Hoy mismo, editado por Jekyll & Jill, se pone a la venta en todas las librerías de España el nuevo título de Rafa Cervera, una novela sobre la expiación y la redención concebida como un hotel en cuyas habitaciones se habla del paso del tiempo, la infancia, la amistad, la familia, las entrevistas, el sexo o la literatura. No se pierdan la oportunidad de pasar un rato hospedados en ella. Es una experiencia única. 

 

No cabe nada más en el maletero, que va lleno de equipaje y bolsas con todo tipo de cosas. Hace calor en la calle. Mi madre se arregla un poco el pelo mirándose en el espejito del quitasol. Mi padre es el último en subir al coche. Antes se asegura de que el maletero esté bien cerrado. Después toma asiento. Enciende el motor, quita el freno de mano, mete la marcha atrás. Se gira, apoya la mano en el respaldo del asiento y nos sonríe al mismo tiempo que controla los movimientos del coche. Después cambia a primera y el motor del Ford Capri ruge una vez más. Se abre paso a través de la calzada, calle tras calle, una máquina de color naranja y negro surcando las grandes vías hasta escapar de la ciudad. En cuanto los edificios quedan al fin atrás y la proximidad del mar es inminente, hago una petición:

­—Papá, pon la casete que me gusta.

­—¿Cuál, hijo?

­—La que te regaló el tío Fernando. La de la cantante negra.

El radiocasete engulle la cinta con un chasquido. Mi madre mueve la cabeza animada, siguiendo el ritmo de la música. Yo la disfruto también, pero mi objetivo no es esa canción, ni la siguiente. Espero a que el escenario sea el adecuado y cuando ya surcamos la autovía, reclamo lo que en ese instante más deseo:

­—Papá, pon la canción que está al final de todo.

Igual que si fuera un crescendo que proviene del espacio exterior, la música se abre paso lentamente a través del silencio. Se expande con suavidad porque es como un haz luminoso bello y cegador. Emerge anunciando una nueva era para mí, puede que incluso para la humanidad entera. Noto una sensación extraña atravesando la superficie del cuerpo, como si mi piel quisiera decirme algo. Cuando el ritmo se desata, un espasmo de placer recorre mi nuca. El ritmo. Preciso. Es matemático. Pura geometría. No hay seres humanos tocando guitarras ni bajos, las máquinas se ocupan de todo. No hay tambores, no hay bombos, únicamente sonidos nuevos y perfectos. Cromados, plásticos. Cada uno de ellos está ahí para subrayar algo. Repiquetean una y otra vez, con frialdad, creando secuencias exactas, que se repiten de manera idéntica, sin cambios. Una operación aritmética que podría continuar eternamente. Nuevos matices van sumándose al patrón rítmico. Unos suenan como hélices, otros descienden en espiral. Máquinas que dibujan un firmamento que sólo es posible percibir escuchando.

Los otros coches, las personas que van en su interior, las nubes, la carretera, todos pasan a ser elementos secundarios. La música que se apodera del interior del Ford Capri me produce una sensación de vacío en el bajo vientre, vértigo también. Se mezcla con el aire, se introduce en mi cuerpo y me posee. Eso me provoca un gusto inexplicable. Porque eso es exactamente lo que busco. Me complace verme a merced de esta música que es una llamada a no sé muy bien qué. Sólo tengo que obedecer a los impulsos que me dictan los ruidos que producen, obedientes y ordenadas, las máquinas. El mundo oscila mientras el Ford Capri recorre la distancia que nos separa de la playa. Me fijo en las nucas de mis padres. Veo ante mí las coletitas de mi hermana y un capazo con ropa o comida que viaja encajado entre nosotros dos. La embriagadora voz femenina se eleva al fin desde el vacío. Dulce, sensual como una piel mojada por la saliva. Paso disimuladamente la lengua por la palma de mi mano mientras ella dice que es tan bueno es tan bueno porque ohhh está enamorada está enamorada está enamorada. El amor al que se refiere es una enfermedad contagiosa que se propaga a través de la música. Es como una revelación, el susurro de un ángel extraviado, enviando a los fieles el mensaje equivocado porque todo lo que en él se dice es la esencia del pecado. Aplasto con fuerza mi espalda contra el respaldo y cierro ligeramente las piernas hasta sentir el contacto entre ambos muslos. Luego la voz se evapora como un relámpago, protegido por bucles rítmicos que se repiten sin cesar, una y otra vez, generando un latido artificial. Las coletitas de mi hermana están sujetas por gomas de muchos colores. En el espejo retrovisor veo las gafas de sol de mi padre. Mi madre sigue moviendo la cabeza al ritmo de la música. Ya no viajamos en dirección a la playa. Surcamos el camino que conduce al origen del mundo.

Los coches y los camiones que circulan por el asfalto ni se imaginan lo que está ocurriendo aquí dentro. Las cañas de los pescadores que asoman desde el malecón van a derretirse de un momento a otro, y a continuación los peces se volverán locos, y saltarán sobre las olas, ya casi puedo sentir el agua del mar salpicando mi ropa, su sabor salado en mis labios. Hay bañistas, gente en la playa, hombres y mujeres. Me gustaría verlos desnudos a todos, haciendo juego con la música que estoy escuchando. Los sonidos se acoplan unos a otros lo mismo que piezas en la cadena de montaje de una fábrica. Escucho algo parecido a los aspersores que cada noche riegan el césped que ­circunda nuestro apartamento. Oigo zumbidos, chisporro­teos, pequeñas explosiones. Un muelle salta una y otra vez al fondo de esta música celestial, artificial. Quiero que mi pulso forme parte de ella, que mi respiración se acople a su ritmo. En el prometedor horizonte se recortan ya las torres de apartamentos que nos acogerán durante los meses de estío. Ya distingo el edificio de nuestro apartamento, incandescente entre acordes electrónicos. El coche devora los últimos kilómetros que nos apartan de nuestro destino. La energía que emana la canción podría hacerlo volar sobre la costa.

La voz sensual irrumpe de nuevo planeando sobre mi inconsciente, ohhhh, tú y yo, tú y yo, tú y yo. Este último yo se funde antes de terminar y entonces puedo ver a una mujer negra vestida con una túnica blanca, casi transparente, emergiendo como una diosa del casco de su nave espacial. Me tiene, canta que me tiene, me tiene, me tiene, insiste. Y me pregunta qué voy hacer qué voy a hacer. Entonces un coro surge de la nada cantando como querubines en celo. Me froto muy despacio las palmas de las manos contra los muslos. Mi hermana me mira. Imita mi gesto y me sonríe. Luego la voz se desvanece, dejándome a merced del ritmo robótico que impone su propia ley. La urbanización ya está cerca pero yo quisiera verla retroceder, quiero que este viaje dure siempre, que no lleguemos nunca a nuestro destino. Pasar el verano sumergido en ese trance que me perturba.

Cuando entramos al apartamento estoy tan cargado de electricidad que podría iluminar todo el edificio. Todavía permanezco en el interior de la canción mientras ayudo a meter las maletas en casa. Todo lo que hago está ahora empapado por su efecto. Mi composición sigue alterada. Desde el salón se ve el mar. Mi hermana quiere ir a los columpios. Tengo trece años. Acabo de atravesar un umbral. Lo hago cada vez que escucho «I Feel Love». No es solamente una canción. Es una experiencia. Es el agujero en el cielo por el que entra y sale el amor.

 

Rafa Cervera (Valencia, 1963), es periodista y escritor. Desde 1982 hasta la actualidad ha publicado para cabeceras como Fotogramas, Vogue, Rolling Stone o Diario 16. También ha trabajado en programas de radio y televisión en Canal 9, Radio 3 y TVE. Actualmente colabora con À Punt Mèdia, y escribe en varias secciones de El País y en publicaciones como GQ, Ruta 66, Cuadernos Efe Eme, Plaza, Talento a bordo y Valencia Plaza. Es autor de varios libros sobre música, entre los que destaca Alaska y otras historias de la movida (Plaza & Janés, 2002). En 2017 debutó en la ficción con Lejos de todo (Jekyll & Jill) ganadora del Premio de la Crítica Literaria Valenciana de 2018.