Carlos García Simón, uno de los grandes flamencólogos que tenemos, él nos matará por decir esto, nos ha confesado más de una vez lo molesto que le parece el mimetismo que parece haberse apoderado de todos los textos relacionados con el flamenco, y, sobre todo, que en su labor de plumillas parezcan haber olvidado lo esencial: que la crítica es decantación y análisis y no mera impresión. En un universo perfecto se entendería que la crítica más excelsa es la que crea en diálogo con la producción que la precede y se proyecta en el futuro. En buena medida Fosforito fue eso en el mundo del cante: lo escuchó todo, lo asimiló y estableció un juicio crítico sobre las líneas maestras del pasado y cimentó el futuro del cante jondo. Lo hizo no de modo innato, sino esforzado, mediante el estudio de las influencias, y no menor fue su esfuerzo a la hora de dejar registrado su enfoque como manual para las generaciones que lo seguirían. Su reciente muerte ha servido para que los plumillas de la crítica se hayan molestado más en salir en la foto que en explicar a los legos la importancia de su figura, cosa lógica porque los deja como meros glosadores de su tarea, pero, por fortuna, García Simón sí piensa en los interesados en el flamenco que quieran saber por qué hace un par de semanas el mundo de la canción española se vistió de luto y se ha considerado su pérdida una tragedia. Los vinilos, por cierto, no están tan caros en las tiendas, y tienen cubiertas más hermosas que casi cualquier cosa de las que llega ahora a las tiendas.
Los críticos de flamenco tienen bien merecido el ostracismo al que están actualmente condenados. Las necrológicas a la muerte del cantaor Antonio Fernández Díaz, Fosforito (3 de agosto de 1932-13 de noviembre de 2025) son una buena muestra de ello. Tras leerlas, uno tiene la sospecha de que a todas las firmas más reconocidas de los periódicos más relevantes parecían haberles encargado un responso y no un artículo de prensa. Mismos tics, misma estructura en todos:
1. Fue mi amigo;
2. Secreto que me confesó la última vez que estuve con él;
3. Fue muy importante;
4. Obtuvo todos los reconocimientos;
5. Repaso de los mismos;
6. Brindis por el amigo.
En realidad, parecen copiados de una plantilla sacada de las páginas finales de un manual de oraciones fúnebres. Y no se trata de poner en duda el dolor o el duelo, sino de señalar que, acaso, el lugar para ese ejercicio no sea el adecuado. Bien es cierto que no es muy distinto lo que ocurre cuando ejecutan una crítica al uso a un disco o recital. Por lo general, y es rara la excepción, el gusto funciona en ellos como criterio. El punto final de una crítica (y esto no le pasa solo al flamenco: el problema es general) se resume en algo tan banal como conocer si al crítico le ha gustado o no la pieza, si le da su beneplácito o no. Ese gusto está autorizado precisamente por el prestigio que les otorga el albergar un conocimiento reconocido por la comunidad intelectual pertinente. Pero esa misma investidura inicial les exime desde el mismo momento de mostrar ese conocimiento. En un sentido de la palabra que ya es casi un arcaísmo, el gusto tenía que ver con la capacidad de distinguir, de diferenciar. Así se ve, por ejemplo en el ensayo de Hume, «Sobre el gusto», en el que utiliza la escena de El Quijote en la que Sancho detecta sabor a cordobán en un vino para señalar su ‘buen gusto’. Evidentemente, no se trata en este sentido de una tarea de distinguir lo bello de lo feo, o lo auténtico de lo falso, sino de apreciar las partes, de ser capaz de diferenciar los matices. No hay juicio de valor, sólo análisis. Un buen gusto es un sentido analítico desarrollado. Pero nada queda de eso en el trabajo del crítico. No, desde luego, en el mundo flamenco.
La valoración del crítico sirve al lector, dentro de la ideología vigente, como sustituto de la propia valoración. Pero, efectivamente, la propia idea hace aguas: ni esa comunidad que inviste de prestigio tiene prestigio, ni esos críticos son ya reconocidos por un supuesto público lector, que busca ya en otro lugar a los prescriptores, ni el mismo crítico aporta nada que no sea un socialmente devaluado criterio que no muestra su contrapartida de agudeza. Los críticos se muestran inútiles.
Es el pecado original del crítico: querer enjuiciar, querer erigirse como aduanero (por utilizar la metáfora acuñada por Miguel Copón siguiendo la anécdota del aduanero que registró el «Pájaro en el espacio» de Brancusi como artículo de cocina) …haya interés o no en pasar esa aduana.
Sin embargo, una tarea le quedaría al crítico que no quiera velar por una ciudadela muerta: la de hacer crítica; es decir, retomar ese sentido olvidado de la palabra y esforzarse en mostrar los criterios de construcción de las cosas, sus funciones.
No se trata de si Fosforito fue importante por recibir premios o bien recibió premios por ser importante, o si fue amigo mío por ser importante o recibió premios por ser mi amigo. Se trataría de explicar quién fue Fosforito, qué función cumplió en la dinámica histórica del flamenco. Esa es la función restante del crítico si quiere seguir siendo útil, esa es su responsabilidad. Entender y explicar, no ver y juzgar.

Fosforito fue una figura clave de la historia del flamenco no por ganar premios, que los ganó, ni por vender discos ni hacer miles de recitales con éxito, que los vendió y los hizo. Es importante porque fue la primera figura relevante que, tras dar por bueno el canon flamenco mairenista, lo asumió sin ninguna de la condiciones previas que Antonio Mairena fijaba como condición del cantaor, y lo llevó a sus últimas consecuencias. Fue el primero en construir su imagen profesional contra la idea de «cantaor natural». A pesar de venir de familia cantora se reivindicaba como cantaor construido a partir del estudio de la historia fonográfica. Su fuente de conocimiento no era, según él decía, la familia ni la estirpe, su fuente eran los discos que conoció y estudió como nadie lo ha hecho hasta la fecha. En ese sentido, no podía ser menos mairenista, (una ideología que coloca la transmisión oral familiar y comunitaria en el centro de la creación). Y, sin embargo, el trabajo fonográfico de desglose de cantes realizado por Mairena y su entorno de influencia fue una de sus fuentes principales. Fosforito entendió e incorporó como profesional el complejo y novedoso esquema del cante que esa fonografía proponía (aunque incorporando también todos esos cantes que ésta dejaba de lado por su impureza racial, cosa nada baladí). Y lo hizo hasta el punto de arrasar en el Concurso de Cante Jondo de Córdoba de 1956, trasunto del de 1922, fundado por Ricardo Molina (poco tiempo después mano derecha de Antonio Mairena en la esquematización de su ‘sistema’), y fecha central para la consolidación del paradigma que podemos llamar mairenista, aunque no provenga solo de la cabeza de Mairena.
Fosforito no fue importante por ser el primer cantaor enciclopédico (antes ya hubo muchos: Pepe de la Matrona o Pepe Marchena, por citar dos centrales), ni destacó, como también se ha leído en algún responso fuera de lugar, por su característica voz, ni por su peculiar forma de interpretar, ya que la peculiaridad por entonces todavía abundaba en el flamenco; lo fue por encarnar una nueva figura de profesional, completa, versátil, larga, no ceñida a un terruño o un estilo, basada en un alto dominio técnico y un conocimiento musical de la historia flamenca grabada inigualado hasta entonces.
Nada de esto cuentan los obituarios. Y no porque sea una información secreta y olvidada. No hace falta haber conocido a Fosforito durante 50 años, ni haberle oído confesar nada a altas horas de la madrugada o en la más absoluta intimidad. De hecho, cualquiera que vea el episodio que le dedicó la serie Rito y geografía del cante lo puede escuchar, incluso si tuviera que prestar la misma atención al episodio que a una niña de cuatro años que pregunta por los perritos que asoman o si le pasa algo a ese señor que suda tanto. No es secreto y las ideas se repiten en varias ocasiones a lo largo del mismo.
Fosforito fue la encarnación más completa del cantaor profesional según el último canon dominante del flamenco: un cantaor formado a través de la discografía, completo, conocedor de las divisiones geográficas del llamado cante gitano y de su multiplicidad de estilos, sin haber llegado jamás a tomar partido por una de ellas. Y no solo eso, también transitó, como oyente y como cantaor, por el resto de cantes, y exploró sus variantes. Es la encarnación de un canon que sigue vigente y que parece que lo seguirá estando por muchos años.




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