En Soberbia, la nueva novela de Recaredo Veredas que presentamos a los lectores gracias a la gentileza de la editorial Deconatus, seguimos la vida de Sebastián, un hombre programado desde la infancia para alcanzar el éxito y llevar a su familia a lo más alto. Pero ¿a qué precio? Su vida se convierte en un constante y apasionado esfuerzo por alcanzar ese objetivo, aunque sus fracasos sean tan monumentales como su perseverancia. Sebastián se enfrenta a retos que desafiarán su voluntad y cordura. Seremos testigos del ascenso y caída de Sebastián en un mundo donde las líneas entre el bien y el mal se desdibujan, mientras el telón de fondo de la transición española se entrelaza en esta historia de poder, deseo y desesperación. Soberbia es una exploración profunda de los deseos humanos y las consecuencias de la crianza, y también un homenaje audaz a los grandes maestros de la literatura y el cine. Desde el melodrama hasta el surrealismo, cada página rebosa intensidad e ironía. Es un placer poder compartirla con nuestros inquietos lectores.

 

Ha decidido estudiar Medicina, como su padre, y llega a la facultad sin un sólo obstáculo, siguiendo una línea tan recta como una carretera que cruza el desierto. Sebastián López de Lucena es un joven encantador, con el pelo largo y liso, peinado con descuido. Es uno de los pocos que pueden permitirse no llevar chaqueta. La cambia por camisas con largos picos y jerseis de lana. Su aspecto lo sitúa en una zona intermedia, alejada al mismo tiempo de la seriedad de la corbata y de la rebeldía de los vaqueros de campana. Siempre mantiene la atención y la sonrisa, tanto en clase como cuando recorre los anchos pasillos, iluminados por fluorescentes, que nadie pinta desde décadas atrás.

Gracias a su liquidez —sus padres le sueltan billetes como si fueran cromos— consigue que las librerías le traigan revistas americanas e inglesas, que paga a precio de oro y después regala a los departamentos que más le interesan. Sus conocimientos son más modernos que los del claustro, atrasados más de una década respecto de los grandes laboratorios.

Su tiempo de estudio, entre la última madrugada y la primera mañana, es sagrado para la familia y el servicio. Todos guardan silencio, incluso el padre no se atreve a pasar las páginas del periódico en el salón y se esconde para leer en su dormitorio. La escasa familia cree unánime que su presencia en el mundo responde a una causa superior. Le repiten que llegará al Premio Nobel, que lo tiene todo para cumplir el destino que la familia merece. Sebastián también lo cree y se considera un pequeño genio, aunque hasta entonces no haya demostrado su talento.

Desayuna todas las mañanas tostadas recién hechas, con mantequilla y mermelada. Las complementa con un huevo pasado por agua o jamón ibérico. Siempre a su elección, como si se tratara de un restaurante o, más bien, el buffet del desayuno de un hotel de lujo. Si la tostada se quema, aunque sea sólo por el borde, la devuelve. La criada le sirve el desayuno en la mesa del comedor, con mantel de hilo y cubiertos de plata, y a veces hasta apunta sus genialidades en una libreta, arrodillada a su vera. Cuando se le cae una miga al suelo siempre la recoge. Sebastián nunca va a la cocina, ni a por un vaso de agua, ni por supuesto hace su cama. Es perfecto y así se considera cuando se repasa frente al espejo. Su único defecto es una mancha marrón, casi negra, de bordes irregulares, como una isla volcánica situada en el centro de la espalda. Lo ha heredado de su padre.

Se decide por la neumología porque toda una rama de su familia paterna murió por la temida fibrosis, que convierte los pulmones, tan flexibles y rosados en su origen, en carcasas rígidas, rotas. Morir ahogado no es un simple miedo, es una posibilidad real. Y aunque ni su padre ni él muestren asomo alguno de degeneración pulmonar, la impresión que le causa esa muerte lenta, ineludible, precedida por meses de ahogos, es tan fuerte que intentar una cura se convierte en su mayor propósito. Nadie ha conseguido el implante de un pulmón artificial. En Estados Unidos, en 1963, en el salvaje estado de Mississippi, un condenado a muerte eligió conmutar su pena por la operación. Murió, pero pudo sobrevivir varios días con una prótesis de silicona en mitad del pecho. Ha sido el único intento que ha conseguido una mínima supervivencia. Sebastián no se apoya, ni mucho menos, en los estudios realizados por unos bárbaros sino en las tesis de un catedrático de Heidelberg, en la Selva Negra de Alemania, que lleva años estudiando las posibilidades de tan atrevida operación. Es tal su orgullo, su amor propio, que cuando se encierra en su habitación teme que su precioso cuerpo sea destruido por Dios, envidioso de su gloria futura.

Ha decidido que las juergas de universidad son, ante todo, una pérdida de tiempo que bajo ningún concepto puede asumir. La vida es demasiado corta. Tiene amigos en clase, sin duda, pero todos son brillantes en la carrera, tienen una familia superior a la suya o le aportan desahogo sexual. Estudia antes del amanecer, cuando una leve luz clarea la oscuridad y los coches de los últimos juerguistas y los primeros trabajadores alteran el silencio. Siempre sigue el mismo ritual, bebe dos cafés cargados, abre el manual de neumología, coloca un lápiz y un gran cuaderno sobre la mesa y empieza a estudiar. Alterna manuales universitarios, revistas especializadas y libros escritos en otros idiomas, que traduce gracias a sus conocimientos y a diccionarios. Le interesa sobre todo la ciencia alemana. Con la ayuda de un curso por correspondencia descifra poco a poco las declinaciones y las palabras unidas. Cuando algún compañero, o él mismo en un día de flaqueza, cuestiona su objetivo se dice que su meta es la gloria, sí, pero también que cientos, miles, de enfermos que mueren ahogados podrán salvarse, aunque sea con una cicatriz que parta su cuerpo en dos.

La política es la segunda pasión de Sebastián. Opina que es imprescindible pero también peligrosa: exponer lo que debe reservarse significa demasiado en un tiempo lleno de incertidumbre. Nadie sabe si el franquismo continuará, con formas más o menos democráticas, o si será sustituido por una república socialista y vengativa. Sigue el criterio familiar, que le anima a nadar al mismo tiempo en todos los mares. Es una manera de estar en el mundo que también utiliza con las mujeres, incluso con los suyos. Sólo existe algo de verdadera importancia en el mundo: uno mismo.

Sebastián y su familia viven en un barrio próximo a la Castellana madrileña, un pequeño París con calles anchas y arboladas, con edificios que nacieron como mansiones y terminaron como pisos, donde la élite de la ciudad duerme y muere y adonde todo arribista aspira a llegar. Ocupan un lugar intermedio en la comedia, situado entre las grandes fortunas y los profesionales meritorios. Llegaron allí hace cincuenta años, desde un barrio cercano pero distinto, próximo a la Gran Vía, donde ocupaban un piso pequeño, en el límite de la humildad. Al piso se accede por una gran escalera, cubierta por una alfombra persa, rodeada de plantas y esculturas de titanes que cuelgan de los muros —forma un conjunto más propio de un salón enloquecido que de un simple portal—. Más allá aparece una escalera circular y doble, dividida por un amplio ascensor de madera tapizado en rojo, atendido en tiempos por el ascensorista y desde los años cincuenta por el portero. En la tercera planta viven ellos, la familia López de Lucena, respetados por su amor a la cultura aunque se murmure contra ellos por su falta de apego al régimen y su devoción variable. Alfonso, padre de Sebastián, sólo acude a misa en celebraciones y en fiestas mayores como Navidad o Viernes Santo. Es médico y filósofo aficionado. Su esposa visita la iglesia con mayor frecuencia, pero también se ausenta durante meses sin motivos ni explicaciones. Es parte del carácter familiar: estar sin estar en cualquier ámbito, tal vez en defensa de una libertad que provoca al poder, pero que también pacta para evitar la pobreza y conseguir el anhelado prestigio.Tienen la habilidad de alterar los límites a su conveniencia.

Es la suya una casa con altos techos, adornados con escayola y una gran biblioteca de madera, con escalera circular, ordenada por materias y épocas, donde coexisten la historia, el ensayo y algo de narrativa, aunque la novela sea considerada un género menor, adecuado para las tardes de verano. Están todos los griegos, en el idioma original —que nadie en la casa entiende— y traducidos al francés, que aseguran dominar Alfonso y su esposa. Compraron la colección entera durante un viaje a París a un escritor viejo y fracasado que la vendió por unos pocos francos. Adoran su biblioteca, aunque apenas dispongan de ella y los libros se llenen de polvo tras el cristal que les protege. No les importa que en muchos las hojas aún permanezcan pegadas. Ya las abrirán sus hijos o sus nietos. Apenas nadie accede a los estantes más altos, todavía llenos de suciedad porque la criada sólo los limpia una vez al año, siempre que no haya labores más urgentes. Sin embargo, presumen de sus libros sin descanso. Si alguien preguntara por ellos en la sociedad madrileña, lo primero que se comentaría es su bibliofilia. La adoración por la cultura se detecta en el tamaño desproporcionado de la biblioteca respecto del resto de la casa. La estantería llena el salón, las dos paredes del pasillo y dificulta el paso. Quien vaya del salón a la cocina debe caminar de perfil, pero nadie se plantea una reforma. Han llegado a pensar en reducir aún más el espacio del salón y dárselo a los libros, cambiando los estantes de la biblioteca para que alberguen una segunda fila. Si la criada debe ir con la sopera en la mano, y no en un carro, es lo de menos. La cultura merece cualquier esfuerzo. La casa está llena de fotos con intelectuales ilustres de la época, desde Unamuno o Marañón a, por supuesto, Ortega y Gasset, uno de los ídolos de la familia. Los dormitorios y la cocina, la zona privada de la casa, son pequeños y dan a un patio. Son espacios que no se enseñan ni precisan aprobación ajena, en los que no es necesario invertir más allá de una comodidad mínima. En los huecos que dejan los libros hay retratos de hombres serios y mujeres sentadas, con largas faldas que caen en suelos de mármol, con fondos que corresponden a paisajes de montaña idílicos e imaginados o a palacios con grandes fachadas. Han comprado en distintas subastas retratos de artistas ingleses de segunda fila, imitadores de Sargent que, como él, retratan a damas en sus salones, con mirada desafiante y vestidos que no admiten cuestionamiento. Nunca se los atribuyen a su familia, pero tampoco comentan su pertenencia real si el curioso no insiste demasiado. El dinero —tan importante como el apellido, pues es el cincel que mantiene sus rasgos— llega cada mes gracias a cuidadas inversiones en la pujante industria del norte, con especial atención a la siderurgia, que empieza a emplear a obreros de toda España, sobre todo de Extremadura y Andalucía. Se hacinan en torres de ladrillo, levantadas con material de derribo, que se solapan unas con otras bajo los cielos negros.

Los López de Lucena se adaptan a una modesta oposición al franquismo. Pasada la posguerra se libran de cualquier penalidad gracias al patrimonio familiar y al prestigio del padre. Alfonso es cirujano y ralentiza las metástasis con un uso magistral de las herramientas de su época. Consigue remesas de morfina y las aplica cuando todavía no están dentro de los protocolos médicos y sólo las utilizan los ricos para colocarse. Es un maestro en su dosificación y los mantiene conscientes hasta que los dolores son insoportables. Cuando exhalan el último aliento en paz, siente entre sus manos la huida de los veintiún gramos que pesa el alma y se siente dueño de la vida y la muerte.Tiene entre sus pacientes a políticos de los dos bandos, porque alivia en Montpellier el dolor de un presidente de la república en el exilio. Su mayor éxito ha sido conseguir que un primo de Carmen Polo se despida de su familia sin dolor y con lucidez, incluso dando consejos a su primogénito sobre la gestión del negocio familiar.

Sebastián se pregunta durante toda su juventud si su padre se inyecta morfina en secreto, si la sonrisa beatífica y el sueño que no termina en sueño que tiene tantas noches, cuando se queda a media luz en el salón hasta la madrugada, tiene que ver con eso. Se plantea hasta qué punto disfruta vigilando la muerte de los pacientes, controlando no sólo su conciencia sino también su finitud. Si siente placer cuando expiran gracias a la morfina que les ha inyectado.

Sebastián asiste desde pequeño a tertulias en el salón de su casa, donde su padre reúne a catedráticos y escritores progresistas. Es un salón enorme, con ambientes y sofás cómodos, atendido por el servicio, que llena las copas sin descanso y con una atención privilegiada, propia de quienes centran todo su interés en la aprobación ajena. A veces las tertulias desembocan en cenas, en su propia casa, y en whiskys hasta la madrugada. No hay mayor orgullo para la familia que contar con invitados de calidad. Cuando se desinhiben critican al régimen con dureza, incluso con burlas, y planean pequeñas conspiraciones, que nunca se llevan a cabo porque ninguno tiene valor para tomar el liderazgo. En el fondo saben que todo es inocuo: lo que le preocupa al régimen es la sublevación del pueblo. Podría afirmarse que le conviene que las élites sean rebeldes y publiquen manifiestos en sus revistas, porque así demuestran que la dictadura lo permite y los franceses pueden respirar tranquilos.

Un líder lo es siempre, también en política. Sebastián no sabe si desea tal carga, pero se siente obligado por su destino. Como tal participa en manifestaciones contra el franquismo y firma algunos manifiestos, no todos. Tiene la habilidad de los suyos y suele escapar del alcance de las porras. Su especialidad es subirse al primer piso de la facultad, tirar sacos de afiches y salir corriendo. Es simpatizante del Partido Comunista, aunque nunca afiliado. También coquetea con la Falange auténtica porque, como los comunistas, busca la liberación de la clase obrera y considera a Franco un traidor. Sólo una vez roza el peligro. Regresa caminando a casa, por Avenida Universitaria, charlando con dos compañeros, cuando un tumulto se les echa encima. El sol brilla, cegador, sobre los policías a caballo. Parecen jugadores de polo golpeando con sus porras las espaldas de los jóvenes. Sebastián se tira al suelo para evitar el derribo, pero a los jinetes los acompañan policías a pie, que lo alzan desde la acera y lo meten en un furgón negro. Allí lo insultan —rojazo, niñato— unos hombres enfadados, vestidos con ropa pesada, con mal aliento. Lo tiran al suelo del furgón y empiezan a patearle en el vientre, en el pecho, en la cabeza. Sólo se detienen los golpes en comisaría, cuando escribe en su libreta el nombre de un general, ministro de Franco y amigo de la familia. Un hombre encantador, aunque en la guerra barriera la retaguardia y fusilara a cinco mil republicanos por el único motivo de serlo. La policía no cree que conozca a un héroe de guerra varias veces condecorado, pero el miedo a una posible represalia y la chulería de Sebastián hacen que prefieran moler a palos a los demás. Sus amigos le exigen el nombre a gritos, para librarse de los cadenazos y las bofetadas, pero sale de la comisaría sin dárselo. Son conducidos al calabozo a empujones, desde donde llegan los gritos.

Unos cuantos porrazos son imprescindibles para cualquier leyenda, se dice camino del metro, con la cara manchada de sangre, intentando enderezarse para olvidar su dolor de espalda mientras los peatones huyen de su lado.

Sin embargo, consigue que nadie le odie porque al día siguiente aparece en el local de la asociación con dos abogados penalistas que coordinan la liberación inmediata de los estudiantes. No les cuesta demasiado, son sólo manifestantes, ninguno conoce a líderes de la resistencia. Esa misma tarde, Sebastián pronuncia un discurso enardecido en la asociación, entre los carteles de amnistía, los jerséis de cuello vuelto y los moratones de sus compañeros.

—Si no estuviera libre —comenta ante la caterva de jóvenes con gafas y jersey— no podría haberos salvado. Alguien tiene que quedar, siempre.

Uno de los falangistas le propone tomar un café. Podría pasar por un revolucionario, por el jersey, las patillas y las manos llenas de asperezas. Acepta porque todos defienden a los trabajadores y desprecian a Franco. Van a la cafetería de la facultad, donde se mezclan los profesores y los alumnos, las charlas sobre tumores y enfisemas y las cargas policiales. Mientras remueven un café en vaso y miran a las chicas, le propone que sea chivato de la policía. Aprobará sin estudiar.

—Camarada, el estudio es mi mayor pasión. No puedo permitir que se me aplique una exigencia menor. Sobre todo por los pacientes que confiarán en mí en el futuro.

—¿Qué quieres entonces?

—¿Qué quieres tú? Soy yo quien te puede dar trabajo cuando seas médico, porque sólo de chivato… Respétame y yo te respetaré a ti.

Desde entonces se saludarán con una sonrisa leve cuando se crucen por los pasillos. El calabozo le ha enseñado, primero, que no puede implicarse en política, segundo, que a nadie le convienen los enemigos. Ha visto el desastre demasiado cerca. No puede perder todo lo que le importa, incluso más que la vida, por una decisión temeraria.

Los López de Lucena, desde antes de su existencia, han estado en la retaguardia, en puestos intermedio entre el caciquismo y la corte, a las puertas de conseguir una entrada en la enciclopedia, pero sin lograrlo. Agustín, el abuelo, fue uno de los primeros españoles en tener cuentas en Suiza. Creó un complicado engranaje que asistía tanto a los alemanes como a los franceses, perdidos ambos en esas terribles batallas de trincheras y guerra química, donde miles de hombres eran sacrificados como animales y la medicina era más necesaria que nunca. Jamás sintió culpa alguna, siempre creyó que el bien puro no se mantenía sólo, siempre necesitaba un estímulo. Sin ganancia ni beneficio se desinflaba, se convertía en moralina. Podría parecer que estaban estafando al Estado, quitando esas medicinas a otros, pero el delito era el único camino para su propósito. Sebastián siempre recordará las palabras de su padre:

—El mal y el bien siempre están unidos, quien hace el bien debe rendir cuentas también al mal. El bien puro es para las monjas de clausura. El resto debe pactar con las zonas grises. Debe bajar al barro para luchar y llevar algo a su casa, porque si no se lo llevará otro.

Las escasas mujeres matriculadas en Medicina se sientan juntas, en la segunda fila, y miran a los hombres con disimulo. Sobre todo a Sebastián. Algunas, incluso, desafiando las reglas estrictas de la época, le invitan a dar un paseo. Él siempre bromea con ellas y llega tarde a las citas, a muchas se atreve a darles plantón. Se inicia en el sexo con una compañera, en el laboratorio de la facultad, durante unas prácticas que terminan demasiado tarde, bajo la luz del atardecer que entra libre por los grandes ventanales, apartando los tubos de ensayo y las pipetas, subiéndole la falda y bajándole las bragas. Para ella también es la primera vez y tienen que limpiar la sangre sobre el tablero negro. Alterna una con otra hasta que se cansa y decide escoger. Lo hace con descaro, sin preocuparse de que las participantes conozcan la competición. A veces se equivoca, ni siquiera se acuerda de sus nombres. Sabe que cuanto menos le importe mayor será su gloria. Debe actuar con absoluta indiferencia. Y no lo hace a conciencia, lo hace, como siempre en su vida, porque es su deber.

El único que le hace sombra en la facultad es un tal Luisito Gamazo, que proviene de una dinastía de oftalmólogos y también se interesa por la complejidad de la respiración humana, por los pulmones, los bronquios y los alveolos, la fibrosis y la neumonía. Es tan joven, tan petimetre y tan estudiante como él. Aunque ambos lo ignoren, los dos se levantan a la misma hora, apenas separados por doscientos metros y dos bocacalles. A veces contemplan el amanecer con las mismas esperanzas de éxito. Forman una pareja modélica y las chicas les miran aparte, como si fueran los únicos trofeos del salón. Gamazo es uno de los pocos rubios auténticos de la clase, tal vez porque su abuela es británica, emparentada con los bodegueros jerezanos. Sin embargo, frente al resto de las alumnas aparentan ser los mejores amigos. A veces se quedan en silencio, mirando hacia el horizonte, encantados de conocerse, admiradores mutuos de su belleza.

Luisito fue quien le presentó a Blanca Samaniego en una copa convocada en el salón de sus padres, sobre cuatro alfombras iraníes de fondo rojo y largos flecos, colocadas una tras otra, soportando muebles macizos y soperas de plata. Fue un cóctel servido por criadas y aderezado por baile suelto, twist y rock and roll. Luisito, además, sabe inquietar a su amigo. A su familia, experta en heráldica, conocedores desde la cuna del todo Madrid, les extraña su apellido y le pregunta si es en realidad compuesto o, como hacen tantos, ha colocado un «de» en la mitad de su nombre para ennoblecerlo. Lo hace en mitad de la fiesta, justo después de presentarle a Blanca y mientras ella charla con sus amigas. Juega a esa mezcla de afecto y desprecio tan propia de la burguesía: le presenta a su mayor joya y, al mismo tiempo, cuestiona su pedigrí. Sebastián no le responde, se limita a sacar el DNI y a plantárselo frente a su cara.

—No lo volveré a hacer, Luis. Con mi familia no se bromea.

El mayor logro del cuestionamiento es que la duda empiece a germinar en la conciencia de Sebastián. Una duda que crecerá durante las noches de insomnio, cuando las fronteras entre lo cierto y lo falso, entre el terror y el valor se difuminen y se pregunte de dónde viene su apellido doble, por qué hay bruma y silencio más allá de su abuelo. Ignora que sus sospechas son ciertas: su apellido doble nace cuando Agustín, el contrabandista y fundador de la saga, lo crea de la manera más fácil, pagando mil reales al secretario del registro. Sólo tuvo que escribir una «de» en el lateral de la hoja y sellarla. Gracias a tan discreta gestión puede elevar el mentón y sentir orgullo mientras pasea por la calle Almagro. Todas las familias tienen secretos y este es peor que el contrabando. A nadie le extraña que ellos sean los únicos López de Lucena, que el apellido no aparezca en libros heráldicos ni enciclopedias. Agustín era consciente de esa anomalía y confió en que los años la paliaran: los López de Lucena pronto llenarían las páginas y los periódicos con sus logros. Alfonso, el padre de Sebastián, ha escuchado a sus abuelas comentar que su padre unió los dos apellidos pagando a un funcionario del registro civil que estaba obsesionado con la aristocracia, pero nunca ha atendido a la conversación. Quienes reconocen las debilidades de su familia están acabados. En Córdoba quedan parientes que no llevan el apellido unido sino que mantienen el Lucena y alardean de ello. Todas las Navidades y todos los cumpleaños llaman por teléfono. Como Sebastián nunca lo descuelga insisten una y otra vez hasta conseguir hablar con él. Son perseverantes. Al fin y al cabo, es el niño de la familia.

—Soy María Lucena, tu tía. ¿No te acuerdas de mí?

Alfonso confía en que Sebastián no se dé cuenta y el secreto se termine con él, que ni siquiera cuestione su cuna, que no se plantee la falsedad de su nombre ni hurgue en el origen de su dinero. Si pese a todo lo hace, si su hijo recuerda el apellido de esa tía perdida, espera que abandone la búsqueda de la verdad por fatiga u orgullo. Alfonso admira a su padre. Cree que fue el héroe oscuro que precisa toda saga, el hombre que traficó con morfina para que los López de Lucena ascendieran en la escala social lo correspondiente a cuatro generaciones. De nada habría servido su sacrificio en combate. Habría muerto en un acto, tal vez heroico, que no reconocería nadie, porque en las guerras mueren miles, millones de soldados cuyos nombres son enmascarados, borrados por los grandes números. Sin embargo, los frutos del primer López de Lucena permanecen y permanecerán. Sabía, como todos sus descendientes, que el país más importante de todos es uno mismo, que su destino único era llevar a su familia a su lugar.

Blanca Samaniego es una de las primeras licenciadas en Medicina. Bella y fría, morena y delgada, parece una bailarina clásica, siempre a punto de ponerse el tutú. Prima lejana de Luisito Gamazo, sabe que su destino es ser una esposa ejemplar. Por eso no cursará el MIR, aunque sólo se siente libre, completa, cuando ejerce ese poder casi divino de los médicos que les permite esquivar la muerte y limpiar el cuerpo de los enfermos. La medicina no es su única temeridad, también ha aprobado el carnet de conducir y lo ha hecho a la primera, sujetando el volante con las dos manos, metiendo las marchas en el momento exacto, con la misma precisión que emplea en el laboratorio. Pertenece a una familia casi simétrica a la de Sebastián. Su padre también es médico y su madre una enfermera heroica, tan implicada en la guerra que pasó tres años de frente en frente, curando heridos y ayudando a los cirujanos. Pese al fracaso que implica el abandono de la carrera, Blanca quiere pactar con la realidad. Su victoria llegará cuando tenga hijas y sean ellas las médicas o consejeras de una gran empresa. Tal vez, pasados los años, pueda ayudar en un laboratorio o en una consulta privada.

Viven en un piso oscuro, con un largo pasillo, lleno de cuadros antiguos y muebles de sus antepasados. Su habitación es interior, ascética. Apenas cuelgan de las paredes la orla y una reproducción de una marina de Sorolla. Aspira a que la casa de su familia esté llena de luz. Tienen un galgo italiano que pasean cada mañana. Como el resto de la familia es pequeño, tiene frío y se cansa con facilidad. Provienen de Extremadura, de una saga fundada hace quinientos años por un virrey de Perú. Acaparó tanto oro que creyeron que duraría hasta que el sol extinguiera a la tierra. Como todas las familias millonarias se dividieron en ramas muy distintas y se robaron el patrimonio como harpías.

Blanca sabe que Sebastián se lía con otras chicas de clase, pero no le importa. Su carrera es distinta, a largo plazo, porque cuenta con sus apellidos y una belleza helada, de nariz fina, cuello largo y labios delgados. Es bueno que Sebastián se desfogue durante su juventud. Eso le asegura una madurez tranquila y ahí llegará su momento. Se indignará cuando aparezca con olor a ginebra y a perfume juvenil, pero no demasiado. Es joven, tiene veintidós años y toda la vida por delante. Puede prolongar la etapa de paseos de la mano por el parque del Oeste durante meses, nunca años porque se desanimaría. El interés de los hombres debe ser a la vez cortado y alimentado, con delicadeza e interés.

Sebastián no la quiere especialmente. Si se lo permitiera se masturbaría frente al espejo. Ha escogido a Blanca porque ha llegado el momento de crear una familia y ella es, con diferencia, la más adecuada. Unirá el futuro de los López de Lucena con el pasado de los Samaniego. Como siempre, Sebastián aplica la máxima contundencia a su propósito.

Crea un gráfico en un cuaderno cuadriculado, que indica la progresión del romance, qué días debe llamar, en cuáles debe fingir ausencia, qué tardes debe mostrarse romántico y pasear de la mano, en cuáles tiene que aparentar descaro, incluso apunta con qué compañeras debe ser visto. Sabe que, para enamorar a Blanca, no basta un ataque frontal. Los celos injustificados son esenciales. Ella, por su lado, no puede defraudar el esfuerzo de los suyos: debe dar brillo a la familia y pensar en las próximas generaciones. Sabe que Sebastián sólo se quiere a sí mismo, pero también que es atractivo y que a su lado tendrá solvencia y la mayor libertad posible. También le admira y le gusta que su hombre se levante antes del amanecer para estudiar y tener el mejor futuro. A veces siente el impulso de cruzar la ciudad para llevarle un café y un cruasán, pero nunca lo hará, sobre todo por timidez. Le atrae el amor a la cultura de los López de Lucena, aunque le genere cierta ansiedad y ni siquiera se plantee la certeza de su apellido. Incluso le alivia su inseguridad: concede a su familia una superioridad por la que no tendrá que luchar.

Aunque los apellidos de Blanca se vinculen con frecuencia a un considerable patrimonio, rozaron el hambre durante la posguerra. Como tantos, comieron mondas de patatas y bebieron café de achicoria. Se prometió a sí misma que su familia nunca más vagabundearía por la Ribera de Curtidores buscando desechos de contrabando. Ella es y será siempre una señora, y son otros, los auténticos hombres, los que deben traer comida a casa. Ignora que en casa de su prometido fueron las mujeres quienes compraron un burro destripado.

La tesis doctoral de Sebastián muestra sus hipótesis sobre el implante de un pulmón artificial. La defiende en el aula magna de la facultad, una mañana de invierno, dominada por un sol absoluto. Le rodean treinta filas, llenas de trajes oscuros y silencio. Se mueve, con su soltura habitual, frente a una pizarra negra donde dibuja distintos modelos de prótesis. La exposición consiste en sus palabras y sus dibujos, aunque también muestra una réplica de los pulmones en silicona, con todas sus ramificaciones y bronquios. Es casi un juguete, pero Sebastián es consciente del poder de la imagen. Mientras habla —sobre todo cuando quiere despertar al público— las enseña. Aspira a que conozcan su talento, pero también quiere que vean su resultado. El laboratorio de Barcelona que creó las prótesis tuvo tentaciones expresivas: quería que los pulmones reflejaran el dolor de quien los necesita. Sebastián los frenó en seco. El único propósito era salvar vidas, no crear una pieza artística.

Está orgulloso porque su tesis no ha culminado, como le ocurre a la mayoría de los alumnos, con una simple disertación sino con una aplicación real. Tras ese modelo azul, ligero como un cristal de Bohemia, hay miles de horas de trabajo. Es un reto tan difícil que sólo diez estudiantes en todo el mundo lo han elegido como materia de su tesis. De todos ellos Sebastián es el único que tiene valor para convertir en realidad la teoría.

La medicina del franquismo le mira con deseo. Necesita éxitos que mejoren la imagen del régimen. Quiere aparecer en la portada de Le Monde o el New York Times, en la RAI o la BBC, que España no sea conocida por sus generales con bigote, ni por sus viudas eternas sino por sus jóvenes cirujanos, fuertes y sonrientes. Apenas han pasado cinco años desde el trasplante de corazón del Marqués de Villaverde, yerno del Caudillo. Fue un fracaso legendario. Conseguir el implante de un pulmón artificial sería un triunfo definitivo, doble si el paciente sobreviviera hasta la primera entrevista y pudiera posar ante la prensa internacional. Cierra los ojos y le imagina aún en el hospital, respirando limpiamente, agradeciendo ante las cámaras de la BBC los años de vida que le restan.

Sebastián ha pasado siete estancias en Heidelberg, bajo las órdenes de Karl Fichte. El alemán, por lo precario de su pulso, no se atreve a afrontar el implante por sí mismo. Prefiere los libros a los quirófanos, los modelos a las intervenciones. Es un sabio clásico, con corbata desmañada, cabello alborotado y gafas gruesas. Sus pacientes favoritos son los mineros del carbón, condenados a la asfixia desde su nacimiento. Cuando encuentra en una autopsia un pulmón de minero, ennegrecido, se emociona hasta el llanto. Durante la guerra fue médico en un campo de concentración. Allí experimentó sin límites. Van a morir de todos modos, se dijo. Siempre tuvo el detalle de anestesiar a sus víctimas, pero fue detenido y juzgado tras la victoria aliada.Tal vez influyó en su absolución su conocimiento de las hierbas alpinas, que alivió la bronquitis de un juez neoyorquino.

El Colegio de Médicos alemán es partidario de quitarle el título por su heterodoxia (su pasado no les preocupa). Nadie cree que sea posible el implante de un pulmón artificial y menos doble, como ha conseguido Fichte con cobayas y, por supuesto, con muertos conservados en formol —a los cadáveres es posible incluso trasplantarles una piedra—. Sus teoremas funcionan, como funciona siempre cualquier estrategia solvente y han cautivado a Sebastián. Pasó todas sus estancias alojado en una pensión junto al río, en la ciudad vieja de Heidelberg, junto a duelistas que anhelan una nueva cicatriz que les distinga. Estuvo a punto de lograr una en la mejilla derecha, pero sabía que en España nadie las valoraría.

Era feliz paseando con un libro de Heine bajo el brazo por los bosques oscuros que rodean la ciudad, mientras sonaban en su conciencia arias de Wagner. Pese a su éxtasis y su entrega Fichte le había recibido con cierto recelo, sobre todo por su origen. Le extrañaba que un estudiante español, de esa tierra tan bárbara y lejana, tuviera tanto interés en su trabajo, que hasta había aprendido alemán para leerlo. Sebastián tuvo que esforzarse, que pasar prueba tras prueba, no sólo de conocimientos, también de actitud y entusiasmo. Le citaba a las siete de la mañana en su despacho de la facultad y aparecía a veces una o dos horas más tarde, a veces a la hora convenida, probando así la puntualidad de su alumno y su disciplina. Sebastián nunca se quejó. Siempre esperaba con el libro abierto, leyendo y releyendo la compleja anatomía del pulmón y la insólita visión de Fichte sobre el tema.

Sintió una profunda vergüenza las dos veces que le tomaron por un criado del profesor. Le confundieron con otro emigrante, que llenaban los barracones de toda Alemania y trabajaban en las fábricas de sol a sol, le cargaron con abrigos y maletines y le obligaron a permanecer en la sala de espera. Desde la segunda confusión se esforzó por no hablar español y, gracias a su nombre, se hizo pasar por francés. No llegó a cambiar su apellido pero pudo pasar desapercibido, incluso seducir a una chica de Friburgo, más liberal que las españolas.

Tras la defensa de la tesis, su padre, su madre y su novia lloran. Ellas con obviedad, con cierta ostentación, sobre sus pañuelos blancos, dejando que las escasas lágrimas bajen por las mejillas. La compañera que perdió la virginidad sobre el tablero del laboratorio aplaude con resignación, con un oscuro deseo de fracaso que se niega a reconocer. Obtiene el cum laude por unanimidad. Han acudido todos los jefes de la facultad porque saben que es una apuesta directa del ministro de Sanidad.

Pocos días después, para celebrar el éxito, Karl Fichte aterriza en Madrid y dicta en el aula magna una conferencia sobre las perspectivas del implante. El público es algo distinto, se añaden catedráticos de otras disciplinas, canosos y soberbios, y el embajador de Alemania. Durante una hora Fichte habla en alemán ampuloso, acompañado por diapositivas que muestran pulmones en carne viva, convertidos en despojos, inundados por la fibrosis o el cáncer. Intenta evidenciar, mediante el tremendismo, las consecuencias salvajes de la enfermedad en los pulmones, la importancia de que los mineros mueran en su cama y no corroídos por la suciedad. Es interrumpido cada minuto por un traductor simultáneo que, más que traducir, inventa lo que dice. Pese al poder dramático de Fichte, los padres de Sebastián se esfuerzan para no dormirse. La novia lo hace a ratos, aunque sea médica. Sueña con el éxito que les aguarda: por fin, tras décadas de lucha, su familia volverá a la gloria. Quien toma apuntes es la otra, la postergada, que aguarda sentada en uno de los bancos del auditorio. Sabe que es una oportunidad única y que una sola idea de ese sabio loco puede iluminar su vida. Sebastián tiembla de nervios y cansancio. Lleva meses alimentándose con café y pan con mantequilla, durmiendo apenas cuatro horas para compaginar la redacción final de la tesis, el diseño de los pulmones artificiales, su noviazgo y la resistencia universitaria. A veces, al borde de la lipotimia, se dice a sí mismo que tanto éxito y tanta fatiga sólo pueden tener una recompensa: el Premio Nobel. Sobre la tarima acompañan a Fichte los dos pulmones de silicona. Parecen de niño, mucho más pequeños que lo que cualquiera podría imaginar. El alemán no los agarra, tal vez por aprensión. También porque no quiere atribuirse méritos ni fracasos ajenos.

Mientras Karl sigue hablando y el traductor suelta un discurso incoherente, que nadie termina de entender, la imaginación de Sebastián vuela: puede ver cómo miles de personas se salvan por su pulmón artificial, le envían cestas de Navidad, le escriben y le adoran durante toda su vida. Imagina también el reconocimiento simpar del Nobel y las alabanzas sin fin de sus padres, del Gobierno, de la ciencia mundial. No sabe que el futuro no suele otorgar lo que promete. Siempre va a su aire.

Desde el gobierno le envían mensajes, indicando su impulso al implante, a pasar a la práctica sus brillantes teorías. En un raro gesto de prudencia, acepta el reto pero también les indica la necesidad de cierta espera. A veces, de madrugada, recuerda que nadie ha conseguido un implante de pulmón y siente vértigo. Es una operación tan salvaje que sólo se ha ensayado con presidiarios que estén, además, desahuciados. Con los más desesperados de la sociedad, que alcanzan la redención sirviendo a la ciencia. No duda, sin embargo, de la belleza de la prótesis. Pronto serán joyas de anticuario, compradas por los médicos para mostrarlas en sus consultas.

Pese a su temor al abismo, Sebastián siente que toda España anhela su éxito.

 

Recaredo Veredas nació en Madrid en 1970. Dedica su vida a gestionar un bufete, cuidar de su hija y su gata y escribir. Ha publicado 11 libros, entre novelas, poemarios, crónicas y ensayos. También escribe reseñas y artículos, ha sido profesor y editor. Le fascinan los personajes complejos, las buenas historias, las familias disfuncionales, los claroscuros de la política y los rincones ocultos de la psique. La crítica ha valorado, sobre todo, la calidad de su escritura y la capacidad para describir la sociedad con lucidez.