Mañana 19 de febrero se pone a la venta la nueva de edición de Páginas de Espuma que recoge el conjunto más extenso de ensayos de tema literario salidos de la pluma de Lovecraft. Como muestra de sus textos que recoge hemos decidido compartir en exclusiva con los lectores de penúltiMa uno de los más jocosos e irónicos de los que reúne la colección. Todos los demás están esperando ya en su librería de confianza.

 

Más de una vez se ha destacado el hecho de que existe un lazo intangible de parentesco entre los más altos y los más humildes miembros de la sociedad. Mientas de modo complaciente el burgués se entretiene con sus lugares comunes, respetabilidad, e inimaginables carreras para enriquecerse, el artista y aristócrata aúnan fuerzas con el labrador y el campesino en una involuntaria ola que reacciona ante la monotonía del materialismo.

Nunca se ha exhibido este parentesco de modo más explícito que en la tendencia actual entre cierta clase de autores profesionales del país para agruparse entre sí en un sindicato de honestos trabajadores, y afiliarse con esa protección inigualable de independencia industrial: la bien conocida y afamada Federación del trabajo de los Estados Unidos.[1] Que las profesiones del autor contemporáneo común y el jornalero son notablemente similares en lo que se refiere a exigencia intelectual, es algo de lo que en The Conservative estamos convencidos hace tiempo. Ambas tipologías comparten determinadas asperezas técnicas que contrastan de modo notable con el pulido de épocas con mayor cuidado formal, y ambas parecen estar igualmente impregnadas de ese espíritu de progreso e ilustración que se manifiesta en un carácter destructivo. El autor moderno destruye la lengua inglesa, mientras que el moderno jornalero partidario de las huelgas destruye la propiedad pública y privada.

El autor ambicioso tampoco puede permitirse despreciar el prodigioso poder que puede obtener mediante su inserción en las filas del trabajo organizado. Ya que nuestro complaciente presidente, el señor Woodrow Wilson, ha establecido el precedente de la rendición nacional al chantaje de los antojadizos operadores manuales, podría sencillamente darse por sentado que la Hermandad de escritores, como el más voluble y volátil de todos los cuerpos laborales, tendrá un poder absoluto sobre todos los departamentos gubernamentales, como mínimo hasta el 4 de marzo de 1917.[2] Desde esta inconmensurable altura, nuestros escribas profesionales acaso puedan blandir la plumilla de la autoridad sobre un Congreso sumiso, y arrancar mediante leyes cualquier tipo de ventajas concebibles sobre la fraternidad de los editores, así como sobre sus compañeros menos emprendedores: los escritores no sindicados. Resulta escasamente probable que una huelga de autores sea apenas menos efectiva como amenaza que una huelga de ferroviarios, pero es tal la afición de nuestro idealista presidente a día de hoy por la belleza de la retórica, que sin duda se arremangaría por la causa de las bellas letras.

La ubicación de los radicales literarios y los «poetas» imagistas en este esquema utópico requiere un concienzudo análisis.[3] Habida cuenta que un movimiento sindical requiere como mínimo una cantidad mínima de inteligencia por parte de sus participantes, y es sobre todo aplicado a eludir el trabajo, esos iconoclastas merecedores de la escuela de Amy Lowell deberían ser dejados, a imitación de Otelo, sin ocupación alguna. Pero basta una rápida reflexión para deshacer esa dificultad. Aquí, de hecho, hay material para esa vaga e impresionante «Mano Nera» industrial conocida como Industrial Workers of the World (IWW) [Trabajadores industriales del mundo].[4] Los beneficios de semejante coalición de «versolibristas» y anarquistas resulta patente para cualquiera. Ya que, salvo para sus asuntos legales y la ruptura de ventanas, la IWW disfruta de un ocio permanente, con sus líderes por lo general participando en alguna huelga por ahí, o en libertad bajo fianza, sus reclutas del imagismo se verían naturalmente compelidos a seguir el ejemplo general, inaugurando así entre ellos un empático «paro», dejando de tal modo tanto al sentido del oído del público como a las papeleras de la industria editorial libres de sus molestas efusiones.

Es bastante probable que la Hermandad de deletreadores simplificados tuviera que crearse de modo independiente tanto de la Federación del trabajo de los Estados Unidos como de la IWW. Ciertos miembros de estas asociaciones conocidas, incluyendo a expertos en el transporte de la azada e ingenieros del pico y la pala, acaso encuentren suficientes dificultades con nuestro lenguaje tal y como ahora se escribe, y no llegarán a tolerar la presencia de aquellos reformistas que están añadiendo la de la variabilidad a sus otras faltas.

La cuestión candente de la literatura contemporánea aparentemente está relacionada con la jornada de ocho horas para los historiadores y el sueldo mínimo para los sonetistas. Estas cosas, y muchas otras más que inquietan a la mente del artista, podrían ser fácilmente solventadas mediante el sindicalismo. Por ejemplo, ¿debe pagarse a los poetas por hora o por verso? El primer método discrimina de modo injusto a un orfebre tan cuidadoso como Tom Gray, que empleó siete años en una tarea de apenas 128 versos, llamada «Una elegía escrita en un claustro de iglesia campestre», mientras que el otro sistema es discriminatorio hacia veloces trabajadores como Sam T. Coleridge y Bob Southey, quienes, trabajando a cuatro manos, compusieron el drama poético de «La caída de Robespierre» entre las siete de la tarde y el mediodía siguiente. También, pagar por verso es injusto a escritores de alejandrinos como Mike Dayton, mientras que favorece a bardos que recurren a los tetrámetros como Sam Butler y Walt Scott, y desencadena una amarga disputa que debe ser resuelta entre los cultivadores de baladas, entre los cuales unos escanden sus versos en amplios metros de catorce sílabas, y otras veces doblan el número de versos, ya que los largos heptámetros pueden ser divididos en versos alternos de ocho y seis sílabas, respectivamente.[5]

El periodismo amateur, debido a la libertad de plataformas donde expresarse, debería ser suprimido sin duda como un caldo de cultivo de «roña» por los Gompers y Giovannitti[6] de la literatura organizada. Si se tiene en cuenta que la noción fundamental del sindicalismo organizado pasa porque ningún hombre tiene el derecho a trabajar sin mantener a un sindicato y asumir la insignia del chantaje industrial, puede deducirse con facilidad que el sindicalismo literario podría prohibir por completo todo pensamiento o expresión realizado por no afiliados; y que podría recurrir, si fuera necesario, a la violencia en los casos de tenacidad autoral de los miembros sindicados. Lo que no queda claro es si dicha violencia sería ejercida mediante lapidación o sátira.

Un aspecto del asunto que puede resultar sorprendente está relacionado con los autores clásicos. Estos escritores, habiendo vivido antes del amanecer de la Nueva esclavitud, son todos por necesidad no sindicados, por lo cual si alguien lee su trabajo debe ser lógicamente boicoteado o ser inscrito en la «lista negra» de los modernos Caballeros de Grub Street.[7] Sería interesante determinar los procedimientos elegidos para poner en práctica un boicot de este tipo, pero en todo caso es posible que jamás se llegue a tener que recurrir a la acción, ya que salvo unos pocos la gente al día apenas leen o siquiera tocan la literatura clásica.

Mirando hacia el futuro, como es la costumbre de todos los benévolos radicales, el estudiante acaso pueda discernir una época en la cual todo el dominio de las artes –literarias, pictóricas, esculturales, arquitectónicas y musicales– sea regida de modo estricto bajo preceptos sindicales. De hecho, los hunos modernos ya están evidenciando su eficiente progresismo mediante la destrucción de la ofensivamente bella arquitectura no sindicada de la religión medieval en Bélgica y el Norte de Francia. «Abajo con las catedrales, camarada Von Teufel», clama Bill Hohenzollern, cabeza del Local nº 1914 de carnicería berlinesa, «¡porque no exhiben su etiqueta del sindicato!»[8]

En lo que se refiere al sindicalismo de los autores como conjunto, The Conservative no se aventurará aquí a emitir una opinión. Acaso sea suficiente decir que supondría al menos un acicate para la contemplación de un nuevo disparate en un terreno cuya potencialidad para la fatuidad parecía estar ya agotada.

[1] La American Federation of Labour fue una confederación de distintos sindicatos fundada en 1886.

[2] El presidente Wilson, para solucionar un enfrentamiento laboral en Colorado, medió para lograr un acuerdo por el que los ferroviarios pasaron a tener una jornada laboral de ocho horas que más tarde llevó al Congreso como modelo de ley. Con el tiempo se convirtió en un estándar en todas las relaciones laborales. La fecha se refiere al inicio efectivo del mandato del vencedor de las elecciones de noviembre de 1916. Para disgusto de Lovecraft, Wilson resultó de nuevo vencedor.

[3] El imagismo (a menudo nombrado como «imaginismo» por desconocimiento, ya que hubo movimientos imaginistas en Rusia y Chile, pero no se tratan del mismo fenómeno) fue un movimiento poético cuyas líneas estéticas reaccionabas frente a la poesía victoriana anterior. Acaso el más famoso de sus miembros fue Ezra Pound, pero la nómina de poetas imagistas es extensa, y en ella destacan Ford Madox Ford, H.D. o William Carlos Williams entre otros, además de Amy Lowell, a la que menciona más adelante Lovecraft en este mismo texto, y si atentemos a la antología que se publicó en Francia incluiría a Joyce o Windham Lewis, además de poetas que se consideraron miembros cercanos como Marianne Moore o D.H. Lawrence. Atendiendo al hecho de que son estos poetas lo que verdaderamente han trascendido en el devenir de la lírica no puede obviarse la absoluta falta de tino de Lovecraft en sus apreciaciones estéticas.

[4] La Mano Negra a la que se refiere Lovecraft era una sociedad secreta serbia que se supone formada en 1911 y que estuvo relacionada con al asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono imperial, que fuera asesinado el 28 de junio en Sarajevo en lo que se conoce como el detonante de la Gran Guerra. La IWW se fundó en 1905 y fue un objetivo reiterado de los ataques de Lovecraft.

[5] Obviamente, todas estas referencias métricas siguen las reglas de la lengua inglesa, y no serían aplicables sin más a la prosodia castellana, por eso se han respetado fielmente. Puede encontrarse sin problema en internet información puntual sobre todos los poetas a los que se hace referencia para aquellos que estén interesados en sus particulares biografías y obra. Si no esta nota podría ser eterna.

[6] Lovecraft se refiere a Samuel Gompers (1850-1924) y Arturo Giovannitti (1884-1959), ambos líderes sindicales y el segundo, además, poeta.

[7] Esta calle de Londres fue conocida desde el siglo xvi hasta el xix como el arrabal literario de la ciudad

[8] Ambas referencias son inventadas y jocosas, Von Teufel significa «del diablo» y los Hohenzollern fue la dinastía reinante en la Prusia que unificó Alemania y la empujó a la Gran Guerra.