Hoy mismo se pone a la venta oficialmente por parte de la editorial Contraseña la antología de textos de la antigua Roma sobre criaturas y hechos sobrenaturales que ha realizado con meticulosidad y rigor envidiables y erudición pasmosa Gonzalo Fontana Elboj. Compartimos aquí para deleite de nuestros intrépidos lectores el segundo capítulo del libro.

 

Los espectros que hemos visto hasta el momento tenían una característica en común: regresaban a este mundo para entregar sus mensajes a los hombres, generalmente a través de los sueños. Ahora bien: según hemos podido comprobar, los fantasmas fueron adquiriendo más consistencia y, por tanto, mayor presencia en las vidas de los vivos. De ahí que acabaran contaminando también el espacio físico en el que estos se movían. Esto es, en última instancia, lo que acabó por dar lugar al concepto de «casa encantada», un lugar permanentemente habitado por los muertos.

 

  1. La primera casa encantada de la literatura latina

 

Aunque la casa encantada tiene su origen en la Grecia helenística, no tardó en pasar de allí al mundo romano. De hecho, ya en época arcaica constituía un motivo reconocible por el público vocinglero que asistía a las representaciones de las comedias de Plauto y Terencio. Compuesta a comienzos del siglo ii a. C., Mostellaria (La comedia del fantasma) es una pieza de Plauto adaptada de un original griego —no se sabe si de Menandro, Teogneto o Filemón— en la que se documenta el primer caso de casa encantada de la literatura latina. Aquí, el diálogo se desarrolla entre el viejo Teoprópides, un comerciante ateniense, y el astuto esclavo Tranión, decidido a salvar a su joven amo Filólaques, el hijo de Teoprópides. En ausencia de este último, 72 el muchacho se ha dedicado a dilapidar la fortuna familiar y a organizar fiestas con sus amigotes. Sin embargo, Teoprópides regresa antes de lo previsto, y Tranión urde un plan para salvar al joven: encierra a Filólaques y a sus amigos en el interior de la casa, y, a la llegada del viejo, le cuenta que la casa ha quedado vacía porque, al estar encantada, los aterrados miembros de su familia han tenido que huir.

 

Teoprópides.— Largaos de aquí.

Tranión.— ¡No toquéis esa casa! Porque habréis de tocar la tierra.

Teoprópides.— Te ruego, por Hércules, que me digas de qué va este misterio.

Tranión.— Desde hace siete meses, justo desde que nos mudamos, nadie ha puesto un pie en esta casa.

Teoprópides.— ¿Y cómo así? Dime. […]

Tranión.— Aquí hubo un asesinato.

Teoprópides.— ¿Qué? No entiendo.

Tranión.— Aquí, hace ya tiempo, hubo un asesinato, un asesinato antiguo y viejo. Teoprópides.— ¿Antiguo?

Tranión.— Sí, nos acabamos de enterar ahora mismo. […] El dueño asesinó a traición a su huésped con sus propias manos. Y creo que era el que te vendió la casa.

Teoprópides.— ¿Y lo mató?

Tranión.— Tras robarle el oro, acabó con su huésped y lo enterró aquí mismo, en la casa.

Teoprópides.— ¿Y por qué tienes la sospecha de que eso ocurrió así?

Tranión.— Te lo diré. Presta atención. Tu hijo había ido a cenar fuera de casa, y, en cuanto regresó de la cena, nos fuimos todos a la cama. Estábamos durmiendo —y por azar se me había olvidado que la lámpara se había apagado—, y, en ese instante, él empezó a gritar desaforadamente.

Teoprópides.— ¿Él? ¿Mi hijo?

Tranión.— ¡Chitón! Calla y limítate a escuchar. Y nos contó que el muerto le había hablado.

Teoprópides.— ¿En sueños?

Tranión.— Raro se me haría que lo hubiera dicho despierto, pues lo habían matado hacía sesenta años. […] [Y le dijo:] «Soy Diaponcio, un forastero procedente del otro lado del mar. Y vivo aquí porque esta es la residencia que me han dado. Pues el Orco no ha querido que yo vea el Aqueronte debido a que dejé la vida antes de tiempo. Fui engañado por mi buena fe. Mi huésped me asesinó y, sin hacerme un funeral, me enterró a escondidas en esta casa. El muy malvado, por causa de mi oro. Ahora vete de aquí. Esta casa está maldita, es una morada impía». Los portentos que ocurren en este lugar no te los podría contar ni en un año.

Plauto, La comedia del fantasma 468-505

 

  1. Fenómenos misteriosos en la casa natal de Augusto

 

Es de suponer que los espectadores de los teatros romanos se lo pasaban en grande con los enredos del esclavo Tranión. La casa encantada solo existía en la mente crédula del simple de Teoprópides, a cuya costa resultaba tan divertido reírse. Sin embargo, muy otra debía de ser la situación cuando la casa encantada era real y en ella acontecían fenómenos inexplicables.

 

A día de hoy, en la villa de su abuelo a las afueras de Vélitras, todavía se muestra el aposento en el que se crio [el emperador Augusto]: una estancia sumamente modesta y semejante a una despensa. Y entre el vecindario corre la leyenda de que, al parecer, precisamente fue allí donde él nació. De hecho, tienen la arraigada creencia de que, salvo por causa de fuerza mayor —y no sin haber realizado antes los ritos purificatorios correspondientes—, nadie debe acceder a aquel lugar: como si un extraño pánico y una gran consternación se apoderasen de aquellos que entran allí a la ligera. Lo cual también acabó por confirmarse cuando un nuevo dueño de la villa —ya por casualidad, ya para poner a prueba tales rumores— decidió una noche descansar allí, y sucedió que, a las pocas horas, fue sacudido por una fuerza súbita y desconocida, y tras ello lo encontraron ante la puerta de la habitación, casi desfallecido y con el cobertor de la cama entre las manos.

Suetonio, Vida del divino Augusto 6

 

  1. Una carta famosa de Plinio el Joven

 

Llegamos ahora al más famoso pasaje de la literatura latina relativo a lugares malditos: la casa encantada de Atenas de la célebre carta de Plinio el Joven, de comienzos del siglo ii. Ahora bien: antes de adentrarnos en su texto, es preciso recordar que las epístolas de este autor no son auténticas cartas, sino más bien delicadas piezas literarias en las que el escritor hace gala de su cultura y su capacidad retórica. En este caso, Plinio se hace eco de un relato de fantasmas protagonizado por el filósofo Atenodoro de Tarso (74 a. C.-7 d. C.). Independientemente de la historicidad del acontecimiento, lo relevante es que Plinio fue capaz de construir su historia con tal maestría que acabó por fijar los elementos fundamentales de lo que podríamos denominar el género literario de la «casa encantada». De hecho, en su texto ya se puede reconocer la práctica totalidad de los tópicos característicos que dan vida a la literatura de terror: básicamente, el respeto por lo sobrenatural y, sobre todo, el empleo de los recursos del suspense al servicio del miedo y la expectación del receptor. Sin embargo, como ya hemos señalado en nuestro prólogo, las letras romanas, constreñidas por sus prejuicios —y miedos— respecto al relato de origen popular, no fueron capaces de aprovechar lo que pudo haber sido este impulso inicial y dejaron pasar la oportunidad de crear un nuevo género literario, que, de hecho, no cristalizará hasta muchos siglos después con la aparición de la novela gótica.

 

Gayo Plinio a su querido amigo Sura:

Estos ratos de holganza nos ofrecen a ambos una doble oportunidad: a mí, la de aprender de ti; a ti, la de enseñarme. Así pues, mucho desearía saber si, a tu juicio, existen los fantasmas, si tienen sustancia propia y algún tipo de voluntad; o si, más bien, son fantasías inanes y vanas que reciben su forma a resultas de nuestro propio miedo. Yo, de entrada, y por un hecho que, según tengo entendido, le sucedió a Curcio Rufo,54 me inclino a admitir su existencia. Era él todavía un joven oscuro y sin relieve cuando se sumó al séquito del gobernador de África. A última hora de la tarde paseaba por un pórtico, y se le presentó una figura humana de mujer, muy grande y muy hermosa. Quedó sobrecogido, mas ella le dijo que era la propia África y que venía a darle cuenta de su futuro: que, en efecto, iría a Roma y que allí se le conferirían los honores de una gran carrera política; y que, además, regresaría a la misma provincia investido del más alto poder y que allí había de morir. Y todo se cumplió. Por otra parte, se cuenta que, en cuanto llegó a Cartago y desembarcó, esa misma aparición le salió al paso en la playa. Pues bien: Curcio, que ya andaba enfermo, adivinó gracias a sus pasadas experiencias lo que le iba a suceder —y que eso iba a ser malo, ya que los eventos precedentes le habían sido favorables— y abandonó la esperanza de curarse, por más que ninguno de los suyos la hubiera perdido.

Ahora bien: ¿acaso no es más terrorífico y pasmoso lo que te voy a relatar tal como me lo contaron? Había en Atenas una casa holgada y espaciosa, pero cargaba con la mala fama de estar apestada. En el silencio de la noche se oían chirridos de hierros, y, si uno prestaba más atención, se escuchaba primero un lejano resonar de eslabones, que luego reverberaban conforme se iban acercando. Al punto aparecía un espectro: un anciano consumido, demacrado y macilento, de barba crecida y cabellos erizados. Con los pies trabados, cargaba con unas cadenas que iba sacudiendo. Así que los aterrados habitantes de la casa pasaban las noches sin dormir, en vigilias lúgubres y sobrecogedoras. Y la enfermedad seguía a las vigilias, y, con el aumento del temor, a la enfermedad, la muerte.

Incluso durante el día, aunque el espectro desaparecía, su imagen seguía vagando en los recuerdos, y el miedo se prolongaba más tiempo que la causa del propio miedo. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, toda ella abandonada a aquel monstruo. Con todo, y por si alguno, desconocedor de tal calamidad, se animaba a comprarla o alquilarla, la pusieron en venta. Llegó a Atenas el filósofo Atenodoro, leyó el cartel, se enteró del precio y, como era una ganga muy sospechosa, se informó de los pormenores del caso, lo cual todavía lo animó más a tomarla en alquiler.

En cuanto empezó a anochecer, ordenó que le extendieran un lecho en la parte delantera de la casa, pidió tablillas para escribir, un estilo y una luz. Envió a todos los suyos a la parte trasera y dispuso toda su atención, sus ojos y su mano para escribir, no fuera que su mente desocupada le fabricase ruidos imaginarios y miedos sin fundamento.

Al principio, lo mismo que en cualquier otro lugar, solo estaba el silencio de la noche. Mas luego oyó un hierro que se sacudía y unas cadenas que se movían. Él no levantó sus ojos ni tampoco dejó el estilo, sino que fortaleció su ánimo y aguzó sus oídos. Entonces, los ruidos aumentaron; y se iban acercando —como si estuvieran ya en el umbral—; y ya se oían —como si ya lo hubieran traspasado—. Volvió su mirada, miró y reconoció la imagen que le habían descrito. Permanecía de pie y le hacía señas con un dedo, como si lo estuviera llamando. Él, a su vez, le hizo un ademán con la mano para que aguardara un poco y se volvió otra vez a las tablillas y al estilo. El fantasma hacía resonar sus cadenas sobre la cabeza de nuestro filósofo mientras este seguía escribiendo. Al fin, Atenodoro se giró hacia él y vio que le hacía las mismas señas que antes, así que sin más demora tomó la lámpara y lo siguió.

El fantasma iba a paso lento, como si las cadenas le pesaran. Después de girar hacia el patio de la casa, de repente se disolvió y desapareció de la vista de su acompañante, quien, tras quedar a solas, recogió hierbas y hojas que puso en ese punto como señal. Al día siguiente se presentó ante los magistrados y les sugirió que hicieran excavar aquel lugar. Se hallaron unos huesos aprisionados y trabados por cadenas, los restos de un cuerpo que el tiempo y la tierra habían dejado mondos y carcomidos junto a unos grilletes. Una vez recogidos, se les hizo un funeral con cargo al erario público. Tras esto, y habiendo sido sepultados aquellos manes conforme a los ritos, la casa quedó desencantada.

Y yo, claro, doy crédito a quienes me aseguraron estas cosas. Y, por mi parte, también puedo dar testimonio de otra a los demás. Tengo un liberto, un individuo no iletrado, con el cual dormía en la misma cama un hermano pequeño. Y le pareció distinguir a un sujeto sentado en el lecho que movía una navaja sobre la frente de su hermano y le cortaba un mechón de pelo justo en lo alto de la cabeza. Al amanecer encontraron al hermano con la coronilla afeitada y los pelos en el suelo. Poco después, un suceso semejante al anterior confirmó esta historia. Un esclavo que dormía en la escuela junto al resto de sus compañeros contó que dos individuos vestidos con túnicas blancas llegaron a través de las ventanas, lo afeitaron mientras dormía y se fueron por donde habían venido. De igual manera, la luz de la mañana posterior reveló que lo habían rasurado y que sus cabellos habían sido desparramados alrededor de su cama.

Nada digno de mención aconteció después, salvo quizás que no llegué a ser acusado de nada, aunque estaba destinado a serlo si Domiciano, en cuyo reinado sucedieron estas cosas, hubiera vivido más tiempo. De hecho, en su caja de documentos hallaron un libelo referido a mi persona que había sido entregado por Caro. Según esto, puede conjeturarse que, como dejarse el pelo largo es costumbre de los presos, los cabellos cortados de mis esclavos fueron una señal de que yo había esquivado el peligro que me amenazaba.

Por todo ello te suplico que pongas a trabajar tu intelecto en la cuestión. Es cosa digna de que la sometas a consideración algún tiempo, y aun mucho. Y yo no soy indigno de que me hagas partícipe de tu sapiencia. Aunque pongas en la balanza, como sueles, los argumentos de la discusión, con todo inclínate más por uno de ellos en concreto y no me dejes en la incertidumbre y la duda, ya que la causa de mi consulta fue dejar de dudar.

Salud.

Plinio el Joven, Epístolas vii 27

 

  1. El fantasma de Calígula

 

Calígula, uno de los más crueles y vesánicos príncipes del siglo i, murió asesinado en el año 41. Debido a las prisas, no recibió un funeral adecuado, y, por ello, sus manes se estuvieron manifestando de forma aterradora.

 

[Calígula] vivió veintinueve años y gobernó tres años, diez meses y ocho días. Su cadáver, trasladado a los jardines de Lamia, fue quemado en una pira dispuesta de forma apresurada y cubierto con un poco de césped. Tiempo después, y una vez que sus hermanas regresaron del exilio, lo desenterraron, lo cremaron correctamente y lo sepultaron. Hay serios testimonios de que, antes de ello, los guardianes de los jardines eran importunados por fantasmas; y también de que en la casa en la que fue asesinado no pasaba noche en la que no aconteciera alguna escena terrorífica, hasta que la propia casa fue destruida por un incendio.

Suetonio, Calígula 59

 

  1. Un poltergeist en la Galia cristiana

 

El siguiente relato de Constancio de Lyon, escritor cristiano del siglo v, reproduce la totalidad de los elementos que hallábamos en la narración de Plinio el Joven, todo un indicio de que el tópico de la «casa encantada» ya estaba bien asentado y pudo desarrollarse incluso entre los cristianos. Por otra parte, y al margen de los motivos ya presentes en el texto de Plinio, es muy de señalar la presencia en el relato de un nuevo elemento aterrador, un poltergeist en forma de lluvia de piedras, cuyo origen podemos ubicar en los prodigia de la tradición romana. Con todo, la mera lectura del pasaje evidencia que, por eficaces que fueran estas historias —sobre todo en el ámbito de la predicación y los mirabilia de la hagiografía—, lo cierto es que chocaban frontalmente con la ortodoxia cristiana: los muertos no podían cambiar su destino ultraterreno, que era definitivo y solo dependía del juicio divino. Otra cosa es que, como veremos, las casas encantadas siguieron habitando en el imaginario cristiano. El único cambio es que, en lugar de ser territorio de los difuntos, pasaron a ser habitadas por los demonios.

 

En cierta ocasión, [san Germán] estaba de viaje en medio del invierno y había pasado todo el día en ayunas, con lo que se hallaba muy fatigado. Y se vio, pues, en la necesidad —así lo requería la noche que se aproximaba— de buscar cobijo en algún lugar. Había una casa en las cercanías que llevaba largo tiempo deshabitada y había perdido buena parte de su techumbre. De hecho, y debido al abandono, había quedado cubierta por una maleza tan abundante que casi era preferible pasar la noche al raso y en medio del frío antes que adentrarse en aquel horrendo peligro, sobre todo porque dos ancianos de la vecindad le habían explicado que la casa era inhabitable por estar invadida por una terrible infestación. Cuando el bienaventurado varón se enteró de esto, se dirigió a las espantosas ruinas como si fueran parajes amenos. Y en aquel lugar, entre lo que otrora habían sido sus muchas estancias, apenas encontró una sola aceptable como refugio. Hasta allí trasladó su modesto bagaje y a sus pocos acompañantes, los cuales disfrutaron de una cena muy frugal, en tanto que el obispo se mantuvo en ayunas. Después, y ya entrada la noche, uno de los clérigos asumió el menester de la lectura divina, y él, agotado por el ayuno y la fatiga, fue vencido por el sueño. De repente se presentó ante el lector un terrible fantasma que se fue elevando ante sus propios ojos, mientras las paredes se derrumbaban deshechas en una lluvia de piedras. Entonces, el lector, asustado, suplicó la protección del sacerdote. Él se levantó de inmediato, contempló la espantosa imagen y, lanzándole lo primero una jaculatoria con el nombre de Cristo, le ordenó que le dijera quién era y qué hacía allí. El fantasma, tras deponer su horripilante actitud, le respondió con voz humilde y el gesto propio de los suplicantes que él y un compañero suyo habían cometido muchos crímenes y yacían insepultos, y que, como no podían descansar, molestaban por ello a los hombres. Y, además, le rogaban que pidiera por ellos al Señor para que pudieran alcanzar así el reposo eterno. Ante tal declaración, el santo varón se compadeció y le pidió que le mostrara el lugar en donde yacían. Tomó entonces una vela para abrirse paso en la oscuridad, y la sombra lo guio a través de la zona más inaccesible de las ruinas y le mostró el lugar en el que habían arrojado sus cadáveres. Pues bien: cuando el día regresó al mundo, nuestro obispo convocó a los aldeanos de la zona y se plantó ante ellos exhortándolos a que se apresuraran en la tarea. Removieron rápidamente los escombros y en poco tiempo los limpiaron con rastrillos. Y encontraron los cuerpos tirados de cualquier manera y sus huesos todavía encadenados por grilletes de hierro. Cavaron una fosa adecuada y envolvieron en lienzos sus miembros, libres ya de cadenas. Los cubrieron con tierra y recitaron la oración de la intercesión. Una vez logrado el descanso para los difuntos, llegó la paz para 83 los vivos. Al punto de que, tras ese día, floreció aquella casa y, al quedar libre de todo rastro de terror, pudo volver a ser habitada.

Constancio de Lyon, Vida de san Germán de Auxerre ii 10

 

  1. Los muertos abandonan las casas encantadas

 

La llegada del cristianismo al mundo grecorromano cambió la percepción que los vivos tenían de los agentes sobrenaturales. Y es que, salvo casos excepcionales como el precedente, los espíritus de los muertos abandonaron las casas encantadas, y estas pasaron a ser poseídas por entes malignos sin especificar. Así, san Agustín, a caballo entre los siglos iv y v, atribuye ciertos misteriosos acontecimientos acaecidos en una rica villa del norte de África a la intervención de unos espíritus maléficos de los que no parece saber gran cosa.

 

Hay entre nosotros un varón de rango tribunicio, de nombre Hesperio, que es dueño de una finca en la región de Fusala, llamada Zubedi. Tras darse cuenta de que los espíritus malignos estaban azotando violentamente su casa y desgraciaban a sus animales y esclavos, rogó a mis presbíteros —pues yo estaba ausente— que alguno de ellos se personara en el lugar y rezara algunas oraciones para hacer que los espíritus abandonaran la casa. Uno de ellos se presentó allí, celebró misa y rezó lo mejor que supo para poner fin a aquella plaga, la cual, gracias a la misericordia de Dios, cesó de inmediato.

Este Hesperio, por otra parte, había recibido de un amigo suyo tierra santa traída de Jerusalén, en donde Cristo fue sepultado y resucitó al tercer día, y la había 84 colocado en su dormitorio para no sufrir ningún mal. Sin embargo, cuando su casa quedó libre de la posesión maligna, se preguntaba qué hacer con la tierra aquella, pues le tenía un temor reverencial y ya no la quería conservar más tiempo en su habitación. Casualmente, estaba por allí conmigo mi colega en el episcopado Maximino, obispo de la iglesia de Sínita. Nos rogó que nos acercáramos, y allí acudimos.

Y, tras contarnos todo, también nos pidió que la enterráramos en algún sitio, en donde podría levantarse un lugar de oración en el que los cristianos podrían reunirse para celebrar los ritos divinos. No nos opusimos a ello. Y así lo hicimos. Había allí un joven aldeano que estaba paralítico y que, tras enterarse del caso, rogó a sus padres que lo llevaran inmediatamente al santo lugar. En cuanto lo llevaron, comenzó a rezar, y a continuación se recuperó y regresó por su propio pie.

San Agustín, La ciudad de Dios xxii 8, 6

 

  1. De cómo Satanás acabó instalándose en las casas encantadas

 

En el apartado anterior, san Agustín atribuía los males que aquejaban a la casa de Zubedi a un ignoto tropel de demonios sin nombre. Tiempo después, el papa san Gregorio Magno (siglo vi), ya mejor informado sobre la cuestión, consignaba que las casas encantadas estaban ocupadas por el propio Satanás. Y, también durante el reinado de este mismo príncipe, Dacio, obispo de Milán, expulsado de la ciudad por los enemigos de la ortodoxia, se dirigió a Constantinopla y llegó a Corinto. Tras buscar en vano una posada espaciosa en la que alojar a toda su comitiva, vio a lo lejos una casa de tamaño adecuado e inmediatamente dio órdenes de que se le dispusiera alojamiento en ella. Los habitantes del lugar le manifestaron que no iba a poder quedarse allí, ya que, desde hacía muchos años, el diablo habitaba en el lugar, y, por ello, la vivienda había quedado desierta. A lo cual respondió el venerable prelado Dacio: «Si el espíritu maligno ha invadido esa casa y la ha hecho inhabitable para los hombres, por eso precisamente debemos alojarnos en ella». Así pues, dio órdenes de que se le aparejara alojamiento, y lleno de confianza entró en la casa para hacer frente a los ataques del antiguo enemigo de los hombres. Repentinamente, y en el silencio de la noche, mientras el hombre de Dios descansaba, con gritos descomunales y enormes clamores, el enemigo antiguo comenzó a imitar el rugido de los leones, el balido de las ovejas, el rebuzno de los asnos, el silbido de las serpientes, el gruñido de los cerdos, el chillido de los ratones. Despertado por el clamor de tantos animales, Dacio se levantó lleno de ira y empezó a gritar al antiguo enemigo con todas sus fuerzas diciendo: «¡Qué bien te cuadra aquello que dijiste, miserable: “Colocaré mi trono de cara al Aquilón y seré como el Altísimo”!61 ¡Y he aquí que tu soberbia te ha puesto a la altura de los cerdos y los ratones! ¡Tú, que en tu indignidad te negaste a imitar a Dios, he aquí que eres digno de imitar a las bestias!». Ante estas palabras, el espíritu maligno se sonrojó —digámoslo así— al verse tan humillado. ¿O es que no quedó lleno de sonrojo y humillación? Prueba de ello es que ya no regresó nunca más para realizar las exhibiciones de terror que acostumbraba.

San Gregorio Magno, Diálogos iii 4, 1-3

 

  1. La posesa de Cesarea

 

Cerramos este capítulo con un texto del siglo iii. Firmiliano, obispo de Cesarea Marítima, se dirige a su amigo Cipriano, obispo de Cartago, y en su carta le comenta ciertos hechos alarmantes causados por una mujer poseída —no se sabe si por los demonios o por el Espíritu Santo— que decía ser capaz de provocar terremotos, un poltergeist en toda regla.

 

Deseo, por otra parte, poner ante ti algunos hechos que sucedieron entre nosotros y que están relacionados con esa cuestión. Hará unos veintidós años, en la época posterior al emperador Alejandro, acontecieron muchas tribulaciones y adversidades para todos los hombres en general, y para los cristianos en particular. Se produjeron muchos y frecuentes terremotos, al punto de que muchos lugares quedaron destruidos en Capadocia y en el Ponto. Incluso algunas ciudades se hundieron en el interior de la tierra al abrirse el suelo. De ahí que se recrudeciera la persecución contra nosotros. Esta, tras la prolongada paz del período precedente, y al ser una calamidad imprevista y desconocida, acrecentó la confusión de nuestro pueblo. Por aquel entonces, el gobernador de nuestra provincia era Sereniano, un perseguidor implacable y cruel. Quedaron los fieles totalmente aterrados y huían de un sitio a otro a causa del miedo a la persecución. Dejaban sus lugares y se pasaban a otras zonas de la región, ya que no había dificultades para pasar de un lado a otro, pues aquella persecución no era universal, sino solamente local. Y en estas circunstancias surgió entre nosotros una mujer que se presentaba como si fuera una profetisa en estado de éxtasis y hacía como si estuviera poseída por el Espíritu Santo, aunque, en realidad, estaba inducida por los manejos de demonios muy principales; y, así, durante largo tiempo pudo arrastrar y engañar a los hermanos, realizando prodigios y portentos, y llegando a prometer que ella iba a provocar un terremoto.

No es que el poder del demonio fuera tan grande como para mover la tierra o que tuviera fuerza para agitar los elementos. Lo que pasaba es que el espíritu maligno, al saber de antemano que iba a producirse un terremoto, simulaba que iba a hacer lo que advertía que iba a pasar en realidad. Con tales engaños y supercherías había sometido las mentes de ciertos individuos, al punto de que lo obedecían y seguían a quienes él les indicaba. Asimismo, los convenció de que iba a hacer que aquella mujer caminara en pleno invierno con los pies descalzos pisando la nieve congelada y de que en aquel paseo ella no iba a sufrir ningún daño ni perjuicio. Y también le hacía decir que ella se iba a Judea y a Jerusalén, haciéndoles creer que ella venía de allí. Y, de igual manera, engañó a uno de nuestros presbíteros rurales, y también a otro diácono, con el fin de que mantuvieran relaciones sexuales con la mujer, según se descubrió tiempo después.

Así pues, se presentó junto a ella uno de nuestros exorcistas, un varón probado que siempre se había mantenido dentro de la ortodoxia, el cual, a ruegos también 88 de muchos de los hermanos más fuertes y dignos de alabanza en la fe, se levantó contra aquel espíritu maligno para vencerlo. Este, recurriendo a un engaño sutil, también había predicho poco antes que iba a llegar un enemigo hostil e incrédulo. Sin embargo, nuestro exorcista, inspirado por la gracia de Dios, le hizo frente con valor y demostró que el espíritu, ese que anteriormente consideraban santo, era en realidad sumamente malo. De hecho, aquella mujer, instigada por el demonio, ya había maquinado en otras ocasiones muchos engaños y mentiras para confundir a los fieles. Entre las muchas cosas con las que había burlado a tantos, hasta se había atrevido a fingir que podía santificar el pan con una invocación eficaz, celebrar el rito eucarístico y ofrecer el sacrificio al Señor sin la fórmula de las palabras acostumbradas. Y, con el fin de aparentar que no se apartaba en nada de la regla eclesiástica, también solía bautizar a muchos sirviéndose ilegítimamente de las palabras del interrogatorio ritual.

San Cipriano de Cartago, Epístolas 75, 10

 

 

Gonzalo Fontana Elboj (Huesca, 1965) es profesor titular de Filología Latina en la Universidad de Zaragoza. Especialista en Filología Clásica y en Historia de las Religiones, es autor de diversas monografías académicas, de entre las que destacan varias relativas a la religión romana y al cristianismo primitivo: Ager: estudio etimológico y funcional sobre Marte y Voltumna (Universidad de Zaragoza, 1992); El Evangelio de Juan. La construcción de un texto complejo: orígenes históricos y proceso compositivo (Universidad de Zaragoza, 2014) y Los orígenes del cristianismo en Asia Menor (a. 70-135). Textos e historia (Universidad de Barcelona, 2015). Sus investigaciones más recientes están centradas en el estudio de materiales epigráficos de época imperial romana procedentes de Jordania. Es también autor de la traducción de las Obras de Terencio (Gredos, 2008) y coautor, junto con Juan Francisco Comendador, de Como un ayer que pasó (Sibirana, 2021), una pieza teatral que recrea el encuentro entre Antonio Machado y Oscar Wilde en el París de 1899.