Incluido dentro del libro Nuestra verdadera sangre, publicado en la editorial Palabras Amarillas, este relato de Agustín Caldaroni si afilia a la creciente tendencia de la narrativa breve argentina que busca representar la oralidad y trabar imágenes de filiación muy cinematográfica para contar sus historias. Es un placer poder compartirlo con los lectores de penúltiMa.

 

La noche le había peinado feo el alma. Sentado en una reposera, con un vaso de vino clavado al corazón, Tanque me miraba buscando qué decir, ajeno a los borrachos que tenía alrededor bailoteando y mascando carne. Otras noches lo había visto hincharse de color tinto y era ver a los albañiles del barrio de mi infancia, entre el polvo ardiente de los ladrillos, acostados, rotos, durmiendo bajo un sol arenoso. De color verde lo había visto, también; apestado de verde, un ídolo enmohecido orlado de velitas; verde malaria. Pero esa noche no era el color de su piel lo que me fascinaba en la cumbre del pedo. Estaba seco, hundido en sí mismo, la cara parecía una máscara forjada en basalto por la que corrían hilos de sudor goteándole la barba. Cuando me acerqué para saludarlo con un abrazo, en tono lacio, Tanque habló: “pero contame, hermano ¿vos querés ser padrino o no querés ser padrino?”

 

Llegué anoche. Me pidió que lo visitara urgente, después de nuestro último asado y pasar un tiempo distanciados. Iba a conocer su nueva casa. Eran casi las doce, el calor denso en mosquitos y humedad, volvía vaporoso ese jardín abigarrado en plantas, como una tinta al agua por la que flotaban manchas naranjas y azules. Toqué timbre casi arrepentido de haber ido. Abrió la puerta Tanque en calzoncillos, sonreía satisfecho, me dió un abrazo de oso y unas tocadas de culo. Estábamos bien, no había rencores. Nos pusimos al día como si fuese un trámite, un preámbulo antes de los verdaderos asuntos.

–¿Tenés hambre? Mirá que hice unas pizzas hace un rato.

–No loco, no tengo hambre. Contame cómo va todo… estoy cagado de miedo hermano ¿Y la piba?

–Está afuera con una amiga, metida en la pelopincho. Vos hace mucho que no la ves, parece un hipopótamo la hija de puta, pero igual no sabés lo que es, qué pendeja… está hermosa.

Entré a la casa, “El ranchito de Mataderos”, me dejé envolver por el clima, estaba entregado a sus planes. Un comedor grande, las paredes con ladrillo a la vista tenían huecos en forma abovedada alumbrado por velas; los bártulos de Arsenio Viejo, el recién finado padre de Tanque atestaban la habitación: la fusta de gaucho y las boleadoras, la bota de toro, un cuadrito hecho en yeso con la figura de un tanguero borracho abrazado a un farolito bajo una luna amarilla, su gato despatarrado arriba de una televisión vieja, estantes con botellas color verde oscuro, opacas de polvo y grasa, con viejas etiquetas como un tegumento derretido. No era una casa liberal, esas que suelen repelerme, casas liberales con leyes liberales, era otra cosa: un retablo sagrado y un almacén ruinoso de provincias. La mano de Tanque.

Lo seguí hasta la cocina, cuando nos sentamos traté de no mirar la puerta que daba al jardín trasero; él se asomó por ahí sin salir, había alguien más en el umbral que no pude ver; lo llamaba, una voz de mujer, Tanque se acercó y le dijo que yo había llegado, después hablaron bajito riéndose. Destapó un vino y me sirvió agitado. Tomemos un poco y arrancamos-me dijo-, todavía no empezó. Y era justo lo que necesitaba, vino y hielo antes de ayudar, si se podía decir que fui para eso. Tanque disfrutaba de la situación como si fuera un juego, la estiraba, postergaba lo mejor para el final. Se quemaban los minutos, estábamos maníacos, meta vino y charla, pero mientras hablábamos se daba otra comunicación subterránea, lenta, casi imperceptible; yo notaba que en la piel de Tanque, en los músculos, algo se tensaba: sonreía nervioso por cualquier estupidez que le decía, la risa le brotaba por otra cosa y guardaba el secreto para disfrutarlo como avaro.

Salimos al patio. El aire era limpio y perfumado, de tierra pasada por agua; cuando me descalcé sentí las baldosas frescas, recién baldeadas. Lo imaginé a Tanque manguereando el pasto mientras fuma un cigarrillo y se ríe como si estuviera imitando la vida de alguien, como si jugara a ser otro. Había un limonero, tenían una huerta, todo el verde que se necesitaba para envejecer el cuerpo rústicamente, para olvidar la ciudad: los hospitales, las drogas, las ex novias, los psicólogos, el hormigón pegoteado, el vértigo. Tanque rey, estás hecho, tu cuerpo va a descansar. Va a descansar de nosotros dos.

–¿Dónde está Luna?

–Allá, atrás, ahí donde está la parrillita, con una conocida que va a ayudar…Y también está Sasha.

–¿Hacía falta que la invites a Sasha? Concha de su madre.

–Y…viste cómo es esto, tiene buena onda con Lunita, ahora me volví diplomático, un padre de familia. Vos representás a los amigos del mal y ella a los del bien. Empate. Igual tranquilo que la loca está en otra, no se entera de nada.

Ahí estaba Sasha solitaria, meditando en un rincón del parque, tapada por unos macetones solo alcanzaba a verle el busto de perfil, el pelo pajizo, pálida, parecía un maniquí de peluquería, como siempre haciéndose la que respiraba un aire distinto que no conocíamos, un espacio inaccesible para plebeyos de espíritu que no bailan descalzos sobre cristales rotos, que no se transfiguran en el agua sagrada, que ignoran la poética de los yuyos venenosos. Recordé el perfume a agua de flores que siempre le apestaba a santería la piel. Entre el desprecio o el asco, elegí el desprecio y no la saludé, pasándola de largo. Seguí con tus brebajes indios Sasha, no vas a bendecir jamás mi tumba, rata hippie, te lo prohíbo.

El impacto fue como el de un nene que descubre, por primera vez, la carne íntima de la mujer, un sentimiento de que hay demasiada piel. Estaba Luna en la pileta, desnuda, rosa. Tenía los brazos bien abiertos agarrados a los barrotes, apenas flotaba, jugaba a abrir y cerrar sus piernas largas; las tetas hinchadas de leche con los pezones como dos grandes manchas moradas, se hundían un poco en el agua y después volvían a emerger llenas de vida, con gotas plateadas que se escurrían en hebras por los flancos, velando y descubriendo en suaves movimientos. La panza una esfera enorme, incongruente con ese cuerpito juvenil. El sexo amagaba salir cuando ella flotaba para después volver a hundirse, dejándome estúpido por adivinar qué forma tenía, la depilación, si realmente tenía sexo esa mujer tan familiar. Tanque la abrazó por atrás, la besó en el cuello desperezándola, Luna abrió los párpados cansada, pestañaba como en un aleteo sedoso, saliendo lentamente del sopor. Me miró fijo y sonrió como si estuviera llena de piedad por mí, fraternal, compañera como siempre.

La noche que antecedió nuestra última separación fue en un asado. Hacía mucho que Tanque jugaba a calentarse con la mujer de uno de nuestros amigos del barrio, un tipo que considerábamos un buen amigo: un amigo diplomático, liberal, un republicano de la amistad, una amistad basada en la legalidad y el mínimo sacrificio: dos palmaditas en la espalda un “¿tus cosas bien?” y se acabó: un amigo digno de nada para nosotros. Los dos entendíamos que los “amigos del bien”, así los bautizamos, eran siempre traidores en potencia. La piba provocaba a Tanque cada vez que lo veía, se pavoneaba frente a todos nosotros, nuestro amigo la dejaba ser, como buen progresista, toleraba.

 

Los pibes no le perdonaban que se pusiera a coquetear con novias ajenas, pero ese pecado era leve para mí: él jamás se pasaba, aunque los límites del Tanque eran elásticos. Si yo caía con una nueva novia en alguna reunión, Tanque se hacía un festín. Las llevaba a caminar de la cintura, repartía besos, les hablaba agarrándolas de los cachetes con una mirada torva vaya a saber de qué fantasmas. Casi siempre sus arranques terminaban con un llanto de emoción, donde les hablaba de nuestra amistad a las víctimas y juraba que nunca me había visto tan enamorado. Ellas me miraban tratando de entender a ese fauno que las paseaba como un muñeco y les quemaba las orejas de tanto soliloquio indescifrable. Nunca tuvo respeto por las cosas ajenas a su cuerpo, todo lo toca, quiere ver cómo funcionan los objetos y las personas, hacerlas suyas, como juguetes. En su rango de sentimientos no hay lugar para el cálculo, solo manda el impulso, la efusión eléctrica. Se aburre rápido y sufre. Entonces juega. Quiere conquistar todo y después hastiado, dejarlo hecho cenizas.

Lo que Tanque tiene y yo perdí, o nunca tuve, es un estilo: el trono salvaje del barrio que siempre deseé, él lo lleva colgado como un collar de cráneos. En todos lados brilla. En la carcajada de desprecio, en llevarme con una mano, apretándome los riñones mientras habla de amor, de la amistad; o se pone nostálgico y llenándome de besos chamuya baladas épicas donde nuestro pasado se agiganta y refulge en llamaradas victoriosas. En los berretines cariñosos. Uno es rascarte el pelo, seas conocido o desconocido, si agarró cariño, rasca; otro es meterte una mano en la boca para que la muerdas, los que lo conocemos de años mordemos su mano sin que lo pida, maquinalmente. Esa mano en la boca necesita ser mordida.

¿Y si le ponés a la revista La come trapo?, le dijo Tanque a nuestro amigo del bien, mientras le miraba el culo pomposo a su novia que perreaba. En ese momento nuestro amigo avinagraba el asado explayándose con detalles técnicos sobre una revista literaria que estaba armando con gente que nunca se animaba a presentarnos; él sabía que los pibes no leían ni el diario, pero insistía cargoseando con su revista y otros temas que no cuajaban bien con la carne sangrienta y el vino, ni con el baile que se estaba armando. Le escupió “la come trapo” porque había corrido merca y estaba duro como un diamante, quería pudrirla. Además Tanque, eterno estudiante de antropología, era un resentido con todo lo que tuviera un tono intelectual. Nuestro amigo del bien esquivó la provocación pero ya se estaba caldeando. Los pibes lo escucharon y el gordo Chichilo le dijo bajito, no bardiés en mi casa. Chichilo es un goruta con cara de gallina y alma de cacique, merquero, sentimental a veces, que cuando se siente insultado no duda en arruinarle la existencia a quien sea. Chupame bien la pija, gordo ortiva. Y el gordo no dudó. Tanque se escapaba saltando entre las sillas, se subía arriba de la mesa, tiraba con vasos, botellas, esquivaba piñas, pateaba macetas y seguía corriendo, mientras yo me comía las trompadas por atajarle a los pibes que querían matarlo, no cagarlo a golpes, digo bien: matarlo; parecía que para Tanque la culpa de todo la tenía la casa, los objetos de la casa y tenía que destruirlos. Pero lo arrinconaron como a un ratón y le dieron tremenda paliza hasta que ya no se movió. Eso me lo contaron, porque uno de los vasos que volaban me estalló en la cabeza y perdí la consciencia, tuvieron que llevarme al hospital. Tanque no vino, se quedó solo durmiendo en lo de Chichilo. Cuando volvimos ya no estaba. Todos le perdimos el rastro por mucho tiempo. Los pibes le hicieron la cruz.

 

Tanque se desnudó y se metió a la pileta. Luna estaba de espaldas, arrodillada. Él le acarició los hombros, le masajeaba la cintura, después parecía dibujarle con un dedo toda la espalda, esparciendo gotitas, haciéndole cosquillas; yo no sabía como evitar mirarlos; la amiga de Luna con absoluta naturalidad cantaba y nos servía vino. Fondié un vaso demasiado rápido, ya no podía parar de tomar. Después le di un par de secas a un faso y al rato el cerebro se me frunció, respiré profundo, me caía. Sabía que no iba a aguantar toda la noche. Vení amigo, metete al agua, dijo Tanque haciéndose lugar al lado de Luna, pasándole un brazo por los hombros mientras ella se volvía a sentar de frente y yo me resistía a no ojearle las tetas. Me saqué la remera y me metí en bermudas. En fracciones de segundo tuve que elegir donde escabullirme para no tocarla, me senté frente a ellos con las rodillas flexionadas. No sabía a quién mirar, qué carajo decir, apuré otro trago y quedé abombado viendo el cielo azul cruzado de nubosas estrías color magenta. Estaba cagado, sí, bien cagado y también feliz. Luna alzó las piernas y sentí las plantas rugosas de sus pies apoyarse en mis rodillas. Él le besaba el cuello, acariciaba la panza. Dame un traguito, pidió ella. Compartile vos amigo, acercate. Y me acerqué. Lo hice sin querer tocar carne, pero se hacía difícil, Luna estaba casi acostada y no se movía y el Tanque miraba malicioso sin ayudarme, así que tuve que arrimarme demasiado; ella abrió las piernas para darme espacio y levantándose un poco me agarró la mano que sostenía el vaso y se la llevó hasta la boca; le ayudé a tomar, sorbió un lindo traguito con los ojos cerrados. Cuando intentaba volver a mi lugar el Tanque de un manotón me ubicó al otro costado de Luna. Nos servimos más vino. Me quedé viendo un logo en el fondo de la pileta, un gaucho cabalgando un tiburón, mientras escuchaba el beso acuoso de la pareja y sentía los dedos de ella acariciándome el brazo. Tanque me agarró de la muñeca firme y me apoyó la mano en la panza de Luna. Acariciala, cagón.

 

 

En un cumpleaños, cuando íbamos a la primaria, la Gorda Painé, vaquillona lasciva y maternal, mientras nos analizaba al Tanque y a mí como a dos criaturas fabulosas, riéndose con mis hermanas mayores, senteció: Glauco es más lindo, pero el Tanque es más fachero. O algo así. Y nosotros, seguramente nos miramos contentos, sin entender la diferencia, cada uno satisfecho con su tajada. A Tanque le gustaban las bribonas altas, negras, voluptuosas, con gambas de potro, yo prefería las chiquititas dulces que parecían haber nacido en una huerta de frutillas. Pero ese día terminamos los dos juntos acostándonos con la Gorda Painé. Tal vez fue esa iniciación torpe y cariñosa la que nos predestinó, porque a partir de ese día compartimos un destino común, sobre todo en cuestiones amorosas. La ley que manejamos fue avanzar siempre juntos, acumulando ruina tras ruina. Nos necesitábamos para andar metidos en viajes y proyectos inútiles, las relaciones de pareja eran un problema para llevar esa vida. En las mesas de los bares resolvíamos, a veces, con un par de miradas qué hacer con tal o cual novia, se armaba el debate y después en soledad tomábamos la decisión: seguir o no seguir. Esto en la adolescencia era un juego, en la madurez fue un lastre. Sin confesarlo los dos esperábamos ver quién iba a claudicar primero, tentado por una relación que significara una renuncia a la vida bucanera que llevábamos.

–¿Sabés qué me jode? Que un día, cuando esté harto de tantas aventuras, se va a rescatar. Y yo no voy a estar. Lo que no entiendo es por qué no corta las raíces y se hace una nueva vida solo. No se la banca, es cobarde. La otra vez me dijo que mientras más feliz era más se aburría… Necesita alguien al lado que lo espere, que le llore. Pero yo no lo voy a esperar. Chau, se terminó.

Julia tenía razón. Yo se lo negaba pero tenía razón. La miraba llorar, moqueando, con hipos, mientras amontonaba las miguitas de una medialuna con una uña mal pintada y después, súbitamente, se irguió en la silla, renovada, llena de orgullo y fuerza, dejando claro que no iba a flaquear. Estaba hermosa, no podía creer que Tanque pudiera dejarla para rajarse a vivir a La Paz. Era una mina fuerte, segura, buena compañera, de esas que uno no pierde por seguir empeñándose en una independecia de conspirador perseguido. Yo por ella capaz me hubiera ordenado, mientras la veía secarse los ojos mirándose en un espejito, estaba seguro que sí, que por esa mujer me postraba como el más fofo bicho doméstico. Pero Tanque no, se rajó. Sin mí, sin ella, solo se fue. Un año sin dejar rastro. Y podía entender las lágrimas de Julia porque cuando él se iba me quedaba un ambiente de fiesta desolada, de algo vacante que apesta. Estaba solo, la fiesta se iba con él, como si mi amigo seguiera con ese clima de juerga acompañándolo hasta en la ducha, en el sueño: siempre sano, siempre colmado de energía.

Vivir para nosotros estaba cargado de una cantidad insoportable de sucesos utilitarios, serviles, que no eran nada: accidentes, mueblería y personajes secundarios, un decorado de yeso con una pradera suiza o una ciudad con rascacielos, daba igual. Lo importante era conquistar dos o tres o siete momentos de drama, de tragedia, de romance, muy pocos. Íbamos a la cacería de esas experiencias, para conquistarlas sin esperar nada del azar.

Tiempo después a la partida de Tanque conocí el amor, esa palabra que hasta entonces era como una moneda repiqueteando en un tarro vacío y que sonaba en bocas ajenas, que leía en los libros y escuchaba en las canciones. Algo tan simple. Ya me había enamorado mucho, pero la sensación se me escabullía rápido dejándome hueco, hastiado. Como muchos mujeriegos, cuando tenía una nueva compañera y estaba enamorado, me seducía pensar una vida en común con ella y mientras paseábamos de la mano de un bar al otro, caminando por alguna calle medio mamado, le proponía que deberíamos viajar a Brasil juntos, que deberíamos tener un restaurant juntos, que deberíamos vivir juntos: cualquier cosa juntos, juntos, juntos. Mientras lo decía parecía posible, pero ese sentimiento no duraba demasiado. Pero ahora era diferente, pasaban los meses y no me cansaba. Quería vivir con ella, morirme en un accidente con ella, que un huracán nos despedazara. Quería todo. Dejarla embarazada quería. Sí: hacerle un bepi, embalsamarla, llenarle la panza de huesos, ponerle la semillita, preñarla, fecundarla. En un arranque de desesperación se me dio por ir a visitar a Tanque a La Paz. Así que pospuse mi idilio por dos semanas y viajé.

Sabía de la pensión donde estaba parando Tanque. Quería darle una sorpresa. Cuando llegué a la pocilga donde vivía me dijeron que no estaba, que se había ido del hostal unas horas antes. Caminé por los bares, las ferias, los restaurantes, puteándome por haber arrancado ese viaje. Dispuesto a terminar la sorpresa y verlo de una vez lo llamé al celular desde un locutorio y me atendió su hermana, le había dejado el teléfono a ella. Además de no saber qué hacer para encontrarlo, me sentía vulnerable extrañando a mi compañera como un crío; cuando estaba con ella jugaba de hombre independiente, pero era una farsa: adentro mío había una guerra constante de voluntades contradiciéndose. Tenía que aclararme, hablarlo con Tanque. No sabía dónde carajo buscarlo. Ya sin esperanzas se me dio por ir a la primera estación de colectivos que encontré. Nada, no estaba. Caminaba a una cuadra de la estación, sentí varios golpes fuertes contra un vidrio, era él adentro de un bar, golpeaba su mesa excitado como un mono. ¡La puta que te parioooo! Entré. Estaba pálido, había perdido peso, vestía un saco y un pantalón marrón oscuro, abajo llevaba una camisa celeste, con unos borcegos tipo obrero de construcción. Decía que así se vestían muchos bolivianos, formal, como de velorio, y le encantaba. Le quise hablar de Julia, me miró como si no la conociera. Apestaba a alcohol. Pedimos unas cervezas paceñas y nos pusimos al día. Esta era una comedia que nos gustaba, meternos en un bar roñoso y jugar a la conspiración, hablar de asuntos menores con tono grave, éramos dos diplomáticos en la terraza de un café de Chipre. Me contó las mil historias que vivió en La Paz y yo le dije que me había enamorado. Después elegimos un destino al azar para pasar esas dos semanas que yo tenía de vacaciones. Decidimos viajar a Oruro.

Íbamos por un camino desértico, chupando latas de cerveza, uno más exaltado que el otro, confrontando teorías amorosas, como en los viejos tiempos, felices de estar ahí gratuitamente. Tanque estaba más cariñoso que nunca, se ponía a cargosear a todos los pasajeros. Una ruta pelada. Cada tanto aparecían unos cerros cobrizos, cruzados por lenguas de sol, debajo de un valle una planicie picada de casuchas color ceniza, desperdigadas por esos parajes desoladores, daba vértigo imaginar gente que transitaba ahí su vida. El alcohol se nos había terminado en el mejor momento de la charla. Después el micro paró a un costado de la ruta, nos bajamos a mear y vimos una casita con un puesto de comida. A lo lejos se acercaba una tormenta. Nubes grises avanzaban, caían desde los cerros cobrando resplandores de aluminio, parte del camino se iba anocheciendo; ya se olían las piedras mojadas, la gente apuraba sus tareas. Le propuse a Tanque abandonar el micro, ponernos a comer ahí, tomar un par de cervezas más. En una hora iba a caer la noche así que preguntamos a los dueños del rancho si podíamos pagarles una pieza para dormir. Aceptaron ofreciéndonos un galponcito. Era del tamaño de la cucha de un perro, apenas cabíamos los dos, el techo era bajo, solo se podía entrar gateando.

Volvimos a la tienda a comer, abrigados con pilotos. Nos sirvieron un caldo con papas y después estofado de gallina, lo tomamos con cerveza, antes de terminar se largó una lluvia que nos golpeaba con olas de viento racheado. La gente de la tienda levantó todo a las corridas y se metieron en la casa, nos gritaban desde una ventana que entremos pero seguimos ahí sentados cagándonos de risa, mirándonos las barbas empapadas, el viento haciéndonos flamear los pelos, llenándonos de tierra; jugábamos a ver quién se rendía primero. A los gritos, nos dábamos directivas, simulando que estábamos en un barco. ¿Te acordás la película?, me gritaba y se agarraba a un poste aullando y escupiendo agua, exagerando una cara de ahogo. Tanque era fanático de las películas de marineros. ¡Putaaaaa, me voy a terminar la birra! Resistimos y nos bajábamos un vaso que era mitad agua y mitad tierra.

Después de la tormenta entramos a nuestro refugio, compramos más cerveza y la tomamos a la luz de una llama. Hablamos bajito, con nuestros reflejos titilando con los últimos estertores de la vela. Las facciones de Tanque, doradas por la vela, me parecían muy cercanas, como verme reflejado en un espejo, sentía que se me diluía la identidad, daba igual quién era quién. Quedaba poca cerveza, la charla se volvía melancólica, apagándose a cada trago. Ya iba anocheciendo, los dueños del puesto de comida dormían, sus ronquidos llegaban hasta nuestro cuartucho. El paisaje yermo, oscuro, se colaba por las ranuras de chapa del techo, como un silbido asqueroso.

–Loco, me estoy gastando los últimos cartuchos siguiéndote. No puedo más, estoy cansado. Siempre te sigo yo, ¿vos te das cuenta?

–Mirá, hay que perder lo mejor que tenemos, lo que amamos y después intentar recuperarlo o empezar una nueva vida. Si estás enamorado tenés que irte a la mierda; no para escaparte, para postergar el amor. Es así hermano: estrategia, como en la guerra. En la guerra se muere más por cansancio que por fuego enemigo.

Tanque insistía en que siguiéramos recorriendo juntos Bolivia. Después me dijo que me estaba oxidando, poniendo viejo y me preguntó cuándo pensaba que se terminarían nuestros viajes. No sabía qué contestarle. Recordaba cuántas veces lo había esperado en algún camping y él se lamentaba porque no sabía si podría venir, mentía para hacerse desear. Ya me estaba resignando a pasar las vacaciones solo, cuando escuchaba el hermoso sonido de piedritas trituradas por las ruedas de la camioneta. Lo sabía: era él piloteando la Dayatsu, asomado por la ventanilla con el cogote quebrado como un muerto por la horca, gritaba: ¡eaaaaaa, eaaaaaa! Pegándole a la bocina mientras la gente lo miraba con miedo. Pero yo ahora quería volver. Después se tomó la última cerveza él solo, dijo una frase muy bajo y no pude escucharlo, la repitió varias veces. Me dio la espalda, se tapó con una frazada, me pareció que lloraba.

 

Cuando volví de Bolivia ella me dejó. Me citó en un bar, ahí me dio una carta, que leyéndola después me pareció indescifrable, no entendí nada. Esa tarde solo nos tomamos un café, no quiso hablar, me dio un beso en la boca y se fue. Así comenzó el infierno de las sabanas babeadas. Me pasaba los días en cama sin tener energía ni para lo más elemental. Estaba enfermo, infectado por un virus que me secaba por dentro. Dormía todo el día o no dormía nada. Pasó un tiempo y la melancolía enfermiza por la separación se transfiguró en otra cosa: un pánico a vivir. Con la perdida amorosa se descorrió un velo que me hizo dar cuenta que era un farsante y tal vez por eso no merecía el amor. Desde hacía muchos años que quería escribir, no de una forma profesional, simplemente escribir. Mentía a mis conocidos sobre una obra en proceso mientras me consumía en laburos miserables. Me creía capaz de poder armar una obra, pasaron los años, me di cuenta que tenía dos o tres poemas y una novela torrencial, decimonónica, pero que no existía, era solo un bosquejo mental. Hablaba con detalles de una obra literaria que no podía sentarme a producir, no tenía la energía, esa obra solo vivía en las brumas de mi cerebro. Intenté escribir cualquier cosa: desde una historia simple, como de taller de narrativa para viejas burguesas, hasta un poema surrealista de tipo adolescente, pero no salía nada; no era ni solemne, ni cínico, ni vanguardista. No era nada. Quedé impotente, humillado, me encerré dejándome alimentar por mi familia. Unos meses después Tanque se enteró que yo estaba postrado y volvió para Argentina.

Me pasaba a buscar cada mañana y muy seguro de sus recursos terapéuticos, trataba de curarme. Desayunábamos en algún bar. Yo hacía un soliloquios sobre el infierno que atravesaba y él se quedaba con cara de estúpido asintiendo frenéticamente con la cabeza, mirando para otro lado, seguramente deseando que me callara, después largaba un “baaaaa” y de un manotón en el aire esfumaba todas las palabras roñosas que flotaban en nuestra mesa y peroraba como un gurú sobre la depresión. Que la depresión no existía, en realidad lo que se llama depresión es terror atávico a vivir en un estado de intemperie, que la depresión era una excusa de temperamentos cobardes, que los depresivos eran tipos egoístas que se la pasaban relamiéndose de dolor, encima daban una imagen repugnante que inspiraba lástima y quitaba fuerza a quienes los escuchaban. Para él cualquier síntoma o enfermedad psíquica era como una astilla que se sacaba a fuerza de voluntad.

–¿Qué pinta tiene el miedo que vos sentís? ¿Cómo se vería si fuera un símbolo?

–Yo qué sé. No preguntés giladas. –Dale, amigo, decí algo. Cualquier cosa. No se me ocurría nada así que le dibujé mi última pesadilla: un bicharraco elegante, rosado, entre gusano y garza tratando de pescar un cachalote en una pecera gigante y yo ahí adentro, hundido en el fondo, evitando que me pescara, ahogándome al mismo tiempo. Tanque miró el dibujo y no le dió bola, dijo que no era un símbolo de ningún terror eso, ya había perdido el interés por mi respuesta. ¿Y el tuyo?, le pregunté.

–Un cigarrillo electrónico ¿Feo eh?

Me llevaba a todos lados para sacarme de la cama: a dormir a una plaza, a tomar un café a algún bolichón goyesco de los que me gustan. Pero nada me levantaba, seguía asqueado, con los pensamientos eléctricos atacando como un comando. Soportaba vértigo y náuseas constantemente, la falta de sueño ganó terreno para dejarme al borde de un embotamiento mental que aumentaba cada día. Una noche Tanque dijo: “Listo hermano, hoy dormís” y me llevó a lo de su abuela, que no es de esas abuelas asquerosamente jóvenes de ahora, es de otra estirpe, una portuguesa bruta, puteadora. Cuando llegamos nos sirvió vino berreta y mangueó cigarrillos. Después me di una ducha, me hice una paja para calmarme y apoyado contra el cerámico vi que estaba decorado con arabescos que en su centro tenían leones vestidos de reyes y monos vestidos de bufones, alternándose, en cada cuadro los animales se iban contorsionando arriba del otro con expresiones humanoides, pensé que algún día tendría una casa con una enorme bañera con una grifería exótica con forma de animales fabulosos dónde me daría largas inmersiones satisfecho de mis lujos. Disfruté el agua como si estuviera nadando desnudo entre ranas adentro de un estanque en primavera. Con la lluvia caliente limpiándome cuerpo y alma, gozaba de escucharlo a Tanque puteando a los gritos, discutiendo de fútbol y después retazos de discusión, no sé qué le decía la abuela y él ladraba: ¡Pero noooo, boba! ¿Qué estás diciendo? Hacete buena abuela, dale, mirá que un día de estos te morís. La ducha estaba tan calentita que me senté y dormí un poco. Al rato comimos guiso, miramos los tres chiflados en el cable y por insistencia del Tanque, nos dormimos los tres en la misma cama. Nunca sentí tanto placer de escuchar ronquidos y pedos. Cuando me desperté al otro día estaba mejor. Tenía hambre, ganas de salir a caminar. Comenzaba a curarme, de a poco. Un par de semanas después nos pegamos una escapada a la costa pagada por Tanque.

Estábamos en una playa de Las Toninas tomando cerveza arriba de un mangrullo, era el final del atardecer, el sol teñía las nubes con el fulgor volcánico de las brazas de un asado, hasta que fue descendió hundiéndose en la lámina acerada del mar. En un silencio ártico, camuflamos nuestras cabezas con capuchas y miramos las parejas que caminaban o algunos cuerpos que seguían nadando desafiando el frío. Gozábamos el último despojo de actividad en la playa casi vacía.

Se había armado un partido monumental: una cancha improvisada de ciento cincuenta metros de largo con veintiocho jugadores adentro. Las edades iban desde los quince hasta los ciencuenta y pico de años. Era un partido áspero. Un petiso morrudo con rasgos del altiplano no paraba de castigar a patadas a un rubiecito con cara de nena, que se quejaba a los del equipo del petiso; el tipo pedía disculpas y después volvía a partir en dos al blondo que se contorsionaba en la arena simulando una fractura.

–¿Ves a los amigos de Rubén? Los panzones esos…

–Sí, ¿qué pasa?

–Mirá cómo corren… son máquinas. A los cincuenta años tenemos que formar un cuerpo así: pechito de palomo, hombros anchos, panza dura de sultán, manos grandes. No les sobra nada, vivieron bien, mucho vino ahí, se nota… están con fuerza, pero son un desperdicio: estos tipos juegan solo en vacaciones, durante el año nada: apenas cojen con sus mujeres, no se meten en quilombos, no se asustan por nada. El sillón los vence… ¡La puta democracia del sillón vence al espíritu! ¡El trabajo vence el espíritu!. No hay que asentarse nunca, amigo.-Y se ponía sombrío.

A Tanque el paso del tiempo lo aniquilaba, odiaba la claudicación que implican los años. Nunca aprendió la sucesión de los meses del calendario, no festejaba sus cumpleaños, una vez al año se hacía unas fotos disfrazado con ropajes exóticos basados en figuras vigorosas –tipo gaucho, indio, soldado romano–, donde posaba hasta captar un momento de fuerza y juventud. Con estas cuestiones era un frívolo, le aterraban las canas, los dientes picados, la tripla inflada; pero admitía su debilidad y se reía. Vivía haciendo cálculos sobre las posibilidades físicas que se tenía a determinada edad, las que se conservaban y perdían. Quería saber cuando empezaba a mermar la energía, agresividad, fuerza vital. Me preguntaba por escritores que hayan escrito sus mejores obras de viejos. Tuve que revisar, sabía que esas cosas le daban esperanzas así que le hice una lista con algunos. Le pasé libros de esos escritores y no le interesó nada. Todo le parecía una mierda, palabras. Después me acordé de Giacomo Casanova, le conté que escribió sus memorias -lo mejor de su obra- de viejo, como estaba enclaustrado y deprimido, necesitaba darse color, renovar la sangre, así que sentándose derecho y sacandosé anillos y peluca, Casanova volvió a revivir historias. Le regalé un breviario con fragmentos de las memorias. Se volvió loco, se le encendían de fuerza los ojos. Un día apareció con una caja que contenía “Historia de mi vida”, las memorias completas del tano. Me llamaba a mi casa tarde y con voz de monje leía varias hojas y cortaba. También le hablé de Blaise Cendrars. El manco Cendrars estaba cansado, guardado en una casona de la Francia ocupada por los nazis, se puso escribir su vida. Tanque, ya confiado de mi recomendación, se manyó los cuatro tomos de esa autobiografía. Se fascinaba con esos libros porque según él, eso no era literatura.

–¿Me entendés lo que te digo? Estamos en la época de las series, de la pornografía, una mierda, tiene que venir algo nuevo.

–Va a venir. La gente tiene sed de violencia: quieren épica, por eso se la pasan viendo series de aventuras, de narcos, de asesinos seriales. Tenemos que organizar algo, nosotros, hay que estar despierto loco. Yo no desparramo energía en una pantalla. Hace tres años que no me clavo una paja, ¿te lo conté? Reíte, pero es verdad, ni una paja, por eso vivo caliente; no solo con una mujer, no, yo estoy caliente con el mundo, le quiero hacer un agujero y cojérmelo.

No tenemos que admirar personajes de series, tenemos que transformarnos en personajes. No podemos verla por la tele, a nosotros nos parió un centauro. Hay que vivir.

Paramos en un departamento cerca del mar, en la puerta había un bar. Tanque se bañaba tarde, yo lo esperaba en la barra tomándome un fernet, enamorándome de la noche, gozándola de a sorbitos, garabateando en una libretita alguna idea; lo esperaba feliz y él llegaba duchado con perfume a manzana en el pelo y olor a mar en la barba, en la piel, la camisa suelta, fresco, con salud.

 

Esa noche, borrachos, me dijo que me tenía que contar algo. Sudaba a chorros, se masajeaba las sienes con los ojos cerrados.

La cara del Tanque era un magma que se transmutaba, su mundo interior se palpaba ahí, en perpetuo dinamismo; siempre fue así: en su piel se vive una comedia o una tragedia, no hay punto medio, parece que en un segundo está por sufrir algún tormento o alcanzar la gloria. Íbamos caminando por la calle, de golpe se frenaba, me agarraba fuerte de un brazo, la mirada caía en una fosa infinita y ponía una mueca de cristiano a punto de alcanzar a dios en medio de un suplicio romano de garrotes rompiendo huesos; pero de a poco cambiaba de expresión y se reía: “qué pajero, pensé que tenía algo que hacer hoy, pero no, si es mañana, vamos”. Así vivía, exagerando por cualquier estupidez, pero cuando el asunto era realmente importante, hay que agarrarse porque empieza el calvario de velorio gitano. Esa noche, la jeta que tenía, daba miedo. Iba a confesar algo importante.

Un tiempo antes de pasarse un año en Bolivia había laburado con Samuel Fijman, el padre de un amigo que tenía una inmobiliaria donde yo trabajaba de cadete. Tanque en ese momento estaba muy tirado de guita, la estaba pasando mal así que hablé con el viejo Fijman. Sabiendo lo inestable que era Tanque, le hice prometer que no iba a quemarme, que se iba a comprometer con el laburo, por lo menos durante un tiempo. Lo ubicaron de secretario, un puesto más burgués que el mío. El viejo Fijman hablaba maravillas de su flamante empleado. A los pocos meses entraron a robar a la inmobiliaria, además de sacarles una buena guita, lo fajaron a Samuel, a mi amigo, que estaba de visita ese día, y Tanque también ligó, lo desmayaron de un culatazo en la cabeza y lo encerraron en un baño. Pidió licencia psiquiátrica y al final terminó por renunciar.

Me sentía un gil. No lo había sospechado, hasta tuve culpa por haberle conseguido el trabajo. El Topo y el Negro Martín fueron sus cómplices, dos fisuras de Mataderos amigos del Tanque. La hicieron bien, no puedo negarlo, pero nunca me lo contó. Y lo peor, más allá de que lastimaran a mi amigo, que admito que era un “amigo del bien” y me importaba un carajo, es que no me buscó de cómplice, a mí que venía planeando hacía mucho tiempo simular un robo en la calle a la salida de una casa de cambio, lo había pensado con detalle y tarde o temprano lo iba a hacer, él lo sabía. Me ganó de mano y desapareció, se quizo quemar la guita solo. Era mucha guita. No lo tenía de rastrero. Cuando terminó su confesión, sin pensarlo, le di un bife que le partió el labio; quería romperle la nariz, pero a él no podía lastimarlo, mi mano no podía. Se relamió indiferente como si no le hubiese pegado, vino un mozo a poner orden, pero él no decía nada, miraba hacia la barra sin expresión; no me dio explicaciones, no me pidió disculpas, solo siguió tomando.

Al otro día me volví solo a capital. Le perdí el rastro hasta cruzármelo meses después en la calle de la mano con Luna, yo la conocía, así que no pude evitar ponerme a hablar. Tanque estaba blanco, no podía mirarme a los ojos. Busqué una excusa y me fui.

 

Ya dormía en el hombro de Luna, con sus dedos rascándome la barba dormía –o me obligaba a dormirme para no verlos- cuando escuché la fricción salivosa de una boca chupando. Ella respiraba profundo y resoplaba por la nariz. Tanque chupaba una teta como un bebé, al principio estaba jugando, o eso me parecía, porque después empezó a tocarse la verga sin ningún disimulo, y ya no chupeteaba, sacaba una lengua larga y fina de lagarto, para jugar con el pezón rígido. La boca de Luna tiene labios gruesos de color rosa pálido, casi el mismo color que su piel, la tenía tan cerca que sentía el aliento. Mientras era besada por mi amigo, la boca, que tiene forma de triángulo, se dilataba mostrando unos hermosos dientes. Luna se retorcía de placer. Se reía fuerte, con espasmos. Lloraba de la risa. En ese delirio me agarró de la nuca y me dejé llevar pegándome a su pecho. Tenía esa teta, estúpidamente aplastada en la cara, hasta que el Tanque me bendijo: dale un beso. La besé. Besamos y chupamos esas tetas como dos hermanos hambrientos. La amiga de Luna se había ido. Me saqué la bermuda, quedé al descubierto con la pija totalmente parada. Ya no quería permisos de mi amigo, tampoco los necesitaba, entendí que en esa agua flotaban los mismos deseos.

Nos tocaba a los dos, eran caricias, mientras Tanque le besaba el cuello, me animé a acercarle la boca. Nos besamos profundo, me subía un calor por la garganta que picaba, después ella corrió la cara y besó a mi amigo. Seguimos tocándonos solos. Yo le acariciaba la panza, las piernas. El Tanque estaba erguido encima de ella, tenía el cuerpo tenso, fibroso. Se pajeaba con fuerza cerca de las tetas, estaba rojo, el cuello parecía un tronco con nervaduras. Ella tomándolo de la cintura pedía la leche bajito, con los ojos cerrados. Tanque estalló abundante como un petardo de cuarzo líquido encima de Luna, brillaban los coágulos sobre las tetas y la panza. Después vi mi propia leche deshilacharse en el agua. Salí de la pileta mareado, me tiré en el pasto, los amantes se trenzaron en un abrazo. Me dormí conteniendo las náuseas. Cuando desperté el trabajo había comenzado, escuchaba los jadeos de dolor, me acerqué trastabillando a la pileta, Luna pujaba, Tanque la abrazaba llorando. Las piernas se me doblaron cayéndome de cabeza al agua. Me sacaron de los pelos.

Me escuché diciendo perdónperdónperdónperdón y quebrando en un ruidoso vómito escarlata. Y el Tanque que gritaba a la amiga de Luna: ¡Llevátelo, acóstalo y volvé rápido! Miré para atrás mientras caminaba a los tumbos. Un tipo al que yo había visto merodeando por la casa estaba ahora metido en la pileta, oficiando de partero, y Sasha también y Tanque de espalda, agarrándose los pelos, con los omóplatos plateados de sudor agitándose como queriendo que salgan alas, llorando de emoción o de miedo. La amiga de Luna me tiró en el sillón y me quedé solo, desamparado. Inútil quedé. Si llora está vivo, si llora está vivo, me dije. Traté de levantarme pero no podía, quería ayudar yo también, pero era un inválido. Hasta que pude escucharlo, me tranquilicé, el bebé lloraba.

En este momento el sol se cuela por las cortinas. Supongo que todos duermen, mientras babeo tirado en el sillón. Una percusión metálica me reverbera en el oído; doy vueltas, el sonido es como un goteo insoportable, no tengo fuerza para levantarme pero tampoco puedo dormir. ¿Es una canción o es el alcohol que todavía machaca? Tengo la testa carbonizada. La boca me apesta a potaje con gusto a yuyos. En otra habitación crujen unos muebles, alguien se levantó de la cama, bosteza. En la cocina hay otra persona, abre y cierra cajones, después chupetea fuerte un mate. Estamos vivos, arriba entonces.

Es una lauchita rosada. Luna duerme y Tanque lo hamaca con cara de pánico. Se lo da a la amiga de Luna. Salimos al patio y nos sentamos a tomar mate, fumamos sin decir nada. La mañana está hermosa, el cielo celeste sin nubes, fresco. Tanque me mira serio. Se va caminando al galpón, cansado. La pelopincho ahora está vacía. Volvió con un paquete envuelto en cinta aislante.

–Ahí tenés parte de la guita. Si no te vas de viaje, la prendo fuego. No podés usarla para otra cosa. Ah, llevate la camioneta que no la necesito. Chau, no te quiero ver más puto.

Amago con resistirme a aceptar la plata, él insiste siguiéndome el juego. Nos damos un abrazo y se queda unos segundos con la cabeza apoyada en mi hombro, me besa en la oreja. Eh Glauco, dice antes de que yo cruce el umbral de la puerta. Lo miro, no dice nada, pero lo entendí. Asiento riéndome.

 

Agustín Caldaroni, nació en Buenos Aires, en 1985. Publicó los libros La razón bárbara (Editorial Lisboa, Buenos Aires, 2016), Furancho (Ediciones Del Trinche, Rosario, 2019) y Nuestra verdadera sangre (Palabras Amarillas, Buenos Aires, 2019). Actualmente es editor del blog La Viñole, https://lavinole.blogspot.com/.