Ganadora de la quincuagésima edición del certamen de novela Ciudad de Barbastro, La versión extranjera es una narración que transita entre lo obvio (la visión de la hija que viaja desde el extranjero para visitar a su madre y su hermano) y lo aludido (la sensación simultánea de pertenecer y ser ajeno a la vez a una lengua que nos somete a pensar siguiendo su sintaxis sus procesos mentales y al mismo tiempo se muestra incapaz de dar cancha a lo que queremos sentir, y por lo tanto expresar, con ella).  Publicada por Pre-Textos, les dejamos aquí un adelanto de este nuevo libro de Florencia del Campo.

 

cambiamos de mes en un cambio de era geológica, madre-mora me pregunta si estoy contenta por volverme a mi casa el domingo: yo no tengo casa, pienso, pero eso no se lo respondo, en verdad no le respondo nada, madre tampoco vive en su casa y eso parece pesarle, pesa este nomadismo de historia, esta orfandad de lengua y este viaje que intentaba acomodarlo pero que se ha torcido en tiempo y espacio, ahora la casa de hermano es la de madre y no viceversa y yo ninguna, yo intemperie, y en medio de ese diálogo imposible buscamos manzanas y me sorprende la cantidad de tipos y variedades que hay, es muy difícil hacer una elección en este país, aunque madre me dice que cualquiera, que escoja una, y elijo la verde amarillenta, entonces me dice que me gustaban las rojas, que decía que eran menos ácidas, mi madre me conoce y tiene recuerdos de mí, me estremezco y suelto la manzana y manoteo una de las rojas, pero no llega a ser roja, más bien es como rosada y a pesar de eso, me dice que está bien, como perdonándome todo lo que jamás me ha perdonado, y con la mano donde tiene el anillo agarra seis más de esas para aferrarse a mis faltas, a mis fallos, y antes o después le pregunto, toda rosa yo, como Margaret, como mi cuñada, como cualquier mujer de esta tierra, si es cierto que detesta tanto vivir en casa de hermano, si realmente quiere volverse, y también le pregunto algo sobre mí, pero ya no me acuerdo qué era, es una pregunta muy propia de otro tipo de hija, por eso no la recuerdo, porque salió de una parte de mí que no hace memoria, que no tiene pasado, que no existe, una parte que invento cuando entiendo cosas concretas como que verde no es rojo como que seis es mayor a cinco y menor a siete como que el barniz da brillo como ¿madre me quieres?, sobrepuesta a lo rosado, anclada a la idea de haber sido perdonada, pero no es esa la pregunta, no es tan concreta, es más formal sin perder su condición de estándar, es algo que está entre pedir permiso para poner un cedé de jazz al día siguiente de una tormenta y chequear el funcionamiento de los grifos, no sé, no me acuerdo, no sé si compramos algo más además de manzanas, supongo que vino, leche de almendras y chocolate, o alguna otra estupidez que esta gente come, y luego no hacemos nada, es el día 16 y yo creo que todo termina el 19 cuando salga mi avión, pero todavía no sé que para el 19 no hay relato porque aunque mi avión saldrá, lo que no llega es el final y en su lugar hay plagio, copia, repetición, como un estribillo cuya letra no sabemos porque es en una lengua que no nos pertenece, en una lengua extranjera muy extraña;

madre vas al dentista, madre sales deformada, es la gasa, no te asustes, te pondrás buena muy pronto, pero sangras, madre sangra, hoy es ella, y yo soy madre porque la cuido y si no la cuido yo sangro, entonces intentaré no ser yo la que sangre, buena madre, madre vamos en autobús y madre dices, porque eres terca: no, vamos andando, bueno, madre, está bien, vamos andando, en el camino veo una librería, si no leés nunca, bueno, no sé, déjame entrar, ver no cuesta nada, es de jazz el libro, es visual, atrae, da ganas de mirarlo, y te enfadas, eres pequeña hoy, ¿eh?, ¡vaya!, qué chiquilina más brava, bueno, espera, ya vamos, venga, ahora, me aburro, ya, ya, un minutito más, no, venga, ahora, que me aburro, vete a mirar un librito mientras, ya termino, puf, resoplas, chiquilina brava, y escoges uno con fotos grandes, de platos ricos y suculentos y te metes el dedo en la boca, como si te lo metieras en la nariz, y luego pasas página, y manchas la hoja y vienes cabizbaja y avergonzada y me susurras la metida de pata, vámonos, te doy la mano para irnos juntas y también para cruzar la calle y por suerte nadie nos sigue, y como y tú no comes porque tienes gusto a sangre, yo como por ambas y haría cualquier cosa por ambas, hoy, hija mía, cualquier cosa, eres pequeña y frágil y te amo, eres mi hija, joder, cómo no amarte, mamá, no aguanto más la gasa, te llevo a un baño y la quitamos, no te procupes, y sales desinflada, mamá parezco un payaso triste y siniestro, no, hijita mía, los payasos siempre son buenos y no debes temerles en absoluto, llegamos a casa, te hago la sopa, te acuesto en la cama, te leo un cuento, te quedas dormida y cuando ya no me ocupo de ti me daño la cara y cuando ya regreso dañada te sobrepones a mi dolor a tu dolor al dolor de todas las madres y de todas las hijas de todas las eras geológicas y me pones paños porque mi mano, pues, no, vaya, qué pena, mi mano… mi mano no alcanza, y entonces aparece hermano, de alguna manera, no es físico, pero sé que está hermano y que soy su hermana y ya no madre, por eso voy al baño cuando ella, que sí es madre, se acuesta a dormir la siesta, y regreso a mi cuerpo como quien regresa a una herida de tres, la herida triángulo, y ni siquiera por la noche, cuando madre se inclina sobre mí y me cura solo la cara aunque también tengo otras partes del cuerpo igual o más graves, ni siquiera en ese momento estamos solas a pesar de ser la escena más íntima con madre desde que tengo recuerdos o desde que tengo esta amnesia extranjera de la historia, y aunque no lo veo sé que hermano está alrededor nuestro, pero yo te miro a ti, madre, a ti que te inclinas sobre mí para curarme las heridas que menos me duelen y lo haces con la calma de una madre que está recompuesta de sus propias heridas, como todas las madres moribundas que por un instante se mienten y se recuperan, así, inclinada sobre mí, te veo a dos días de tomarme un avión y no volver a verte nunca más en la vida porque morirás y yo no volveré antes a visitarte según tu pronóstico de mi comportamiento hipócrita de hija huérfana, pero, madre, puede que sea mucho peor que eso incluso: puede que no dejemos de vernos nunca la cara porque esta historia no acabe, aunque olvidemos con la amnesia nuestra y con la ajena que el día 17 dos mujeres rotas se lamieron las heridas mientras un lobo las circundaba;

 

Florencia del Campo (1982) nació en Buenos Aires, y desde el año 2013 vive en Madrid. Es Editora por la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y cursó, además, estudios en Letras y Cine. Su primera novela publicada en España se titula La huésped (Base Editorial, 2016). Con ella, la autora resultó finalista del Premio Equis de Novela Corta 2014. Su siguiente novela publicada es Madre mía (Caballo de Troya, 2017). Con La versión extranjera resultó ganadora del “L Premio de Novela Ciudad de Barbastro”.