La editorial Contraseña recupera con una nueva traducción de la mano de María Teresa Gallego Urrutiauna novela que ya fue publicada hace años en España pero que, por los condicionantes del mercado editorial, había caído en el olvido. Tampoco ha ayudado el hecho de que Soucy, una de las grandes esperanzas de la literatura francófona canadiense, muriese demasiado joven de un infarto cuando esta, que era su tercera novela, habia obtenido la aclamación crítica y, junto a ella, el éxito siquiera moderado de ventas. La novela se vertebra en torno a la vida aislada de dos hermanos, con la única compañía de su despótico padre, en una extensa finca de la que nunca salen. Su vida se trastoca la mañana que encuentran a su padre muerto. Pasado el desconcierto inicial, uno de los hermanos acude al pueblo más cercano en busca de un ataúd para enterrarlo. La noticia del fallecimiento enseguida llega a oídos de las fuerzas vivas del pueblo. Los hermanos no tardarán en darse cuenta de que la desaparición de su padre pondrá fin al mundo en el que han vivido hasta entonces, un mundo desligado casi por completo del exterior y marcado por un estremecedor suceso. Narrada en por uno de los hermanos en primera persona, se trata de una novela escrita en un lenguaje original y lleno de creatividad, trufado de palabras inventadas y frases hechas alteradas, propio de quienes han accedido al mundo exterior solo a través de su padre y de sus peculiares lecturas. La última década de su vida, posterior al éxito de la novela, la pasó preparando otra, que fue también excelentemente recibida, recuperando las dos primeras novelas con pequeñas correcciones y publicó un par de libros de relatos y nouvelles. Ojalá con esta recuperacion llegue a nuevos lectores castellanoparlantes. Aquí les dejamos el inicio de la novela, para que puedan correr a la librería de confianza y seguir con la lectura este mismo fin de semana, porque ya está a la venta.

 

La experiencia del sentimiento del dolor no es la experiencia de una persona, de un «yo», que tiene algo. En los dolores distingo una intensidad, un lugar, etc., pero no un propietario. Pues ¿cómo serían unos dolores que en realidad «no tiene» nadie? ¿Esos dolores que, en verdad, a nadie pertenecen? Los dolores se representan como algo que se puede percibir, en el mismo sentido en el que se percibe una caja de cerillas.

Ludwig Wittgenstein

Tuvimos que hacernos cargo del universo mi hermano y yo, pues una mañana, poco antes de amanecer, papá exhaló el último suspiro sin previo aviso. Sus despojos, crispados en un dolor del que solo quedaba ya la corteza, sus decretos, tan repentinamente pulverizados, todo eso yacía en la habitación del primer piso desde la que papá, la víspera sin ir más lejos, nos lo ordenaba todo. Necesitábamos órdenes para no venirnos abajo a pedazos mi hermano y yo, era nuestra argamasa. Sin papá no sabíamos hacer nada. Apenas si podíamos nosotros solos titubear, existir, tener miedo, sufrir.

Yacía no es, por lo demás, la palabra adecuada si a mano viene. Fue mi hermano, que se levantó primero, quien se percató del acontecimiento, pues, como ese día era yo el secretariano, me tocaba levantarme tarde del campestre lecho tras una noche al sereno y acababa apenas de instalarme delante del grimorio cuando hete aquí que hermanito baja otra vez. Estaba acordado que teníamos que llamar antes de entrar en el cuarto de padre y que teníamos, tras haber llamado, que esperar a que padre nos diera permiso para entrar, pues no era cosa de que lo sorprendiéramos durante sus ejercicios.

—He llamado a la puerta —dijo hermano— y padre no ha contestado. He estado esperando hasta…, hasta…

Hermano sacó del correspondiente bolsillo un reloj que llevaba siglos sin agujas.

 —… hasta ahora mismo exactamente, y sigue sin dar señales de vida.

Siguió mirando fijamente el reloj vacío, como si no se atreviese ya a poner los ojos en otra parte, y veía cómo el miedo —el miedo y el estupor— se le subía a la cara igual que el agua en un odre. En cuanto a mí, acababa de poner la fecha en la parte de arriba de la página, la tinta estaba aún fresca, y dije:

—Un trabajo en balde. Pero vamos a consultar el rollo y ya veremos.

Examinamos los doce artículos del código de la casa decente, es un documento precioso que se remonta a hace siglos, con capitulares y miniaturas, si es que se dice así, pero no había ningún artículo que tuviera con la situación relación alguna, ni siquiera remota. Volví a colocar el rollo en su caja polvorienta, la caja en su armario, y le dije a mi hermano:

—¡Entra! ¡Abre la puerta y entra! Es posible que padre se haya muerto. Pero también es posible que solo sea una estancadilla.

Hubo un prolongado silencio. Solo se oían los crujidos de la madera en las paredes, pues la madera de las paredes cruje continuamente en la cocina de nuestra terrenal morada. Hermano se encogió de hombros y sacudió la cabezota. «¿Qué quiere decir todo esto? No entiendo nada». Luego movió en mi dirección un índice amenazador: «Atiende bien. Voy a subir y, ya te aviso, si papá se ha muerto…, ¿me oyes?, si papá se ha muerto… ». No pasó de ahí. Desvió el rostro como un perro que renuncia.

—No te preocupes —dije—. Ya le plantaremos cara.

Y allá fue hermano. Y así fue como se enteró de que papá no cerraba con llave la puerta. Ya sabíamos, claro, que no lo estaba, cerrada con llave, cuando entrábamos. Pero padre, levantado antes que nosotros, en el supuesto de que un ser así durmiese de noche, debía, creíamos, dejar franca la puerta cuando nos despertábamos para que nos resultase más cómodo. Se le reveló sin embargo a mi hermano aquella mañana que padre debía seguramente dormir por las noches, ya que estaba desnudo, con los ojos cerrados, la lengua fuera, y que, por lo demás, no echaba la llave. Pues no se entiende por qué, si no hubiese dormido de noche y, por eso mismo, se hubiese quedado con la ropa puesta, iba a haberse tomado el trabajo de ponerse en cueros para irse al otro barrio. Así que debía dormir y dormir desnudo y haberse muerto con ese atuendo sin solución de continuidad, tal era mi razonamiento.

Hermano me llegó pálido como un hueso. «Está completamente blanco», dijo. ¿Blanco?, contesté. ¿Qué quieres decir? ¿De qué blanco? ¿Blanco como la nieve? Pues de papá había que esperárselo todo. Hermano se quedó pensando. «¿Sabes el cercado del otro lado del huerto? La caseta de la derecha no, sino detrás de la cabaña de madera. ¿Sabes a qué me refiero?». Sí, dije, del otro lado de la capilla. ¿Dónde quieres ir a parar? «Si se baja esa cuesta poco empinada que está detrás, se llega al arroyo seco». Todo eso era exacto. «¿Y te acuerdas de las piedras que están amontonadas ahí?». Me acordaba. «Bueno, pues de ese blanco está padre. Exactamente de ese blanco». Entonces es que está más bien azul, dije, blanco azulado. «Sí, eso es, blanco azulado». Le pregunté por el bigote, cómo tenía el bigote. Mi hermano clavó en mí una mirada como de animal que no entiende por qué le están dando golpes. «¿Papa llevaba bigote?». El bigote, dije, ese que nos pedía que le cepillásemos una vez por semana. «Padre nunca me ha pedido que le cepillase un bigote». Qué barbaridad, mi hermano es de 18 una mala fe crasa, no sé si se me ha ocurrido escribirlo. Fue a sentarse a la mesa, macilento y doblándosele las rodillas, como si fuera a caerse redondo para ir a darse una vuelta por el paraíso.

—Pero ¿respira? —seguí preguntando.

Papá tenía una forma de respirar que no dejaba lugar a dudas. Incluso cuando tenía una estancadilla y no se movía más que una percha, incluso cuando tenía una mirada fija que se eternizaba, bastaba con fijarse en el pecho —que, plano al principio, se hinchaba como nuestro único juguete, la rana, adquiría un volumen que hubiérase dicho el de la tripa de un caballo muerto, luego se iba deshinchando con breves paradas, a trompicones pequeños— para enterarse de que papá era aún de este mundo pese a la estancadilla.

Hermano negó con la cabeza en respuesta a mi pregunta. Entonces se ha muerto, dije. Repetí, cosa que no me sucede a menudo: Entonces es que se ha muerto. Lo raro, al pronunciar esas palabras, es que no pasaba nada. El universo no iba peor que de costumbre. Dormido en un mismo sueño antiguo, todo seguía desgastándose como si tal cosa.

Me acerqué a la ventana. Era esta una forma completamente desacostumbrada de empezar el día con el pie izquierdo. Se anunciaba lluvioso, es el pan nuestro de cada día en esta comarca cuando no nieva. Los campos se extendían bajo el cielo que se les venía encima, avaros, desatendidos. Me oí decir, además:

—Tenemos que hacer algo. Creo que va a haber que enterrarlo.

Mi hermano, con los codos encima de la mesa, rompió a sollozar con un ruido sucio, como cuando te echas a reír con la boca llena. Di un puñetazo encima de la mesa, indignado. Hermano se paró en seco, como sorprendiéndose de sí mismo. Se le quedó un puchero en los labios, tragando aire y guiñando los ojos, colorado como aquella vez que había mordido uno de los pimientos picantes de papá.

Fue a mi lado y aplastó la cara contra el cristal, cosa que llevaba haciendo toda la vida, era incluso por eso por lo que la ventana estaba tan sucia a la altura de una persona. Empañaba el cristal con el aliento, como puede hacerlo cualquiera que aún no se haya mudado de barrio. «Si tenemos que enterrarlo —dijo—, más vale hacerlo ahora mismo, antes de que llueva. No sería decente sepultar a papá en el barro». Desde el fondo del prado se nos acercaba caballo, con la tripa colgando y oscilando la testuz.

—¡Pero antes necesita un sudario, no se entierra a papá así como así!

Y repetía en un cuchicheo quejumbroso, golpeándome flojito la frente en el marco de la ventana: Un sudario, un sudario…

Luego me encaminé hacia la puerta. Mi hermano me preguntó dónde iba.

—A la leñera.

No acababa de entenderlo. ¿A la leñera a buscar un sudario?

—Quiero ver con qué contamos en cuestión de tablones. Tú —añadí— vete a escribir lo que ha ocurrido hoy.

Enseguida sus gimoteos de niño mimado.

—¡Hoy eras tú el secretariano!

—No me saldrían las palabras.

—¡Las palabras, las palabras! ¿Qué palabras?…

Miren, me despreciaría hasta que echasen chispas las cortinas si de verdad llegasen a faltarme las palabras, pero lo fingía para obligar a hermano a asumir por poco que fuera su oficio de pintarrajeador. Pero hermano es un hipócrita o muy desinformado ando. Para acabar con la discusión, agarré el tarro de los clavos. Puse en el gesto una firmeza tozuda, apretando los dientes y el entrecejo, que no podía por menos de recordar a padre, y creo que lo impresionó.

Bajé los pocos peldaños de la escalera de la fachada con cuidado de no apoyar los talones en los más podridos y me encaminé al cobertizo, tal y como había prometido. La tierra estaba húmeda, con un olor a barro y a raíces que se quedaba metido en la cabeza igual que los malos sueños cuando los tengo. Echaba vaho por la boca, así, sin tener arte ni parte en ello. El campo era infinito, completamente gris, y el pinar que taponaba el horizonte tenía el color de las espinacas hervidas que papá solía almorzar. El pueblo estaba del otro lado, por lo visto, y los siete mares y las maravillas del mundo.

Me detuve a dos pasos de caballo. Él, inmóvil también, me miraba. Era tan viejo, estaba tan cansado que los ojos redondos no eran ya ni siquiera del mismo marrón. No sé si existen caballos en algún otro lugar de la tierra con ojos que sean azules como los de los ardidos caballeros cuyas imágenes ornan mis diccionarios preferidos, pero, en fin, no estamos en este mundo para obtener respuestas, parece ser. Me acerqué más y le di un porrazo en la testuz en memoria de padre. El animal retrocedió y luego bajó la cara enorme. Volví a acercarme y le acaricié la grupa, no soy rencoroso. Y, además, papá, la verdad es que todo esto no era siquiera culpa suya. A lo mejor he escrito la palabra animal un poco a la ligera también.

La capa pegajosa color de herrumbe en la tarima del cobertizo era por el serrín y la lluvia que brota del suelo y no acabará nunca. Detestaba meter las botinas ahí, la impresión de que la tierra se aferraba a mí, me chupaba hacia su vientre, que es una boca, como ocurre con los pulpos, con la música también. Hacía una temporada, pongamos que unos cuantos días, que no había venido por aquí. Una costra de excrementos cubría la cosechadora, había chatarra desparramada por el suelo, toda revuelta, el arado no sabía ya qué pinta tenía el trasero de un buey. El Justo Castigo, por su parte, seguía en su rincón, encogido en un montoncito. No había cambiado gran cosa en los últimos años y lo movíamos de sitio con cuidado, no lo sacábamos de la caja sino con miedo. Era como si hubiera llegado al grado máximo de desconcierto y lo que de él quedaba no fuera a desconcharse más, palabra de honor, no fuera a moverse ya de aquí por toda la eternidad. A veces me pasaba largos días abrazándolo antes de guardarlo. Es algo digno de verse el Justo Castigo, algún día asombraremos al mundo con él. También estaba aquí el cajón de cristal, que volveré a mencionar llegado el momento, no podré por menos. He dicho aquí porque es en la leñera, llamada también el depósito, donde me refugié para huir de la catástrofe y escribir mi testamento, que he aquí. Me encontrarán cuando me encuentren. A menos que me largue a otra parte.

Unos tablones torcidos se apoyaban en la pared del fondo, que era, por su parte, de una madera que no esperaba ya nada de nadie. El resto del recinto era de una piedra que chorreaba. Ninguno de los tablones me parecía aprovechable. ¡No sería yo quien le fabricase una caja de muerto a papá con esto! Sentado en un cachizo, al menos fabriqué una especie de cruz que podía hacer el apaño, incluso aunque los dos tablones no hicieran juego, cada cual iba por su lado. Me paré un momento para meditar en lo que íbamos a poner en esa cruz o si más valía olvidarnos de eso. ¿Qué es eso de un cachizo?

Pese a mi reciente duelo me permití una sonrisa de complicidad conmigo mismo al echarle un vistazo a la ilustración de ardido caballero que era mi preferida y que había colocado en una de las esquinas del arado para ir a admirarla en silencio a escondidas en todas las ocasiones en que mi hermano me dejaba en paz y estaba en alguna parte de la finca cascándosela. Me recordaba esa ilustración, que había arrancado de un diccionario, mi historia preferida y, como era mi ilustración preferida, las había puesto juntas en el secreto de mi imaginación. Esa historia ha tenido que ocurrir en la vida de verdad en un momento dado en alguna parte, claro que sí. Salía en ella una princesa dentro de una torre, prisionera de eso que se llama un monje loco, y estaba el gallardo caballero que acudía a salvarla y se la llevaba en su caballo de alas de brasa, si es que lo he entendido bien. Leía la historia esa sin cansarme e incluso, a menudo, la repasaba en el capillo, tan emocionado que ya no sabía si era yo en persona el caballero, o la princesa, o la sombra de la torre, o sencillamente algo que formaba parte del escenario de su amor, como el prado de césped al pie de la torre del homenaje, o el olor de la zarzarrosa, o la manta cuajada de rocío en la que el caballero envolvía el cuerpo aterido de su bienamada, que así es como se llama. Ocurría incluso que, al leer otros diccionarios para cultivarme, me diese cuenta de que, en realidad, en vez de estar leyendo la ética de spinoza que tenía delante, por ejemplo, volvía a leer en el diccionario de mi cabeza esa historia de una princesa a quien había salvado su caballero, que es mi favorita. Había llegado incluso a intentar leérsela a mi hermano por la noche, antes de quedarnos dormidos, pero él, ya se lo imaginan, no tardaba en ponerse a roncar como un cerdo. Todo decepciona continuamente en mi hermano, es imposible soñar con él.

Y me lo llevé todo, a saber, los dos tablones, y también una laya, a la cocina de nuestra terrenal morada.

Hermano no se había movido de la silla, formaba parte del decorado, como suele decirse. Miraba de frente, de forma estúpida, esa es la palabra, el corazón de manzana que llevaba colgando tres semanas de un hilo atado a la viga más alta y que nos habíamos entretenido en comernos con las manos cruzadas a la espalda, es un deporte en el que destaco. Hermano soplaba a ratos, distraídamente, lo que quedaba de la fruta momificada, seca como un cadáver de saltamontes, para hacerlo oscilar. No había garabateado lo que se dice una línea en el grimorio. A este es que no se lo puede dejar solo.

—No hay tablones como es debido —dije—, voy a tener que ir a buscar un ataúd al pueblo, pero de momento aquí hay una cruz.

Caballo me había seguido y nos observaba por la ventana. Es un caso.

—¿Quedan cuartos? —añadí.

No sé qué les pasaba a mis frases que ya no le entraban en la cabeza a mi hermano. El pueblo, un ataúd, cuartos, esas palabras inusitadas le ponían el entendimiento manga por hombro. Empezaba gestos, los abortaba, se disponía a levantarse, se volvía a sentar. Me recordaba a nuestro perro de antes cuando papá le había hecho tragarse las bolas contra las polillas con la pitanza, quiero decir en la primera hora siguiente.

Dios sabe por qué se me ocurrió entonces que, si hubiera podido prever el asunto, a padre le habría gustado llevarse consigo bajo tierra objetos familiares. Empezando por hermano y yo, pensé, pero esa perspectiva me pareció excesiva y desconcertante. Por supuesto, ya nos llegaría la vez de fallecer, y además el mismo día o por poco, extremadamente ungidos, si es que se dice así, incluso dóciles en y por la tumba, pues la de papá, que parecía existir de toda la vida en algún lugar de la llanura que aún nos quedaba por averiguar, constituía un a modo de mandamiento, una llamada dada, si oso decir, desde la matriz de la tierra, de la misma forma que todas sus órdenes se daban hasta ahora desde la habitación del primer piso, lo digo como lo veo. Pero podía esperar, que nos llegase la vez quiero decir, al menos unos días, quizá semanas e incluso siglos, pues, aunque supiéramos de buena fuente por mi padre que éramos mortales hasta el troncho y que aquí abajo todo pasa, papá nunca nos había especificado cuánto tiempo sería preciso para que dejásemos de serlo, mortales, y pasásemos, en la condición de cadáveres, del estado de aprendiz al de oficial mi hermano y yo.

Abrí el armario y comprobé el contenido de la bolsa, que vacié encima de la mesa. Una decena de monedas idénticas de un metal opaco rodaron acá y allá, aplasté una con la palma de la mano. Rodaron no concuerda como debería, si a mano viene, fue la decena la que rodó como un solo hombre, pero qué se le va a hacer, yo la sintaxis la estudié en el duque de saint-simon, sin contar a mi padre. Me ha quedado algo que cojea. También mezclo todos los tiempos verbales, un auténtico batiburrillo, un gato no se encontraría el rabo.

—¿Crees que hay bastante para que podamos comprarle un pijama de madera a papá?

Lo del pijama de madera era una broma de padre, que no es que las hiciera a millones, que usaba en las historias que a veces ocurría que nos contaba para hablar de los que se morían en los tiempos de su juventud, cuando era buen mozo. Mi hermano ignoraba tanto como yo si teníamos bastantes cuartos, porque padre no nos llevaba nunca con él al pueblo a comprar provisiones con caballo. Volvía siempre hecho un basilisco. No era algo que nos gustase, nos pegaba mamporros.

—Debería habernos enseñado el valor del dinero —dijo mi hermano.

—Son cuartos —repliqué—. Nuestros cuartos deben de valer tanto como los de la gente del pueblo.

He omitido mencionarlo, pero soy el más inteligente de los dos. Mis razonamientos impactan como garrotazos. Si fuese mi hermano el que redactase estas líneas, la pobreza del pensamiento saltaría a la cara, nadie entendería nada de nada.

—Pero a lo mejor hacen falta muchos más. Cuando papá se iba, se llevaba siempre una bolsa llena de cuartos. Había muchos y creo que iba de vez en cuando a repostar a algún sitio.

—¿Dónde está esa bolsa? —pregunté.

Pero mi hermano no dejaba de repetir: «Debería habernos enseñado el valor del dinero». Cuando resulta que lo visita una idea, cuesta sacársela del capillo.

Lo obligué a echarme una mano y registramos a fondo el armario. Solo había trapos, crucifijos, la ropa de cura de papá cuando era buen mozo, así como las historias de santos en las que habíamos aprendido a leer y que papá nos obligaba a leer de nuevo y a transcribir desde que éramos pequeños, a diario o casi. Había en ellas láminas, personas de barbas suaves que iban en sandalias por desiertos soleados con viñas y palmeras, olores de jazmín y de sándalo que casi rezumaban de las páginas. Las había escrito papá con esa letra microscópica que es hoy la mía, la nuestra. Las ilustraciones las había pegado él, tras humedecerlas con su larga lengua 26 de buey, recuerdo haber visto cómo lo hacía. Muchas de las historias que así se nos brindaban no nos resultaban sin embargo sino imperfectamente inteligibles, si tal es la palabra. Transcurrían en judea, en el japón, en países impensables, allá donde presumíamos que había vivido padre antes de que estuviésemos en esta tierra, en estos campos. Por lo demás, estuvimos mucho tiempo creyendo que esas historias eran las suyas y quería legárnoslas a modo de memoria para advertirnos de las enfermedades. En semejante supuesto, padre habría sido capaz de cosas milagrosas, hacer que brotase agua de una roca, convertir a los mendigos en árboles, hacer ratones con cantos rodados y a saber qué más. Pero ¿por qué iba a haber abandonado esas comarcas hechizadas para ir a enclaustrarse en el espacio vacío de este campo estéril, nuboso, de lo más congelado seis meses al año, sin olivos ni ovejas? ¿Con, por única distracción, por única compañía, sus dos hijos flacos y con la cabeza en las nubes? No, con el paso de los años, esa idea acabó por parecernos poco verosímil. También estaba la biblioteca, pero de eso hablaré más adelante, con sus diccionarios de caballería y sus venenos.

—Me pregunto si padre habría tolerado que utilicemos esos cuartos —dijo de repente mi hermano.

—Utilizásemos —lo corregí.

—Da lo mismo. A papá a lo mejor no le hubiera gustado.

—Padre ha muerto —dije.

—A lo mejor deberíamos enterrarlos con él.

Apoyé la laya en la estufa y me senté ante la mesa, dando vueltas y más vueltas a las monedas entre los dedos, y movía la pierna. Siempre muevo el pie cuando me enfado, así no se lo pongo en el trasero a quien ya pueden suponerse.

 

Gaétan Soucy nació en Montreal (Canadá) el 21 de octubre de 1958 y falleció en esta misma ciudad el 9 de julio de 2013, víctima de un ataque al corazón. Estudió Física en la Universidad de Montreal. En 1994 publicó su primera novela, La Inmaculada Concepción, y en 1997 la segunda, La absolución. Con La niña a la que le gustaban demasiado las cerillas,publicada en 1998, se convirtió en uno de los escritores más destacados de la literatura quebequesa. Su cuarta y última novela, ¡Music-hall!, apareció en 2002.