Perteneciente a una familia de la élite intelectual francesa, esto viene a ser a día de hoy a decir que pertenece a la intelectualidad aburguesada parisina, Claire Berest ha enfocado en buena medida su carrera en la representación de unas circunstancias históricas teñidas de más o menos ficción. Su libro de mayor éxito, escrito con su hermana y centrado en su abuela Gabrïele Buffet, primera esposa de Francis Picabia, que gracias a ello se relacionó con otros mitos de la cultura como Duchamp o Apollinaire, pivota en torno al ejercicio apludido por las revistas destinadas al público femenino de convencernos de que las naderías superficiales influyeron de modo decisivo en figuras de referencia en la Historia, basta ver que el reclamo comercial es que el libro habla de «una mujer que cambió la belleza y la Historia», esto es, vienen a vendernos que Buffet tiene la misma importancia, o más incluso, que Duchamp, Apollinaire o Picabia. Ya lanzada a la revisión de figuras históricas de renombre, Berest eligió para su siguiente libro a otro de los clichés del presente: Frida Kahlo y su relación con Diego Rivera. Los resultados han convencido a los editores de la nueva editorial Irradiador Books para traducirla al castellano, y han tenido la gentileza de permitirnos la reproducción del inicio de esta novela para que nuestros inteligentes e independientes lectores decidan si acudir o no a su librero de confianza para poder leer el libro completo.

 

Azul cobalto

Solo lo ve a él, sin tener siquiera que mirarlo.

No cesa de revolotear en alguna parte del ángulo casi muerto de la mirada. A la orilla del ojo, allí donde se adivina, más que se atrapa. Una forma espectacular, mitad paquidermo, mitad pulpo de tentáculos envolventes, que contamina todo el espacio donde se despliega su masa. Un trofeo circense que toda mujer querría coserse al corpiño; clavarse en el inocente cuerpo. Ese hombre, quintal de agilidad sobrenatural, cuyos excedentes de carne rosada no hacen más que reforzar una flexibilidad improbable y una rapidez de leño seco, provoca, en todas, una propensión inmediata e inexpugnable hacia lo prohibido. Sin que puedan admitírselo, como un perfume embriagador aturde con su estela los espíritus, Diego Rivera embelesa al sexo débil como un hipnotizador, provocando desmayos de pudor, largos suspiros y un instinto primitivo de posesión.

Al contacto con él, la fiesta sube una octava, se despierta la insolencia, los lunares brillan, la valentía aletargada se enciende. Chisporrotea. Su sola presencia anula el erotismo que flota en el aire de los seductores y los cuerpos esculturales. Capta y cautiva. Al mirarlo fijamente, Frida piensa en esos puntos luminosos, parpadeos incómodos que insisten en agitarse ante la mirada, incluso si se cierran los párpados, cuando las luces agresivas han golpeado tanto la retina que perpetúan su presencia fantasma en el interior de los ojos velados. ¿Mediante qué prodigio provoca el aura del monstruo esos centelleos afrodisíacos? Porque Diego es feo, de una fealdad franca y autoparódica. Una fealdad gustativa que abre el apetito: dan ganas de morder esa gruesa tripa, de llenarse la boca con ella, mancharse los dientes, de lamer los poderosos dedos, pasar la lengua por sus ojos saltones, demasiado separados, sin un color definido.

 

Ella se abstrae de la contemplación del pintor más conocido de México para pasear su mirada por el resto de la reunión, una informe y mareante masa de posibles. Nada se parece más a una velada que otra velada, ¿verdad?, piensa. Se trata del mismo telón fugaz echado sobre los deberes diurnos, se exclama más fuerte, se respira más bajo, se bebe todavía más deprisa, la risa se acelera y cae de la boca para derramarse en quien se tiene más a mano, y quien se besa, aunque las veladas de Tina Modotti tienen el encanto ambiguo de no parecerse nunca. Son la promesa de tantos excesos, que a Frida le encanta zambullirse en ellas como observadora invisible.

Frida Kahlo se mueve de una estancia a otra para cambiar de perspectiva y abrazar mejor el paisaje lunático de las ebrias pasiones que allí se vierten. Escruta a los hombres disfrazados de señores de la vieja España, de botones brillantes, cabellera viril, sometida mechón a mechón, costuras rectas, con ese porte elegante que solo incita a que lo desordenen; a esos hermosos poetas tan limpios que se codean con otros hombres de camisa arrugada, propietarios de un único pantalón que se enfundan cada día de la semana sobre un calzoncillo que se ha vuelto gris, los que poseen poco porque trabajan con sus manos, pero en la nariz de Frida todos huelen al mismo sudor impecable, todos esos hombres en un mismo cuadro, porque Frida los ve desnudos, borra con un parpadeo sus poses orgullosas, sus actitudes y sus accesorios. En su cabeza no se dibujan más que los músculos tensados, los tendones, los torsos de vello negro, los pies tersos y demasiado grandes de hombres jóvenes. Aquí, en casa de Tina, las mujeres son sus iguales, igual de altaneras, coronadas con la misma sangre ardiente. Libres también ellas. Las simples costureritas, que han venido también a tomarse un trago, hablan a la misma altura que las que han nacido con el vestido entallado por encima de la cintura; las clases en lucha se reconcilian lo que dura una borrachera. Tina Modotti es una aventurera. Fotógrafa italiana de amores pletóricos, activista política, enarbola el rostro relajado de las mujeres cuya belleza no es más que un detalle inesperado al lado de su inteligencia y su habilidad. Lo suyo es saber existir. Es su amigo Germán de Campo el que introdujo a Frida en el círculo artístico y comunista (pleonasmo), cuando por fin se vio liberada de su corsé ortopédico que la mantenía atada a la cama desde hacía muchos meses, y Frida pudo recuperar una vida que, si bien no puede considerarse normal, al menos es una vida. Conoció entonces a Tina Modotti en el PCM, el Partido Comunista Mexicano, al que Frida acababa de afiliarse. Se cayeron bien en el primer abrazo, se adoraron en el segundo. A Frida le gusta su nariz italiana, su escultural busto y sus moños que deshace, voluble, al ritmo parlanchín de su cadencia staccato. A Frida le gusta cómo Tina, la extranjera, fotografía a las mujeres mexicanas de espaldas, las calles de frente y las flores sin tallo, a Frida le gusta la forma en la que Tina ama México.

Frida permanece apartada, porque su cuerpo no se ha recuperado del todo después del Accidente. Es verdad que se sobrecalienta, su cuerpo, como una plancha de chapa a pleno sol, se incendia, arde a fuego lento con el alcohol límpido, con las serenatas de guitarrones y de trompetas intransigentes, con ansia por catapultarse hacia arriba, hasta allí de donde no se vuelve intacta, pero sus piernas apenas la sostienen. Frida debe volver a aprenderse, cada gesto provoca consecuencias desconocidas y aterradoras, dolores agazapados dispuestos a morder, el miedo la enfría, a ella, que no hacía más que correr.

Correr a toda velocidad por los pasillos del colegio, saltar al burro por encima de los muretes de su barrio, por los pasillos de las clases con los profesores demasiado serios, correr si había que subir a una tribuna o trepar a un árbol, correr por las calles de México para no perderse ninguna cita de las que cambian tu día o la vida entera, correr para perder la cabeza de saltamontes insensata, Frida insaciable y botafuego, que desde niña solo jugaba a juegos de chicos, que no se perdía ningún imperioso desafío en el que acababa con costras en las rodillas, los sentidos zarandeados y la cara arañada.

Las piernas de Frida, que conservan, como una comezón, la memoria de la audacia pasada y la inequívoca temeridad de ayer, son hoy madera muerta, oxidadas a los veinte años, después del Accidente, un cuerpo diabólico vuelto esquizofrénico mientras Frida admira a Germán o a Tina bailando diabólicamente, frenéticos y desenfrenados, y en parte es como si bailase con ellos cuando Tina levanta su falda bien alto, provocando sudores en las entrepiernas y las frentes al tiempo que reserva, serena y alegre, el tequila para su amante cubano Antonio Mella.

Mella, soberbio, de rostro de estatua griega, al que cualquiera se podría tragar en dos bocados sin distinguir entre la cabeza, el cuerpo y el discurso.

El fonógrafo se desgañita, la bohemia no deja de llegar como hormigas negras al asalto de un río de miel. Todo es alegre, todo es político, todo es trágico. Eso echa abajo los pudores y los tabús. Y después de los largos meses en las que estuvo acostada a la fuerza, las parrandas de Tina son para Frida el mejor medio de volver a caminar. Ella, que con veinte años se siente envejecida, tiene ganas de respirar de nuevo su juventud, retener el hilo dorado de su antigua barahúnda, en la que nunca se desplazaba sin dejar un rastro de fuego salvaje, así que, al menos, esas conversaciones ruidosas y esas risotadas le hacen bien a su cabeza, la música la atraviesa, traspasa sus arterias. No puede darse rienda suelta, todavía no, espera, pero ya llegará, ya llega, de todos modos canta agarrando a cualquier camarada por la nuca, porque todos son sus camaradas, bebe a morro, caldeada por el mezcal, con el que cada gota hace caer la realidad. Frida todavía sabe beber, bebe sólidamente apoyada en sus piernas de papel maché. Sabe que no volverá a vivir esa sensación de tener veinte años, ese vértigo furioso del cuerpo que se adueña para siempre de la juventud, pero entonces, llega Tina y, contoneándose, diosa de cabellos furiosos, se inclina a su oído.

La estaba buscando por todas partes: Te he buscado por todas partes, Frida, Diego Rivera está dando el espectáculo aquí al lado, tengo que presentártelo. Hay diez mujeres colgadas de sus labios y su camisa. Tina quiere presentarle a Diego Rivera, que está aquí esta noche. Frida se hace la sorprendida: Ah sí, no, no lo había visto. Tina la agarra por el hombro y la arrastra en busca del monstruo. Por fin. Las dos mujeres se abren camino a codazos entre la bacanal, Frida se estira sin pensarlo, se despliega, como quien se anima al terminar una espera, en el fondo está allí casi solo por eso, para conocer a Rivera.

Cuando, de pronto, se oye un ruido de traca. Estallan chillidos, sonidos agudos de mujer, de una mesa que se quiebra, carreras y alboroto. Tina suelta a Frida y a su propósito de entrometerse, el patio es la guerra. Resuenan las risas a pesar del estruendo, retumban los cánticos y los hombres embriagados se precipitan al exterior botella en mano, al asalto de nuevos caprichos nocturnos. Seguidos por las mujeres. O precedidos. Porque las fiestas no terminan, se desplazan.

Aquí todo está patas arriba, porque el imbécil de Diego Rivera ha sacado la pistola y ha disparado al fonógrafo, comprende Frida Kahlo, muy sonriente, mientras enciende con delicadeza un enésimo cigarrillo.

Inspira y vuelve a escupir ese humo. A lo esteta.

En suspenso.

Rivera, al huir corriendo, ha olvidado una chaqueta, cuyas mangas dadas la vuelta descubren el color del forro interior, un azul casi violeta, un azul cobalto. Frida, en ese salón vaciado, se pone la chaqueta sobre sus hombros, desaparece dentro de ella todo lo alta que es, y se lleva a la cara las largas mangas que se tragan sus brazos, que sienten a cuero y a nardos, aspira plenamente el olor del pintor, olfatea sus vestigios. Es perfecto el azul cobalto, parece ser que no hay nada más bello para crear un ambiente.

La partida se ha pospuesto, Diego, tengo todo el tiempo del mundo. Es lo que me ha enseñado la prisión del corsé, el tiempo.

 

Claire Berest (París, 1982) es una destacada autora francesa. Tras completar su máster en Literatura en la Sorbona, Berest publicó su primera novela, «Mikado», a la temprana edad de 27 años. Le siguieron otras dos novelas, «La orquesta vacía» y «Bellevue» (Stock, 2016), así como dos ensayos titulados «Lucha de clases: Por qué renuncié a la Educación Nacional» y «Niños perdidos: Investigación en la brigada de menores». En 2017, coescribió junto a su hermana, Anne Berest, «Gabriële», una novela que rinde homenaje a su bisabuela, Gabrièle Buffet-Picabia. Esta obra les valió el prestigioso premio Grand Prix de l’héroïne de Madame Figaro. En 2019, Claire Berest publicó «Rien n’est noir» (Nada es Negro), una fascinante obra que narra la apasionada historia de amor entre Frida Kahlo y Diego Rivera. Este libro ha capturado la atención del público y la crítica literaria, consolidando aún más la reputación de Claire Berest como una escritora de gran talento en la escena literaria contemporánea.