Ante el cambio de paradigma que impone la dictadura de las redes sociales en la concepción y, sobre todo, promoción de una carrera literaria y la difusión de una obra, Rubén Triguero enlaza una serie de reflexiones que pretenden aclarar su punto de vista sobre la mercantilización de la figura del autor y la fetichización de la escritura y los elementos anejos a la misma.
Hace un tiempo, en una de las ponencias del XXII congreso de los libreros, se expuso un estudio sobre la comercialización del libro, en el que se afirmaba que el 86% de los libros que se publican, venden menos de 50 ejemplares al año.
Y en este sentido, se referenciaban aquellos que llegaban a librerías, por lo que no se consideraban las publicaciones que ni siquiera pasan por los cauces tradicionales de venta. Por supuesto, en estos casos no siempre se cumplen estas directrices, pero lo que se pretendía visibilizar era la situación de la publicación en España, y creo que las estadísticas definen claramente el panorama: se publica mucho pero apenas se consiguen distribuir ejemplares de cada proyecto editorial.
Esto se debe, entre otras cosas, a que es muy difícil llegar a un público relativamente amplio sin una extensa campaña de publicidad que promocione la obra. Algo que se traduce en una inversión de capital por parte de la empresa (editorial) que no siempre logra resultados. Así pues, salvo que se trate de escritores que ya tengan un reconocimiento y unas ventas sostenidas con anterioridad, son contadas las obras que reciben este empuje (y prácticamente imposible si la obra no va en consonancia con las modas). Por otra parte, hay editoriales que ni siquiera pueden permitirse una campaña de publicidad por sus limitados recursos económicos.
En este contexto, es frecuente encontrar afirmaciones como que hoy en día el autor no puede ser una figura pasiva tras la publicación de la obra, sino que debe tomar una actitud activa a la hora de publicitar la obra y de darla a conocer. En la práctica, esto conlleva un trabajo extra con el que en muchos casos no se está de acuerdo o, aunque se esté, ni siquiera se sepa como realizar. No olvidemos que una campaña promocional tiene un enorme trabajo tras de sí y un del público objetivo.
El autor se enfrenta, además, a un trabajo que en la mayoría de casos ni siquiera va a tener una contraprestación digna (me refiero a la relación de horas dedicadas frente a beneficios obtenidos). Una situación que invita a reflexionar en torno a ello: ¿hasta dónde merece la pena este esfuerzo? El tiempo dedicado es irreemplazable y mientras se está promocionando la obra, no se está realizando aquello con lo que se disfruta, que es escribir. Junto a esto, habría que añadir otro factor que no es baladí: en un contexto temporal en el que hay más escritores que en cualquier otro momento histórico, y en el que los demás (salvo las excepciones) se encuentran en condiciones similares, da lugar a que posiblemente todo ese esfuerzo acabe diluyéndose en un enorme océano de causas más o menos parecidas.
Hay más factores que también afectan a todo esto, cuya suma a lo mencionado determina que la mayoría de obras ni siquiera alcancen esa mínima cifra de ventas. Todo el esfuerzo dedicado a la creación y construcción de la obra, todo el refinamiento, todo el trabajo invertido por profesionales de diferentes ámbitos para dar la forma última al libro, todo el esfuerzo de darlo a conocer, para que al final, el producto ni siquiera pase de un mero espejismo.
Por todo ello, pienso que lo importante es mantener la libertad de crear aquello que realmente satisfaga como autores, independientemente de las modas o la situación imperante. Y si toca promover y dar a conocer una obra, dedicarle lo que buenamente se pueda, atendiendo a esas realidades y sin aferrarse demasiado a ello. Porque después de todo, somos finitos, y el tiempo disponible tiene un valor incalculable.

Rubén J. Triguero (Sevilla, 1985) reside en Madrid desde 2012 y trabaja como programador informático. Ha publicado la colección de relatos Si sale cara (Boria ediciones, 2018) y ha participado en los proyectos: Versos al paso y Llévate un poema a casa.
La fotografía que ilustra el artículo es obra de Yuliya Germanovich.



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