Continuamos ofreciendo textos para sobrellevar el enclaustramiento que nos permite dedicarle a leer mucho más tiempo del que normalmente podemos. O, por verlo de todo modo, un periodo donde las cosas vuelven a tener un poco de sentido. Tampoco puede uno saber las cosas a ciencia cierta. Daniela Martín Hidalgo nos pidió que colgáramos este relato aprovechando la excusa de la cuarentena y a nosotros nos ha parecido una idea inmejorable. Esperamos que también a ustedes cuando disfruten su lectura.

 

Este es otra vez el verano más caliente, así que de nuevo el deshielo ha empezado a escupir cuerpos de montañistas momificados en los polos. Aparecen cuando se licúa una nueva capa, distinguibles en sus rasgos y  rodeados de objetos anacrónicos perfectamente preservados.

La desaparición del hielo como fenómeno de la naturaleza ha provocado que se revelen personas y objetos que se creían desaparecidos para siempre. De acuerdo con ALTMOS, una red de universidades financiadas por el Ministerio de Medio Ambiente Europeo, el volumen de los casquetes polares empezó a reducirse en torno a 1880. Así, y de acuerdo con la investigación del científico climático Ben Dandelion, dentro de unos años la masa de glaciar significará tan solo un 6% del total, después de la total desaparición de los glaciares hace ya más de una década.

 

María y yo aprovechamos el verano para montar un dúo, aunque en realidad el grupo no va bien: necesitamos tener listo el repertorio antes de la temporada de otoño pero, aunque estamos siempre encerrados, María tiene problemas para asistir a los ensayos por las mañanas, así que avanzamos muy despacio. En junio empezó un tratamiento de hormonas que le impide levantarse, se marea solo con mirar el techo desde la cama y la cara se le ha llenado de granos enrojecidos y como a punto de estallar.

—Mírame, ¿cómo voy a salir con esta cara en televisión? Parezco una esponja.

 

La idea es tomar parte en octubre del Concurso de Talentos Televisivos, un certamen anual organizado por la cadena estatal y cuyo premio garantiza un pase de larga estancia a una de las islas subtropicales de la Reserva. Es decir, el libre acceso a un cielo un poco más limpio y comida certificada. A cambio, los finalistas y ganadores aceptan convertirse en bufones de señores de vacaciones, gordos flácidos de mirada vidriosa y melancólica que tal vez se la casquen pensando en las tetas de María.

Algunas de las islas de la Reserva conservan aún vegetación natural en zonas separadas de los resorts y parece que la calidad del aire allí aún recuerda a la de las primeras décadas del siglo XXI. El viaje en barco y la estancia son tan caros y elitistas que solo un programa de entretenimiento global como el CTT podría patrocinarlos.

Sentadas en la mesa de la cocina comunitaria esperando a que se enfríe el agua recién hervida, María y yo imaginamos el día en que saldremos a la calle y  tomaremos el barco ya transformadas en divas, emblemas vivos del espectáculo y el entretenimiento. Solo que además de los mareos, después de cada inyección de hormonas hay que ajustar de nuevo la tesitura y trabajar los arreglos, de modo que montar un repertorio se ha convertido en una labor interminable. Tampoco nuestro concepto está claro: ¿bossa-nova con un twist electrónico, bolero orientalizado o cumbia dodecafónica? No sé. Lo que sí es seguro es que un dúo clásico de canto y guitarra no nos garantizará ni siquiera el paso a las finales. María sopla sobre la taza y un humo blanco se levanta cimbreándose sobre su frente tachonada de pústulas.

Lo del dúo era la idea que se nos había ocurrido a María y a mí para escapar del edificio, ser becadas por nuestro “arte” y relocalizadas a un lugar donde la tarifa horaria fuera unos céntimos más alta. En la isla, los locales temáticos de entretenimiento demandan cada temporada nuevas voces y melodías, novedades culturales que sigan refinando el gusto de los más gordos y les ofrezca argumentos morales a su posición: “La cultura nos hace avanzar”, es el lema del CTT. Así, el programa radia durante semanas las actuaciones de los mejores talentos del mundo, la salvaguardia del Arte más entregado, los verdaderos “genios artísticos”, es decir, aquellos que, pese a las condiciones de decadencia medioambiental y social en las que vivimos, encuentran todavía medios y energía para dedicarse unas cuantas horas semanales al desarrollo del Verdadero Arte. Desimone, el escultor autodidacta de materiales reciclados que tiene un cuarto enfrente del de María, dice que lo del Arte y el concurso es una gran farsa, que seguro está amañado desde el inicio. A Desimone no se le ocurriría nunca presentar ninguno de sus monstruitos de plástico y chapas oxidadas al concurso, supongo que porque pondría demasiado en evidencia el camino por el que avanza “nuestra” cultura.

Lo del dúo era una solución individual, casi egoísta tal vez, pero era lo único que teníamos a nuestro alcance. La cooperativa de frutas y verduras biológicas Zulle de Zielstraat no estaba funcionando, se había convertido en sesiones interminables de discusión sobre los hechos más triviales e intercambio de novelitas y trapitos en el mercadillo. A mí me suponía un poco más de conflicto moral que a María el que tuviéramos que dedicar el resto de nuestras vidas a entretener turistas de lujo, prostitución espiritual para que aquella gente flácida canalizara sus atrofiadas emociones, darles una excusa para babear en un llanto desvergonzado. Porque la voz de María los envolvería sin que pudieran hacer nada, se les metería en las tripas y en el pecho, los desarmaría como a niños que hipando no podrían sino llamar a mamá. Solo que prefería no decir nada, el ánimo era ya de por sí demasiado bajo con el hecho de no poder ensayar más de tres días seguidos como para meter el dedo en la llaga. O en los granos de María.

A todo esto, estaba el tema de las gaviotas. No sé bien cuándo, los pájaros habían empezado a llegar, supongo que codiciosos de los desperdicios que se acumulaban en las calles. Como bien se demostró, eran animales gregarios, con costumbres muy fijas y que no dudaron en sentar su residencia allá donde su supervivencia estuviera garantizada. De modo que, lo que en principio fueron bandadas aisladas que aparecían al amanecer y desaparecían en dirección a la playa en torno al mediodía, se convirtió en una colonia estable que ensordecía el aire con sus chillidos. Ladinamente, instalaron sus nidos en los tejados de los edificios y empezaron a multiplicar su número. Por la falta de lluvia, los tejados dejaban ver ahora los churretones blancos de sus excrementos. La ciudad se había parecía haberse convertido en una contienda entre humanos y bichos.  Por las noches resultaba casi imposible dormir, si bien lo peor era el atardecer y el amanecer, cuando bajaban a rebuscar entre la basura y los restos algo de comida. Nuestra idea era entonces abandonar esa parte del mundo y dejársela a las gaviotas, pues estaba claro que habíamos perdido todo control sobre el territorio, que ahora pertenecía por completo a las aves. El ruido, los excrementos, el vuelo en picado de los pájaros cuando se salía a las ventanas… Pero allí estábamos María y yo, cantando y tocando en nuestros cuartos alquilados con las ventanas cerradas para que aquellas malditas criaturas no colonizaran también los pasillos del edificio.

 

Desimone no se explica por qué odiamos a las gaviotas. Dice que son animales de los que podemos aprender muchas cosas y que su carne es excelente. Que hay que marinarla durante al menos veinticuatro horas de modo que expulse esa especie de moco blanquecino que guarda en la capa de debajo de las plumas pero que por lo demás es exquisita. De cada ave que caza, guarda las plumas y los picos, que asegura son las partes que hay que honrar además de la carne.

—¿Honrar? —pregunta María con una mueca de asco.

Ella dice que está loco y que el olor que viene del cuarto de Desimone es repugnante. Yo lo respeto, al menos él ha encontrado una manera de adaptarse a la situación y sobrevivir.

—No olvides, ratita, que lo primero es eso, sobrevivir —me dice guiñándome uno de sus ojos verdosos.

 

Desimone tiene una compleja teoría de por qué las gaviotas han llegado hasta aquí, por qué se han quedado. Dice que se parecen tanto a nosotros que por eso pueden existir en nuestros espacios. También dice que las observa durante horas tomando nota de sus lenguajes.

La opinión que Desimone tuviera acerca de nuestro intento en el concurso, se la guardaba para sí. Venía a oírnos ensayar y se quedaba en silencio, mirándonos con una sonrisa boba en los labios, sin llegar a decir nunca qué pensaba. En cambio para Amós, el sin techo que vivía en el portal del edificio, el premio estaba ya previamente asignado, “pues no sabrán esos hijos de puta lo que cuesta traer gente a una isla”.

Un día sucedió algo. Enfundado en su habitual albornoz azul, Amós salió a la mitad de la calle. Las aves estaban inquietas, trazando círculos en el aire como a la espera de que sucediera algo. Descalzo, el hombre avanzó hasta el centro de la carretera y se abrió la bata. Su cuerpo blanco y demacrado emergió desnudo de debajo de la tela al tiempo que una bandada codiciosa de pájaros se abalanzaba sobre él. Lo derribaron y lo golpearon, de modo que quedó tendido en el asfalto mientras llegaban más y más pájaros, que le picotearon la cabeza y el estómago. Empezó a haber sangre por todos lados pero el hombre se dejaba hacer en silencio. Después, ni María ni yo pudimos seguir mirando. Siguiendo la prohibición, nadie salió del edificio y el cadáver quedó tendido ahí en mitad de la calle hasta que pasó uno de los camiones del desecho, con su musiquita de cajita de música, y lo retiraron. No pudimos seguir ensayando, era ya demasiado.

—Me tengo que ir al cuarto —dijo María— tengo que ponerme la inyección de las 9.

—No te preocupes, Meri, esto nos va a salir algún día. Algún día lo conseguiremos.

 

Buscando entre las cajas, encontré una lista de nuestra clase de inglés de adolescentes. Era un ejercicio en el que nos habían pedido que escribiéramos qué nos llevaríamos a una isla desierta

—¿Qué te llevarías a una isla?, Meri —le pregunté.

—Una guitarra, un cuaderno, un lápiz y tal vez una sartén.

—¿Una sartén a una isla desierta?

—Venga, tía, no seas ridícula. Ya no quedan islas desiertas.

 

Creo que aquella noche lloré. Sin desesperación, consciente de que nunca nos saldría lo del dúo, que nunca llegaríamos a abandonar el edificio. Pero pese a los cambios de tesitura, la falta de ensayos, María tenía una voz que hacía olvidar a las aves y el calor. Era una voz cálida, sobre todo cuando cantaba canciones banales, coplillas que recordaba de cuando éramos pequeñas. Si cerraba los ojos, la voz se le ponía áspera pero cálida, como si ya no fuera ella la que la pronunciara. Pensé en ese mar tranquilo y sin límites que se le aparecería a María al cerrar los ojos y cantar. Pensé que al día siguiente volvería y que seguiríamos intentando lo del dúo, que lo importante era encontrar tiempo para que aquella voz que no era ella siguiera sonando.

 

Desimone está contento con que no nos hayan dado lo del concurso. Dice que hay que saber quedarse y hacerlo juntos, y que eso es algo distinto a acostumbrarse. Que hay tantas cosas que hacer que en realidad lo absurdo sería marcharse. Lo dice mientras sorbe cucharaditas de mungo con azúcar.

—¿Sabes? Han dicho que hoy es posible que llueva —comenta muy serio.

—¿Sí? Espero que se limpien las cacas.

 

Un portazo resuena en los pasillos. Abro la puerta y en la corriente oigo a María acercarse canturreando mientras me llega ese olor a humedad que precede a las tormentas. En la ventana una paloma me mira: gira la cabeza con curiosidad y se queda así un rato, observándome. Tiene el pico color amarillo brillante.

 

Daniela Martín Hidalgo es escritora y traductora. Ha publicado los libros de poesía Memorial para una casa (La Palma, 2003) y Pronóstico del tiempo (Trea, 2015) y relatos en revistas y volúmenes colectivos.

La imagen que ilustra el texto es de la fotógrafa húngara Marietta Varga, su trabajo puede ser admirado en su página web  https://www.mariettavarga.com/