite, periodista afincado en Minas Gerais, manifiesta su ansiedad por terminar la novela que tiene en marcha. Se trata de la primera ocasión en que habla de una novela, y la menciona como Cardinheiras (Zenaidas o torcazas, un ave que solo se encuentra en Sudamérica), título que nunca más volvió a usar. La idea del libro unitario se ha instalado pues en la cabeza del autor mucho antes de que se lo comunique al traductor que le incitó a escribirlo. En la carta que le envía a Garay en diciembre de 1937 parece tener ya plena conciencia del alcance de su libro: «Mi idea un tanto bárbara es la siguiente: un hombre, una mujer, dos niños y un perro en una cocina pueden representar a buena parte de la humanidad. Y seguiré con esta idea hasta que me demuestren que los rascacielos tienen alma».
Ya hemos visto que pronto abandonó a las aves en el título y se decantó por referirse a sus plumas, aunque en última instancia hiciera caso a los consejos de Pereira y modificase de nuevo el título en las pruebas finales del libro. El libro se pone a la venta, como ya se ha dicho, el mes de abril de 1938, cuando parece que la salud económica de la librería se ha recuperado y permite incluso ciertas alegrías, ya que junto a Vidas secas Olympio puso en circulación la segunda edición de São Bernardo y una novela de Lins do Rego: Pedra Bonita.
Aunque sería ingenuo pensar que el proceso de escritura de la novela queda cerrado con aquella primera edición del libro. Sucede con cualquier libro, pero con este es algo más evidente si cabe. Ya durante el proceso de edición y composición del libro quedó probado que el trabajo como editor de Graciliano en Alagoas había dejado en él una serie de costumbres profesionales. Revisaba el trabajo de cada cajista y estaba al lado del linotipista supervisando cada puesta en marcha de máquinas, asegurándose de que los errores de composición, ya que en aquella época eran habituales en las imprentas, quedaran minimizados o eliminados, y se puede apreciar su conocimiento de primera mano del trabajo de impresión por el modo en que veló porque el resultado fuera lo más fiel posible a la versión deseada. Tenía además la costumbre de registrar las modificaciones realizadas en imprenta en sus manuscritos o copas mecanografiadas, ya que era consciente de que tanto los ferros como las pruebas de impresión eran propiedad de la editorial y él no podía conservarlas. Muchos de los expertos en la obra de Graciliano mencionan que este celo profesional acaso estuviera provocado por el modo en que se publicó Angûstia, ya que por estar en prisión no pudo supervisar estas fases de la producción del libro, y la enorme cantidad de erratas y descuidos de aquella edición siempre le incomodaron.
Por encima de estos detalles editoriales, se aprecia en la correspondencia de Graciliano la convicción de que el conjunto realza las virtudes de los capítulos por separado, que su novela es mucho más que la suma de los cuentos. Así se lo transmite a Garay, y en buena medida lo subraya la manera en que alude al libro António Candido, uno de los grandes críticos de la literatura brasileña, cuando habla de una «novela desmontable». Esta singularidad compositiva despertó la asociación en el crítico con la literatura de pliegos sueltos o el modo en que los teatrillos ambulantes presentaban las historias en los pueblos: como una cadena de pequeñas historias de las que se podía prescindir o hacer una selección de ellas siguiendo la respuesta del público o las posibilidades del recinto, incluso de la disponibilidad del espacio donde se contaba la historia o cualquier otra circunstancia sobrevenida. Algo que a cualquier persona interesada en el teatro del Siglo de Oro español o que sepa como funcionaban las compañías de Cómicos de la legua no le resultará novedoso.
El consenso crítico sobre la calidad de la novela fue unánime. Algunos escritores que no tenían una relación tan íntima con Graciliano, como Rachel de Queiroz, se vieron sorprendidos cuando apareció el libro al comprobar que esos estupendos cuentos que venía publicando en la prensa eran en realidad parte de una novela. Y no una cualquiera. Queiroz no dudó en manifestar a su autor que maltrataba al resto de la profesión al hacer competir sus libritos con una obra maestra como aquella. Todas las élites intelectuales brasileños entendieron que aquella novela cerraba de una vez por todas la estética del regionalismo en la narrativa del país. El propio Graciliano subrayaba que, frente a la intención sociológica de aquella corriente, él conocía de primera mano a los personajes que representaba y los proyectaba como símbolos universales que trascendían su marco local; y también parecía dejar atrás la apuesta vanguardista que supuso Angûstia. Vidas secas era un libro atemporal, un clásico instantáneo cuyas ventas, sin embargo, no terminaron de funcionar. Una década tardó José Olympio en decidirse a publicar una nueva edición de la novela, y en cierta medida puede que la decisión estuviera influida por la insistenciade Graciliano, que a lo largo de los años no había dejado de trabajar en ella. Si bien se trata de la última novela que publicó, solo entregó cuatro a imprenta, no es el último de sus libros, puesto que se dedicó a la escritura de crónicas, de sus memorias y de cuentos, muchos de ellos infantiles, en los últimos quince años de su vida. Conviene recordar que murió joven, con apenas sesenta años, debido a un cáncer pulmonar.
En 1946 se editaron unos Cuentos incompletos, donde tres de los capítulos de Vidas secas circularon de nuevo convertidos en relatos breves. Pero no se trataba de los mismos textos, un cotejo permite percibir en ellos una labor de depuración evidente. Graciliano había seguido tallando su novela. La había hecho más austera incluso, más despojada. Y eso subraya la segunda edición, puesta a la venta en 1947. Además de los cambios impuestos por circunstancias externas, en 1943 se había aprobado una reforma ortográfica en Brasil, en la nueva novela «pueden apreciarse supresiones, sustituciones y reestructuraciones», en las expertas palabras de Thiago Mio Salla, todo ello en aras de una mayor claridad y expresividad.
En la última de las ediciones que aparecieron en vida del autor, la de 1952, depura más si cabe el texto. Graciliano ya está considerado un clásico y un referente para la literatura brasileña, y por eso busca dejar fijados sus textos de cara al futuro. Logra al fin cumplir su deseo de tener una edición de Angûstia de la que sentirse plenamente orgulloso y le da un nuevo lavado de cara a Vidas secas. Salla explicita en su nota a la edición más reciente de la novela, publicada este mismo año en Brasil, los cambios realizados en la última versión que salió de la mano del autor sobre la anterior: corrige erratas, actualiza concordancias verbales y puntuación, elimina un abanico de palabras y sintagmas (sobre todo pronombres, preposiciones y artículos) y llega a enmendar algunas frases. «Corrección, concisión y despojamiento», así resume Salla el trabajo de Graciliano en la versión definitiva. En esta traducción se ha seguido como directriz respetar la concisión y austeridad del original, y enfatizar detalles que, aunque en primera instancia, pueden pasar desapercibidos, sirven para construir ante el lector la escasez en que se mueven los personajes. No se trata solo de que el estilo refleje la aridez del paisaje, o la carencia de todo adjetivo que pueda dar un toque de color a objetos o acciones. Si el lector repara en ello verá que apenas hay indeterminados: no es ya de que haya un ejemplar de algo, es que es lacosa, como mucho dos, dos árboles, dos hijos, poco más. Los posesivos escasean: ni siquiera los lazos familiares o las partes del cuerpo pueden presentarse como posesiones de quienes nada tienen, por eso los posesivos escasean. Así lo cinceló Graciliano en el original y así se ha respetado en este caso. Me resulta agradable pensar que de haber leído esta versión habría dado el visto bueno a la ausencia de todo ornato.
Graciliano, en un último gesto autoral, pese a tener la certeza de que la inminente tercera edición de la novela, planificada por Olympio, editor al que fue fiel toda su vida, no pierde la oportunidad de volver a poner en circulación esta última versión como texto «desmontable», o desmontado. Acuerda la publicación seriada en la revista comunista O Momento Feminino, donde aparecerá dividida en dieciséis entregas que finalmente se prolongarán más allá de su muerte. Esta decisión, por un lado, subraya que su militancia comunista no desapareció tras el desagradable episodio de la cárcel. Enfatiza además que es una novela sobre pueblo y para el pueblo. Y por último cierra así el segundo formato de difusión por entregas, esta vez por elección y no obligado por la necesidad como la primera vez, del texto. La sombra de Vidas secas en la cultura brasileña es hoy incuestionable, y se extiende más allá del campo de la literatura. Sería imposible, por ejemplo, imaginar la filmografía de Glauber Rocha sin la sombra tutelar de Euclides da Cunha y el Graciliano de Vidas secas.
A modo de cierre, y como curiosidad, llama la atención que el mayor escritor de la literatura brasileña del siglo pasado, Guimarães Rosa, se cruzase en sus inicios con Graciliano. Justamente en la época en que se escribía Vidas secas, Graciliano formó parte de un jurado que, en la votación final, decidió no premiar un manuscrito titulado Cuentos, presentado bajo el seudónimo «Viator». Graciliano votó contra ese manuscrito, pero se quedó impresionado con el autor. En «Conversación entre bastidores,» un texto recogido en Linhas tortas (Líneas torcidas), escribe que «deseaba sinceramente verlo crecer, quizás para convencerme de que me había equivocado al no premiarlo. A fin de cuentas, los juicios son precarios, y al hacer aquel vacilamos. Al menos yo vacilé». Los dos escritores se encontraron en 1944. Ramos era un autor reconocido, pero Rosa seguía inédito. El discípulo le confesó al maestro que él se presentó a un concurso donde había sido miembro del jurado. Graciliano le preguntó cuál era su seudónimo. Viator, le dijo Rosa. «Ah, luego usted es ese médico de Minas que he buscado tanto». Le confesó que había votado contra él y a favor del texto vencedor, María Perigosa de Luís Jardim, y, al no observar resentimiento alguno por parte de Rosa, le explicó lo que recordaba de la lectura, las virtudes y los defectos de aquellos cuentos. Rosa se mostró de acuerdo, había suprimido ya los esos relatos menos redondos del libro. Aquel manuscrito terminaría siendo Sagarana, el primero de los grandes libros de Guimarães Rosa, editado en 1946, publicación que desencadenó la escritura de «Conversación entre bastidores». Aunque lo más fascinante es cómo concluye Graciliano ese texto: «Sin duda él ha de escribir una novela única, novela que no leeré pues, si la ha comenzado ahora, estará lista en 1956, cuando mis huesos estén ya deshaciéndose». Como se ha dicho ya, Graciliano murió en 1953. En 1956 Guimarães Rosa publicó Grande Sertão: Veredas. Pero esa es, ya, la historia de otra novela.

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor (entre otros menesteres). Su libro más reciente es NOLA ( 2021). De entre el resto de sus títulos pueden destacarse la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe, la novela Lima y limón, editada en cuatro países y en edición digital, y Mezclados y agitados, etc.



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