Borrando las fronteras entre la realidad y la ficción, entre lo humano y lo inhumano, entre la razón y la sinrazón, los monólogos interiores, las cartas y las anotaciones de diario conforman las páginas de Una danza con los pies atados, la nueva novela de José Antonio Llera que publica Aristas Martínez y de la que, por gentileza de la editorial, podemos compartir un fragmento para nuestros lectores. La narración ofrece un esbozo del complejo panorama sobre el tratamiento de la enfermedad mental en España y la manera en que este determinó muchos destinos, y lo hace construyendo un escenario ante el lector: una casa de salud a comienzos del siglo pasado. La historia inmemorial de su construcción y pervivencia en el tiempo sirve como excusa para una novela coral donde bailan alrededor de la locura y sus secretos un grupo de personajes en agitación perpetua por sus deseos, obsesiones, sueños, pérdidas y melancolías. Entre ellos se encuentran un viejo anarquista y su hija Magdalena, un psiquiatra joven formado en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, amantes lejanas, espectros celosos, víctimas y victimarios. Aquí les dejamos el inicio de la novela que comienza a llegar ya a librerías.

Los agraciados y los desgraciados, los dañados y los indemnes, los hijos de la luz y los emporcados por las sombras, los insumisos y los vencidos, los que queman incienso y los que blasfeman contra el aire, acongojados, resentidos, los que tocan la desesperación encima de un mantel blanco, los que arrinconan al poderoso y los que guerrean contra los débiles, los que guardan las semillas y los que las siembran en la sal sabiendo que serán ruina segura, los abrasados, los tontos de baba. Todos estamos aquí, en los pabellones del Manicomio del Carmen.

Me agarro a los barrotes de hierro. En el gramófono hace días que suena la misma canción y en el calendario hay un círculo rodeando una fecha: 16 de julio. Los médicos me palpan los riñones, me llenan de electrodos, me apaciguan. Las religiosas me regalan ramos de muguetes, las flores que más me gustan.

Antes de la medianoche, miro al río, miro desde el puente tus ojos de ahogada, hija, y el olvido se hincha como la madera, y la madera se clava en las costillas y en las palancas del mundo (el mundo es un enfermo que se lo hace encima, ¿lo sabías?).

He dicho —se lo repito al médico de aquí— que veo tus ojos en las aguas del Guadiana. Quiero quedarme otra vez dormido, soñar que una manada de carneros embiste contra las caderas y me despierta. Me calmo dando gritos y oigo un portón que se cierra a golpe de cerrojo, y un gallo, ahora lo siento, que me picotea el glande, que se espesa en su galladura, eso será, lo oigo hasta que sangro (él o yo, no lo sé), toda la mañana. De repente, siento que vienen los espolones de los gallos a chocar contra el agua donde flotan tus ojos. ¿No has oído tú, Magdalena, que cuando todo se inundó en Balboa tuvieron que sacar la custodia de la iglesia envuelta en una sábana?

Por el día, fijo la vista en alguna torre de alta tensión, en las cigüeñas, hasta que alguien viene a decirme que yo también, como tú, he existido en el reino de los ahogados. Fue un error traerte hasta estas tierras, pero ¿qué podía hacer? Atendí a los lamentos de tu madre. Quise levantar una escuela con mis propias manos. ¿Es que no tenía derecho? Y me dijeron: «Pague de una vez. Todo esto lo ha levantado usted gracias al dinero que le prestamos estos señores y yo. ¿Tenemos que venir a tirárselo abajo para que espabile?». Y no te creas que me quedé callado, porque les dije: «He venido a la vida para vivir. Hay un régimen que me impide mi vida y yo debo rebelarme contra él. Soy el eterno robado, el eterno explotado que se cansa ya y os enseña los dientes, verdugos». ¿Qué te parece?

Escucha: aquí en el manicomio si me persiguen, levanto los brazos; si me acosan, saco las uñas, escupo.

—Hermana, acerque la lámpara —le dije a una de las monjitas que nos cuidan.

—Duérmase y deje de andar por los pasillos hablando solo hasta tan tarde. Asusta a los niños del otro pabellón. Usted no está loco, solo que no puede estarse quieto y le tientan algunos fantasmas.

—¿Sabe dónde se ha ido mi hija Magdalena?

—Acuéstese y descanse. Su hija estará bien, tenga confianza. No hace tanto que vino a verle.

—Aquí no hay quien duerma. Yo creo que me ponen algo en la comida.

Aquella mañana me dejaron salir para que acudiera a los baños medicinales de Alange. Los ojos de los médicos detrás de los cristales de las gafas eran dos huevos duros, relucientes y abultados. Me metieron en pozas de agua fría, pero tenía el cerebro lleno de un humo caliente, te barruntaba detrás de las orejas, ardiendo. Luego me trajeron de vuelta los celadores, haciendo el camino poquito a poco, en el carromato. Cuando quise alejarme, ya me tenían aquí dentro, empujado por mis propios parientes.

A veces me pregunto qué sería de mí sin tu recuerdo, suspendido en el aire, arrastrado por las nubes. En el manicomio nunca quisieron darme razón de ti. Ya ves ahora en qué me he convertido: pólvora que se malgasta, guano, nada.

Me quedo dormido hasta que toca a la puerta alguna hermana o el médico ayudante, uno que tiene barbita de chivo y al que a veces acompaña un perro muy manso color canela. Me levanto y habla con ellos alguien que no siempre soy yo. En mi estómago se depositan llamadas de otro tiempo, y también está la tuya. No me dejo dominar por el canto de la abubilla ni por los golpes de azadón de los internos que trabajan en la huerta

grande que tenemos en las traseras. Hazte a la idea de que los recuerdos son cóncavos y cocinan el beleño. Tus abuelos fueron personas de pocas palabras; solo apreciaban el valor de la tierra, el fuego y los animales. He probado a escaparme por la azotea, gato de siete vidas.

—Cambie de postura en la cama porque, si no lo hace, se le van a formar escaras en la piel y tendremos que volver a hacerle las curas —me dijo sor Anunciación.

—Hermana, tengo escaras por dentro que no se van a curar por mucho que cambie de postura sobre esta cama de hierro.

 

José Antonio Llera (Badajoz, 1971) es profesor titular de Literatura española en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado seis libros de poesía: Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007), El síndrome de Diógenes (2009), Transporte de animales vivos (2013), El hombre al que le zumban los oídos (2021) y Tanatografía (2022, XL Premio Leonor de Poesía). En 2017 obtuvo el XXIII Premio Café Bretón por el dietario Cuidados paliativos, que tiene su continuación en Estatuas sin ojos (2023). Ha traducido a Robert Bly, Jack Gilbert, Jane Kenyon, Ken Smith y Henri Cole.