La reedición por parte de LIbros Corrientes en un volumen único de La peste parda y Fascismo y capital es uno de los hitos editoriales de este 2024 que se acaba. Daniel Guérin puede ser quizás hoy, en este mundo de redes sociales y mensajes de 140 caracteres o reels de un minuto, una figura poco conocida: nacido en el seno de una familia de la burguesía liberal parisina, Daniel Guérin (1904-1988) se convirtió en una figura destacada de la extrema izquierda francesa del siglo XX. Su activismo y sus obras han tenido y siguen teniendo una influencia internacional. Desde el Jeune homme excentrique de los años veinte hasta el anciano que se unió a los estudiantes parisinos en diciembre de 1986, Daniel Guérin siempre estuvo en la vanguardia de la lucha por la liberación. Se posicionó desde sus inicios contra el sistema colonial y cuestionó el sionismo; fue un actor clave en los movimientos populares de 1936 (Front Populaire, révolution manquée) y mayo de 1968; y estuvo en primera línea de la lucha por la liberación de las minorías, desde los negros estadounidenses (La décolonisation du Noir américain, de l’Oncle Tom aux Panthères Noires; Les Africains du nouveau monde) hasta los homosexuales (Shakespeare et Gide en correctionnelle; Kinsey et la sexualité, Homosexualité et révolution). Ni su lucha irreconciliable contra el capitalismo ni su rechazo del callejón sin salida socialdemócrata le llevaron a transigir con el régimen leninista-estalinista. Visceralmente apegado a la verdad y a la honestidad en política, consagró su vida y su obra a la búsqueda de una síntesis entre el marxismo y la tradición libertaria (Ni Dieu ni maître; Pour le communisme libertaire). El compromiso de Guérin con causas tan diversas podría parecer heterogéneo. Sin embargo, él lo veía como un proceso de liberación total, en términos socioeconómicos, raciales y sexuales (Autobiographie de jeunesse : d’une dissidence sexuelle au socialisme).  Desde este punto de vista, el planteamiento de Guérin fue pionero y sigue estando en el centro de los actuales problemas. Guérin expresó su rechazo al fascismo mediante un activismo incansable y la publicación de dos libros. El primero, La Peste brune, es un relato de primera mano de sus viajes a Alemania en 1932 y 1933, justo antes y justo después de que Hitler tomara el poder, en dos series de artículos periodísticos. El segundo, Fascisme et grand capital, es un análisis más teórico de los casos italiano y alemán. Publicado originalmente en 1936 y reeditado desde entonces en varios idiomas, este ensayo ha encontrado un lugar importante, aunque controvertido, en la historiografía del fascismo. La actualidad política de muchos países confiere a estas dos obras un eco fuerte e inquietante. Libros Corrientes las presenta ahora en dos volúmenes separados, enriquecidos con extractos de una minuciosa biografía de Daniel Guérin titulada A Life in the Service of Revolution: Daniel Guérin, 1904-1988, esta biografía está siendo escrita actualmente por David Berry, de la Universidad de Loughborough (Reino Unido). Aquí le dejamos a nuestros inquietos lectores la introducción que el mismo Guérin antepuso a La peste parda.

Cuando el fascismo nos aventajaba

El texto que viene a continuación, y que hace las veces de introducción al conjunto de escritos reunidos en el presente volumen, fue redactado en la primavera de 1954. La revista Les Temps Modernes, que a la sazón preparaba un número especial sobre «La izquierda», me pidió que escribiera sobre la década fatal en la que el fascismo aventajó incesantemente a las fuerzas obreras y democráticas. Pero el artículo en cuestión, aunque llegó a estar compuesto, fue rechazado por la revista. Luego ha sido publicado dos veces en forma de folleto.[1] Para actualizarlo me he limitado a modificar algunas líneas de la conclusión.

En los albores de la década de 1930-1940 en la que había que enfrentarse al fascismo y vencerlo, so pena de quedar sepultados por él, la izquierda francesa ofrecía un lamentable espectáculo: el de la división, la petrificación y la impotencia. No es que estuviese tan deteriorada como hoy. Aún estaba viva, abundaban en ella los hombres que no carecían de personalidad, ni de temperamento, ni de experiencia. Reflejaba aún los rayos de un pasado glorioso. Aún no habían permitido que se perdieran las tradiciones del socialismo y del comunismo clásicos; unos estaban aún impregnados de Guesde y de Jaurès y los otros iluminados por la prestigiosa epopeya de la Revolución rusa y de los primeros años de la Internacional comunista, una de las más fecundas experiencias de la historia humana.

Pero la izquierda francesa se había instalado, atascado, en la escisión obrera. Para ella el hábito de la lucha fratricida se había convertido en una segunda naturaleza. Sus dos ramales habían quedado completamente paralizados.

Por una parte estaba la veterana SFIO [Sección Francesa de la Internacional Obrera], que aún ejercía su influencia sobre ciertos sectores de la clase obrera y que seguramente era mucho más «de izquierdas» (al menos en las palabras) que el actual partido de Guy Mollet, también estaba más apegada que este último a la «democracia interior» y no estaba aún corrompida por el ejercicio del poder, pero sí atrapada en la colaboración de clases, en un electoralismo miope y dilapidaba sus últimas energías en repetir las monótonas letanías de su polémica con los «escisionistas de Tours».

Por otra parte, el Partido Comunista, numéricamente mucho más débil que en la actualidad, «izquierdista», sectario, incluso aventurista y hundido hasta el cuello en la denuncia cotidiana de los «social-traidores» y esforzándose en disimular, bajo las consignas grandilocuentes y extremistas del «Tercer Periodo» la coexistencia pacífica con el mundo capitalista que Moscú pensaba necesitar para —en teoría— «construir el socialismo sobre una sexta parte de la superficie del planeta» —en la práctica— para consolidar el poder de una nueva burocracia.

Este movimiento dividido, anquilosado, negativo, con su vista estorbada por enormes anteojeras era el que, a lo largo de toda la década, iba a ser despertado de golpe por una serie ininterrumpida de acontecimientos imprevistos, sorprendido por gigantescos sucesos que no presintió ni dirigió y arrancado una y otra vez de su pasividad por fuerzas adversas más agresivas.

En primer lugar, la sorpresa de la crisis económica mundial que estalló a finales de 1929 y que, si bien le supuso, sobre el papel, un triunfo fácil y una justificación bien acogida, aunque imprevista, de su teoría, en realidad le cogió absolutamente desprevenido: los dirigentes del Kremlin, que habían apostado secretamente por la estabilización temporal del mundo capitalista, no resultaron menos sorprendidos (a pesar de sus afirmaciones en contra) que los ingenuos socialdemócratas, que se habían dejado atrapar en el espejismo de la «prosperidad americana».

Y unos meses más tarde llegó la sorpresa de las elecciones alemanas del 14 de septiembre de 1930 en las que los nazis obtuvieron 107 escaños en el Reichstag (en vez de los 12 que tenían hasta el momento) en medio de un enorme estrépito de taconazos y de ¡Sieg Heil!

Bruscamente, sin haber tenido ni siquiera el tiempo de verlo venir y de hacer como si lo exorcizara, la izquierda francesa, escolástica y prisionera de sus antiguas fórmulas, tenía ante sí el espectro casi desconocido del fascismo.

Sin embargo, la amenazadora aparición no era del todo nueva. Hacía ya ocho años que esa afección, aún mal diagnosticada por la medicina socialista, se había apoderado de la vecina Italia y la había fulminado. Pero la izquierda no se había tomado nunca demasiado en serio el fenómeno transalpino. Había vituperado a los asesinos de Matteotti como era debido y luego había recuperado el tono jocoso. Paul-Boncour había lanzado su: ¡César de Carnaval! No habían querido admitir que se trataba de una enfermedad contagiosa y que las mismas causas podían provocar en otro sitio los mismos efectos. Incluso en Italia los socialistas se habían reído a carcajadas poco antes de la «Marcha sobre Roma». En cuanto a los comunistas, se habían condenado a negar el peligro fascista afirmando que las diferentes formas de dominación burguesa eran idénticas sin importar que ostentasen la etiqueta «democrática» o la etiqueta «fascista». Después de la derrota, los vencidos italianos fueron los primeros en convencer a sus hermanos de los demás países occidentales que no tenían por qué temer un accidente similar: jamás se produciría una marcha sobre Berlín; la República de Weimar estaba a salvo de cualquier ataque. Y los buenos alemanes, en su orgullo beatífico, se dejaron convencer: socialdemócratas y comunistas proclamaron al unísono que la clase obrera alemana tenía una educación política demasiado elevada, «un aplastamiento tan brutal de la democracia» era impensable en el país de Goethe. El fascismo sólo tenía posibilidades en los países atrasados y semi-agrícolas, etc, etc.

La sorpresa del 14 de septiembre de 1930 no había bastado para abrir los ojos a esos ciegos. En la víspera misma de la victoria hitleriana, a finales de 1932, los redactores de Vorwärts y los de Die Rote Fahne, se obstinaban en emitir oráculos según los cuales el nacionalsocialismo no exhalaba ya más que el olor de un «cadáver podrido». Léon Blum tuvo, como vemos, alguna excusa cuando en aquellos momentos pronosticaba, en un artículo excesivamente célebre, la decadencia y el fracaso final del Führer.

Pero las «reacciones en cadena», como decimos hoy, siguieron sorprendiendo a nuestra izquierda a un ritmo inexorable. El 30 de enero de 1933 se produjo la sorpresa de la toma del poder por el nacionalsocialismo a la que siguieron de cerca el incendio del Reichstag y la declaración de fuera de la ley, o fuera de combate, del movimiento obrero alemán.

Finalmente, la izquierda francesa sintió que tenía la soga al cuello. Interceptar el camino a la epidemia fascista se convirtió para ella en una cuestión de vida o muerte. El juego que consistía en denunciar —en teoría— al régimen capitalista aplazando su destrucción para el día del juicio final y preparándose para entonces un lecho mullido, dejó de ser seguro. Había que pensar en defenderse so pena de perecer.

E incluso en esa hora de pánico hubo aún entre nosotros militantes obtusos a quienes el calvario de la lejana Alemania no quitó el sueño: los «macaronis» italianos se habían entregado a Mussolini porque tenían debilidad por el oropel y lo superlativo; los «boches» habían cedido ante Hitler porque añoraban el paso de la oca; pero nosotros los franceses éramos demasiado «duros» como para caer en la trampa. La izquierda tenía también sus pequeños burgueses a quienes no gustaba nada que se les alarmase. Todavía oigo a la llorada Suzanne Buisson, de la Federación Socialista del Sena, cuando exclamaba: «¡Queridos amigos, a fuerza de clamar contra el peligro fascista lo vais a hacer nacer!». Unos años más tarde moriría a manos de los verdugos nazis.

El vertiginoso desmoronamiento de la democracia alemana y la nueva reacción en cadena que consistió, al año siguiente, en el sangriento aplastamiento del proletariado vienés y la extensión siniestra y continua de la mancha fascista, todo clamaba, todo hacía indispensable y urgente el remozamiento de los conceptos y de los métodos de lucha de la izquierda francesa. Antes de que fuese demasiado tarde tenía que librarse del estancamiento y la fosilización de su bagaje doctrinal, pero también de la división: para sobrevivir tenía que apresurarse en restablecer la unidad de la clase obrera.

Pero no hay nada más difícil que reunir los pedazos que hace años que han adquirido la costumbre de una existencia separada. O más bien, nada es más difícil que inducir a los dueños de los feudos electorales o sindicales a que sacrifiquen las posiciones conquistadas en aras de la unidad obrera. Porque, en lo que se refiere al proletariado propiamente dicho, su instinto de clase elemental no le engañaba y jamás había dejado de aspirar al restablecimiento de esa unión que hace la fuerza. Pero, dificultad suplementaria, el problema de la unidad tenía su solución fuera de Francia. El movimiento obrero francés solamente tenía oportunidad de ser reunificado si eso agradaba a los dirigentes del Kremlin. Y, en el periodo que precedió a la derrota alemana y por razones tan oscuras o tan poco confesables[2] que, en el fondo, no han sido nunca aclaradas por completo, éstos habían llegado al extremo de tratar a la socialdemocracia y al fascismo de «hermanos gemelos» e incluso llegaron a obligar en cierta ocasión a los comunistas alemanes a unir sus boletines de voto con los de los nazis. Las crueles lecciones de la derrota que la chispeante pluma de Trotski acababa de plasmar,[3] ¿podrían hacerles renunciar a estas tácticas suicidas?

En Francia se intentaron algunas gestiones aisladas para salir de la impotencia y de la división, pero sin éxito…

Desde 1931 un comité de veintidós eminencias sindicalistas pertenecientes a la minoría de la CGT y de la CGTU y, al mismo tiempo, a organizaciones autónomas, había lanzado un manifiesto en favor del restablecimiento de la unidad sindical. Su acción, coreada cada semana por el periódico Le Cri du Peuple, no había dejado de obtener respuesta. Pero finalmente fue laminado por las poderosas direcciones de las dos centrales obreras rivales: la minoría no comunista había sido simplemente expulsada de la CGTU y, viéndose suspendida en el vacío, había permitido que la recogiese la burocracia de Léon Jouhaux; con lamentable precipitación había franqueado el «Rubicón» del reformismo.[4]

Seguidamente, en 1933, después de la catástrofe alemana, un determinado número de militantes revolucionarios franceses, socialistas o sindicalistas de izquierdas y antiguos comunistas, se reunieron con los refugiados alemanes más representativos pertenecientes a tendencias políticas similares. Juntos intentaron extraer lecciones políticas de la derrota y repensar los fundamentos teóricos y las modalidades prácticas de su acción. Pero no llegaron a resultados tangibles o, cuando menos, inmediatos. La derrota estaba aún demasiado cercana y las cuestiones personales y rencores sectarios agravaban la miopía de los emigrados transrenanos. No supieron decirnos claramente por qué habían sido vencidos y cómo debíamos actuar para evitar esa derrota.[5]

Y entonces, cuando las «reacciones en cadena» continuaban aventajándonos, surgió la sorpresa del 6 de febrero de 1934. Esta vez el fascismo estaba en nuestra puerta. Se había adueñado de nuestras calles. Pretendía tomar posesión de nuestro París. Corrió la sangre. La plaza de la Concordia y los Campos Elíseos reflejaron los resplandores del incendio. En nuestras filas la confusión y el sobrecogimiento fueron indescriptibles.

Los socialistas se habían desacreditado con Léon Blum, que la misma víspera sonreía a los políticos radicales corrompidos, a los protectores del estafador Stavisky, a los ladrones que habían proporcionado el pretexto al motín fascista.

Los comunistas no se habían comprometido en menor grado al gritar «abajo los ladrones» junto con las bandas del coronel. La Rocque y desfilando junto a ellos, codo a codo, a lo largo de toda la rue Royale (lo vi con mis propios ojos). Al darse cuenta, demasiado tarde, que habían llevado el agua al molino fascista, intentaron un arreglo acrobático al lanzar, el 9 de febrero, a sus tropas de choque (obreros muy valientes) contra la policía parisina.

En este vacío, la clase obrera organizada no perdió la cabeza. Y cuando el hábil Jouhaux, instigado, según dicen, por uno de los ministros dimisionarios del 6 de febrero y, para canalizar por vías no violentas la protesta popular, lanzó la orden de huelga general de veinticuatro horas el 12 de febrero, los mismos trabajadores, sin la menor vacilación, con una unidad disciplinada, dijeron «no» al fascismo.

Pero este reflejo de la defensa no había hecho más que remediar lo peor. Si, a corto plazo, impidió a los fascistas el acceso al poder, fue en beneficio de un gobierno de «unión nacional» que no era del todo libre frente a la Croix de Feu. Se había tapado la brecha, pero el peligro seguía ahí.

Sin embargo, la izquierda se había repuesto. Finalmente había tomado conciencia de toda la gravedad del peligro fascista. Y el coronel De La Rocque (que resultó ser un fantoche) la ayudó, sin quererlo, a tomar conciencia de sí misma. El espantapájaros del fascismo actuó como una potente levadura del renacimiento revolucionario, al mismo tiempo que contribuía a reunir las ramas divididas de la izquierda francesa.

Algunas iniciativas afortunadas aceleraron esa recuperación. Especialmente en Saint-Denis, Jacques Doriot (el futuro renegado) agitó la bandera de la sublevación contra la dirección del PC que se obstinaba en rechazar la unidad de acción contra el SFIO (o que no la aceptaba más que «en la base»), y la dirección del PC, amenazada con quedar desbordada, obtuvo de Moscú esa carta blanca para la unidad de acción «en la cumbre».

Pero en ese preciso momento, en que podía pensarse que la izquierda había salido definitivamente del atolladero, en ese momento en que era lícita cualquier esperanza,[6] una nueva desgracia se abatió sobre ella. Los dioses del Kremlin, pasando bruscamente de la intransigencia al oportunismo, obligaron a nuestros camaradas comunistas a solicitar la alianza con un partido burgués cuya corrupción había provocado, en gran parte, el auge fascista: el partido radical-socialista. En vez de transformar la unidad de acción «en la cumbre» en una unidad orgánica, basada en un programa mínimo intermedio de lucha contra los trusts y de transformación social, en vez de ampliar este bloque obrero hasta convertirlo en un Frente Popular que agrupase, alrededor de la clase obrera, a la mayoría de las clases medias y de los pequeños campesinos depauperados, los jefes del PC se dejaron atar de manos por el Sr. Daladier.

El pretexto que les hicieron invocar para justificar esta desafortunada alianza fue la preocupación de privar al fascismo de las clases medias. En 1935, las clases medias acababan de ser descubiertas (o redescubiertas) por la izquierda francesa. Hay que reconocer que el socialismo clásico las había descuidado un poco. Había anunciado, con cierta precipitación y con una satisfacción ostensible su desaparición, bautizándola con un término poco afortunado y científicamente inexacto: «proletarización». Pero se habían dado cuenta de que las muy taimadas se obstinaban en sobrevivir, eso sí, en un estado de creciente depauperación y de que la crisis del régimen capitalista podía fanatizarlas de repente. Habían sido ellas las que, presas de una locura colectiva, habían vestido, en los países vecinos, camisas de diversa coloración y andaban a la greña con los proletarios que les habían sido designados como chivos expiatorios de sus desgracias. Era, pues, urgente impedir que las clases medias escuchasen los cantos de las sirenas fascistas. ¿Cómo? Aliándose al partido radical-socialista, respondieron los augures del PC, el partido de las clases medias por excelencia. El argumento sólo tenía un defecto: evidentemente no se podía poner fin a las tribulaciones de las clases medias más que asestando un golpe decisivo al capitalismo que las arruinaba. Pero al asociarse con partidos burgueses que recibían sus consignas del todopoderoso Horace Finaly, de la Banque de París et des Pays-Bas, y que, por consiguiente, no querían hacer daño al régimen capitalista, y al permitir simultáneamente, para dar garantías a la clientela obrera, que esta última emprendiese una acción reivindicativa, respetando el orden social establecido, se corría el peligro de agravar más aún —en vez de mejorar— la incómoda situación de las clases medias, cada vez más atrapadas entre el gran capital y el proletariado y de arrojarlas, por desesperación, a los brazos del fascismo de donde precisamente se deseaba apartarlas.[7]

Pero para los jefes del PC el eslogan de las clases medias no era, en el fondo, más que un pretexto. La verdadera razón de su conclusión con los dirigentes radicales era muy distinta. Su inspiración estratégica venía de fuera. Stalin, repentinamente asustado por la victoria del hitlerismo que había facilitado de una forma tan extraña y tan imprudente, intentaba proteger a la URSS contra una eventual agresión alemana bailando con las potencias occidentales «la ronda de las democracias». Necesitaba, por tanto, reconciliarse con los políticos franceses de los que se suponía que eran partidarios a la vez de una política de firmeza frente a la Alemania hitleriana y de la alianza franco-soviética, en este caso el partido del Sr. Daladier.

El Frente Popular, a pesar de las inmensas esperanzas que despertó y de las fervientes multitudes que convocó, adolecía desde un principio de una tara congénita, era impotente. En otro lugar he relatado detalladamente cómo, a pesar del sublime arranque proletario de junio de 1936, rápidamente frenado por los mismos jefes de la izquierda, finalmente se vio obligado a capitular sin gloria ante el «muro de oro» y cómo la brutal represión de la huelga general del 30 de noviembre de 1938, realizada por el Sr. Daladier en persona, puso punto final al movimiento profundo de todo un pueblo. Esta severa derrota desmoralizó seriamente a la izquierda francesa. Se había preparado el lecho en donde, un poco más tarde y con la ayuda de la invasión alemana, se instalaría una variedad francesa del fascismo.

Pero mientras tenía lugar en nuestro país la experiencia que acabamos de mencionar, la mancha de aceite del fascismo continuaba extendiéndose a nuestro alrededor. En julio de 1936 tuvo lugar al otro lado de los Pirineos el imprevisto y sorprendente pronunciamiento franquista. Esta vez, al menos, la clase obrera demostró que había comprendido la lección de los países vecinos. Se defendió atacando. Tomó al asalto las ametralladoras que la apuntaban. Aventajó al fascismo haciéndose con el poder.

Pero los jefes de la izquierda española le impidieron explotar su victoria (la única victoria auténtica que registró durante esta década la izquierda internacional). El reformismo surgió al otro lado de los Pirineos siempre igual a sí mismo, es decir, vacilante y timorato. El anarquismo, que por primera vez había de enfrentarse con la prueba que supone una victoria, sobresalió en materia de autogestión agrícola e industrial pero, pasando de un exceso de violencia infantil al oportunismo, cometió el error de dejarse atar de manos al participar en los gobiernos republicanos burgueses. En cuanto al comunismo, minoritario en un principio y que era el único que sabía a dónde quería llegar y que no estaba paralizado por ningún escrúpulo respecto a los medios, consiguió captar la revolución española, no en provecho del pueblo español, sino en beneficio de la política exterior del Kremlin. Y la URSS no deseaba ni una victoria de Franco, apoyado por las potencias del Eje, ni una auténtica revolución proletaria que le hubiera llevado a romper con el gobierno británico y la City londinense, sus padrinos en la «ronda de las democracias».

Pero el juego era demasiado sutil y Stalin lo perdió al final como lo había perdido en Alemania cuando aún era posible cerrar el paso al nacionalsocialismo. Frenar la victoria del proletariado español, impedirle que adoptase audaces medidas socialistas y especialmente llevar a cabo una revolución agraria que le hubiese valido la adhesión incondicional de los campesinos, obligarle a compartir el poder con los burgueses liberales mientras se aplastaba sangrientamente a su vanguardia catalana, suponía privarle de sus recursos políticos, que le hubieran permitido derrotar al fascismo español con más seguridad que los recursos militares (que, por otra parte, la URSS dispensaba con cuentagotas). La izquierda francesa se sintió un poco más cercada y también era por su culpa, porque el gobierno de Blum se había negado a entregar armas a los republicanos, o se las había entregado bajo cuerda y en cantidades muy insuficientes.

El drama español no supuso para la izquierda francesa solamente un nuevo motivo de alarma y una nueva fuente de desmoralización. También la colocó en una temible contradicción de la que en adelante sería prisionera: al peligro fascista interior, es decir, al temor de que la mancha de aceite de la contrarrevolución no terminase por embeber nuestro propio país, se añadió el peligro fascista exterior, es decir, la eventualidad de un conflicto armado con las potencias del Eje. En cierta medida la guerra civil española prefiguraba ya la Segunda Guerra Mundial: las armas, los aviones, los estrategas y los hombres procedentes de la URSS y de Occidente se habían enfrentado a las armas, los aviones, los estrategas y los hombres procedentes del Eje.

Y la izquierda francesa no podía ignorar tampoco —su minoría consciente lo percibía con claridad— que, detrás de la aparente antinomia entre las «democracias» y las «dictaduras», se perfilaba una guerra de bandas entre dos grupos de potencias imperialistas, llamadas unas «agresivas», porque carecían de materias primas y de salidas y les urgía realizar, por la fuerza de las armas, un nuevo reparto del mundo y otras que recibían el nombre de «pacíficas» porque estaban bien provistas y decididas a oponerse a ese reparto. ¿Incitar al gobierno de Francia a entrar en guerra con Alemania porque el gobierno de esta última era fascista no suponía para la izquierda francesa concluir una unión sagrada con los plutócratas de nuestro propio país, ayudarles a defender su botín colonial e imperial que se había visto aumentado con el tratado de Versalles, fortalecer su dominación sobre el pueblo francés y quizás preparar de esta forma el camino a una modalidad francesa del fascismo?

Pero el dilema tenía otra cara. Nuestra burguesía estaba dividida en dos veleidades contradictorias: por una parte la voluntad imperialista de defender sus privilegios, aunque fuese a costa de una guerra, por otra, la solidaridad de clase que ya había demostrado antaño al vencedor en 1871 y que le inspiraba la indulgencia (e incluso la simpatía) para con los regímenes «fuertes» de Italia y de Alemania y un secreto deseo de llegar con ellos a un entendimiento en contra del proletariado. Este cálculo conduciría a los Sres. Daladier y Chamberlain a Múnich y luego convencería a un amplio sector de la burguesía francesa para que considerase como una bendición la derrota militar de 1940 que le permitió instaurar la dictadura de Vichy. Aplaudir a los «muniqueses», apremiar a nuestro gobierno a que llegase a un acuerdo con Hitler, porque una guerra contra él hubiese sido imperialista, ¿no significaban estas cosas para la izquierda francesa formar una unión sagrada con aquellos de nuestros burgueses que preferían hincar la rodilla ante el fascismo interiorantes que inclinarse ante el proletariado?

La larga serie de «reacciones en cadena» que no habíamos sabido detener desde 1930 nos había conducido finalmente a no tener otra elección que la alternativa entre la guerra o el fascismo. En realidad hubimos de soportar a ambos, la guerra y el fascismo.

Y este dilema en el que nos debatíamos inmediatamente antes de 1939 cavó entre nosotros enormes fosos. Mientras que el peligro fascista interior había actuado sobre nosotros como un poderoso fermento de unidad y, para cortarle el paso, habíamos acabado por silenciar nuestras rencillas, el peligro fascista exterior nos dislocó. Su consecuencia directa fue una escisión en el seno de la SFIO, la izquierda revolucionaria se negaba a formar parte de la unión sagrada a la que Léon Blum había llevado a su partido. Y cuando, después de su exclusión, esta minoría fundó el Partido Socialista Obrero y Campesino, no tardó en disgregarse. Unos no dudaron en apuntar sus armas contra Hitler (olvidando el carácter imperialista de la futura guerra) y otros se sumieron en un pacifismo piante, no menos ciego, e imploraron la paz a cualquier precio de acuerdo con los «muniqueses» y con el futuro régimen de Vichy. Se podía contar con los dedos de una mano a los que no se inclinaron ni de un lado ni de otro.

Mientras que la izquierda francesa vivía las últimas horas de su agonía en medio de una impotencia total y de un desorden mental no menos grande, las sorpresas se sucedían a intervalos cada vez más breves: el Anschluss de Austria, la domesticación de Checoslovaquia, el pacto germano-soviético, la invasión de Polonia y luego, después de un periodo de coma que se prolongó hasta la primavera de 1940 y que entró en la historia con el nombre de «drôle de guerre», la última sorpresa del desastre militar, de la invasión, del advenimiento del Mariscal. Le tocaba a Francia conocer la vergüenza del fascismo y de un fascismo que no solamente nos vino impuesto del exterior. Porque el régimen de Vichy, y esto se olvida con demasiada frecuencia en nuestros días, aglutinó a una buena parte de nuestras clases medias y no fue solamente un subproducto de la ocupación alemana.

Queda por investigar, tan brevemente como sea posible, el porqué de esta derrota. Nosotros, los supervivientes sin orgullo de la década de 1930-1940, debemos a la juventud, que con justicia es desconfiada y severa, no la entonación del mea culpa, que no serviría de nada, sino la explicación de cómo pudimos perder las riendas de nuestro propio destino.

La explicación primordial hay que buscarla en las profundidades de la «infraestructura». Todo ese barullo tuvo como causa esencial la crisis del sistema capitalista y no solamente la crisis cíclica, sino la crisis permanente, cuyos primeros síntomas se manifestaron a finales de 1929. Porque sería absurdo atribuirlo, como lo hizo Freud, a no se qué instinto biológico de destrucción y de muerte inherente a la naturaleza humana sería falso y acientífico hacer responsable a una voluntad demoníaca hacia una alienación mental de las empresas fascistas y guerreras que desembocaron en el gran derrumbamiento de los años 1939-1940.

Tampoco sería exacto sostener que la guerra fue producto del fascismo. El fascismo y la guerra ambos fueron consecuencias, consecuencias diferentes, aunque imbrincadas, de una sola y única causa. Tomaron raíces en la misma tierra, ambos fueron, cada cual a su modo, frutos de un monstruoso sistema que se había convertido en un obstáculo para el progreso humano, de un mecanismo económico irremediablemente frenado. Radek dijo un día que la dictadura fascista son los aros de hierro con los que la burguesía intenta consolidar el tonel desfondado del capitalismo. La misma imagen vale para la guerra.[8] Ambas tienen por objeto prolongar artificialmente, por medios de excepción, un modo de producción y de apropiación periclitado que no podía sobrevivir por medios regulares y pacíficos: el Estado fuerte, por una parte, el armamento a ultranza por otra, han sido —y son hoy todavía— los supremos registros a través de los cuales la burguesía se esfuerza en renovar la pitanza sin la que moriría de inanición: el beneficio.

Y en este punto, para disipar una confusión que el fascismo ha mantenido adrede es desgraciadamente necesario precisar que el «tonel» del que habla Radek no ha sido desfondado por los hachazos del proletariado. La ola de fondo provocada por la Revolución de Octubre se había retirado desde hacía tiempo de toda Europa cuando el fascismo hizo su entrada en escena. Clara Zetkin ha destacado con razón que el fascismo no ha sido, como pretende, la «respuesta de la burguesía a un ataque del proletariado», sino más bien «la expresión de la decadencia de la economía capitalista». El tonel se ha desfondado por sí mismo. El fascismo intentó justificarse presentándose como «un reflejo de defensa». Pero el orden establecido apenas si estaba amenazado por la clase obrera cuando éste descargó sobre ella su garrote. En ningún momento en Italia la ocupación de las fábricas adoptó (a pesar de su carácter revolucionario) el aspecto de una conquista revolucionaria del poder y hacía ya un siglo que había cesado cuando los magnates del gran capital italiano alzaron a Mussolini al poder. En ningún momento el proletariado alemán, dividido y desorientado por sus jefes, había puesto seriamente en peligro a la sociedad burguesa, a pesar de su indiscutible madurez revolucionaria. Cuando los hombres de negocios reunidos con el banquero Von Schröder decidieron llamar a Adolf Hitler a la cancillería del Reich.

No fueron los excesos revolucionarios ni proletarios, sino, por el contrario, las deficiencias de sus malos pastores las que contribuyeron a la victoria del fascismo. La primera derrota de la izquierda tuvo lugar en 1918 cuando los obreros alemanes no fueron capaces de aprovechar la caída del régimen imperial y la derrota militar para conquistar el poder y unirse a sus camaradas rusos. La primera derrota de la izquierda tuvo lugar al mismo tiempo que el proletariado francés, a falta de una dirección revolucionaria adecuada, se mostró incapaz, al día siguiente de las hostilidades, a pesar de su mal humor reivindicativo, de barrer a su burguesía y prevenir así la injusta paz de Versalles, fuente de nuevas guerras y una de las causas directas del fascismo en Italia y en Alemania.

Otra razón de la relativa facilidad con que el fascismo pudo echar raíces fue, digámoslo una vez más, la división obrera: la lucha fratricida entre socialistas y comunistas contribuyó en gran medida a desarmar a la izquierda frente al adversario fascista. Y esta división fue agravada por la subordinación del ala más dinámica del movimiento obrero a los zig-zags de la política exterior rusa.

Finalmente, last but not least, el fascismo se aprovechó de la degeneración del poder de los soviets. No cabe duda que muchos de sus artificios estaban inspirados en el modelo que le ofrecía una dictadura monolítica y totalitaria personificada por un «hombre providencial», apoyado por una policía secreta omnipotente y girando en torno a un partido único que no tardó en perder todo contenido democrático y fue sometido a depuraciones cada vez más frecuentes. Contrariamente a lo que pretendía Malaparte,[9] el fascismo no pudo aprender gran cosa de la Revolución de Octubre de 1917 que no fue un «golpe de Estado», sino un gigantesco movimiento de masas en los antípodas del Führerprinzip. Por el contrario, aprendió mucho del estalinismo.

En resumen, cuando comenzó la década de 1930-1940, la izquierda había recibido de la década precedente una herencia no poco endeudada. A partir de 1923 la siempre lúcida Clara Zetkin observaba que el fascismo era «el castigo que se abate sobre el proletariado por no haber continuado la revolución comenzada en Rusia». Era preciso que acabásemos con el régimen capitalista antes de que las convulsiones de su agonía nos sumergiesen en el fascismo y en nuevas guerras.

Al no haber sabido cambiar el mundo en el momento preciso, la izquierda sólo podía intentar alcanzar al fascismo mediante experimentos improvisados y paliativos inadecuados, en la carrera de velocidad hacia el poder que el bólido le imponía. El inventario de esas desdichadas tentativas constituye la última parte de mi exposición —y también la más difícil—. En efecto, las desafortunadas tácticas que voy a describir no fueron inspiradas a la izquierda únicamente por el afán de cortar el paso al fascismo interior. También tuvieron otros móviles («unión sagrada» contra el enemigo exterior, subordinación a la política extranjera de la URSS, etc.). Además, las generalidades que voy a enunciar han sido extraídas de las experiencias vividas por diferentes países, haciendo abstracción de sus respectivas particularidades. Mi campo de observación abarcará tanto a Italia y a Alemania como a Francia.

Más de un militante de los años 1930 dedujo del severo veredicto de Clara Zetkin que la forma más segura de cortar el paso al fascismo era cortarle la hierba bajo los pies y hacer, según la expresión de Marceau Pivert, la «revolución primero». Por desgracia no se puede desencadenar una revolución proletaria por encargo y a la hora fijada, no por la reunión de las condiciones objetivas favorables, sino por la sola amenaza fascista. La técnica de la revolución proletaria no es, repitámoslo, una «técnica de golpe de Estado». Era imposible aventajar al fascismo mediante una operación blanquista. La revolución preventiva no dio resultado (o mejor, estuvo a punto de darlo) más que una vez, en España, porque en ese país el pronunciamiento fascista coincidió con una auténtica situación revolucionaria: la iniciativa de Franco fue la gota de agua que hizo desbordar el vaso. La revolución estaba madura. En otros sitios en Italia, en Alemania, en Francia, el movimiento obrero no pudo o no supo recurrir al arma de la revolución preventiva. En estos tres países la izquierda no pudo oponer al fascismo más que la siempre precaria defensiva. Veamos cómo lo hizo.

Antes de desear el poder, el fascismo comienza por desgastar y aterrorizar al proletariado con sus milicias. La izquierda se esforzó en responder mediante «la autodefensa obrera». Pero su handicap en este terreno escogido por el adversario era manifiesto. En Italia, en Alemania, el Estado burgués tuvo ríos de indulgencia para las bandas fascistas mientras que reprimía e incluso prohibía a los grupos de protección de la clase obrera. Y la izquierda, creyendo que era una buena táctica aferrarse a la legalidad, renunció por sí misma a servirse de estos últimos. En Francia la guerra civil no superó su fase embrionaria. Sin embargo las ligas pudieron reconstruirse tranquilamente a pesar de la ley que había establecido su disolución, mientras que esa misma ley liquidaba a formaciones de extrema izquierda como la Étoile Nord-Africaine.

Seguidamente, el fascismo se lanzó a la conquista del elector a través de una propaganda escandalosa y cínica. La izquierda fue el estupefacto testigo de estas nuevas técnicas. Aquí una vez más estaba en desventaja. No podía —o no hubiera debido— apropiarse de estos métodos de agitación que resultaron ser tan rentables. En primer lugar porque no disponía de los inmensos recursos y de los medios publicitarios que el gran capital procuraba al fascismo; seguidamente, porque adoptar la mayor parte de esos indignos procedimientos hubiera significado renegar de sí misma. Y sin embargo, la izquierda cedió a la tentación del mimetismo con demasiada frecuencia. A fuerza de copiar al fascismo llegó a parecérsele. Corrió el riesgo de que las masas resultasen más sensibles a la propaganda fascista que a su facsímil antifascista. Mientras creía prevenir el fascismo imitándolo, acarreaba el agua a su molino.

Enumeremos algunos de estos plagios.

El fascismo desprecia a las masas. No duda en tomarlas por su lado débil. Las declara femeninas y se complace en «violarlas». Para hacer esto utiliza todo tipo de engañabobos (símbolos, grandiosas escenificaciones, etc.). El socialismo no desprecia a las masas. Le gustaría que fuesen mejores de lo que son, a imagen de la vanguardia del proletariado de donde procede. Debería, pues, esforzarse en elevar y no en disminuir su nivel intelectual y moral. No debería apelar a los instintos más groseros de las multitudes, a su histeria potencial, como hace el fascismo. Esto no es óbice para que en la época del Frente Popular un profesor, especialista de la «violación de las masas», fuese muy oído en los ambientes de la SFIO. ¿No fue él quien había creído conjurar en Alemania los maleficios de la esvástica hitleriana dotando a los socialdemócratas de las simbólicas, pero impotentes, tres flechas?

El fascismo explota en su provecho el sentimiento religioso que los siglos de dominación del hombre por el hombre, de ignorancia y de miseria han anclado profundamente en el cerebro humano. Los socialistas no deberían apelar más que a la Razón y, en vez de explotar para sus fines la religiosidad de las masas, intentar destruir sus raíces materiales. Sin embargo, la izquierda, creyendo que así le ganaría al fascismo por la mano, quiso plagiar algunos de sus rituales, comenzando por el mito del «hombre providencial» que el Estado fascista copió al Estado estalinista y luego el antifascismo al fascismo. Así, en 1936 se pudo ver a Léon Blum aparecer entre los haces cruzados de los proyectores, a socialistas extasiados que pronunciaban rítmicamente su nombre hasta el agotamiento y, en la casa de enfrente, el «hijo del pueblo» no despertaba menos entusiasmo entre sus fieles. ¿Al inculcar al pueblo francés, de tradiciones volterianas y libertarias, semejantes patrones de conducta, no se ha facilitado en cierta forma la eclosión a largo plazo del mito del Mariscal «que da su vida por Francia»?

El fascismo no duda en seducir a las masas mediante una demagogia «paspartú». Promete la luna a cada estamento social sin preocuparse de acumular contradicciones en su programa. El socialismo, como respeta a las masas, no debería seguir al fascismo en ese terreno. Y además por otra razón que nos lleva de nuevo al problema de las clases medias: el socialismo no puede mezclar en un cóctel hábil el anticapitalismo regresivo de los pequeños burgueses (que querría volver a la «edad de oro» precapitalista) y el anticapitalismo progresivo de los obreros. Debe destacar que la pequeña burguesía y el proletariado son, cada cual a su modo, oprimidos por el gran capital a fin de asociarlos en la lucha inmediata contra los monopolios. Pero debería ser intransigente sobre los artículos esenciales de su programa socialista, de no ser así renunciaría a asestar al capitalismo golpes decisivos, es decir, dejaría de preconizar una sociedad más equitativa y más habitable para todos sus miembros. Y sin embargo hemos visto en Francia, a partir de 1935, a un gran partido obrero esforzarse en disputar el elector al fascismo imitando la demagogia «paspartú» de este último, hasta el punto de que a veces sus oyentes debían hacer un esfuerzo para convencerse de que no estaban oyendo un discurso del general De La Rocque.

De todos los instrumentos que toca el payaso fascista, del que saca los más bellos sonidos es, sin discusión, el nacionalismo. Y también es éste el que la izquierda debe guardarse más de copiar, ya que la Internacional expresa, en todas las lenguas del mundo, su ideal de fraternidad humana. Sin embargo, la izquierda, creyendo que así disputaría los patriotas al fascismo, introdujo repentinamente la palabra «nación» en su vocabulario. Ya en 1923, durante la ocupación del Ruhr, el PC alemán se había dedicado a la demagogia nacionalista llegando basta honrar al «mártir» Schlageter. De 1930 a 1932, reincidió a más y mejor. En Francia vimos sucesivamente a los neosocialistas inscribir a la nación al frente de su credo, mientras que nuestros camaradas comunistas se desgañitaban en «amar a su país». Pero la mayor parte de los patriotas, estimulados así en su histeria chovinista, pero siempre desconfiados respecto a la izquierda, estimaron que el fascismo era más idóneo para encarnar al nacionalismo. Muchos de ellos encabezados por Maurras se unieron finalmente con los partidarios del Mariscal.[10]

El fascismo, aunque en el fondo sólo se interesa en un culto, el suyo propio, se complace en hacer concesiones a la vieja religión tradicional, que necesita para perfeccionar y consolidar su conquista de las masas. El socialismo, mostrándose siempre respetuoso para con las creencias de cada cual, no debería renunciar a explicar que «la religión es el opio del pueblo». Sin embargo también en esta ocasión la izquierda creyó que era indicado plagiar al fascismo y, poniendo una sordina a su propaganda anticlerical, «tendió una mano a los católicos». Fórmula cuya elástica imprecisión habría de llevarle muy lejos, no solamente se volvió hacia el cristiano individual, lo que era inofensivo e incluso de buena táctica, sino que no tardó en «tender la mano» al catolicismo político. La repetición de este gesto a través de la Resistencia y más tarde el «tripartidismo» contribuyó a entregar a la jerarquía católica y luego a sus representantes parlamentarios posiciones que la izquierda laica había conquistado luchando duramente. Hasta el punto de que ilustres cristianos son hoy día los primeros en lanzar anatemas contra el reaccionario MRP. Sin embargo, la flagrante colusión de la Iglesia con el fascismo que tuvo lugar en época de Pétain debería haber inducido a la izquierda a ser más prudente.

El fascismo afirma ser el mejor defensor de la familia burguesa y proclama ruidosamente que hay que multiplicar la especie. Cuando ostenta el poder las prácticas anticonceptivas son severamente reprimidas y la mujer queda relegada a un papel de «madre coneja». El socialismo, ilustrado por una célebre obra de Engels, no debería acceder a este último reducto de los defensores del patriarcado. Y, no obstante, los lectores de L’Humanité quedaron altamente sorprendidos al ver que su periódico se dedicaba repentinamente «al socorro de la Familia», condenaba el malthusianismo y preconizaba la proliferación de la raza. Un poco más de agua acarreada al molino del enemigo.

El fascismo, cuando ha captado suficientemente a las masas populares a través de los artificios que acabamos de describir y cuando ha conseguido poner de su parte, si no a la mayoría, por lo menos a un amplio sector del cuerpo electoral, se lanza a la conquista del poder. Pero actúa de una forma sumamente peculiar. Sabe que esa conquista no es para él una cuestión de fuerza. Puede contar, efectivamente, con la aquiescencia del ala de la burguesía capitalista, la más poderosa en términos económicos y políticos. Además se ha asegurado la complicidad de los jefes del ejército, de la policía y de la alta burocracia administrativa. En cuanto a los políticos que se encuentran aún a la cabeza del Estado burgués «democrático», no ignora que, aunque estos personajes no sean sus más fervientes partidarios, tampoco le opondrán una resistencia armada: la solidaridad de clase será más fuerte que las divergencias de intereses o de métodos. Así, cuando se han satisfecho todas las condiciones psicológicas y constitucionales, se instala sin esfuerzo alguno en el Estado. Una vez sólidamente aferrado al poder, desaloja sin dificultad a los políticos no fascistas que había encuadrado provisionalmente.

El socialismo no debería proceder de esta forma. Porque, lo quiera o no, es el adversario de clase del Estado burgués, incluso «democrático». Así, tampoco puede conquistar el poder mas que a través de una dura lucha, quebrantando, en cuanto haya conseguido ocupar la plaza, la encarnizada resistencia de todas las fuerzas enemigas. Si procede de otra forma puede, sin duda, «ocupar el poder», pero sólo lo detentará en apariencia y será prisionero del aparato gubernamental burgués. El sutil Léon Blum había captado esta verdad elemental desde hacía mucho tiempo. Y como, por otra parte, era demasiado respetuoso del orden social establecido como para introducirse en el Estado por la fuerza, deseaba no tener que afrontar jamás la prueba del poder. ¡Alejad de mí ese cáliz! Pero en 1939 la izquierda francesa, cuando la amenaza fascista se le subió a la cabeza, creyó que había llegado el momento de recoger el fruto maduro del Estado. Y, como había conseguido una victoria electoral gracias a su coalición con los partidos burgueses, se imaginó que la ciudadela le abriría la puerta grande como ya lo había hecho con el fascismo.[11] Pero desgraciadamente en París las cosas transcurrieron de forma completamente distinta que en Roma o en Berlín. El gobierno del Frente Popular fue estrangulado por el Estado burgués con el que tan ingenuamente había pretendido identificarse. Un sólo ejemplo especialmente simbólico: el 16 de marzo de 1937 en Clichy. a pesar de la presencia de un socialista en el Ministerio del Interior, la policía y la brigada móvil dispararon, no sobre las bandas fascistas que allí se habían reunido, sino contra los obreros socialistas; hubo varios muertos y, entre los heridos, el jefe del gabinete socialista del presidente del Consejo socialista.

Mientras que en Italia y Alemania los figurantes no fascistas habían sido rápidamente expulsados del gobierno, en Francia fueron los ministros no socialistas del Frente Popular los que permanecieron en sus puestos. Blum, después de haber permitido de mala gana que se le acercase el cáliz, no hizo nada para impedir que se alejara.

El desconcierto de la izquierda (o de lo que quedaba de la izquierda) alcanzó su apogeo después del triunfo de su terrible adversario. Se comportó como los médicos que, enfrentados a una enfermedad desconocida, disimulan a duras penas las lagunas de su ciencia y emiten diagnósticos contradictorios. Cuando la plaga estaba aún en sus principios el Dr. Optimista anunció que el fascismo no podía durar, que era una afección transitoria y accidental y que no tardaría en descomponerse y en licuarse e incluso que era preciso «pasar por el infierno de la dictadura fascista» (sic) para saborear las inefables alegrías de la Revolución proletaria. A medida que el mal se extendió y arraigó el Dr. Pesimista expresó, por el contrario, su temor de que el fascismo, a pesar de sus contradicciones internas fuese capaz de durar indefinidamente. Proclamándose instalado por un milenio, Hitler terminó por sugestionar a sus mismos adversarios.

Esta sobreestimación de los regímenes totalitarios, esta falta de confianza en la evolución dialéctica de la historia, en la irresistible marcha del mundo hacia la libertad, inclinaron a la izquierda francesa, después del desastre de 1940, tanto hacia Vichy como hacia Londres. Unos, los menos, creyeron que había que adaptarse al hecho consumado de la victoria fascista, y terminaron siendo unos traidores. Otros, los más numerosos, imaginaron de buena fe que solamente la superioridad económico-militar del imperialismo de los anglosajones podría acabar con el monstruo totalitario. Así, la izquierda, a lo largo de la década trágica, no fue nunca capaz de vencer al fascismo con las armas del socialismo. En su defecto había recurrido a todos los experimentos y a todos los remedios de curandero. Había llegado incluso a plagiar al fascismo so pretexto de ganarle por la mano. Y para terminar no encontró nada mejor que abandonar su causa en manos no solamente de un general de temperamento fascista, sino también en las de una coalición de grandes potencias cuyo verdadero objetivo era mucho menos la derrota del fascismo como la hegemonía mundial. Así, la victoria militar habida sobre las potencias del Eje no libró al mundo del peligro fascista ni del espectro de la guerra. Hoy lo vemos claramente.

No cabe duda de que actualmente nos equivocaríamos si nos dejásemos hipnotizar por lo que se acaba de decir. Los problemas graves y urgentes que hemos de resolver no se plantean exactamente en los mismos términos que los hemos expuesto. La victoria militar de 1945 tuvo, cuando menos, la ventaja inmediata de relegar durante algún tiempo al cuarto trastero al fascismo de corte clásico, al fascismo demagógico y con botas. La burguesía se ha visto obligada a recurrir a medios de dominación menos provocativos y también más insidiosos.

Pero no olvidemos que el fascismo de corte clásico es solamente una de las formas que puede adoptar la contrarrevolución. Además la experiencia ha demostrado que, en los países que violentaron, los regímenes fascistas de corte clásico desembocaron, en cierta medida, en dictaduras policíaco-militares-clericales de las que los plebeyos de camisas de colores quedaban más o menos excluidos.

Y tampoco perdamos de vista que la crisis permanente del régimen capitalista sigue haciendo estragos, a lo sumo paliada por las inyecciones de dólares americanos y el rearme atlántico. El Estado fuerte, con o sin las milicias fascistas, continuará proliferando —así como la guerra, esta vez nuclear— sobre el estiércol del capitalismo debilitado.

En Francia la sucesión impreparada de un poder personal en plena deceleración, cada vez más aislado del país, basado en el ejército, la policía y una alta administración fascista podría, si se presentase bruscamente, plantearnos el dilema: dictadura militar o Frente Popular. Pero es de desear que ese nuevo Frente Popular gire esta vez en torno a la clase obrera, que no se vea paralizado ni por las malas alianzas políticas ni por las ilusiones reformistas, que no esté subordinado a la política extranjera de ninguna gran potencia y que, finalmente, sepa atraer a una juventud escéptica que hoy no pertenece a nadie.

 

Notas

[1]    Daniel Guérin, Quand le fascisme nous devançait, 1955. Quand le fascisme et la guerre nous devançaient, 1960.

[2]    Algunos creen que en esta época la URSS, movida principalmente por su desconfianza hacia las «democracias» occidentales, plantaba ya los primeros jalones que habrían de conducirle al pacto germano-soviético de 1939.

[3]    Cf. Les problèmes de la révolution allemande, 1931; La seule voie, 1932; ¿Et maintenant?, 1932, etc…, recopilados en Ecrits, tomo III, 1939.

[4]    Esta era la acusación lanzada contra la CGTU y, en particular, contra Pierre Monatte por Trotski.

[5]    Solamente más tarde, a finales de 1935, fue cuando los refugiados alemanes nos hicieron aprovechar su experiencia de forma útil, cuando nos ayudaron a fundar la Izquierda Revolucionaria del Partido Socialista. Cf. D. Guérin, Front populaire, révolution manquée, 1963.

[6]    Esperanzas que Trotski manifestaba a finales de octubre de 1934 en un brillante artículo: «¿A donde va Francia?», recogido en Ecrits, tomo II, 1958.

[7]    Esto es lo que terminó sucediendo cuando en 1940 las clases medias, arruinadas por las insuficientes medidas económicas y financieras de los llamados gobiernos del Frente Popular, se refugiaron bajo el manto del general Pétain.

[8]    Cf. Henri Claude, De la crise économique a la guerre mondiale, 1945.

[9]    Curzio Malaparte, Técnica del golpe de Estado, 1931.

[10]   Cf. Daniel Halévy, Trois épreuves, 1941, págs. 132-117, «Le Maréchal».

[11]   Recuerdo un editorial de Paul Faure en Le Populaire que desarrollaba muy exactamente el falaz razonamiento que acabamos de resumir.