Se ha convertido en uno de los clichés de nuestro tiempo igualar fenómenos que son no solo contrapuestos, sino muchas veces completamente ajenos y que se mueven en esferas que jamás llegan a encontrarse. Sucede cuando cualquiera de los habituales señoros dice eso de «ni machismo ni feminismo», como si fueran equivalentes, se produce cuando se equipara el antifascismo, que todos deberíamos practicar y del que deberíamos ser militantes, con los movimientos antisistema (pese a que nada más antisistema que el fascismo, como vemos en las noticias a diario), y sucede, cómo no, cuando se iguala, como si fueran complementarias, reducidas a ser tan solo las dos caras de la misma moneda, la dictadura fascista con la proletaria. No vamos a molestarnos en desasnar a tantos intelectuales de saldo que se ganan la vida pergeñando la misma columna donde una y otra vez exhiben su incultura y reciben el aplauso de los cuatro ignorantes que los jalean, no queremos convertir penúltiMa en lo opuesto a El Mundo, por ejemplo, eso es darle a un panfleto la condición de interlocutor válido dentro de un debate cultural y, más allá del agravio que supondría para los colaboradores de esta revista rebajarnos hasta ese punto, no nos lo permite el mínimo rigor intelectual que debe abanderar cualquier actividad creadora o filosófica. Además, Andreu Nin ya lo explicó muy bien hace casi un siglo. Pero esos literatos de salto y esquina se resisten a leer con la misma terquedad con la que se enfrentan al pensamiento. Para los que de veras quieren alimentar la materia gris la estupenda gente de Libros Corrrientes ha reeditado un libro fundamental: Las dictaduras de nuestro tiempo, del que nos enorgullece compartir un fragmento para nuestros siempre atentos lectores.
Nota corriente
De los diversos tipos de dictadura que han tomado cuerpo en el siglo XX, dos han tenido más eco que el resto: la dictadura fascista y la dictadura proletaria. Es habitual meterlas en el mismo saco. Así lo hizo Francisco Cambó en su libro de 1929, Las dictaduras, y así es habitual seguir haciéndolo.
Poco tiempo después de sacado en libro de Cambó, importante empresario y fundador de la Lliga Regionalista catalana, gozne ideológico del catalanismo y el españolismo, el revolucionario comunista Andreu Nin escribió una larga réplica que sirvió a Nin para poner un poco de orden en conceptos que en el libro de Cambó aparecían revueltos. Para Nin, fascismo y comunismo no eran dos variantes de la misma forma política. Fundamentalmente, por su adscripción de clase: la dictadura proletaria, «por su origen, por su base social y por su carácter es el polo opuesto de la dictadura burguesa en todas sus variedades (dictadura militar, fascismo, monarquía constitucional, república democrática, etc.)». Estas últimas, para Nin y, en general, para el socialismo revolucionario, sí son verdaderas formas emparentadas. Porque «la oposición no consiste fundamentalmente en que en Italia se practique una política de no intervención y en Rusia una política intervencionista, sino en que la del Estado fascista tiene como finalidad consolidar el sistema capitalista, y la de la República soviética arrancarlo de cuajo».
Esta sencilla afirmación, acaso simplista a primera vista, es desplegada y matizada en el libro de Nin hasta lograr que, tras la lectura, la idea que se adquiere de ambos bloques y sus políticas es una idea operativa y altamente compleja tanto desde la perspectiva económica, como de orden político y, claro está, también desde la perspectiva del análisis de clase, que Nin articula hasta un punto poco frecuente incluso en el marxismo ordinario. No en balde fue, junto a la monografía de Ignazio Silone de1934, Der faschismus, las dos fuentes de ideas principales que Daniel Guérin cita en la génesis de su imprescindible Fascismo y gran capital.
El fascismo, para Nin, es un conglomerado ideológico inconsistente pero una eficaz herramienta extrema de la burguesía (a la que Cambó representa) para compensar el ascenso del proletariado. Por utilizar las propias palabras de Cambó que Nin recoge, es un «remedio heroico» para las «crisis patológicas agudas» de la sociedad:
Las contradicciones entre la pequeña y la gran burguesía, entre los industriales y los agrarios, se exteriorizan hasta tal punto en el seno del partido, que con frecuencia ofrecen los caracteres de una lucha abierta: críticas de la dirección, revueltas contra ella, insumisión a las órdenes superiores. El gobierno intenta evitar que la crisis aparezca en la superficie valiéndose de medios represivos (relevo constante de cargos, expulsiones del partido, etc.) y renovando sus esfuerzos para la constitución de un bloque de todas las clases privilegiadas. Pero no pueden contenerse eternamente las contradicciones económicas entre el capitalismo y el proletariado y aún en el seno mismo de la burguesía.
La dictadura proletaria, en cambio, en un régimen de transición, que, como aclara Nin, no debe confundirse jamás con la sociedad comunista pero que, sin embargo, es el paso previo necesario. Está llamado a desaparecer, como la misma sociedad de clases y el Estado, en el ideario comunista.
El presente libro del malogrado Nin es una herramienta fundamental, tanto por su pionero, actual y agudo análisis de las formas políticas y su desglose histórico como a la hora de presentar con meridiana claridad la perspectiva comunista.
Prólogo de la edición castellana de 1930
Las tesis fundamentales sostenidas en esta obra se han visto plenamente confirmadas por los acontecimientos desarrollados en nuestro país después de la publicación de la misma en catalán. El fracaso de la dictadura militar ha agravado —como lo preveíamos— la crisis del régimen, acelerado el proceso revolucionario y puesto en evidencia el papel reaccionario de la burguesía contemporánea.
La dictadura de Primo de Rivera cayó porque se mostró incapaz de realizar las tareas que le habían sido confiadas. La crisis sigue sin resolver, y el remedio no se halla ni en la dictadura descarada —que ha fracasado estrepitosamente— ni en la dictadura encubierta disfrazada con los oropeles de la democracia. España no ha realizado todavía la revolución democrática, pero ésta no será en nuestro país, como lo ha sido en el siglo XIX en los países capitalistas avanzados, obra de la burguesía. Ésta, aterrorizada por el ejemplo de Rusia, temerosa de perder sus privilegios en el huracán revolucionario, se arroja en brazos de los elementos feudales del país y se convierte en una fuerza netamente contrarrevolucionaria. Las declaraciones monárquicas de la Lliga Regionalista, el partido de la gran burguesía catalana, son, en este sentido, extremadamente sintomáticas.
La misión de efectuar la revolución democrática corresponderá al proletariado, apoyado por las masas campesinas y pequeño-burguesas, incapaces, por la situación que ocupan en el régimen económico burgués, de desempeñar un papel histórico independiente y decisivo. Desgraciadamente, la clase obrera española, dividida, desorganizada, carente de un partido revolucionario poderoso, de cuadros capacitados y de una orientación firme, se encuentra en la trágica situación de no poder aprovecharse de las circunstancias excepcionalmente favorables que se le ofrecen. Esto retrasará por algún tiempo el desenlace inevitable, pero no lo aplazará indefinidamente. La crisis profunda por que atraviesa España no hallará, no puede hallar una solución en el marco del régimen burgués. El proletariado, que en los períodos tormentosos y revolucionarios avanza con prodigiosa rapidez, se irá preparando y capacitando, en el fuego de la lucha, para los combates decisivos, y después de vencer a las fuerzas burgueso-feudales coaligadas destruyendo la dictadura, descarada o encubierta, de las minorías explotadoras, instaurará el poder del trabajo y, con él, la verdadera democracia, puesto que será el poder ejercido por la inmensa mayoría de la población.
La rapidez de este proceso depende de la medida en que la clase obrera vaya tomando conciencia de la misión histórica que le incumbe y se percate de la necesidad de emanciparse de las ilusiones democrático-burguesas y de actuar, en las luchas inminentes, con plena independencia política. Las circunstancias son duras y difíciles, pero las posibilidades, inmensas. Sólo la acción enérgica y revolucionaria del proletariado, apoyado por las masas pequeño-burguesas de la ciudad y el campo, puede salvar al país. O la revolución proletaria, y con ella el orden, o un período caótico de convulsiones y de desastre económico: he aquí el dilema que se ofrece a nuestro país.
Andrés Nin
Barcelona, 16 de octubre de 1930
Capítulo 2: Las causas del advenimiento de las dictaduras según el señor Cambó
El examen que de las causas del advenimiento de las dictaduras (el lector ha de permitirnos que adoptemos este término, en la acepción genérica con que lo emplea el autor de Las dictaduras, con toda reserva) hace el Sr. Cambó es de una superficialidad sorprendente en un hombre de su talla política. Pero esta superficialidad, que a primera vista asombra, se explica por el deliberado propósito del autor de desorientar a sus lectores, ocultándoles por gracia de una confusión consciente, el verdadero carácter del fenómeno que estudia. ¿El Sr. Cambó es partidario o adversario de las dictaduras? La lectura de su libro no permite sentar una conclusión categórica en ningún sentido, aun cuando estemos convencidos de que es partidario de la dictadura burguesa. Una vez más el leader regionalista ha demostrado sus prodigiosas facultades de funámbulo y ha puesto de manifiesto su monstruoso oportunismo. Su tesis es un passepartout: igual puede servir para defender la dictadura que para combatirla, aunque, por la fuerza de las circunstancias, se incline hacia esta segunda actitud. No es precisamente olfato lo que le falta al Sr. Cambó, y esto le ha permitido, como han evidenciado recientes acontecimientos, hacerse cotizar a más alto precio. Si los sucesos hubiesen tomado otro rumbo habría podido cotizar, con idéntica fortuna, los argumentos favorables a la dictadura.
Constatada ya esta particularidad característica de la posición del ex ministro de Hacienda en uno de los problemas más vivos de nuestros días, pasemos a examinar sus razonamientos fundamentales.
- Dictadura fascista y dictadura proletaria
Al enfocar el problema, el Sr. Cambó comete un error fundamental: el de considerar la dictadura en los países burgueses como un fenómeno idéntico a la dictadura en el país de la revolución proletaria triunfante. Por este motivo toda su argumentación se apoya sobre una base falsa.
Lo que tiene importancia en un régimen político no es la forma exterior, sino el contenido. Y el contenido de la dictadura fascista es diametralmente opuesto al de la dictadura proletaria. La primera está íntegramente al servicio del gran capital, persigue con porfiado encarnizamiento las organizaciones obreras, en nombre del interés nacional sinónimo del interés de la burguesía, y ahoga en sangre la más pequeña tentativa de protesta de la masa explotada. La segunda, basada en el poder de la clase obrera, orienta toda su política en el sentido de la destrucción del régimen capitalista y la edificación de una sociedad sin clases, de una sociedad socialista. La dictadura fascista es un sistema de organización del poder, cuyo fin es afirmar el régimen de explotación capitalista y sofocar el movimiento obrero revolucionario. La dictadura proletaria es un sistema de organización del poder, cuyo fin es la instauración de una sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción y aplastar implacablemente toda tentativa de restauración burguesa. En la primera, el proletariado está privado de derechos políticos; en la segunda, lo está la burguesía. La dictadura fascista es la consecuencia inmediata de la derrota del proletariado en su tentativa de derrocar el poder de su enemigo de clase y apoderarse de la máquina del Estado para hacerla funcionar en su servicio. La dictadura proletaria es el resultado del triunfo de la revolución de la clase obrera.
Dos regímenes políticos diametralmente opuestos, basados en sistemas económicos profundamente antagónicos, y cuyas fuerzas motrices y decisivas están constituidas por intereses de clase y finalidades antitéticas, no pueden tener origen y carácter comunes. Por ello, examinar las dictaduras en general, sin establecer la distinción necesaria entre la dictadura burguesa y la del proletariado, no tiene sentido.
El lector habrá de perdonarnos si insistimos en esclarecer nociones de un evidente carácter primario. A ello nos obliga el método erróneo del Sr. Cambó, que ignora o finge ignorar estas nociones. Igualmente y por seguir el plan de su libro, nos vemos obligados a continuar nuestra argumentación ulterior examinando los problemas en orden que no estimamos el más acertado y que no emplearíamos, a no tener, como tiene este libro, un carácter esencialmente polémico.
- La crisis de la democracia
Según el Sr. Cambó, las «causas genéricas» del advenimiento de las dictaduras son: la crisis de la democracia, el desprestigio de las instituciones parlamentarias (que no es más que un aspecto de la primera) y la «corriente de egoísmo materialista de nuestros días».
Empecemos por examinar el problema de la crisis de la democracia.
Ante todo conviene que nos entendamos acerca del significado de las palabras. Una vez más hemos de insistir en que el valor no está en ellas, sino en su contenido real. Se pueden escribir, y se han escrito, centenares de volúmenes y millares de artículos sobre la democracia en general y sobre sus excelencias como expresión de la voluntad popular. Y no faltan profesores y publicistas dispuestos a consumir toneladas de tinta describiéndonos una sociedad democrática ideal gobernada por la voluntad soberana del pueblo. La realidad es más elocuente que todas las teorías abstractas, y nos demuestra que el hecho dominante en la sociedad actual es una encarnizada lucha de clases.
En los países burgueses todas las fórmulas políticas actuales persiguen una finalidad: garantizar la posesión privada de los medios de producción por una minoría capitalista. La burguesía, como la Iglesia, sabe adaptarse a todas las formas políticas y utilizarlas en provecho propio; pero las formas más idóneas para la dominación de la burguesía en el período de desarrollo del capitalismo que precedió a la guerra, fueron la república o la monarquía parlamentarias, cuya cabeza visible no es más que una figura decorativa.
En relación con la sociedad feudal la democracia burguesa —instituida por el advenimiento al poder del Tercer Estado— representa un progreso evidente. La gran revolución francesa destruye los privilegios de casta de la nobleza y proclama los derechos del hombre y la igualdad ante la ley. Pero ¿de qué hombre? El hombre abstracto no existe; el hombre pertenece a una clase y, como miembro de esta clase, ocupa una posición social determinada. El régimen anterior a la gran revolución consagraba el sistema económico y político semifeudal en que se apoyaban la aristocracia, la monarquía y la Iglesia. La revolución destruye este sistema, y por tanto los privilegios e instituciones de la clase dominadora, y crea un régimen político que garantiza el desarrollo, sin trabas, del capitalismo. El derecho fundamental que reconoce y consagra el nuevo régimen es el derecho de propiedad, y los derechos del hombre son los del propietario de los medios de producción. Karl Marx, en una de sus primeras obras escritas en colaboración con Engels, subraya admirablemente la naturaleza de las instituciones políticas modernas.
El reconocimiento —dice— de los derechos del hombre por el Estado moderno no tiene una significación distinta del reconocimiento de la esclavitud por el Estado antiguo. La base del Estado antiguo era la esclavitud; la base del Estado moderno es la sociedad burguesa, el hombre de la sociedad burguesa, es decir, el hombre independiente unido únicamente a los demás por los lazos del interés privado y la inconsciente necesidad natural, el esclavo del trabajo utilitario, de las necesidades propias y de las ajenas necesidades egoístas. El Estado moderno ha reconocido esta base en los derechos universales del hombre. Y no los ha creado. Producto de la sociedad burguesa, impelida por su propia evolución más allá de sus trabas políticas, al proclamar los derechos del hombre no hacía más que reconocer su propio origen y su propia base.
La proclamación de los derechos del hombre por la burguesía equivalía a rechazar el derecho de los explotados por ella a alzarse contra su dominación. La igualdad ante la ley es un principio excelente contra el absolutismo y los privilegios de la aristocracia, pero al mismo tiempo adormece la conciencia del proletariado. ¿Cómo rebelarse contra la esclavitud si cada ciudadano tiene idéntico derecho de voto? El sistema democrático y parlamentario es una enorme mixtificación destinada a garantizar sus privilegios a la burguesía bajo la apariencia de gobierno del pueblo por el pueblo. El socialista francés Paul Lafargue, en un artículo que formaba parte de una selección publicada el año 1888 por el periódico ruso El Socialista Demócrata, ponía al descubierto, con la causticidad y el ingenio que le eran propios, el secreto del sistema.
El parlamentarismo —decía Lafargue— es un sistema de gobierno mediante el cual el pueblo se forja la ilusión de que dirige los asuntos del país, cuando en realidad el poder ejecutivo se halla concentrado en las manos de la burguesía, y ni siquiera de toda la burguesía, sino de algunos sectores de esta clase. Durante el primer período de su dominación la burguesía no comprende, o mejor dicho, no siente la necesidad de crear la ilusión de que el pueblo se gobierna a sí mismo. Por eso todos los países parlamentarios de Europa han comenzado con la limitación del derecho de sufragio; al principio, el derecho de orientar la política del país por medio de la elección de diputados pertenece en todas partes únicamente a los propietarios más o menos importantes, y después se va extendiendo gradualmente a los ciudadanos menos acomodados hasta convertirse, en algunos países, de privilegio que era antes, en derecho de todos y de cada uno. Cuanto más considerable es la riqueza social, menos lo es, en la sociedad burguesa, el número de personas que se la apropian; lo mismo sucede con el poder: a medida que aumenta el número de ciudadanos que gozan del derecho electoral, y el número de gobernantes elegidos, el poder efectivo se convierte en el monopolio de un grupo cada vez más reducido de personas.
La democracia (república o monarquía parlamentarias) es el régimen político normal del capitalismo en las condiciones de relativa estabilidad que caracterizan las últimas décadas anteriores a la guerra de 1914-1918. Cuanto más elevado es el grado de desarrollo del capitalismo, tanto más desarrolladas son las instituciones democráticas. Pero como la sociedad capitalista en general, la democracia burguesa lleva en las entrañas la contradicción que la condena a desaparecer. De la misma manera que el desarrollo del capitalismo trae aparejado consigo el del proletariado, es decir, de la clase que, según las palabras de Marx, está destinada a ser el sepulturero de la sociedad burguesa, el régimen democrático presupone la concesión al proletariado de ciertos derechos políticos (de reunión, de coalición, de libertad de palabra), que aumentan su poder y su fuerza de organización. Por ello, todo y con reconocer el verdadero carácter de la democracia burguesa, el marxista revolucionario se aprovecha de la misma para fortalecer las posiciones del proletariado y prepararlo mejor para la batalla decisiva contra su enemigo de clase. Por ello, a menudo contra la propia burguesía, defiende las conquistas de la democracia.
Ya antes de la guerra empezaban a decaer la democracia burguesa y su consecuencia más característica, el parlamentarismo. En este punto tiene razón el Sr. Cambó. La guerra profundizó más la crisis.
¿Cuáles son las causas de este fenómeno?
La principal hay que buscarla en el desarrollo del capitalismo monopolista o imperialista. Por el peso considerable que tiene aún en la producción, la pequeña burguesía juega un papel importante en el período de florecimiento de la democracia. La burguesía industrial la mima y halaga, le procura cargos políticos y burocráticos confortables con los que garantiza su adhesión. Pero, como hace notar Trotski en la obra ya citada, «el imperialismo en la zona económica presuponía la caída definitiva de la pequeña burguesía y en la zona política la destrucción completa de la democracia por medio de la sumisión de todos los recursos y todas las instituciones a los fines del imperialismo. Apoderándose de todo el país… el imperialismo ha demostrado no dar beligerancia a ningún prejuicio político y que estaba dispuesto a utilizar, y era de ello capaz, uniéndolos a su sometimiento, la monarquía de Nicolás Románov o de Guillermo Hohenzollern, la aristocracia presidencial de los Estados Unidos y la impotencia de unos cuantos pintorescos legisladores del parlamento francés».
La pequeña burguesía ha ido perdiendo su papel en la producción, y al ocupar en el Parlamento el lugar que había ocupado en ésta, ha comprometido definitivamente al parlamentarismo, convirtiéndolo en un mentidero.
Por otra parte, la agravación de las contradicciones de clase y los progresos del movimiento obrero producían el envenenamiento de la lucha, que cada vez ofrecía tendencia más acentuada a desarrollarse en la calle, fuera de los muros de los parlamentos. No es, como afirma erróneamente el Sr. Cambó, que patronos y obreros se interesasen más por las luchas económicas que por las luchas políticas. Existe una estrechísima conexión entre la economía y la política, que ha sido definida como «economía concentrada». Es una verdad elemental que toda lucha económica se convierte en lucha política, en lucha entre dos clases del poder. ¿Pretenderá, por ejemplo, el Sr. Cambó que los grandes combates obreros de Cataluña en 1917-1920 tenían un carácter puramente económico? A pesar de la ideología apolítica de la mayoría de los directores del movimiento, éste tenía un carácter netamente político, y si las luchas memorables de aquel período no fueron coronadas por la victoria política de la clase obrera, debe atribuirse a la ausencia de un partido político revolucionario capaz de dirigir la lucha y de conducir al proletariado al triunfo sobre la burguesía.
El carácter esencialmente político del movimiento obrero es lo que contribuye precisamente de modo considerable a la crisis del parlamentarismo, vaciándolo de todo contenido. Mientras los diputados discursean, el imperialismo va extendiendo sus tentáculos, subordinándoselo todo, y el movimiento revolucionario del proletariado, a consecuencia del desarrollo de su clase antagónica, va adquiriendo proporciones amenazadoras. Este es, además, uno de los motivos que decidieron al imperialismo a precipitar el estallido de la guerra monstruosa por la hegemonía mundial que las contradicciones capitalistas iban gestando. De esta guisa pensaba contener los avances del movimiento obrero, distraerle de sus fines esenciales, desviarlo. Y, en efecto, lo consiguió durante algún tiempo. Todo fue puesto al servicio del imperialismo, desde los medios de producción hasta los empréstitos; todas las fuentes de riqueza social, incluso un aparato formidable para la fabricación de la opinión pública: los partidos socialistas y los sindicatos. «La guerra —dice el Sr. Cambó— sirvió para borrar durante algún tiempo los intereses de clase y hacer revivir con insuperable intensidad el primer sentimiento político: el sentimiento de patria» (pág. 18). En este sentido se puede hablar, como lo hace el autor de Las dictaduras, de «reverdecimiento de la democracia». La fuerza motriz de la democracia, como ha hecho constar Trotski en la obra repetidamente citada, era la idea nacional. Esta idea durante la guerra resucitó bajo la fórmula de la defensa nacional y de la unión sagrada. El movimiento obrero internacional, dirigido por caudillos oportunistas, se unció al carro del imperialismo, y millones de trabajadores, olvidando temporalmente sus intereses de clase, fueron a luchar y a morir en las fronteras para el mayor provecho de las oligarquías financieras.
El deslumbramiento producido por la propaganda en torno a la idea de la defensa nacional (que en realidad no significaba otra cosa que la defensa de la burguesía) no fue, sin embargo, de larga duración. Muy pronto se dejó oír en varios países la voz de los elementos que se habían mantenido fieles al internacionalismo proletario: en Rusia (los bolcheviques y una parte de los mencheviques), en Francia (el grupo de La Vie Ouvrière acaudillado por Monatte y Rosmer, el Comité de Defensa Sindicalista), en Alemania (Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Clara Zetkin, Franz Mehring), en Austria (Fritz Adler, a decir verdad casi solitario), en los Estados Unidos (los IWW, Debs), en Italia (la mayoría del partido italiano), en Bulgaria (los socialistas tesniaki, núcleo central del futuro partido comunista, acaudillados por Kolarov), en Rumania (Rakovski), etc., etc. En Francia estallan desórdenes en el frente, en Alemania menudean las manifestaciones contra la guerra, y acá y allá surgen huelgas en las fábricas que trabajan para el frente. En Rusia cada día gana impopularidad la guerra y el partido bolchevique hace inmensos progresos entre la clase obrera. El proletariado, e incluso importantes sectores de la pequeña burguesía, empiezan a abrir los ojos. La revolución de octubre (viejo estilo) de 1917, en Rusia, que formula inmediatamente proposiciones de paz y transforma, de acuerdo con la fórmula clásica de Lenin, la guerra imperialista en guerra civil, señala el comienzo de la revolución proletaria mundial. La repercusión es enorme, tanto en los países beligerantes como en los neutrales. Desmoralización de los ejércitos de los imperios centrales, ganados por la agitación bolchevista; revolución en Alemania y en Austria, que derriba la monarquía; repúblicas soviéticas en Baviera y Hungría, insurrección espartaquista, revolución en Finlandia y en Letonia, ocupación de las fábricas en Italia, progresos inmensos en toda Europa del movimiento obrero revolucionario, movimiento de emancipación nacional en las colonias; he ahí las más trascendentales consecuencias inmediatas de la guerra y del gran acontecimiento histórico de octubre.
Jamás había pasado la burguesía por un momento tan crítico. El proletariado ruso, por una serie de circunstancias, tales como el hecho de que el frente del imperialismo era más débil en aquel sector que en los otros y la existencia de un partido fuertemente arraigado en las masas y con un programa definido y concreto, fue el único en triunfar definitivamente contra la burguesía y mantenerse en el poder, venciendo la intervención y la contrarrevolución interior. En los demás países, la traición de los viejos partidos socialistas y de los sindicatos reformistas, la falta de organizaciones firmes y disciplinadas del proletariado revolucionario, dieron a la burguesía coyuntura de rehacerse, de salvar la situación de crítica gravedad en que se hallaba y de detener temporalmente la ola revolucionaria.
Pero la democracia había recibido un golpe mortal. Como hace notar el Sr. Cambó, «a medida que se concretaban los textos de los tratados de paz, las ilusiones que había creado la victoria aliada iban esfumándose; pero no llegaron a desvanecerse del todo» (pág. 19).
El tratado de Versalles puso al descubierto las verdaderas finalidades perseguidas por la Entente. Constituyó la clara evidencia de que la guerra por la Libertad y la Democracia, por los derechos de los pueblos a la autodeterminación había sido una mixtificación monstruosa. Un escritor austríaco burgués, el historiador Carl Friedrich Novak, publicó hace ahora dos años, en Alemania, un libro sobre las conferencias de Versalles, que reviste excepcional interés. Novak, que relata los hechos objetivamente, revelando algunos inéditos hasta entonces, pone ante nuestros ojos con toda crudeza la farsa siniestra, la lucha porfiada por las colonias y por la hegemonía del mercado mundial que se ocultaba bajo las frases grandilocuentes sobre la democracia, los derechos de las pequeñas nacionalidades y la lucha contra el imperialismo.
La guerra de 1914-1918 no fue la última. El tratado de Versalles contenía el germen de nuevas y terribles conflagraciones. Después de Versalles el militarismo es más fuerte que nunca. Hablar hoy, por ejemplo, de Francia como adalid del antimilitarismo es sencillamente grotesco. A finales de 1920 Lenin hacía observar, con razón, que la guerra de la República Soviética contra Polonia había sido, en sustancia, una guerra contra el Tratado de Versalles como base de «todo el sistema establecido de relaciones internacionales».
En estas condiciones, la Sociedad de Naciones, este organismo destinado a ejercer funciones de árbitro supremo y a ser el núcleo de la futura federación de los pueblos libres, se convertía —y no podía ocurrir otra cosa— en una alianza de las grandes potencias imperialistas, en un instrumento, no de paz, sino de guerra. El verdadero carácter de este hallazgo del presidente Wilson es cada día más evidente. Con esta evidencia se derrumba una ilusión más.
Pero lo que contribuyó poderosamente a acelerar la crisis de la democracia no fue tan sólo el desencanto producido por la realidad brutal que halló su expresión en el tratado de Versalles. La guerra había creado un tipo de hombre nuevo, acostumbrado a ver resolver las cuestiones por la violencia, dominadora en el mundo durante cuatro años y medio; la violencia brutal forzosamente hubo de dejar huella profunda en la psicología humana. Las masas comprobaban que se confiaba a la fuerza la resolución de los problemas y que la victoria era del más fuerte. Y al volver del frente, este hombre con una psicología nueva defiende sus aspiraciones valiéndose de las armas que su propio enemigo de clase le ha enseñado a manejar. En estos días memorables, los destinos del mundo no se deciden en los parlamentos, sino en la lucha armada entre las fuerzas de un régimen que se tambalea, empapado en sangre y cubierto de oprobio, y la vanguardia históricamente destinada a reemplazar a la burguesía y a ser su sepulturero: el proletariado. En estas circunstancias, el voto decisivo no pertenece a las mayorías parlamentarias, sino a los fusiles y a las ametralladoras. Después de la orgía de violencia que fue la guerra, durante la cual millones de vidas fueron sacrificadas ad majorem gloriam del imperialismo, la invitación a emplear exclusivamente los métodos pacíficos no podía ser interpretada más que como una ironía sangrante.
El «reverdecimiento de la democracia» de que habla el Sr. Cambó fue efímero. Las constituciones democráticas Proclamadas después de la guerra y cuyo contenido resume minuciosamente el autor de Las dictaduras, no fueron más que una nueva tentativa de mixtificación. Si en ellas se hacen ciertas concesiones a las masas populares —concesiones, por lo demás, harto limitadas— es con tal de neutralizar, con la ayuda, se entiende, de los caudillos socialdemócratas, el movimiento revolucionario. Idéntico valor tuvo —digámoslo de pasada— la concesión de las ocho horas en la mayoría de los países y que posteriormente, con el retroceso del movimiento, ha sido reducido a cero casi en todas partes.
«Todas estas constituciones —hace notar el Sr. Cambó— consagran los derechos individuales con la máxima amplitud» (pág. 25). Traducido al lenguaje real, esto quiere decir que, como resultado del desastre temporal del proletariado en Occidente, consagran el principio de la propiedad privada.
No obstante, la democracia estaba herida de muerte y no hay fuerza humana capaz de reconstruir el prestigio de sus instituciones. Las lecciones de la guerra y de la postguerra han sido demasiado elocuentes —y demasiado duras— para que el proletariado no haya aprendido nada. Las masas explotadas empiezan a comprender que sólo hay un camino que conduce directamente a su emancipación: la lucha a muerte contra la dictadura burguesa, con marchamo democrático o sin él, para derruirla a instaurar la República del Trabajo.
El problema queda así planteado en sus términos concretos. Desde 1914 está roto el equilibrio relativo en que vivía la sociedad capitalista. Son posibles aún períodos más o menos breves de reconstitución, de estabilización relativa; pero el capitalismo está ineluctablemente condenado a muerte. Las mismas medidas destinadas a estabilizarlo (racionalización, perfeccionamiento técnico, etc.) originan nuevas contradicciones que le son fatales y determinan el desarrollo de una lucha de clases cada día más envenenada. En esta lucha formidable, que pone en movimiento a millones de hombres, en esta revolución que, para decirlo con palabras del autor de Las dictaduras, marcha con una velocidad vertiginosa y todo lo conmueve, «el Estado, la familia y la manera de pensar de los individuos de ambos sexos y de todas las capas sociales» (pág. 27), nadie puede permanecer objetivamente neutral, sin exceptuar los elementos de mentalidad pequeño-burguesa que, mejor intencionados que clarividentes, sueñan con la posibilidad de una solución democrática pacífica de los irreductibles antagonismos de clase. Dictadura burguesa o dictadura proletaria; no existe solución intermedia. Cuando la lucha está planteada en estos términos, provoca irresistible sonrisa leer en el libro del Sr. Cambó, que comentamos, que el autor se esfuerza en «examinar el problema de las dictaduras como podría hacerlo un hombre de otro planeta» (pág. 45). El leader regionalista, que es todo lo contrario de un utopista pequeño burgués y tiene todas las condiciones necesarias para ser un caudillo de la gran burguesía, comprende perfectamente toda la imposibilidad de colocarse al margen de la lucha y estudiarla con una objetividad desapasionada. Pero como hombre esencialmente político, finge adoptar una actitud que se halla en contradicción manifiesta con su íntima convicción para atraer a los elementos, siempre vacilantes, de la pequeña burguesía. El Sr. Cambó sabe que todo partido político de clase tiene necesidad absoluta de conquistar o, por lo menos, de neutralizar esa masa pequeño-burguesa, mucho más en un país como el nuestro en el cual el peso específico de la gran industria es todavía poco considerable.
Se cuenta que en cierta ocasión el Sr. Cambó dijo: «Me gustaría ser de la izquierda». Esta frase, pronunciada en un momento de expansión, proyecta vivísima claridad sobre lo que constituye el eje de la ideología política del ex ministro de Hacienda. Para él lo esencial es garantizar el dominio de la clase capitalista que representa. Todo lo demás es accesorio. Si en determinadas circunstancias históricas, aquel dominio puede ser garantizado por una política ampliamente democrática, no tiene ningún inconveniente en ser de la izquierda; si el régimen democrático no le ofrece estas garantías, se inclina hacia un régimen de abierta dictadura. Este pragmatismo, dictado por un seguro instinto de clase, explica la posición equívoca que, en el fondo, adopta el Sr. Cambó en la cuestión de las dictaduras.
Andreu Nin i Pérez (El Vendrell, Tarragona, 4 de febrero de 1892 – Alcalá de Henares, Madrid, 20 de junio de 1937), fue uno de los personajes más importantes del marxismo revolucionario en España de la primera mitad del siglo XX. Si bien se integró primero en las filas del Partido Socialista Obrero Español, PSOE, pronto abrazó al sindicalismo revolucionario, ingresando en la CNT, la cual le eligió como delegado al tercer congreso de la III Internacional y al congreso fundacional de la Internacional Sindical Roja. Nin se convirtió en un personaje clave de ambas internacionales aun después de que la CNT abandonara la III Internacional en 1922. Vivió por un tiempo en Moscú, donde perteneció al equipo de León Trotsky. Se adherió a la Oposición de Izquierda a partir de 1926, por lo cual tuvo que abandonar la URSS en 1930. A su vuelta a España, Nin fue clave en la formación de la Izquierda Comunista de España (mayo de 1931), grupo afiliado a la Oposición de Izquierda Internacional, y formó parte de la Alianza Obrera e intervino en los sucesos de octubre de 1934 en Cataluña. Al fusionarse su grupo con el Bloque Obrero y Campesino para fundar el POUM (1935), fue nombrado miembro del comité ejecutivo del nuevo partido y director de su publicación, La Nueva Era. Fue también elegido secretario general de la Federación Obrera de Unidad Sindical (FOUS) en mayo de 1936. En 1937 fue detenido por la policía política soviética, que actuaba clandestinamente en la zona republicana durante la Guerra Civil Española con la connivencia de los mandos comunistas. Luego de ser trasladado a Valencia y a Madrid, fue torturado y asesinado por orden del general Orlov, quien actuaba en nombre de Stalin.



exactamente un individuo,
por Rubén J. Triguero
nueva columna de Martín Cerda
adelanto del nuevo libro de
Javier Payeras
Antología de cosas pasajeras
por Javier Payeras
de Henry David Thoreau,
leído por Rubén J. Triguero