Compartimos con nuestros inquietos lectores una nueva muestra del devenir lírico de uno de nuestros colaboradores más constantes, y brillante, el poeta mexicano Aldo Vicencio, una de las voces que está ya pasando de la categoría de «emergentes» a la de «reconocidas» dentro del panorama de la poesía escrita en castellano.

 

Canto sin Sol

el viento reconoce los retoños del insomnio

después de la lluvia solar,

                        en el pino

                        el grito anochece

la sagacidad tiene cuerpo,

acaricia las cortinas

tabla a tabla, la ruina de mi nido

                                                    [estática furtiva, rayo

noche de noche | franjas de tácita iluminación

la pared retrocede,

sus manos son ladrillera húmeda

[jarrón en el agua]

sus manos son la grieta tibia

[gime una maceta]

esta cuna ríe, arrullada por mi reflejo

la sien, el entrecejo,

un brote sanguíneo de barrancas

 —el juego que finge la muerte—

la lengua está asida por la tormenta

                                                            [la sirena de abril.

     mi tierra abierta donde un labrador se echa a cantar

hiberna la oscuridad:

hay una oportunidad para respirar toda luz boreal

hay alguien que quiere lo perpetuo,

alguien que soy yo, con ustedes

alguien que las manos bordan

hasta anudar sus nervios como una flor con apetito

níveo calor:

los muros están sostenidos por la premura

[enardecidos los poros,

tengo un timbre de aguijones segando mi glúteo]

la fiebre de vacío se acurruca

                                               y pronuncia la extinción

                                               de cada cabello, de cada hebra,

y de todo el suave hielo

que se tiende bajo mi espalda

                                  un hato de liebres son el costillar

                                  de mi sueño encarnado que ríe fogoso

estoy corriendo hacia la desembocadura de un arroyo;

apenas despierto,

un estigma de luz me hace bailar ensombrecido

                    [la silueta del canario sobre la lámpara se sofoca;

                                             el aire nunca se marchitará claro

 

Aldo Vicencio (Ciudad de México, 1991). Poeta y ensayista, estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es autor de Piel Quemada: Vicisitudes de lo Sensible (Casa Editorial Abismos, 2017), Anatolle. Danza fractal (El Ojo Ediciones, 2018), Púlsar (Ediciones Camelot América, 2019) y recientemente de Tangram (Vitrali Ediciones, 2023). Su obra ha sido publicada en diversas revistas literarias, como Punto en Línea de la UNAM y Tierra Adentro (México); Literal, Latin American Voices (Estados Unidos);  Digo.Palabra.txt (Venezuela), Agradecidas Señas (Estados Unidos, México, Europa), La Ubre Amarga (Bolivia); Buenos Aires Poetry (Argentina), Santa Rabia Poetry y Kametsa (Perú); Una verdad sin alfabeto (El Salvador); Cinosargo, Vórtice y Carcaj (Chile), Low-Fi Ardentía (Puerto Rico), El pez soluble (El Salvador, Guatemala, Panamá y Costa Rica); Oculta LitpenúltiMa y Zenda (España), entre otras. Ha sido incluido en las antologías Nueva Poesía y Narrativa Hispanoamericana (Lord Byron Ediciones, 2016), Nido de Poesía (LibrObjeto Editorial, 2018), Poesía No Consagrada Vol. VI, (Granuja, 2021), Luces tras la cortina (Ediciones Kametsa, 2022) y Entalpía. Muestra de poesía (Primer Festival de Poetas Jóvenes: Michoacán escribe, 2022). Ha participado en diferentes festivales y coloquios sobre poesía y literatura.

La imagen que ilustra el texto es obra de la fotógrafa Julia Gat.