Presentación de Rodolfo Fogwill. Una monografía es un enorme trabajo crítico y, en parte, de investigación biográfica que acaba de publicar Blatt & Ríos, editorial que ha tenido la gentileza de compartir este adelanto con nuestros inquetos lectores. El sujeto de investigación de este libro fundamental, un clásico instantáneo es Rodolfo Enrique Fogwill y su extensa obra, que se analiza en detalle. La mirada de Strafacce descubre, muestra y va contra algunos supuestos o lugares comunes de la obra, creados por la crítica, el periodismo y por el mismo Fogwill, que además de escribir fue una máquina de leerse y así fundó su mito autoral. También contextualiza políticamente las condiciones de producción de esa obra, y revisa así la historia reciente del país. A Presentación de Rodolfo Fogwill lo llamamos «el Fogwill de Strafacce», porque también hay un «Lamborghini de Strafacce» y un «Aira de Strafacce»: uno es eminentemente biográfico, el otro, cartográfico y el nuestro, crítico. Con esta investigación, Ricardo Strafacce completa entonces una trilogía dedicada a un canon personal. Es un trabajo en el que no concede nada y donde entrega nuevamente toda su capacidad como lector, escritor y crítico. Mediante la lectura rigurosa, al abarcar, como suele hacer, un amplio corpus literario, retoma una manera de leer y así, aquí, una manera de pensar a Fogwill en el espacio de la literatura argentina en el que le tocó moverse.

«Escribir», ha dicho el poeta Rodolfo Fogwill, «es crear un espacio histórico en el que se pueda escribir». Ese espacio, social, histórico, económico, estético, es la Argentina. Entre la Argentina y la literatura argentina no hay una gran distancia.
César Aira
Prólogo
Esto no es una biografía. Mucho menos, un estudio académico. Se trata, apenas, de un recorrido por la obra de ficción en prosa (novelas y cuentos) de Rodolfo Enrique Fogwill (Quilmes 1941-Buenos Aires 2010). Como consecuencia de este primer recorte, ha quedado a salvo de mis comentarios toda la obra poética (El efecto de realidad y otros poemas, Las horas de citar, Partes del todo, Lo dado, Canción de paz, Últimos movimientos y Gente muy fea), que disfruto en grande, pero cuyo análisis excede mis competencias. También dejé fuera de mi análisis La gran ventana de los sueños y Runa, ya que en ambos textos brilla, más allá de su realización narrativa, un fondo de intimidad y de poesía que no cabe en este libro.
En cuanto a los artículos publicados en diarios y revistas, he considerado sólo una parte. El primer criterio de selección fue concentrarme casi exclusivamente en los trabajos que Fogwill incluyó en Los libros de la guerra, el volumen en el que en 2008 decidió reunirlos. Dentro de estos, elegí glosar aquellos aparecidos en un momento crucial de la historia política y literaria del país (restauración democrática, inminencia del posBorges), período en el que nuestro autor suspendió momentáneamente su producción literaria para intervenir, enfática y profusamente, en publicaciones de la más diversa índole y sobre los temas más variados, en cuanto debate público estuviera planteado (muchas veces planteado por él mismo). Varios de esos artículos, que dialogan con algunos cuentos y con todas las novelas, contienen, viéndolos retrospectivamente (en su momento era difícil percibirlo), uno de los análisis más lúcidos, más intrépidos y más patrióticos del drama argentino que se hayan hecho jamás.
Volviendo a mi trabajo, partí de la base de que aun quien conozca la obra de Fogwill acabadamente podría no tener del todo presente uno u otro texto en el momento de la lectura de este libro. Para ese lector, para quienes hubieran visitado esta obra sólo parcialmente e, incluso, para quienes no la hubieran visitado en absoluto, he acompañado mis comentarios de breves resúmenes de la novela, el cuento o el artículo de que se trate.
También di cuenta abreviada de los relatos que otros autores presentaron a un concurso que nuestro autor hizo famoso, resumen que, quizás, sea útil para hacerse una idea del gusto imperante («Un mismo estilo hipócrita de realizar la guerra y la literatura» [Pichys: contratapa]) cuando Fogwill emergió en el campo literario argentino con pretensiones −fundadas− de centralidad.
*
Elegí para mi recorrido por las novelas el orden cronológico de su escritura en desmedro del de su publicación, aun cuando en algunos casos (La buena nueva de los Libros del Caminante, Un guion para Artkino, Una pálida historia de amor) hayan transcurrido muchos años entre una y otra instancia. En el caso de los libros de cuentos, que siempre incluyeron piezas de diversas fechas, este criterio se mostró insuficiente, de modo que debí combinarlo con el de la fecha de publicación.
Al comenzar este trabajo me sorprendió gratamente constatar que, contra lo que yo suponía, es mucho lo que se ha escrito sobre Fogwill, tanto en la prensa como en la academia. Mi primera idea fue dialogar con ese corpus dentro de mi propio texto, pero rápidamente mi tentación de coincidir con algunas intervenciones y discutir con otras fue tan intensa que preferí escuchar esas voces en silencio.
Como resultado de esa decisión, me he permitido comentar en soledad, sin intromisiones, las novelas y cuentos de Fogwill, y agregar tras cada capítulo, como apéndice y bajo el título «Se escribió», alguno de esos estudios o reseñas relativos al texto o conjunto de textos comentados en el capítulo precedente. A veces, sobre todo en las intervenciones académicas, debí fragmentar el texto en cuestión. Procuré hacerlo con tino, pero si ello no fuera así, su inclusión −fragmentada− valdrá, al menos, como referencia bibliográfica para quien desee profundizar.
*
Existe consenso general respecto de que, a pesar del pronóstico que formuló Borges en el prólogo de Informe de Brodie («… pronto nos cansaremos o ya estamos cansados» [1989: 1022]), la categoría realismo, lejos de caer en desuso, revive una y otra vez. El crítico José Luis de Diego ha señalado [2003 (2004): 266-267] que una de las formas que se han encontrado a partir del siglo XX para seguir usando el término pero, al mismo tiempo, distinguirlo de realismos anteriores, ha sido adjetivarlo (realismo crítico, frente al realismo socialista; realismo mágico contra el realismo «crudo» de las «novelas de la tierra»; etc.). En nuestro país –recuerda De Diego− Oscar Masotta definió el estilo de Roberto Arlt como realismo metafísico. Y apunta un par de ejemplos más: realismo inseguro (Marcelo Cohen); realismo delirante (Alberto Laiseca).
En nuestro caso, si prescindimos de algunos cuentos primerizos que, a falta de otra denominación, llamaremos «lúdicos» («Tierra de nadie», «Viéndolos pasar») y algunos de madurez de carácter fantástico («Dos hilitos de sangre», «Japonés»), alegórico («Los pasajeros del tren de la noche») o festivo («Otra muerte del arte»), podemos decir que los cuentos de Fogwill son realistas. Otro tanto cabe afirmar de las novelas, con excepción de Un guion para Artkino, una parodia futurista.
Ahora bien: ¿qué clase de realismo es el de Fogwill? En tren de adjetivarlo, digamos que se trata de un realismo desviado, nunca mimético, jamás televisivo, never cocoliche. Un ejemplo entre muchos posibles: el señor Critti, personaje de La experiencia sensible, es italiano y tiene una pronunciación particular del castellano. El narrador avisa que Critti elude (no «se come») las eses. Pero cuando leemos sus parlamentos no falta ni esa ni ninguna otra consonante porque el autor las ha tecleado concienzudamente.[1]
Este realismo, ya desviado, además se desrealiza macedonianamente (Usted está leyendo una ficción, no lo olvide ni por un momento) de manera frecuente y cuando el lector menos se lo espera. Una especie de «suspensión de la credulidad» vanguardista y clásica a la vez que, lejos de demorar la lectura, la acelera. Como si Fogwill quisiera desacomplejar a su lector (Esto que escribo no ocurrió; lea sin culpas o váyase).
Establecida esta caracterización general, podemos echar mano de una verdadera cornucopia de epítetos y definir a la poética de Fogwill como realismo digresivo (La buena nueva de los Libros del Caminante) realismo sensorial (Una pálida historia de amor), realismo yuppie («Sobre el arte de la novela»), realismo imaginario (Los pichy-cyegos), realismo alucinado («Help a él»), realismo técnico inventado (En otro orden de cosas), etc.
Más seriamente: el realismo de Fogwill es un realismo de vértigos diegéticos y lingüísticos. La prosa-Fogwill fluye a velocidades supersónicas y, mientras afuera de la frase (el «referente») se recorren distancias siderales o se cuenta una vida entera en medio párrafo, adentro de la frase (el «estilo») ocurren muchas otras cosas –gramaticales, sintácticas− que miman (emulan, copian, «reproducen») a la peripecia y a la vez son mimadas por ella.
El realismo de Fogwill es, como sugerí recién, un realismo de vanguardia. O mejor: una vanguardia realista.
*
Hace unos años le escuché decir a Luis Chitarroni, a propósito de la relación que Kafka tenía con el idioma alemán, que el autor de Das Schloss usaba las palabras como si tuviera que devolverlas al día siguiente. Salvando las distancias, yo me he atrevido a usar términos como realismo, vanguardia, estilo, referente y algún otro de similar espesor con ese mismo ánimo, de modo que en cuanto ponga punto final a este prólogo y, en consecuencia, termine el libro, los doy por devueltos a quien los reclame.
R.S.
Octubre 2023
En las Artes y en las Ciencias
Según se lee en el pasaje más espectacular de su autobiografía, Fogwill, nacido en 1941, tuvo su primera bicicleta en 1945, su primer revólver en 1951 y su primer barco en 1956. En 1964 se recibió de sociólogo y su primer libro, un volumen de versos, salió en 1980. Entre aquella diplomatura y esta publicación no se quedó quieto:
Estudié medicina, letras, filosofía, matemáticas, canto, música, francés, inglés, alemán, rudimentos de griego y latín, y olvidé casi todo. Enseñé metodología, estadística, teorías de la comunicación, teorías de la ideología y sociología: no aprendí casi nada. Fui publicitario, investigador de mercado, redactor, empresario, especulador de bolsa, terrorista, estafador […], columnista especializado en muchísimos medios, profesor universitario y consultor de empresas. [Speranza, 1995: 39][2]
La velocidad de la prosa que enhebraba este agitado currículum lo teñía de una vaga sensación de irrealidad, lo que, contra lo que pudiera pensarse, no perjudicaba su función principal sino que producía el efecto contrario (que era el efecto buscado): cuando Fogwill se refería a sí mismo en entrevistas, prólogos, contratapas e, incluso, en meras conversaciones civiles, no perseguía la credibilidad natural propia de esos géneros sino que parecía buscar, con paso teatral, el asombro. Un asombro que durante treinta años desparramó sobre la cultura argentina y cuya primera función puede situarse a mediados de 1980.
Escueta, arrinconada en un costado de la página y no exenta de errores, la noticia apareció en el diario Clarín el 22 de julio de aquel año y anunciaba el gran evento que tendría lugar dos días después:
PREMIO DE ARTES Y CIENCIAS
El próximo jueves en el Plaza Hotel, a las 19.30, serán entregados los premios del certamen Coca-Cola en las Artes y las Ciencias. Estos fueron en novela Antonio Eloy Brailovky [rectius: Antonio Elio Brailovsky], con su obra «Identidad»; en cuento, Rodolfo Fogwill, con «Mis muertos Punk»; en Poesía, Ricardo Gandolfo –de Tucumán [rectius: de Santiago del Estero] – con «Diario Babel»; en periodismo, Luis María Barassi, con «Criterios del mundo actual», y en cortometraje super 8 milímetros, Roberto Cenderelli, con «Últimas cosas sobre la señora Peyl», mientras que en ensayo se declaró desierto el primer premio, adjudicándose dos menciones. Cada uno de los ganadores se hizo acreedor a 7.065.000 pesos, además de la publicación de la obra en Editorial Sudamericana y en el caso del cortometraje, a su exhibición en una sala del Complejo Cultural General San Martín.
La historia que sigue es conocida, aunque se enriquece, y se complica, merced a la existencia de múltiples versiones. La más verdadera dice que Rodolfo Enrique Fogwill, publicista vivaz y algo extravagante, poeta ya autopublicado y cuentista todavía inédito, un día de 1979 mandó una serie de relatos agrupados bajo el título Mis muertos punk al certamen «Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias», y ganó. Una de las más fantasiosas sostiene que con el dinero obtenido Fogwill fundó la editorial Tierra Baldía (que, para agosto de 1980, momento en el que nuestro autor recibió el cheque del premio, ya había publicado cuatro títulos).
La noticia del premio (que consistía en la suma de siete millones de pesos y −¡ay!− la publicación de la obra en Editorial Sudamericana) fue adelantada por vía telefónica a los ganadores, aunque la comunicación oficial se despachó el 24 de julio, el mismo día en que estaba prevista la ceremonia en el Plaza Hotel. La misiva, redactada con automatismo burocrático, llevaba un membrete (The Coca-Cola Export Corporation – Sucursal Argentina) y una firma (la del Gerente de Asuntos Externos, Dr. Florencio Varela). Estaba acompañada por el cheque de $7.065.000 y las felicitaciones de rigor.
No todo, sin embargo, iba a ser tan protocolar y previsible, no por el cheque, que sería cobrado sin contratiempos, sino por la segunda parte del premio, es decir, la publicación de la obra. Para empezar, la redacción algo imprecisa de la nota del gerente Varela encendió la mecha. Apenas la recibió, Fogwill mostró su disconformidad, de lo que dan cuenta sus intervenciones en el original de la carta. En el margen derecho del segundo párrafo, donde se anunciaba que Editorial Sudamericana haría imprimir 5000 ejemplares de su libro, la mitad de los cuales serían adquiridos por Coca-Cola para su distribución en todo el país, dibujó un signo de pregunta que ocupaba todo el pasaje. En el tercer párrafo, además de subrayar las dos líneas en las que se indicaba que el autor suscribiría con la editorial el contrato de edición «conforme al convenio suscripto con nosotros», escribió, también en el margen derecho, «¡q’ bien!».[3]
Era apenas el principio. Cuando el 5 de agosto recibió el contrato que debía firmar, se tomó tres días para responder (lo que no sólo descarta toda precipitación sino que nos habla de una decisión bien meditada) y el día 8 remitió a Sudamericana una respuesta en la que proponía modificaciones en por lo menos diez de los dieciocho artículos del convenio. No era todo: como si no supiera que se trataba de uno de esos típicos contratos «de adhesión» compuesto de cláusulas estándar insusceptibles de negociación, agregaba media docena de exigencias adicionales. Comenzaba así una endiablada saga de entuertos contractuales e impugnaciones de concursos en los que Fogwill se enredaría, y enredaría a buena parte del mundo editorial, durante décadas:
Buenos Aires, 8 de agosto de 1980
Señores
Editorial Sudamericana
Capital Federal
At.: Departamento Editorial
De mi mayor consideración:
No me sorprendió mucho vuestra nota y propuesta de contrato del 5 del corriente. Imagino que tampoco sorprenderá a ustedes la respuesta que sigue:
Ajustes al contrato
-
-
- Sin objeción.
- Debe decir cuatro meses. [Plazo que tenía el editor para publicar el libro. El contrato preveía dieciocho meses a partir de la recepción del «manuscrito».]
- OK.
- Deberá especificar de antemano ejemplares. [El contrato decía que el editor comunicaría al autor, una vez que el libro apareciera, la cantidad de ejemplares impresos.]
- Desacuerdo: los derechos se liquidarán 50% al firmar el contrato, 50% al día 90º de salida de prensa. [El contrato preveía liquidaciones semestrales.]
- OK.
- OK, muy generoso de vuestra parte. [El contrato decía: «El editor entregará gratuitamente al autor diez ejemplares de la citada obra. Pasada esa cifra, los ejemplares que pidiere le serán facturados con el cuarenta por ciento de descuento».]
- OK.
- Debe reemplazarse: «cuando la presente edición no se encuentre en stock de por lo menos en un ejemplar en librerías que han recibido el servicio de novedades de la casa editorial en la zona de Gran Buenos Aires en el curso de los últimos días previos a la auditoría notarial».[4] [El contrato decía que una vez agotada la edición el editor tenía prioridad para reeditar el libro por el plazo de un año, transcurrido el cual el autor podría contratar la reedición con quien quisiera.]
- OK.
- OK, se excluyen revistas literarias con tirajes de 1500 o menor. [El contrato decía que el autor autorizaba al editor a perseguir judicialmente ediciones clandestinas y, en general, proteger los derechos de ambas partes.]
- NO: Diez por ciento a la fecha de salida de máquinas. [El contrato preveía ediciones económicas de bolsillo sobre las que se liquidarían derechos al 5% a pagarse semestralmente.]
- …el producto obtenido se repartirá: 10% del valor de tapa para el autor y cualquiera fuese el saldo para el editor. [El contrato preveía que las reproducciones en diarios, revistas, ediciones de bolsillo, lujo, clubes de lectura, etc. deberían ser autorizadas por el editor y el producido se distribuiría por partes iguales entre este y el autor.]
- Imposible, hay convenios previos que lo impiden. [El contrato decía que el autor concedía al editor el derecho exclusivo a editar sus próximas dos obras.] 15. No tiene sentido según el ajuste hecho a los ítems referidos a la liquidación de derechos. [El contrato eximía al editor de responsabilidad por los ejemplares dañados y, en consecuencia, de imposible venta, en caso de incendio, inundación, etc.]
- OK.
- OK.
- OK.
-
No era todo. Entre los papeles que Fogwill conservaba al momento de su muerte se encontró el borrador de una segunda página de la carta recién transcripta que añadía nuevas exigencias:
Debe agregarse:
.características de la edición
.aprobación del diseño de tapa por parte del autor (*)[5]
.no inclusión de menciones publicitarias dentro del volumen excepción hecha de obras del fondo editorial de la casa editora de autores nacionales
.no inclusión de menciones sin cargo a instituciones empresarias o para empresarias
.vencimiento a los 24 meses de la firma del contrato.
Atte. R.F.
Más allá de que no sabemos con certeza si esta segunda página formó parte finalmente de la carta enviada (en las cajas del Archivo Fogwill que pudimos consultar hay copia carbónica de la primera página, pero no de la segunda, de la que se conservó únicamente el borrador)[6], el sólo hecho de que nuestro autor haya pensado (y vaya si lo pensó, puesto que llegó a redactar un borrador) en la posibilidad de exigir la inclusión de cláusulas que debió suponer eran inaceptables para la editorial indicaría que, tras la lectura del contrato, descartó la idea de publicar su libro en Sudamericana y decidió armar una escena.
Es decir: aun cuando el borrador no hubiera salido nunca de esa condición y la carta se haya limitado a esa primera página transcripta más arriba, las modificaciones propuestas para diez de los dieciocho artículos del contrato, con sus pagos por adelantado y sus auditorías insensatas, eran suficiente motivo como para tornar imposible la publicación.
A mayor abundamiento, el mismo día –8 de agosto de 1980– en que despachó su carta a Sudamericana, remitió sendas misivas a Florencio Varela, gerente de Coca-Cola, y a Dardo Cúneo, presidente de la SADE. La carta a Cúneo se adornaba con varios adjuntos («Contrato ignominioso propuesto por Sudamericana, Carta flagrante enviada por Coca-Cola, Respuesta a Coca-Cola y Respuesta a Sudamericana»); la de Varela iba con copias al propio Cúneo, a Antonio Elio Brailovsky, ganador del premio en la categoría novela, y a Enrique Pezzoni, editor de Sudamericana y jurado del concurso.
Buenos Aires, 8 de agosto de 1980
Señores
The Coca Cola Export Corporation
Suipacha 1111 – 17º
Capital Federal
At. Dr. Florencio Varela
Estimado Varela:
Adjunto contrato al que me convida Sudamericana, al parecer dentro de vuestro plan de dar MÁS VIDA A LA CULTURA.[7]
¡Qué vida eh…!
Como escritor, concertar un contrato de esta naturaleza es un poquito más que una ignominia. Como Editor (he editado cuatro libros en mi pequeño boliche, que a su modo, dan cierta vida a la cultura) jamás sometería a un proveedor de obras a semejantes restricciones.
No escapará a su mirada de hombre de leyes el carácter facultativo del premio. Si lo observa razonablemente, observará que esta mitad editorial de la recompensa, que a la mirada ingenua de un escritor-adolescente-muerto-de-frío puede ser algo «seductora», resulta para un intelectual algo así como un castigo al que no pienso someterme.
Ya he hecho saber a Sudamericana cuáles son las condiciones básicas para que pueda disponer de mi obra. En caso de no obtener una respuesta de ellos en el curso de la próxima semana avanzaré las negociaciones con editores menos antropófagos.
Atentamente
Rodolfo Fogwill
c/copia:
Prof. Enrique Pezzoni (Ed. Sudamericana)
Dr. Dardo Cúneo
Lic. E. Brailovsky
Probablemente esas «negociaciones» con otros editores en las que Fogwill prometía, o amenazaba, avanzar en caso de no recibir respuesta de Sudamericana fueran tan fantasmales como los «convenios previos» que le impedían suscribir el artículo 14 del contrato de Sudamericana. Excepto que ese fantaseado editor «menos antropófago» fuera él mismo y los alegados convenios se hubieran «firmado» con Ediciones Tierra Baldía, su flamante sello.
Lo cual no es tan disparatado. A diferencia de esos «convenios previos» alegados en la carta a Sudamericana y de los editores fantasmales invocados en la carta a Coca-Cola, lo de «mi pequeño boliche», mencionado en esta última, era muy cierto y muy serio, y merece, como aquella cicatriz famosa, un breve desvío.
Heroicamente, a comienzos de 1980 Fogwill había lanzado Ediciones Tierra Baldía, su propia editorial, que, como se dijo, ya tenía publicados cuatro títulos. En enero habían salido El efecto de realidad y otros poemas, su debut autoral, y Majestad, etc., un poemario de Oscar Steimberg; en marzo le tocó el turno a Poemas, de Osvaldo Lamborghini; y en mayo apareció Austria-Hungría, el primer libro de Néstor Perlongher. El nombre del sello, que citaba ostensiblemente el poema de T. S. Eliot Wasteland, permitía que también se leyera en él, sin mayores forzamientos, una alusión a la situación en que la pandilla instalada en el gobierno desde 1976 estaba dejando al país.
A algo más de cuarenta años de distancia, en un momento en el que en la Argentina proliferan las editoriales menores, quizás resulte difícil dimensionar lo que significaba la creación de un sello de poesía en enero 1980. Un sello cuyo primer título –El efecto de realidad y otros poemas– incluía algunas líneas como estas:
Pero siempre aparece una mujer a esta altura del poema.
Aunque esta vez lo evitaré: preferiría
que aparecieran las mujeres que nunca más se encontrarán
¡Pido a los santos del cielo que aclaren mi entendimiento para
mostrar este agujero en un verso…!
[«Libro de época» en Efecto: 23]
Baste decir a este respecto que todavía gobernaba la Gestapo de Videla y que el régimen, ya empalagado de torturas y matanzas, le había empezado a apuntar a los libros. El 26 de junio de ese año, por ejemplo, el Juez federal de La Plata Héctor de la Serna ordenaba quemar un millón y medio de volúmenes ya impresos pero aún no distribuidos por el Centro Editor de América Latina (CEAL), medida que se cumpliría el 30 de agosto en un descampado –tierra baldía– de Sarandí.[8]
En medio de este paisaje, Fogwill publicaba libros de poesía y se peleaba con la editorial más grande del país. Embarcado en esa porfía, necesitaba aliados:
Buenos Aires, 8 de agosto de 1980
Señores
Sociedad Argentina de Escritores
Uruguay 1371
Capital Federal
At. Dr. Dardo Cúneo
De mi mayor consideración:
Para una eventual oportunidad de considerar el tema, envío adjunta la correspondencia recibida por parte de la firma Coca Cola y Editorial Sudamericana, que parece un sondeo al límite de la capacidad del escritor para recibir humillaciones.
Antecedentes: en las bases de su reciente certamen Coca Cola ofrecía un premio y una edición. Poco después un representante de la firma anunció que la edición se realizaría en una colección bajo el logotipo de la empresa. En los certámenes de Cuento, Ensayo, y Novela y Poesía participaron obras cuyo valor en fotocopias y mecanografía costó a los escritores no menos de 100.000.000.
Los 12 jurados percibieron aproximadamente $40.000.000. Los tres premiados $21.000.000.
Decía el Dr. Juan B. Justo que la quiniela era «el impuesto al zonzo», pues reparte el 75% de la inversión realizada. ¿Qué ha sido pues este concurso…? ¿Tal vez el impuesto a la ilusión del zonzo escritor…?
Hay detrás de esto la indignación que provocan los 300.000.000 de pesos invertidos en publicidad, bajo el lema de concurso «SIN PRECEDENTES» y de dar «MÁS VIDA A LA CULTURA». Viendo el convenio que propone Sudamericana puede probarse que el premio, al menos en su segunda parte, no es sino un castigo. Todos ganan, menos el que escribe, y debe asumir en su conciencia las ilusiones frustradas de tantos pequeños ahorristas de la pluma y la fotocopia
Atentamente,
Rodolfo Fogwill
Adjunto:
1) Contrato ignominioso propuesto por Sudamericana.
2) Carta flagrante enviada por Coca Cola.
3) Respuesta a Coca Cola y
4) Respuesta a Sudamericana.[9]
[1] Como se verá, nada de esto, más bien todo lo contrario, es aplicable a la novela Vivir afuera.
[2] Fogwill escribió dos autobiografías breves. La primera encabezó, sin título, la entrevista que en 1992 le realizó Graciela Speranza para su libro Primera persona [1995]. La segunda –una reproducción expandida, especialmente en lo relativo a la infancia y al ámbito familiar, de la primera– se publicó como «Presentación del autor» en Cantos de marineros en La Pampa, una selección de cuentos con la que en 1998 desembarcó en España.
[3] Todas las citas del intercambio postal relativo a este concurso reconocen como fuente el Archivo Fogwill, del que hemos tenido acceso a las Cajas 1, 6 y 12.
[4] En esta observación, de dificultosa lectura, parece sobrar la preposición “en” (“en stock de por lo menos en un ejemplar”. Tachado nuestro).
[5] La remisión que hace el asterisco no está completada.
[6] Fogwill guardó copia carbónica y/o original en borrador de la correspondencia (ignoramos si en su totalidad, aunque es probable) relacionada con el Concurso Coca-Cola.
[7] «Coca-Cola le da más vida a la cultura» era el lema del concurso.
[8] En «Fahrenheit en Sarandí» Julián Axat [2023] relata la historia del juez Héctor Gustavo de la Serna Quevedo, primo del Che Guevara y «poeta».
[9] La expresión «tantos pequeños ahorristas de la pluma y la fotocopia» con que se cerraba la carta portaba una referencia de furiosa actualidad. Unos meses antes de convocarse y dirimirse el concurso, en marzo de 1980, tras el fin de un corto período durante el cual la cotización del dólar, artificialmente baja, produjo un breve espasmo de euforia y consumo, una loca carrera entre las entidades financieras por ofrecer la tasa más alta a las colocaciones a plazo fijo y varias producciones costumbristas del cine nacional, el ministro de Economía Martínez de Hoz ordenó la liquidación de algunos bancos privados de capital nacional (Banco de Intercambio Regional –BIR– vinculado a la Curia, Banco los Andes, Banco Oddone, entre otros), con la consecuente defraudación de más de ochenta mil «pequeños ahorristas», aprendices de millonario que, empachados de publicidad financiera, habían depositado sus ahorros a tasas demenciales y que, tras la liquidación de media docena de entidades y la pérdida de sus depósitos (el Banco Central, en principio, sólo garantizaría las imposiciones en pesos), recorrían la zona bancaria como zombies. Algunos lloraban en la calle.
La quiebra del BIR aparece aludida, como se verá, en Un guión para Artkino.

Fotografía de Lola Garrido
Ricardo Strafacce nació en Buenos Aires en 1958. Publicó Osvaldo Lamborghini, una biografía (Mansalva, 2008) y las novelas El crimen de la Negra Reguera (Beatriz Viterbo, 1999), La banda del Dr. Mandrile contra los corazones solitarios (Beatriz Viterbo, 2006), La boliviana (Mansalva, 2008), La transformación de Rosendo (Mansalva, 2009), Carlutti y Pareja(Mansalva, 2010), Crímenes perfectos (Mansalva, 2011), El Parnaso Argentino (La calabaza del diablo, 2012), Frío de Rusia (Blatt & Ríos, 2013), La novelita triste de Osvaldo Lamborghini(Milena Caserola, 2013), Gerardo y Mercedes (Wu Wei, 2013), La conversación (La propia cartonera, 2014) y Ojo por diente seguida de El chino que leía el diario en la fila del patíbulo (Blatt & Ríos, 2014). En poesía, Bula de lomo (Spiral Jetty, 2011), De los boludos no tenemos la culpa (Pánico el pánico, 2012) y Pelo de cabra (Mansalva, 2015). Teatro: La editorial (Libretto, 2014). Tuvo a su cargo la antología Nuestro iglú en el Ártico, relatos escogidos de Mario Levrero (Criatura Editora, 2012). En 2014 recibió el Premio Konex. Fue traducido al francés.



exactamente un individuo,
por Rubén J. Triguero
nueva columna de Martín Cerda
adelanto del nuevo libro de
Javier Payeras
Antología de cosas pasajeras
por Javier Payeras
de Henry David Thoreau,
leído por Rubén J. Triguero