Publicado hace un mes en Argentina por Entropía, llega esta semana a las librerías españolas de la mano de Las afueras la nueva novela de una de las escritoras más interesantes y originales del presente, Mercedes Halfon, y es por eso un placer y una alegría poder compartir con nuestros lectores gracias a la generosidad de sus editores españoles el inicio de este libro. El resto es mejor incluso, reserven ya su ejemplar a su librero de confianza.

 

Hace algunos años empecé a grabar a mi padre. No sé bien por qué lo hice. Supongo que me resultó una buena forma de estar juntos, de salir a caminar por ese bosque de piedra que suele ser el pasado. A él también le gustaba, o por lo menos parecía sacarlo de cierta melancolía en la que invariablemente caía cada tarde. Al ser yo periodista, y el grabador, mi herramienta de trabajo suelta adentro de mi cartera desde hacía décadas, todo se mostraba adecuado. Diría: oportuno, incluso gratificante.

Grabé y grabé a mi padre. Luego empecé a escribir en torno a esas conversaciones. Escribí y escribí. Pero hace unos meses, ese movimiento natural de las charlas, las desgrabaciones, la escritura, se paró en seco. Tampoco puedo explicar con exactitud por qué dejé de escribir, pero diría que entré en pánico. Sentí que las palabras que se acumulaban en este documento de Word se volvían las últimas, se tornaban proféticas, simbólicas, concluyentes. No era algo que dependiera de mí, sino de las palabras.

Dejé de escribir para alargarle la vida a mi padre.

Para no pensar si estaba escribiendo sobre él para darle un final, para leerlo al final. Ahora sólo releo. Y no logro estar convencida. No hay caso. Para leer también hay que estar inspirada. Ahora incluso estas escenas escritas son parte del pasado.

Pruebo una vez más.

 

Estoy sentada en la sala de Dirección de una escuela nocturna. El edificio es antiguo, inmenso, ocupa toda una manzana. No estoy acá por haber cometido alguna falta, sino porque el director es mi padre. Me mantengo en silencio, no se me ocurre molestar, entiendo que él cumple una tarea importante porque yo también soy alumna en otra escuela, a la mañana, donde estoy terminando primer grado. Dada mi posición en el escalafón más bajo, los maestros me generan una enorme prudencia. Mi padre aquí es la autoridad máxima y encima, al ser mi padre, representa para mí la autoridad máxima al cuadrado. Viste traje, corbata y por encima un guardapolvo blanco hasta las rodillas. Su pelo negro y brillante está peinado hacia atrás.

La secretaria y él escriben a máquina, pasan atareados con papeles, reciben a los profesores que van llegando y a alumnos que entran a hacer alguna pregunta. Yo dibujo con birome un hombre junto a una casa que, curiosamente, me quedan de la misma altura.

Una tarea me está permitida: atender el teléfono. Un aparato negro a disco con un tubo pesado que se ensancha en los extremos. Cuando suena, me apuro para tomarlo antes que nadie y decir, con determinación y el tono más grave que consigo: «Escuela…».

Cuando ya todos están en las aulas, salgo y camino por la planta baja vacía. Hay un gran patio con gradas a los costados, donde una vez por semana practica un coro. No son más de diez hombres y mujeres grandes de voces bastante desafinadas y, a la vez, tan distintas entre sí que no logran acoplarse en un conjunto coordinado. Frente a la puerta de entrada hay una placa de bronce con una frase de José de San Martín: «Serás lo que debas ser o no serás nada».

 

Mi hermano mayor y yo leemos unas historietas en la mesa de la cocina, donde se concentra como en un vórtice todo el calor de la casa. Ya terminamos de cenar y mi papá, en vez de mirar televisión o irse a dormir, se ubica frente al horno, donde comienza una nueva preparación. La olla sobre la que se inclina es alta y ancha, no sé si la había visto en uso alguna vez. Revuelve lentamente con un cucharón de madera, luego apaga el fuego. Al cabo de un rato vuelca un líquido blanco y espeso en un tacho de pintura vacío. Tiene puesto el equipo de gimnasia Adidas gastado que suele usar los fines de semana y que a mí me da un poco de vergüenza.

Desenrolla con cuidado unos afiches grandes sobre la mesa de fórmica. Los estira pasándoles la mano pesada por encima varias veces, para que vayan perdiendo la curvatura que adquirieron al estar guardados así. Son propagandas de algo, pero él ubica hacia arriba el lado blanco, sin inscripciones. Con un marcador indeleble de punta chata, escribe. La letra es cursiva, amplia, sosegada.

Unos minutos después toma las llaves del auto, un bolso y nos hace un gesto a mi hermano y a mí para que vayamos con él. Nos ponemos las camperas y salimos. Es una de esas noches de mayo en las que el frío parece más intenso por la humedad. Hay una neblina que se esparce formando círculos alrededor de las luces anaranjadas de la calle. El auto va lento, casi a paso de hombre, mientras mi padre otea a los costados buscando algo. Nosotros también miramos atentos por las ventanillas. De pronto se detiene en una esquina y baja. Mi hermano va tras él llevándole el balde. Entonces veo cómo saca una brocha, esparce el líquido blancuzco por la pared, desenrolla el cartel que tenía guardado en un tubo y lo pega. Lo leo, dice:

Escuela de adultos Na 14 del distrito 8 Pedro Goyena 984
Gratuito
1er, 2do y 3er ciclo. Primario completo Inglés, Corte y confección, Manualidades, Contabilidad
Turno vespertino

Mi padre tiene una doble vida. De día, con traje y guardapolvo blanco, es director de escuela. Y de noche, vestido como un maleante, pega por el barrio carteles en los que promociona esa misma escuela. No habla de esos afiches con nadie. Sólo lo sabemos sus hijos y su esposa. Cuando nos metemos en el auto y salimos a toda velocidad, tengo la sensación de que estamos consumando un delito, aunque no tengo claro cuál.

Fotografía de Catalina Bartolomé.

Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) es escritora, periodista cultural y docente. Licenciada en Artes por la Universidad de Buenos Aires y Magíster en Escritura creativa por la Universidad Nacional Tres de Febrero, actualmente imparte clases en la Universidad Nacional de las Artes de Buenos Aires. Su firma es habitual en el suplemento Radar de Página/12 y en algunas de las revistas culturales más destacadas de su país. Ha actuado y comisariado actividades en instituciones como el MALBA, Fundación Proa, arteBA o el Centro Cultural San Martín. Su trabajo ha sido reconocido a nivel internacional, lo que le ha valido ser becada por la Fundación Gabriel García Márquez, el Goethe Institut y por el centro de creación contemporánea Matadero de Madrid. En 2019 dirigió, junto a Laura Citarella, el documental Las poetas visitan a Juana Bignozzi, premio a la mejor dirección en el Festival Internacional de Mar de Plata y en el Festival Internacional de Cine Documental Leipzig (DOK Leipzig). Tras publicar cinco libros de poesía, presentó su primer libro en prosa, El trabajo de los ojos, al que siguieron Diario pinchado y Vida de Horacio (todos ellos publicados en las afueras y en distintos países) que la han confirmado como una de las voces más interesantes de las letras argentinas actuales.