No solo de política vive el hombre, fue el título que Trotski eligió para un epígrafe del panfleto que ahora edita Libros Corrientes y que ponemos al alcance de los inquietos lectores de penúltiMa. Teniendo en mente que la imagen (difundida también —o incluso sobre todo— por la izquierda actual) de los antiguos comunistas rusos como insensibles burócratas obsesionados con la productividad, la lectura de este libro sirve, primeramente, de destructor de ideas falsas preconcebidas. Las normas de cortesía, el habla cotidiana, las ceremonias de nacimiento, casamiento y muerte, el ocio, el alcohol, el cine y la lectura, la incompatibilidad entre la vida militante y la vida familiar y laboral, el respeto en las relaciones amorosas, el maltrato familiar… Todo estaba dentro del foco de Trotski. En medio del contexto actual, donde desde posiciones fascistas se quiere criminalizar incluso proscribir una ideolodía, resulta más necesario redoblar el debate en torno al legado marxista, socialista y comunista, así como la interpretación torticera que se lleva a cabo a instancias del del poder económico. Disfruten de la lectura.

 

En 1923, con Lenin enfermo, un partido comunista con unas tremebundas diatribas internas, con una Rusia devastada por una guerra civil apenas recién finalizada, podría sonar casi a capricho diletante que uno de los grandes dirigentes bolcheviques ocupara su tiempo en tratar con toda gravedad temas como las normas de cortesía, el habla cotidiana, las ceremonias de nacimiento, casamiento y muerte, el ocio, el alcohol, el cine y la lectura, la formación en geografía, la incompatibilidad entre la vida militante y la vida familiar y laboral, el devaluado lugar de la mujer en el hogar, el respeto en las relaciones amorosas, el maltrato familiar… Un solo vistazo a las preguntas que Trotski formuló entre algunos representantes obreros para elaborar su texto dan una idea, como dice José Aricó en la magnífica introducción a la edición en la que se basa la presente, de hasta qué punto «la sociedad socialista significaba para ellos [los bolcheviques] la iniciación de un proceso de autoeducación del proletariado y de las masas populares». Pero es que, «no solo de política vive el hombre», pensaba Trotski.

En Problemas de la vida cotidiana, Trotski enfrenta problemas, comparte cavilaciones y pone en la palestra contradicciones que afectan a la clase trabajadora, a mujeres y hombres, en su vida familiar, privada, problemas que una lucha de clases desde arriba solo plantea en términos de tradiciones más o menos perpetuadas, pero que para los bolcheviques eran algo mucho más importante, más central en el devenir revolucionario.

Prosigue Aricó: «pero para que este proceso pudiera darse había que destruir el mundo cultural sobre el que se asentaba la sociedad de clases. La revolución política realizada en octubre de 1917 lo había quebrantado seriamente, pero ese mundo podía volver a reconstituirse si no era destruido de raíz mediante una profunda revolución cultural»; había, como también apunta Aricó, que «dotar de contenido socialista a las conquistas revolucionarias». Una especie de «acumulación originaria cultural», es la metáfora que, un poco cogida por los pelos, utiliza Isaac Deutscher para hablar de la importancia que daba Trotski a este urgente proceso de educación comunista.

Los viejos bolcheviques tenían una idea clara de lo que significaba hacer una revolución, una idea práctica, firme y sin concesiones mucho más amplia y eficaz que el chato economicismo que habitualmente se les adscribe. Para muestra, este libro.

 

Prefacio a la primera edición

Para que este libro resulte más comprensible es menester contar, en dos palabras, su historia. Me pareció que en la biblioteca del partido faltaba un pequeño folleto que, en forma sumamente popular, mostrase al obrero y al campesino medio el vínculo que une algunos hechos y ciertos fenómenos de nuestra época de transición y que, al indicar una perspectiva justa, serviría como arma para la educación comunista. Para verificar esta idea, me dirigí al secretario del comité de Moscú, camarada Zélenski, y le solicité reunir una pequeña asamblea de agitadores, en cuyo curso fuese posible intercambiar nuestros puntos de vista acerca de los medios y los procedimientos literarios de nuestra propaganda.

La reunión pronto superó los límites del proyecto inicial. Los problemas relativos a la familia y al modo de vida apasionaron a todos los participantes. A lo largo de tres sesiones que en total duraron de diez a doce horas se ha, si no resuelto, al menos abordado y puesto al día los diferentes aspectos de la vida obrera en una época de transición, así como nuestros medios de acción sobre el modo de vida obrero.

Entre la primera y la segunda sesión, y de acuerdo con la proposición de los participantes, formulé por escrito unas preguntas a las que algunos respondieron igualmente por escrito; por otra parte, algunas de dichas respuestas fueron el resultado de pequeñas asambleas en el nivel de los distritos. Nuestras conversaciones con los agitadores del comité de Moscú fueron tomadas taquigráficamente, y dichas versiones taquigráficas y esas encuestas son las que forman la base de la presente obra. Sin duda, este material es extremadamente insuficiente y, además, ha sido necesario retocarlo muy rápidamente. Pero mi objetivo no consistía en esclarecer el modo de vida obrero desde todos los ángulos, su evolución y los medios de actuar sobre él, sino sobre todo en presentar el problema del modo de vida obrero como un objeto digno de un estudio atento.

El pequeño libro que aquí se propone al lector no es el folleto popular cuya idea sirvió como punto de partida a este trabajo. Intentaré redactar dicho opúsculo si las circunstancias me lo permiten. Esta obra está destinada en primer lugar a los miembros del partido, a los dirigentes de los sindicatos, de las cooperativas y de los organismos culturales.

En un anexo presento los extractos más interesantes y más importantes de los cuestionarios y de las versiones taquigráficas de nuestra reunión.

Posiblemente al lector le resulte conveniente empezar por leer este anexo, ya que así evitará ciertas dificultades de comprensión que podrían derivarse del hecho de que, para economizar tiempo y espacio, he omitido algunas citas y remisiones.

León Trotski
4 de julio de 1923

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VIII. El respeto y la cortesía como condiciones necesarias para unas relaciones armoniosas

Durante las muchas discusiones sobre el funcionamiento de nuestro Estado, el camarada Kiselev, presidente del Sovnarkom, pone en primer lugar, o al menos vuelve a traer a colación, un aspecto del problema que es de gran importancia. ¿En qué sentido la maquinaria del Estado entra en contacto directo con el pueblo? ¿Cómo se conduce con él? ¿Cómo trata al demandante, a la persona que ha sufrido una injusticia, al viejo «peticionante»? ¿Cómo atiende al individuo? ¿Cómo se dirige a él, si es que en realidad se dirige?… Esto también constituye un factor importante del «modo de vida».

En este tema, sin embargo, debemos separar dos aspectos: forma y sustancia.

En todos los países democráticos civilizados la burocracia «sirve», por supuesto, al pueblo. Esto no impide, sin embargo, que se eleve por encima de este como si se tratara de una compacta casta profesional. Actualmente, ya sea en Francia, Suiza o EEUU, solo es útil a los magnates capitalistas; más aún, se comporta servilmente con ellos mientras que trata arrogantemente a los trabajadores y campesinos. Pero en las «democracias» civilizadas este hecho está revestido de ciertas formas de educación y cortesía, en mayor o menor grado según los diferentes países. Cada vez que lo consideran necesario (y eso sucede con gran frecuencia), el puño de la policía resquebraja sin dificultad esa pantalla de educación. Los huelguistas son apaleados en las comisarías de policía de París, Nueva York y el resto de las grandes ciudades del mundo. Como quiera que sea, la educación «democrática» es, en lo esencial, un producto y herencia de las revoluciones burguesas. La explotación del hombre por el hombre conserva su vigencia, ahora menos «brutal» y adornada con el pretexto de la igualdad y la urbanidad de las costumbres. En tanto nuestra máquina burocrática soviética contiene, junto con los gérmenes de las nuevas relaciones humanas, tradiciones provenientes de distintas épocas, constituye una realidad única y compleja. Entre nosotros, como regla general la cortesía no existe. En cambio, es fácil observar gran cantidad de esa grosería heredada del pasado. Pero ella no es nada homogénea. Se trata de la simple grosería de origen campesino que, por cierto, no es plausible, pero tampoco degradante. Solo se vuelve insoportable y objetivamente reaccionaria cuando nuestros jóvenes novelistas la exaltan como si se tratara de una excelente adquisición «artística». Los elementos más adelantados de los trabajadores miran esa falsa sencillez con una hostilidad instintiva, porque, precisamente en el lenguaje o el comportamiento vulgar, perciben las huellas de la vieja esclavitud mientras que ellos con su disciplina interna aspiran a adquirir un lenguaje culto. Pero esto sea dicho de paso.

Al lado de este tipo de grosería apacible, la habitual grosería pasiva del campesino, tenemos otra de tipo especial: la grosería «revolucionaria», la torpeza de los líderes, debido a la impaciencia, a un deseo por demás exacerbado por mejorar las cosas, a la irritación que en ellos suscita nuestra oblomovería ante todas las pruebas de un esfuerzo vigoroso. Por supuesto, considerada en sí misma, esta torpeza tampoco es muy atractiva y, en general, evitamos caer en ella; pero finalmente se sustenta en la misma fuente de la moral revolucionaria, la cual, en más de una ocasión durante los últimos años, ha sido capaz de mover montañas. En este caso no es la sustancia, que en general es creadora, progresista y bien intencionada, lo que debe trasformarse, sino más bien las formas distorsionadas.

Y todavía tenemos —y he aquí la gran piedra del escándalo — la torpeza de la vieja aristocracia que arrastra consigo las formas características del feudalismo. Este tipo de torpeza es viciosa y vil en todos sus aspectos. Entre nosotros aún no se ha erradicado por completo, y lograrlo no es nada fácil. En los distritos de Moscú, especialmente en los más importantes, esta brutalidad aristocrática no se manifiesta de un modo agresivo, gritando, por ejemplo, o sacudiéndole un puñetazo en la nariz a algún peticionante; es mucho más corriente que lo haga a través de una despiadada formalidad. Por supuesto, esta última no es la única causa de la «burocracia», un motivo de gran peso es la total indiferencia por la vida del ser humano y su empeñoso esfuerzo por la subsistencia. Si pudiéramos realizar una apreciación sensible de los modos, réplicas, explicaciones, ordenanzas y decretos de todas las células del organismo burocrático, aún cuando se trate tan solo de un día ordinario de Moscú, el resultado sería una total confusión. En cuanto a la provincia, es todavía peor, especialmente a lo largo de la frontera donde linda la ciudad con el campo, la frontera que es la parte más vital de todas.

El burocratismo es un fenómeno muy complejo, y de ningún modo homogéneo; se trata, por el contrario, de un conglomerado de fenómenos y procesos de distintos orígenes históricos. Los principios que sustentan y nutren el burocratismo son también sumamente diversos. El más importante es el nivel de nuestra cultura; el atraso y el analfabetismo de una vasta proporción del pueblo. La confusión general resultante de una maquinaria estatal en constante proceso de reconstrucción, inevitable en un período de revolución, es en sí misma la causa de la mayor parte de las fricciones superfluas que desempeñan un papel importante en la conformación de la «burocracia». La causa de lo más repulsivo de sus formas es la heterogeneidad de clases de la máquina soviética; la confusa mezcla de tradiciones aristocráticas, burguesas y soviéticas.

Por lo tanto, la lucha contra el burocratismo no puede dejar de tener un carácter diversificado. En su base se halla la lucha contra el bajo nivel de cultura e higiene, contra el analfabetismo y la miseria. El mejoramiento técnico de la maquinaria, la reducción del número de funcionarios, la introducción de una mayor organización, minuciosidad y exactitud en el trabajo y otras medidas de naturaleza semejante, no agotan por supuesto el problema histórico, pero ayudan a debilitar los aspectos más negativos de la «burocracia». Se le ha dado gran importancia a la formación de un nuevo tipo de burócrata soviético: los nuevos especialistas. Pero tampoco en esto debemos engañarnos. Son enormes las dificultades que se presentan para que, en un período de transición y por intermedio de preceptores heredados del pasado, decenas de miles de trabajadores sean formados conforme a los nuevos cánones; espíritu de colaboración, sencillez y humanidad. Son enormes, pero no insuperables. No puede lograrse inmediatamente, sino de modo gradual, por la aparición de una «edición» más y más mejorada de la juventud soviética.

Todas estas medidas, que se contemplan a mayor o menor plazo, no excluyen sin embargo, en ningún caso, una lucha inmediata, cotidiana, implacable contra esa insolencia burocrática, contra ese desdén administrativo hacia el individuo y su problema, contra ese nihilismo de oficinista que puede ocultar una indiferencia hacia todo, o bien una cobardía importante para reconocer su incapacidad, o un deseo de sabotaje consciente o, incluso, el odio orgánico de una clase degradada hacia aquellos que la han degradado. Aquí se encuentra uno de los puntos fundamentales de la palanca revolucionaria.

Es preciso que el hombre simple, el humilde trabajador, deje de temer a las instituciones administrativas a las que acude en petición de ayuda. Es preciso que se le acoja mostrándole mayor atención cuanto más indefenso sea, es decir, más oscuro, más ignorante. Y en el fondo debe llevarse a cabo un intento real por ayudarle, no por desembarazarse cuanto antes de él. Para ello, y aparte de las otras medidas, la opinión pública debe estar constantemente informada del problema, tomar parte en el asunto con la mayor intensidad posible y, en particular, es preciso que este problema interese a todos los elementos realmente soviéticos, revolucionarios, comunistas y a todos aquellos que, simplemente, sean conscientes del aparato del Estado en sí; afortunadamente, estos elementos son muy numerosos: sobre ellos reposa el aparato del Estado y gracias a ellos progresa.

La prensa puede cumplir un papel decisivo al respecto.

Desafortunadamente, nuestros periódicos, en general, proporcionan muy poco material informativo con respecto a la vida cotidiana. Si a veces se brinda esta información, lo más frecuente es que se haga a través de artículos estereotipados tales como: «Existe una fábrica tal y tal. En la fábrica hay un comité y un director. El comité de la fábrica hace tal y tal cosa, el director dirige». Mientras, en ese mismo momento, nuestra vida real está llena de color y es rica en episodios instructivos, particularmente a lo largo de la línea donde la maquinaria estatal entra en contacto con la masa del pueblo. No tenéis más que arremangaros…

Por supuesto, una tarea de iluminación e instrucción de este tipo debe cuidarse mucho de la intriga, debe despojarse de la hipocresía y de toda forma de demagogia. Pero dicha tarea, correctamente desarrollada, es necesaria y vital, y me parece que los responsables de los periódicos deben encarar el modo de realizarla. Para ello nos son necesarios periodistas que sumen el ingenio del reportero norteamericano a la honestidad soviética. Ese elemento existe, y el camarada Sovnovski nos ayudará a movilizarlo. Y en su mandato (sin temer por ello parecerse a Kuzma Prutkov) es preciso inscribir: ¡id hasta el fondo de las cosas!

Un «programa calendario» ejemplar tendrá por fin detectar, en el curso de los próximos seis meses, a un centenar de servidores civiles que hayan demostrado un profundo menosprecio de sus deberes para con las masas trabajadoras, y públicamente, quizá a través de un juicio, arrojarlos de la máquina del Estado, de modo que nunca puedan volver a instalarse en ella. Será un buen comienzo. No debe esperarse que como resultado de ello ocurran milagros. Pero un pequeño cambio de lo viejo a lo nuevo constituye un útil paso adelante, de mucho más valor que el más grande de los discursos.