En febrero de este año la revista brasileña Piauí publicó un extensísimo perfil realizado por Alejandro Chacoff sobre César Aira y su importancia dentro del panorama literario actual, no ya el argentino, latinoamericano o el de la lengua española, sino el mundial. Dicho perfil suscitó tanto interés que la revista lietaria The Dial primero, y más tarde The Guardian (en este caso un poco abreviado) publicaron la traducción del mismo al inglés. Es motivo de orgullo para penúltiMa poder compartir en exclusiva para los lectores en castellano tras un acuerdo con Piauí este texto, traducido por Antonio Jiménez Morato, que sirve como excelente pórtico de entrada a la obra de Aira. Aparecerá dividido en tres entregas a lo largo de esta semana. Disfruten.
A finales de 2002, Michael Gaeb acababa de abrir su agencia literaria. Con 29 años viajó de Berlín, donde aún vive, a Guadalajara, en México, para visitar una de las principales ferias de autores latinoamericanos. La primera mañana del evento, mientras paseaba por entre los stands, la cubierta de un libro atrajo su atención. Un hombre sentado, con quepis y gabán, aparecía concentrado bajo la inmensa copa de un árbol, pintando un lienzo a orillas de un río, entre rocas y densa vegetación. Detrás de él, en pie, un peón con sombrero le observaba alejándose un poco, como si intentara encuadrar la pintura a medio hacer.
Hijo de madre mexicana y padre arqueólogo alemán que había trabajado en México, Gaeb ya había visto el cuadro en la colección de libros y catálogos de su familia. Pronto reconoció que el pintor representado en el cuadro —del que es autor François Mathurin Adalbert, el Barón de Courcy— era Johann Moritz Rugendas, un artista bávaro del siglo xix, conocido por sus viajes a lo largo del continente latinoamericano, sus retratos de montañas y selvas tropicales. El libro, Un episodio en la vida del pintor viajero, estaba firmado por César Aira, un autor argentino del que Gaeb nunca había oído hablar.
A la noche, en el hotel, antes de salir hacia una fiesta, Gaeb hizo una lectura febril de la novela, que era corta. La terminó en dos horas. En el relato, Aira relata el viaje que Rugendas y su colega Robert Krause intentan realizar desde los Andes hasta Buenos Aires, pasando por Mendoza y la pampa argentina. El protagonista se encuentra motivado por la idea sincrética del explorador Alexander von Humboldt —la de una supuesta «fisonomía de la naturaleza», la fusión del arte y la ciencia en una totalidad ideal—, y está convencido de que sólo en la inmensidad de las llanuras pampeanas obtendrá la inspiración que necesita para sus retratos. Una vez allí, sufre un traumático accidente y queda desfigurado. Adicto a la morfina y sujeto a alucinaciones, se ve envuelto en una batalla campal entre indígenas y estancieros, lo que le permite acceder a un nivel superior de capacidad artística y así adquiere una comprensión más profunda de los paisajes y del mundo que le rodea.
«Es un libro más convencional para lo que suele ser la literatura de César», me dijo Gaeb cuando hablamos a finales de noviembre a través de Zoom. De hecho, la densidad de las reflexiones (sobre el arte, los viajes, el arte que se produce en los viajes) y la velocidad de la trama resultarían excesivas para cualquiera, pero no para Aira, cuyos pequeños libros surrealistas cambian de atmósfera y a veces incluso de género de una página a otra. Aun así, sin conocer el resto de la obra, Gaeb quedó seducido por la fecunda inventiva del autor. «Fue lo primero que me impresionó. Esa variada imaginación, esa riqueza. Y también la falta de respeto por las formas literarias. Hace lo que quiere, lo que le da la gana». Tras leer la novela, Gaeb se puso en contacto con Marcelo Uribe de inmediato, el editor del libro, que le dio el número de teléfono del autor. El trato se desarrolló con rapidez y cordialidad, y Gaeb empezó a representarlo fuera de Argentina.
Con su barba cuidada, gafas y abundante cabello, Gaeb aparenta menos de los cincuenta años que tiene, y se comunicó conmigo desde México, donde había leído por primera vez al autor hacía más de dos décadas. Aquel mismo año, al término de la feria y con el contrato ya firmado, Gaeb viajó a Xalapa para visitar al que, hasta entonces, había sido su primer y único cliente latinoamericano: el escritor mexicano Sergio Pitol (Premio Miguel de Cervantes en 2005 y fallecido en 2018). «¡César es un genio, Michael!», dijo Pitol, entusiasmado con la nueva contratación. Pitol y Aira se habían conocido unos años antes en Venezuela, en un festival literario, el mismo que daría origen a la novela El congreso de literatura, un libro de 1997 que hoy es uno de los más famosos del autor argentino. En esta historia —algo más representativa del tono de su obra—, un traductor, especie de alter ego de Aira, inventor loco en sus ratos libres, viaja a Venezuela para asistir a un congreso literario y, entre otras cosas, intenta reencontrarse con un amor del pasado y reunir un ejército de clones del escritor Carlos Fuentes para dominar el mundo. Un error en el proceso de clonación provoca una catástrofe que involucra a unos gusanos azules gigantes.
Tomando prestados muchos libros de la biblioteca de Pitol, Gaeb se familiarizó con el universo de Aira y pasó a intentar venderlo. «En 2002 no tenía mucha idea de cómo funcionaba una agencia literaria». Aun así, en unos seis meses consiguió vender los derechos de Un episodio en la vida del pintor viajero para ser traducido a siete idiomas (en Brasil, el libro fue publicado en 2007 por la Editora Nova Fronteira con el título Um acontecimento na vida do pintor-viajante). Los otros libros, sin embargo, tardaron en salir adelante. «Me di cuenta de que el problema fundamental a la hora de promover la obra de César es que, si quieres vender derechos de autor en una feria, donde tienes apenas treinta minutos, el editor siempre te pregunta: “¿De qué va la novela?” Y, en el caso de César, esa pregunta no la puedes contestar porque es muy difícil hacerlo».
En 2007, Gaeb decidió cambiar de enfoque. Editó un folleto de cuarenta páginas, en inglés, y lo tituló How to read and publish César Aira (Cómo leer y publicar a César Aira). El folleto contenía traducciones de fragmentos de tres novelas del autor, muy diferentes entre sí, y un breve ensayo sobre la obra, de unas tres páginas, escrito por el propio Gaeb. «Ahí fue cuando la cosa echó a rodar».
Hoy, Aira se ha traducido a 37 idiomas. Hace unos años, Patti Smith acudió a un festival cultural en Dinamarca, y el organizador del evento confesó más tarde a Gaeb que ella sólo había ido porque Aira iba a estar allí (durante el espectáculo, pidió al público que le hiciera una oda). A principios del pasado mes de octubre, la web inglesa de apuestas Nicer Odds situaba al autor como uno de los favoritos al Nobel de Literatura, pagando 13 a 1, una cantidad ligeramente más favorable que la de otros candidatos más perennes y menos meritorios, como Haruki Murakami, con una cuota de 15 a 1, y Salman Rushdie, que aparecía con una cuota de 19 a 1.
«Ya sé que, hasta mi muerte, todos los meses de octubre voy a tener que soportar esto», me dijo Aira una tarde de mediados de noviembre en Buenos Aires, cuando nos reunimos en su despacho. Estaba un poco enfadado con la histeria de los periódicos por el posible premio. Dicha por cualquier otro escritor, la frase sonaría algo impostada: un modo obtuso de vanagloriarse o sortear su propio narcisismo. Pero, dada la obsesión con la que Aira siempre ha mantenido una rutina de escritura -o una rutina, pura y simplemente-, es comprensible que le incomode la atención que rodea al premio que le negaron a Jorge Luis Borges. A punto de cumplir 75 años, viviendo en el mismo barrio desde hace más de medio siglo, Aira no parece ser el tipo de persona que aprecie eventos desestabilizadores. «Pero a veces [la candidatura] me sirve. Por ejemplo, ahora vivimos en un apartamento más lujoso, que está un poco por encima de mis posibilidades», me contó, entre risas. «Y me lo alquilaron porque vieron que soy candidato al Nobel».
El piso en el que vive está a tan solo cinco manzanas de lo que ahora es su oficina, y que a su vez fue la casa en la que vivió durante más de cuarenta años con sus dos hijos y su mujer, la poeta y estudiosa de la literatura japonesa Liliana Ponce. La reciente mudanza se debe a que Ponce padece una enfermedad que afecta a su movilidad, y el nuevo edificio tiene ascensor. La tarde que me recibió en su despacho, Aira llevaba una camisa a cuadros de manga corta, pantalones vaqueros, zapatillas deportivas y un sencillo reloj en la muñeca. Era evidente que la mudanza había sido reciente. El ambiente del despacho seguía siendo el de una casa habitada y, en la habitación principal, rodeada de cajas de cartón llenas de libros, había una cama de matrimonio hecha.
Aira lucía barba, un detalle que me desconcertó porque no concordaba con el rostro afeitado que aparece en sus fotos (reacio al ambiente político del mundo literario y a las intrigas de la política nacional, el autor no habla con la prensa argentina, pero concede entrevistas ocasionales a medios extranjeros y muchas de sus imágenes circulan por internet). También había otro motivo para mi desconcierto: su barba sugería una pequeña variación, una vaga dejadez en su rutina, contradiciendo su fama de repetidor maniaco. Aira rara vez sale de Flores, un barrio residencial de clase media y media-baja, ahora más conocido como centro de fabricación textil que suministra a las tiendas de ropa de las zonas más acomodadas de la ciudad, como Palermo y Recoleta. Allí, cuando aún era un autor leído por un diminuto y fervoroso círculo de lectores, desarrolló un método llamado «la huida hacia adelante», que consiste en escribir durante unas horas al día y nunca revisar lo escrito hasta llegar al final de una historia. «Reviso mucho más que antes», me dijo, desmitificando con desenfado el que acaso sea el dato más repetido sobre él en los círculos literarios. «Creo que me he vuelto más exigente. O que escribo ahora peor que antes. Pero reviso mucho más».
Escribía las novelas —y a veces continúa haciéndolo— en bares, cafeterías e incluso en locales de comida rápida del barrio, como McDonald’s o Pumper Nic, una cadena porteña ya desaparecida, pero muy famosa en los años 70 y 80, cuyo logotipo era una descarada imitación del de Burger King. «Todo comenzó cuando mis hijos eran pequeños, en cuanto tenía un hueco me escapaba a escribir. Pero a partir de la pandemia volvieron a abrirse los bares. La gente empezó a ir a los cafés, y están siempre llenos. Y está el tema de los teléfonos. Si en una mesa vecina hay dos personas hablando entre ellos, uno puede abstraerse que hablen. Pero si sólo hay una persona hablando por teléfono, es como si te estuvieran hablando a ti. ¡Oh, qué espanto!» Aun así, Aira va con frecuencia a bares y cafés, por lo general en intervalos de pocas horas al día, cuando su mujer se queda con una cuidadora. Me mostró un nuevo descubrimiento que lo estimula en esas salidas: cuadernos de notas grandes y buenos para la vista, con pautas inmensas, que manoseaba y hojeaba con cariño.
Estábamos en su despacho, un ambiente oscuro y abarrotado de pilas y estantes de libros. Aira insistió en que me sentase en la silla frente a su ordenador y buscó una de plástico en otra habitación. Su voz temblorosa, a menudo grave, sonaba a veces como si estuviera a punto de quedar embargada por la emoción. Cuando me encontré con él delante del edificio tuve la impresión de haberle sacado de algún estado de conmoción. Pero luego esa impresión se deshizo: las oscilaciones de su timbre de voz parecían tener más que ver con una susceptibilidad inusual a los rumbos que sigue una conversación. Aira imprime emoción o ironía llenas de dramatismo a sus palabras, y no es raro que reconsidere respuestas o delibere en voz alta, como si siempre estuviera, al igual que sus narradores, entre la gran revelación o un encogimiento de hombros.
Otra característica de la ficción de Aira es la narración lineal. Quizá porque sus tramas son ya de por sí tan rocambolescas, no hace juegos temporales y suele narrar las cosas de principio a fin. «He estado precisamente pensando en mis primeros recuerdos de infancia, porque son de la revolución de 1955», me dijo nada más sentarnos. Me contó que aquel año, cuando cayó por primera vez el general Juan Domingo Perón, los militares bombardearon un arroyo cerca de Coronel Pringles, el pueblito en el sur de la provincia de Buenos Aires donde nació, a 500 kilómetros de la capital. «Las tropas leales a Buenos Aires querían sofocar un motín en Bahía Blanca [otra localidad del sur de la provincia] y vinieron los aviones de la Armada, que sobrevolaron Pringles. Yo tenía seis años, pero me acuerdo muy bien de esa noche porque mandaron apagar todas las luces del pueblo y pidieron que todos se encerrasen en sus casas. Al día siguiente, todo el pueblo fue al arroyo a ver qué había pasado con las bombas y se hablaba de un soldado muerto. Todo el resto de mi infancia fui en bicicleta al arroyo a buscar el soldado muerto y nunca lo encontré».
En Pringles sólo había un cine, y la televisión aún no había entrado con fuerza a los hogares. Pero el pueblecito tenía dos bibliotecas públicas bien abastecidas. Sin acceso a los superventas, los habitantes se veían obligados a recurrir a los clásicos de la literatura para escapar del aburrimiento. «Aún adolescente, ya leía a Joyce, Proust y Kafka. Los jóvenes hoy empiezan a leer Harry Potter a los once años y me parece muy bien, porque está hecho para ellos. Pero luego está el resto, no sé, como ocho Harry Potter y cuando llegan a los veinte no leen a Sartre y Camus, ¡siguen leyendo Harry Potter!» La precocidad se fomentaba no sólo mediante la lectura, sino también con la educación pública amateur, en la que las clases no las impartían profesores especializados, sino por voluntarios con gigantescas bibliotecas privadas. Había médicos que se prestaban a dar clases de filosofía («en aquella época los médicos eran humanistas») y abogados que daban clases de historia. «No tuve ese tipo de educación burocrática, donde el profesor sabe más que nadie. Era algo mucho más libre».
Más o menos a los catorce años, Aira conoció a Arturo Carrera, un amigo que, como él, también llegaría a ser un escritor reconocido a nivel nacional. Para la prosa, Carrera se quedó el verso. En Pringles, los amigos trataban de estar al tanto de las novedades del mundo literario y de hacerse con las revistas que se lanzaban en la capital. En una de esas publicaciones, llamada Testigo, se convocó un concurso de poesía y relato. Carrera envió unos poemas y Aira un cuento. Ambos ganaron.
En esa época, la mayoría de los estudiantes secundarios prometedores de Pringles cursaban los estudios universitarios en Bahía Blanca. «Derecho era la única carrera que no había allí», cuenta Aira. Fingió ante sus padres que le interesaba la carrera de abogado y se mudó a la capital. Durante dos años estudió Derecho en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y luego se cambió al departamento de Letras. La nueva especialidad estaba más cerca de su vocación, pero la elección académica era lo que menos le importaba. «Quería venir por las galerías de arte, por los cines».
Por aquella misma época Carrera se había mudado a Buenos Aires y allí los dos conocieron también a Alejandra Pizarnik, hoy una de las poetas latinoamericanas más reconocidas del siglo xx. «Alejandra era muy sociable. Ahora se ha hecho un poco la leyenda de la poeta maldita y de la angustia por su diario. En realidad, era muy alegre y sociable. Salíamos a comer pizza». Con la colaboración de Pizarnik, Aira y Carrera fundaron una revista de poesía llamada El Cielo, que duró poco («como todas las revistas de poesía»), pero cuyos números pueden consultarse ahora en la web del Archivo Histórico de Revistas Argentinas (ahira.com.ar), un proyecto de restauración digital de publicaciones desaparecidas. «Es una vergüenza para mí. Pero tenía diecinueve, veinte años. Fue un pecado de juventud».
Los poemas de Carrera que ganaron el concurso de la revista Testigo fueron publicados. El cuento de Aira, no. La revista llegó a su fin antes de que el texto pudiera publicarse. Pero uno de los jurados del premio, Abelardo Arias —un famoso novelista en las décadas de los 60 y 70, ganador del Premio Nacional de Literatura en 1972, un importante honor en aquella época— le escribió para felicitarle por el cuento. Aira y Arias empezaron a cartearse. En Buenos Aires, Aira llevó el manuscrito de una novela a su colega epistolar. A Arias le encantó y se lo pasó a la editorial Galerna, una editorial que todavía existe, pero con otros dueños. La editorial aceptó publicarla.
«Aquello era algo grande, sobre todo para un joven de aquella edad», cuenta Aira. Después de pasar la infancia y adolescencia inmerso en los libros, por fin iba a publicar el suyo.
Un día, paseando ocioso por las calles de la ciudad con una amiga, se topó con un edificio que conocía: «En este edificio hay una editorial que quiere publicar una de mis novelas», le dijo a la amiga. «Vamos a subir». Cuando llegó pidió hablar con el editor responsable de su libro. Pidió que le devolvieran el manuscrito. «No quiero publicarlo». El editor se quedó estupefacto, sin entender nada. Mi reacción cuando Aira contó la historia no fue muy diferente. Le pregunté por qué lo había hecho.
«Porque sí». Se encogió de hombros y se rio. «Quería impresionarla».
Escribir todos los días sin revisar hasta llegar al final de una historia genera una cantidad obscena de libros. Entre novelas, recopilaciones de ensayos y otras misceláneas, no di con nadie en Buenos Aires que pudiera precisar con exactitud cuántos libros ha publicado Aira. César Aira, un catálogo, realizado por el escritor y abogado Ricardo Strafacce, es el esfuerzo más notable que se ha hecho para enumerar su obra. Lanzado en 2018 con el objetivo de ayudar a los no iniciados, el libro hace una selección, y reproduce una página de cada uno de los títulos del autor editados hasta ese año. Cuando le pregunté si se trataba de una curaduría, Strafacce respondió que «no tanto». El catálogo se había encargado en parte para celebrar el centenar de títulos (a Aira le gustan las cifras redondas), pero en el tiempo que tardó en llegar a la imprenta, el homenajeado ya había añadido dos más a su obra. En su despacho, Aira me mostró una estantería con sus manuscritos inéditos. Según él, son algo más de cuarenta títulos.
Cuando me senté con Strafacce, en el bar Varela-Varelita, en Palermo, un atardecer de noviembre, él estaba todavía indignado con el editor del catálogo, quien, según él, había cambiado los datos bibliográficos de El hornero, un cuento de Aira. «Estoy furioso, puedes decírselo, me chupa un huevo». Entre el ruido del bar, abarrotado, era difícil entender todos los detalles del embrollo. En un momento dado, Strafacce, un tipo intenso y habitualmente amable, se exasperó con mi lentitud cognitiva y me quitó el lápiz de la mano. «Te lo escribo yo. El hornero. Es ese pajarito que hace el nido de barro». También se quejó de otra pequeña alteración. En los datos bibliográficos de otro título, el editor había añadido «España» a la mención de «Madrid» realizada por Strafacce. Para Strafacce, este detalle lo había hecho parecer un idiota, un boludo.
«¿No son increíbles las nimiedades por las que se enojan los autores?» Francisco Garamona, el editor en cuestión, me preguntó unos días después. Con un cigarrillo en una mano y un vaso de gaseosa en la otra, me explicó que sólo había utilizado la versión de El hornero que se consideraba la oficial, autorizada por Aira, porque circulaba una anterior, pirata. Estábamos sentados en un sofá de La Internacional Argentina, la librería de Garamona, desde donde también opera su editorial, Mansalva. La librería es el lugar de la ciudad donde se encuentran más títulos de Aira, y la editorial es ahora probablemente donde más publica el autor. «Aquí hay uno, aquí otro, aquí uno más, otro más aquí». Garamona contaba los huecos de las estanterías. «Uno, dos, tres… siete. Siete estantes sólo de Aira». En las paredes había un retrato de Evita espolvoreado de purpurina, una icónica camiseta azul con la frase «Yo tengo Sida» en letras de colores, firmada por el artista experimental Roberto Jacoby, un dibujo de una amazona encima de una especie de lobo con la puesta de sol al fondo. También había dos cuadros pintados por el propio Aira.

Alejandro Chacoff escribe ficción, ensayo y crítica. Es autor de la novela Apátridas (Companhia das Letras), y en la actualidad se desempeña como editor en la revista brasileña piauí. Ha contribuido en publicaciones como The New Yorker, The New York Review of Books, The New York Times Book Review y The Guardian, entre otros.



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