Por gentileza de la editorial El Fatalista les presentamos un relato de Agustín Caldaroni de entre los incluidos en el libro Hotel Pelícano a modo de adelanto. Catón, el escritor y abogado, tiene unas calurosísimas palabras para con este libro en el texto de contra: «Los relatos de Agustín Caldaroni estallan a la manera de las figuras que se forman dentro de un caleidoscopio, ese objeto tan complejo y antiguo como un libro. Se despliegan en hipnóticas escenas que van desde La Paz (Bolivia) al Tokio de la música electrónica y la realidad virtual; del Madrid de las vanguardias en los albores del siglo XX, a un conurbano extrañado. La prosa de estos relatos remite por momentos al mejor Bolaño (Café Pombo, La última noche de Goldie) o al más radical Bizzio (Hotel Pelícano, Esta noche Papirri en Tokio). Los personajes padecen de una incomodidad que a veces se transforma en conmoción, en un estado enfermizo. Fogwill decía: nada peor que estar enfermo de literatura. Pero en este caso: nada mejor para la literatura que estar enfermo de ella. También en alguna parte de “Berlín Alexanderplatz”, Fassbinder afirmaba que estar enfermo de los nervios no era estar enfermo. Por eso, en estos relatos, el estado de incomodidad o de enfermedad, se traduce en un eterno verano de ocio y hastío, un anhelo por el deseo de la experiencia porque, como ya sabemos, la vida está en otra parte pero también, en esa infinita posibilidad que nos ofrecen algunos libros: vivir la vida de los otros». Aquí les dejamos pues con uno de los textos «bolañescos» de la colección de relatos. Disfruten.
Café Pombo
Esa tarde, mientras cepillaba su saco frente al espejo, el pintor José Gutiérrez Solana se lamentó de tener que ir como todos los sábados a la tertulia del Café Pombo. Era la primera vez que no tenía ganas de participar en una reunión de la Sagrada Cripta. Tal vez el Pombo entraba en un período de decadencia, los cafés tienen su época de oro donde alcanzan el nivel máximo de fuerza y después tienden a decaer.
Ya había visto otros cafés caer en desgracia y sabía anticiparse a la catástrofe de perder un lugar. Las razones para que el espíritu de un café cambiara eran generalmente tres: una guerra, el paso de una tertulia a otra o el recambio generacional entre los camareros. Pero esta vez su regla no aplicaba: Francisco el camarero clásico del café estaba viejo pero fuerte, la Gran Guerra apenas comenzaba y se sentía lejana a España, y ellos hacía tiempo que dominaban la tertulia vanguardista del Café Pombo.
La razón de sus pocas ganas de ir obedecía a otros motivos: la culpa era de Ramón Gómez de la Serna, de su espíritu demasiado generoso y, aunque no quisiera admitirlo porque lo quería mucho, de su esnobismo. Ramón había invitado al café al escritor italiano Filippo Marinetti, líder del futurismo, que estaba de viaje por todas las latitudes de España con un séquito de pintores futuristas dando conferencias y haciendo proselitismo a favor de la causa italiana en la guerra. A
José, Marinetti le parecía un bluf, a Ramón un genio. Esa era la razón de su abatimiento.
José se sentó a tomar una sopa junto a su hermano Manuel que esa noche también asistiría a la tertulia. Tomaban la sopa en silencio, como siempre, mientras Manuel mascullaba unas palabras ininteligibles entre sorbo y sorbo y se quedaba mirando fijo a un rincón con ojos muertos de autómata sin cuerda. Mi hermano está enloqueciendo, pensó José, cada día se arrima más a la locura y nadie se da cuenta, en poco tiempo voy a tener que darle la sopa a un Manuel idiota y baboso con el cerebro trepanado. Ver a su hermano jugando a acomodar los garbanzos en forma de círculo en el plato le dio tremendas ganas de llorar. La locura acechó a su familia toda la vida. Primero su madre, después su tío, hasta las criadas de la casa terminaban locas. Para José la locura tenía la forma de una cosa vieja y escuálida, como una abuela en camisón sosteniendo una escoba; no le daba miedo, le generaba tristeza y ternura, representaba el extrañamiento de su infancia, un territorio íntimo.
Las primeras veces que participó de la tertulia del Café Pombo, tuvo la impresión de que había sido armada especialmente para él. El espacio estaba conformado por un salón grande dividido por tabiques de madera que separaban el lugar en varios ambientes. Había mesas redondas de mármol y largos sillones incrustados en las paredes revestidos de un terciopelo viejo como el pelaje de un tigre mugriento. De día el café era un lugar animado, ruidoso, con mucha concurrencia, pero por la noche estaba casi vacío, somnoliento, podía haber viejos parroquianos desperdigados en soledad tomando un café o una copa de anís, o alguna pareja lúgubre compartiendo una botella y riéndose con los dientes negros esmaltados de
vino peleón. Pero lo que hacía del Pombo un café distinto era su sótano, que José más tarde bautizó como la Sagrada Cripta.
Bajando por unas escaleras de piedra se entraba a una habitación larga, estrecha y oscura como un túnel. El frío de catacumba mohosa calaba los huesos, un vaho color crema de tabaco flotaba en el lugar, irrespirable, y hacía picar el paladar. El aire era tan espeso que se podía filetear como la grasa de un cerdo. Apiñados en el fondo de una mesa, apenas iluminados por una lámpara de gas, los miembros de la tertulia y en el medio él, Ramón Gómez de la Serna, comandando la reunión. De la hilera de rostros flacos, sulfatados, acordes a la atmósfera de velorio del sótano, sobresalía la cabeza de Ramón, rechoncha y saludable, con la forma redondeada de un dedo gordo del pie, la única piel con color humano. Llevaba un peinado perfectamente ondulado y negro y el traje reluciente bien embutido en sus carnes. Dirigía la charla con los gestos de un emperador bondadoso y la suntuosidad de su voz aportaba la calma necesaria para estar en esa cripta.
José Gutiérrez Solana y Ramón Gómez de la Serna se habían conocido en la noche madrileña unos años antes de que comenzaran las tertulias del Pombo, para ese entonces Ramón ya era un personaje conocido en los cafés de Madrid por sus extravagancias y había tenido éxito con una novela; José pintaba y escribía sin expectativa, admirado solamente por un puñado de amigos, entre ellos Ramón que lo incentivaba para armar una exposición de sus pinturas a lo que José se negaba con humildad. Siempre se sintió desencajado entre los pintores de su tiempo, ignorado por la academia y lejano de las vanguardias: un inactual consumado. Se aburría con las abstracciones cubistas, las figuras geométricas, los colores subidos, no tenían nada que ver con su temperamento. Sus paisajes eran las procesiones populares, los mataderos, las putas, los payasos de feria, las corridas de toros; y
sus colores las tonalidades de un marrón cercano al oro viejo, el féretro egipcio, la madera del corcho. Su gusto por la España Negra descubierta por Goya lo hacía pasearse por los pudrideros populares por donde ningún cronista aventurero se hubiera arrimado. Ramón lo adulaba diciéndole que su pintura tenebrista era más goyesca que la del propio Goya.
La noche que se gestó la tertulia de la Sagrada Cripta, Ramón citó a José en el Café Pombo, un café que hasta entonces él no conocía, le había dicho que era para hablar de un asunto importante. Anochecía, el café estaba tranquilo. Desde la barra el patrón le gritó que su amigo lo esperaba en el sótano. En el fondo de la habitación encontró a Ramón hablando solo frente a un espejo colgado en una pared, se rieron al verse. Ramón le dijo que preparaba su discurso inaugural para esa noche. Oiga Solana, ¿qué le parece armar aquí nuestras reuniones? Hay un grupo de amigos que quiero que conozca, parecen salidos de alguna de sus pinturas, todos encantadores, me los fui robando de las cofradías de café que se están viniendo a menos, dijo Ramón mientras le servía una copa. Este lugar es perfecto, parece una cripta, mientras no haya ningún tísico en el grupo, deberíamos hacerlas en este sótano, aprobó José. Observaba las paredes rezumando humedad, el techo abovedado, las mesas de madera y piedra y ya se podía imaginar llegando horas antes, escribiendo, dibujando o leyendo a la luz de la lámpara mientras apenas se escucharían las pisadas de los clientes arriba, el violín triste de un músico y, por un tragaluz que daba a la calle, vería pasar la pantorrilla hermosa de alguna mujer que tal vez entraría al café. Él bebería tranquilo, en una placentera soledad de fraile, esperando que se llenara la reunión.
Esa noche, cuando fueron llegando los otros miembros del grupo entendió por qué le gustaban a Ramón. A primera vista no parecían artistas, más bien se veían como una cuadrilla de campesinos con sus trajes gastados de domingo, todos tendían a la somnolencia y a lo grisáceo. A medida que estrechaba las manos de los invitados, se iba sintiendo casi el anfitrión de la velada o, por lo menos, el lugarteniente oficial de Ramón, que sin levantarse de su asiento iba presentándole a cada nuevo miembro. Más tarde, Ramón parado en una silla con un guante de goma gigante en una mano (lo llamaba su guante de tirano) se autoproclamó el padre y guía de una nueva tertulia que acababa de inaugurarse: la tertulia del Café Pombo sería su nombre, o la Sagrada Cripta, corrigió José tímidamente. El resto del grupo se miró tratando de entender el chiste, habían sido invitados mediante un engaño. Cada uno de ellos conocía a Ramón de distintos cenáculos artísticos que se nucleaban en algunos cafés madrileños. Ramón envió notas a sus casas donde les avisaba que la tertulia de sus respectivos cafés, por razones de fuerza mayor, se debía trasladar al Pombo. Justificó el engaño explicando que esos grupúsculos estaban viejos, débiles, terminados, tenía que nacer algo nuevo, cada uno de ellos era un gran material humano como para malograrse en esos antros. Las cualidades de cada participante del Pombo han sido analizadas en detalle por quien les habla y por mi compañero, el gran pintor José Gutiérrez Solana a quien todos conocemos, dijo Ramón señalando solemne a un José impávido, a quien nadie conocía. La novedad era la tertulia del Café Pombo, ellos iban a ser los representantes del espíritu vanguardista del Cine-Club y el encanto rancio de un circo de feria, la cópula de un toro con una motocicleta. Después leyó un poema que sintetizaba su ideario: “Oda al saltimbanqui eléctrico”. José se divertía pero todo el asunto de las vanguardias le daba igual, cuando cubismo y futurismo y todos los ismos del
mañana se agotaran y las máquinas, independizadas del hombre, hicieran su propio arte titánico, como profetizaban algunos teóricos del arte, él esperaría plácidamente a Ramón pintando un caballo muerto a la vera de un camino rural. Ramón terminó su recitado, hubo un festejo general y con un brindis se oficializó la tertulia.
Con el correr del tiempo y afianzándose el grupo en el café, José sintió por primera vez todas sus pinturas justificadas. Le parecía haber vivido con un lugar vacío en el corazón toda su vida hasta ese momento, donde había encontrado una comunidad de espíritus afines. Los sábados del Pombo eran una guerra contra la solemnidad y el tono mesurado de otros cafés. José se calzaba un traje blanco, cosa extraña en esa época, sentado siempre al lado de Ramón, se veía como su reverso silencioso y enigmático. Bebían ron para empezar y continuaban con vino en garrafas. El ron iba servido en vasitos como dedales, para José beber eso era como chupar un caramelo de cobre; con el tiempo terminó gustándole, pero prefería el vino de la casa que no estaba malo y corría sin parar. Cuando salía del Pombo al amanecer se enfrentaba con un Madrid escrupuloso, ortopédico, lleno de empleados de oficina apurados y viejas haciendo compras. Con los ojos irritados, dominado por el asco se iba del brazo de su hermano hacia su casa; ya en su cama, abrazado a su escupidera de lata, sufría la resaca pesadillesca y empalagosa de un cura después de una noche de emborracharse con vino mistela. Pero tras un día de descanso la pasión por la tertulia volvía renovada.
Ahora, el ambiente había cambiado y José por primera vez en años se incomodaba en ese lugar que en otro momento había sido más íntimo que su propia casa. El Café Pombo se llenaba de rostros desconocidos, artistas de cualquier
tendencia eran invitados por Ramón, que en materia artística no le hacía asco a nada, y todo presentado como la gran novedad. A pesar de eso, Ramón jamás relegó a José ante la gente, al contrario, a cada artista invitado se lo presentaba orgulloso y efusivo, parecía que conocer el Pombo significaba tener el privilegio de conocer al último pintor goyesco: José Gutiérrez Solana, el alma de la tertulia. Mientras Ramón más lo incluía entre los nuevos artistas, peor estaba, tenía ganas de escapar y no volver a pintar nunca más. La fama de Ramón iba creciendo cada año: era Gómez de la Serna para todos, el sello del Madrid bohemio, de la vanguardia, de las nuevas generaciones, José fue siendo arrastrado por esa fama sin quererlo. Seguía rechazando exposiciones gestionadas por Ramón y cada vez pintaba menos y bebía más. En las tertulias su figura se hacía más fantasmal que de costumbre, su mutismo inquietaba. Apenas abría la boca, escuchaba fingiendo atención, intentaba reírse, pero se sentía enfermo. Cuando había demasiados desconocidos, se retiraba antes de lo habitual para seguir bebiendo en su casa hasta desmayarse.
A veces los visitaba Picasso, uno de los pocos pintores que a José no lo incomodaba, con él charlaban sencillamente, sin pose, como dos viejos amigos. Lo veía con su cuerpo de carnicero y su boina y le generaba una atracción sana. Le gustaban sus pinturas, en su obra lo viejo parecía nuevo, y lo nuevo iba revestido de una fuerza arcaica, además tenía la esperanza de que Picasso se aburriera pronto del cubismo para volver a pintar bodegones y arlequines tristes. Pero con los futuristas su grado de incomodidad era insostenible, no podía fingir, su sensación de enfermedad recrudecía.
Marinetti entraba al Café Pombo con su séquito como un pistolero, dando gritos y golpeando las mesas, adueñándose del lugar, pidiendo opinión a todo el mundo sobre cualquier cosa mientras él observaba severo. Un hombre de acción haciendo su papel y todos admirando esos gestos salvajes, al tiempo que José iba encogiéndose en su asiento, sintiéndose desaparecer, desintegrarse. Marinetti le recordaba a unas pequeñas figuras de cera que vendían en la plaza Pigalle de París con forma de personajes legendarios semidesnudos, parecía un pequeño Sansón patizambo, con un calzón de leopardo y el cuerpo untado en aceite dispuesto a una pelea de catch con el primero que se animara a contradecirlo. Los futuristas contrastaban con la pinta famélica de los miembros del Pombo, eran de otra madera, hermosos, violentos y deportivos, un escuadrón de aviadores de combate recién aterrizados con sus paracaídas en llamas. Cada vez que Marinetti abría la boca para vociferar con sus timbres de metal algún poema, José pensaba en algo obsceno y brutal como una navaja rozando su cara. Ramón se daba cuenta de su incomodidad y le explicaba que el pobre Marinetti esperaba ser llamado a filas en cualquier momento y eso le había exacerbado el carácter.
En honor a los días felices de la tertulia decidió ir al Pombo por última vez, aunque nadie lo supiera iba a ser su despedida, se lo debía a Ramón y a sus amigos. Esa noche iban a seleccionar unos cuadros para una próxima exposición con los futuristas. Ramón le había pedido cinco pinturas que le encantaban y él aceptó resignado. Después de terminar su sopa picó una tortilla y se echó unos tragos de aguardiente con su hermano Manuel para darse valor. La vieja criada lo ayudó a ponerse el saco blanco porque ya le estaba costando coordinar sus movimientos y
lo despidió con un beso orgullosa de que el señor por fin se animara a dar a conocer sus obras.
Cuando llegaron al café el ambiente desbordaba de gente y de cuadros que tapaban todos los rincones del sótano. Ramón lo saludó con un abrazo y Marinetti le dio un apretón de manos sin mirarlo. El italiano llevaba un cuaderno y escrutaba las obras mientras iba tomando notas. Parecía que las pinturas que había visto eran de su gusto, cada tanto le daba una palmada a algún pintor y seguía concentrado en su análisis. Cuando llegó a una pared donde estaban apiladas las pinturas de José se detuvo y después de un silencio de varios minutos, tiró su libreta de anotaciones en una mesa, iba y volvía por los cuadros, se hizo servir un pippermint, sacó un toscano y echó una bocanada de humo negro. ¿Qué le parecen?, preguntó Ramón. Esto no es lo que habíamos hablado, De la Serna. Su amigo está atrasado, parece que no conoce el invento del cinematógrafo, aquí no hay movimiento, no hay vida. Y todas sus criaturas tienen cara de mono, un animal estúpido y humillado. Y tantas viejas, es asqueroso, viendo esto uno se siente reumático. A Ramón se le pusieron los mofletes rojos y se rascaba el cuello con violencia, no sabía qué decir y no podía mirar a José. Marinetti continuó: ¿Usted practica la necrofilia, Solana? Todas sus mujeres, que además son putas de puerto, parecen estar muertas, yo el asesinato de alcoba puedo entenderlo, pero cuando el cuerpo deja de latir ya no me interesa. José no contestó, observaba sus cuadros como si fueran los de otro, los de ese pintor al que estaban humillando. Cada tanto Marinetti miraba a sus compañeros futuristas, les decía algo en italiano y el grupo se carcajeaba. Ramón tenía el rostro cada vez más descompuesto, se limpiaba la cara con un pañuelo y observaba los cuadros de José como buscando algo, eso que Marinetti no podía apreciar, hasta
que se recompuso y volvió a su aspecto habitual de autoridad y arrancó su vindicación con tono ampuloso: José Gutiérrez Solana es el máximo representante de una tradición rancia, noble y popular, la de la España Negra que supo pintar Goya. Eleva las fondas, los prostíbulos, la pelea de box, la plaza de toros, el martirio cristiano, a un grado de belleza que ustedes no van a encontrar en los escaparates de moda parisinos. Su pintura es atemporal, no busca la novedad, las vanguardias pasan a ritmo efímero, como la música de moda de las capitales: ayer se escuchaba el ragtime, hoy se baila el foxtrot y mañana será otra cosa, pero la tradición bárbara de los pueblos no pasa jamás y es la materia donde debemos sahumar el arte del futuro. Sin la obra de Gutiérrez Solana nuestra exposición no tiene sentido. Marinetti, envuelto en una bola de tabaco negra donde solo se reflejaba el verde eléctrico de su pippermint, no dijo nada. José, exhausto, apaleado como en sus épocas de peón de cuadrilla en la plaza de toros, no sabía si recoger sus cuadros o dejarlos, después de dudar un rato, sintió que ya no le pertenecían. Saludo a todos los invitados y se fue del brazo con su hermano Manuel, subiendo la escalera podía escuchar a Ramón y Marinetti, discutiendo a los gritos en italiano.
La exposición se hizo. No fue en el Pombo, se hizo en una cervecería cercana a la Plaza Mayor. El pintor José Gutiérrez Solana se vistió de José Gutiérrez Solana: su clásico traje blanco, lentes redondos, polvo de talco para la cara, untó su pelo gris de gato montés con cera que lo volvía como estopado. Después de la humillación que había recibido en la última reunión del Pombo, notó un cambió interior. Quedar expuesto, desnudo, auscultado por un cirujano cruel que dejaba al descubierto todos los tumores de su alma ante la vista de sus amigos, lo liberó, ya no temía. El patoterismo de Marinetti y la defensa apasionada de Ramón le habían dado una
buena perspectiva de su arte, pudo volver a pintar sin temor, como en los viejos tiempos, cuando no esperaba nada. Así que ahí estaba, en una exposición entregado a su suerte, con una sensación de ligereza y comicidad. Nada le parecía serio, todo era un juego y a él le tocaba interpretar el único papel que sabía hacer, un pintor fuera de época, un ridículo, desencajado, el retratista de los leprosos. ¡Qué así sea!, se dijo satisfecho.
Recorrió los salones iluminados del café poblado de señoritos de frac y sus cocottes de acompañantes, buscando sus cuadros; divisó rascacielos estrellándose, figuras geométricas fornicando, colosos vomitando ráfagas de obuses sobre ciudades, pero no vio sus pinturas ni tampoco a Ramón. Cuando ya estaba decidido a irse, vio pasar la calva de acero de Marinetti, casi empujados por la gente quedaron frente a frente. El italiano hablaba con un periodista, lo saludó con la cabeza y siguió de largo sin dirigirle una palabra. José se sintió mareado, no entendía qué hacía en ese lugar paseándose como un fantasma. Sobre una tarima, recibido con aullidos selváticos futuristas, Marinetti hizo una presentación de las obras expuestas y una semblanza de sus autores, después habló de la guerra como un furioso director de orquesta, mientras el público abarrotado aplaudía. Para sorpresa de José que ya se daba por descartado, él también fue nombrado, bajo el nombre de José “Gómez” Solana, sin hacer referencia a sus pinturas, solo dijo: cuya obra podrán apreciar en la sala 3, señalando con un gesto desdeñoso una puertita cerrada. Terminadas las presentaciones de los otros pintores, José atravesó la puerta. Dentro de una habitación oscura y sucia, llena de botellas y herramientas, colgaban sus obras custodiadas por Ramón y el séquito del Café Pombo, una despensa de la cervecería. El clima era deprimente, el grupo se debatía entre
llevarse las obras de José o boicotear la exposición de Marinetti, Ramón, el más indignado de todos, amenazaba con darle un guantazo al italiano. Aquí nadie va a hacer nada, mi obra está en la calle, no es para estas faunas: vámonos al Pombo, dijo José con una sonrisa cándida, infantil. Salieron, pero Ramón seguía ahí mirando los cuadros, no es justo, repetía sin parar, por fin le habíamos conseguido la exposición, usted se la merece, Solana, no es justo. José quiso llevarlo del brazo y vio que su amigo tenía los mofletes mojados de lágrimas. Él también estuvo a punto de llorar, no por el desplante de Marinetti, sino por el amor fraterno de Ramón hacia sus cuadros que, en ese momento, le dieron la impresión de ser unos gorriones piando abandonados en una caja.
Al otro día de la exposición fallida, mientras se daba un baño escuchó el claxon atronador de un automóvil sonando en la puerta de su casa. La bocina no paraba, se tapó los oídos y se sumergió en la bañera. Una luz fuerte del día que comenzaba inundaba la habitación. Sin salir del agua de entre una maraña de ropa llegó a alcanzar su reloj, eran las nueve de la mañana. La criada entró al baño sin golpear, ¡José!, gritaba presa del pánico, ¡hay un loco en la puerta de la casa, dice que es tu amigo, un loco entero y no quiere irse! José se levantó y fue desnudo a mirar por la ventana que daba a la calle. Vio a Marinetti dentro de un carro flamante que rugía, el italiano sonreía triunfal. ¡Signore, vamos a pasear con la máquina, mire qué sol maravilloso, avanti Solana! José le hizo una seña para que lo esperase. Sin apuro, se preparó el desayuno, comió unas frutas, bebió un trago de leche fresca, se vistió con un traje sport, todo mientras la criada lo acribillaba a preguntas sobre ese loco que lo esperaba afuera y el claxon del auto que seguía sonando. Cuando subió al auto Marinetti le dio un apretón de manos efusivo y sin soltarlo le pidió disculpas por
lo de la noche anterior. Le contó que Ramón le había hecho un escándalo antes de irse de la exposición, pero no buscó excusarse, con total sinceridad le dijo que su obra no se correspondía con lo que él quería representar y que no podía estar en una exhibición futurista. Dicho eso, le dijo que quería conocer el Madrid que latía en sus pinturas y que lo adoptaba como guía. José no era orgulloso, ni se sentía herido, viendo la proximidad del italiano a la luz de ese sol de su tierra le pareció un personaje entre infantil y payasesco, así que aceptó con gusto.
Marinetti manejaba con furia, haciendo de su bólido un astro de acero escaldado que cruzaba las carreteras cercadas por la aridez hirviente del Madrid de verano como buscando la catástrofe. A medida que avanzaban rumbo a una plaza de toros cerca de Puerta del Sol, José se iba excitando como un estudiante entregado a una juerga destructiva, con el estómago ligerísimo y un mareo mental como de comienzo de borrachera. Arriba de esa máquina el sentimiento dramático de ir a los toros recrudecía y el aspecto siniestro de Marinetti ahora se hacía atractivo y se ensamblaba en total armonía con su estado de ánimo. José iba cantando una vieja canción mexicana que su padre le había enseñado de niño, Marinetti seguía el compás golpeando el volante como un pasodoble y tratando de imitar lo que el otro cantaba. No hablaron en todo el viaje, pero cantaron y se rieron hasta el espasmo sin más motivo que el sol, el calor, la velocidad y la excitación de andar de parranda. Dejaban atrás las carretas con mulas, las piedras negras achicharradas por el sol, los campesinos enjutos que los miraban como a bestias de otro mundo. Tras cruzar ese paisaje pobre y yerto, llegaron a la ciudad.
Esa tarde toreaba Juan Belmonte, la sensación en el mundo taurino, así que el extrarradio de la plaza de toros hormigueaba de gente. José invitó a Marinetti a un bodegón en una callecita, era el lugar donde se ponía a gusto con unos tragos antes de las corridas. En ese café, si se iba temprano, con suerte uno podía cruzarse con parte de la cuadrilla del torero estrella, pero por lo general iban los aficionados a las corridas y algunos periodistas. Entraron como dos señores, con sus gafas de sol y echando el humo de sus toscanos. Marinetti gritó un buen día que nadie respondió. Entraron a una pequeña habitación apenas iluminada por una claraboya. Antes de que Marinetti pidiera un pippermint y se le rieran en la cara, José ordenó una botella de absenta. Le trajeron dos copitas y una botella de agua, José tomó la absenta pura y Marinetti que nunca la había probado, lo imitó. Bebieron despacio, pero la absenta los encendió rápidamente y charlaron a gusto de banalidades inundando el espacio de humo. Al italiano le pareció una bebida de temperamento futurista. Después de la segunda copa Marinetti ya no bebió con mesura, porque el gusto amargo se le hizo familiar en la boca, estaba excitado por el alcohol y por la idea de ver morir a un toro de quinientos kilos en la arena. Pidió algo de comer para no perder la compostura, José le dijo que con la absenta era mejor comer antes o un rato más tarde, no mientras se la bebía porque le caería fatal, pero le dio igual la advertencia y le gritó en italiano al camarero que los atendiera. Los otros clientes del bar, unos banderilleros, lo miraban con asco.
José atravesaba un estado de euforia latente, los miembros se le iban crispando como preparándose para sentir dolor. En su época de púgil había sentido algo similar antes de entrar al ring, una sensación mórbida deliciosa, era el estado que le provocaba la absenta antes de entrar a la plaza de toros; pero le preocupaba ver a
su compañero con una borrachera violenta tan pronto, temía que le arruinase la tarde. Marinetti sudaba y respiraba agitado, empezaba a marearse y echaba miradas en todas las direcciones como buscando un punto de escape, se paraba y se sentaba, los banderilleros se reían. ¡Signore, necesito comer, cazzo! José fue hasta la barra a pedir algo de comer y regresó contento. Ahora nos traen algo, nuestro mozo se fue, pero ahí viene la Chinche a servirnos, es una tipa de mi pueblo, con ella tuve mis primeras revolcadas, le va a gustar. Marinetti seguía tomando absenta como agua. Llegó la Chinche con dos latones en forma redonda y pan, abrió el envase, adentro de las latas había sardinas en aceite. La Chinche se sentó junto a José y charlaron, mientras Marinetti devoraba las sardinas embebidas en ese jugo metálico.
La Chinche era escuálida como una tísica, con el rostro chupado y el pelo recogido por un rodete; su cabeza fina como un alfiler. La mitad de la cara estaba hundida por una cicatriz y detrás de unos lentes gruesos, se veían los ojos de pájaro que miraban nerviosos. La moza picó un poco de sardinas, fumó un cigarrillo y se fue arrastrando sus zapatones de madera. No es una belleza futurista, ¿no?, dijo José, ¿vio esa cicatriz? En mi pueblo se dice que fue por querer montarse a un perro, y doy fe: yo la he visto masturbar a un lobo en el monte. No quiero escucharlo más, vámonos, Solana, que ya no soporto, esto es un estercolero. Vámonos, por favor, suplicó Marinetti.
Se sentaron en una ubicación privilegiada, el Tendido B, a pocos metros de la arena. El calor y el viento seco les llevaba el olor a mierda de toro y a las vísceras recién baldeadas de los caballos corneados. Esa tarde encabezaba la lidia Juan
Belmonte. Era la época donde la gloria de las corridas se la disputaban entre Juan Belmonte y Joselito “el Gallo”. En la rivalidad entre belmontistas y gallistas, José tenía devoción por Belmonte, un matador que sabía representar en la arena el arte crudo, sanguíneo, sin cálculos ni florituras. Un estilo adquirido a base de cornadas, hambre, humillaciones y odio; ese arte era lo que José buscaba (en la plaza y en su propia obra), no la técnica elegante y razonada de Joselito. Belmonte lidiaba con el toro buscando la máxima tensión dramática que se podía lograr, al punto de volverse un espectáculo asfixiante, esperando al toro quieto como una provocación suicida. El público había visto a Belmonte estar tan cerca de la bestia que podía escupirle el hocico; se ponía de rodillas, antes de esquivar el embiste con destreza animal. Parecía querer morir, pero no moría.
Esa tarde la arena humeaba, el sol enceguecía los ojos como fogueo de calcio, la gente sudaba a chorros y Marinetti lidiaba con su estómago para no regar el suelo de vómito. José le explicaba el estilo de lidia de Belmonte con pasión, nunca se excitaba tanto para hablar como en la plaza, pero Marinetti no podía escucharlo, le daba igual, solo quería ver un toro muerto, subir a su auto y largarse de la fealdad rupestre que lo rodeaba. Se escuchó una ovación, entraba a la arena Belmonte, rodeó las barreras en una caminata lúgubre, la expresión de un condenado a muerte. Marinetti lo miraba buscando en el torero la seguridad que a él le faltaba porque desde que había entrado en la plaza, y ablandado por el alcohol, solo pensaba en la guerra, el matadero a donde él iría a cumplir con su destino futurista de ser reventado por un obús. Belmonte desfilaba echando cada tanto una mirada tímida al público; Marinetti lo pudo apreciar de cerca, vio el perfil de su cabeza, su quijada protuberante como una piraña, la nariz huesuda de cacique tiránico, las
piernas cortas y chuecas, los brazos largos colgando. Le pareció un personaje ridículo, hasta que el torero le clavó una mirada de odio que lo intimidó, esos ojos quemaban, solo un hombre que iba a matar o morir en la arena podía mirar así. Le dio un buen trago a la botella de vino de José, pero se sintió peor, el ácido de sus tripas subía y la idea de la guerra sobrevolaba la plaza pintándola de un estuco excrementicio. En las cabezas del público la espera nerviosa hacía mella, la cercanía del toro gestaba ideas negras y voluptuosas en algunos, otros se compartían miradas de miedo y complicidad como en el preámbulo de quien participa en su primera orgía con desconocidos. Marinetti veía en las barreras las cabezas nerviosas de los peones de cuadrilla como refugiados en una trinchera. Arriba de ellos un cura joven con gafas negras fumando y moviendo las manos con ademanes elegantes y un hombre obeso embutido en un traje de gangster que le apretaba una rodilla; todo le parecía corrupto y sospechoso como en una pesadilla. José, en ese momento, pensaba en una pintura dedicada a Belmonte enmarcada en la pared en el color que usaría para encender los brocados de oro del traje, y también pensaba en Ramón Gómez de la Serna, en sus compañeros de tertulia y en el Pombo. Extrañaba su café.
Un toro enorme, de pitones largos, salió a la arena con un traqueteo que hacía oscilar esa masa de músculos y grasa de un lado al otro. Belmonte le gritaba agitando la muleta, el toro arrancó su marcha, la gente idiotizada por el ataque de la bestia contuvo el aliento. Belmonte no se movió ante la primera acometida del toro y dio un pase natural en redondo que hizo derrumbar al animal. José se paró, imitando las caras dramáticas del torero; sufría viendo a Belmonte torear, quería verlo morir de una vez coronado de gloria. Marinetti ya no ponía los ojos en la arena,
cada vez que oía la estampida de las patas del toro cerca, las entrañas le daban un tirón hacia arriba y la bilis le regurgitaba en la garganta. Otro ataque del toro, esta vez levantó a Belmonte de una pierna haciéndolo girar por el aire con las patas destartaladas. Un tipo con voz de mujer gritó, los hombres se quitaron los sombreros, Marinetti apretándose las tripas con los ojos cerrados, pensó en una explosión y un cuerpo que sale despedido y cae infinitamente; José imaginó con dolor un pitón astillado entrando por su ano y revolviendo el triperío. Belmonte se paró indemne, apenas rasgada una de sus piernas con un hilito de sangre manchando sus medias color canario. Cuando entraron picadores y caballo, Marinetti le dijo a José que se cagaba ahí mismo que tenía que irse porque no aguantaba. En ese instante la plaza aulló cuando el toro le dio una cornada limpia al caballo que se desplomó encima del picador que chillaba como un cerdo con una pierna rota, el caballo corrió desenrollando un hilar de intestinos rosados que lo hacían tropezar. Marinetti lanzó un vómito manchando los zapatos de un adolescente que se dio la vuelta y vio fascinado a un calvo que lo miraba con los ojos rojos mojados de lágrimas como pidiendo compasión y a otro hombre observándolo con la mirada indescifrable de una esfinge. Después se sucedieron varios vómitos entre el público, mientras José llevaba a un Marinetti descompuesto y trataba de quedarse con la última imagen de Belmonte en la arena.
El italiano se le escapó y salió corriendo de la plaza. José iba tras él con un ataque de risa que lo hacía alejarse cada vez más de su compañero enloquecido, solo podía ver una calva de caoba lustrada dando saltos a contramano de una caravana de gente que marchaba en procesión carnavalesca. Marinetti cayó en un pánico inmanejable, quería dejar de ver salvajadas, quería cagar, quería dejar de
pensar en la guerra, solo ir al combate con templanza y morir. Intentaba huir hacia el coche, mientras corría empujando gente enmascarada esa bestia mecánica se le figuraba como una salvación maternal, la mismísima madre que lo parió. Pasó por la fonda donde habían bebido absenta, en la puerta estaba la Chinche, que lo vio corriendo y le gritó: ¡Italiano, apure que se le va el tren, adiós! Con el rabillo del ojo la vio y le devolvió el saludo: ¡Addio, troia di merda! La procesión de gente se iba haciendo cada vez mayor, una marea imposible de atravesar. Corriendo por la vereda se golpeó contra un hombre corpulento con una máscara antigua que imitaba la cara de un pirata portugués. El pirata quiso abofetearlo pero Marinetti fue más rápido y lo golpeó arrancándole la máscara y haciéndolo rodar por el suelo, y cuando iba a ser linchado por la chusma excitada, José lo arrastró de un brazo hacia una puerta. Corrieron por el salón oscuro de un museo de cera, después salieron por una ventana y siguieron la huída alejándose de la procesión. José seguía con un ataque de risa. Por favor, Solana, ayúdeme a encontrar el carro, pero antes un baño. José mutó su semblante a una seriedad solemne, le dijo que conseguiría un baño enseguida. Caminaron por una calle estrechísima, silenciosa, que olía a establo. José abrió una puerta y sin soltar el brazo de su compañero lo hizo entrar. Encontraron una sala apenas alumbrada por velas, daba la impresión de ser un pesebre, pero era una pequeña capilla. Se veían unos bultos frente a un altar humilde, unas mujeres agachadas rezaban susurrando salivosamente. Avanzaron en silencio, tras el altar colgaba un Cristo, que solo al tenerlo cerca pudieron reconocer en ese cuerpo al hijo de dios. Este Cristo está casi todo el año tapado, le dicen el Jesús embalsamado, la gente jura que está armado con piel de difuntos, solo se le quita el velo en algunas festividades, hoy hay mujeres pidiendo quedar preñadas, le contó José con una sonrisa. El Cristo tenía un pelo entre castaño y
rojizo enmarañado como una muñeca vieja, la piel era como de escamas de pescado gastadas, los brazos y las piernas huesos de un enfermo de polio, el vientre hinchado y en la cara larga y caballuna la expresión de suplicio de un animal que no sabe por qué está siendo martirizado. Marinetti miraba esa cosa hipnotizado, con el asco que generan los ídolos paganos, se dio vuelta y vio un grupito de viejas con rosarios acompañando a unas mujeres con las tetas colgando, las futuras madres que le rezaban a un Cristo batracio.
Empujó a José y salió a la calle, corrió por varios pasillos hasta llegar a un camino de tierra, al lado del camino la tierra descendía hacia unos yuyales; ahí fue donde se bajó los pantalones y cagó desfogando sus tripas como nunca en su vida. Cagaba con placer, sus temores se iban en ese torrente de mierda. En el camino el pintor José Gutiérrez Solana lo observaba, ya no se reía. Marinetti vio en la expresión de insecto mecánico de José, una crueldad prístina, perfecta y total, la sensibilidad más morbosa que se podía tener. Por un segundo supo que su ideal sobrehumano futurista se hallaba encarnado en ese tipejo que hacía del terror su alimento. Volvieron al centro de Madrid con José manejando y Marinetti durmiendo como un bebé.
Marinetti se despertó en la casa de José, una habitación suntuosa y polvorienta, a su lado una palangana que no se atrevió a mirar lo que contenía. Era casi el amanecer. Se sentía humillado, culposo, domeñado por un artista provinciano y decadente. Antes de la despedida de los pintores Marinetti le pidió disculpas por lo sucedido y José fingió no entender a qué se refería. Días después recibió una invitación de Marinetti para volver a exponer con los futuristas. José no fue a la
exposición pero pintó un cuadro donde una vieja con cara de mono conducía una motocicleta en medio de una Plaza de Toros y se lo envió como regalo. Días más tarde supo que Marinetti regresó a Italia con su séquito y que en la exposición había elogiado su pintura. José hizo un viaje de varios meses por algunas provincias de la España profunda y comenzó un libro de su aventura llamado La España Negra. Regresó un sábado, era noche de reunión en la Sagrada Cripta del Café Pombo, cuando se dio cuenta, sintió vértigo: la posibilidad de volver a los días felices. Apareció sin avisar en la tertulia. Sentía que hacía años que no iba al café, bajó las escaleras embriagado por el olor a encierro y moho como la primera vez. Ramón Gómez de la Serna lo recibió como al hijo pródigo con unas loas exageradas y casi no le soltó la mano en toda la noche. José encontró al grupo unido, fresco y dinámico como en su mejor época. Una semana más tarde estalló la Gran Guerra en la que participaría Marinetti, volviendo años después con un par de medallas. Mientras los cadáveres de los bandos en pugna inundaban Europa, las veladas del Café Pombo entraron en su etapa más fecunda. El pintor José Gutiérrez Solana, comenzó una pintura que iba a retratar a todos los miembros de la tertulia en comunión y que en un futuro colgaría en una pared del sótano. La tituló: Mis amigos.
Agustín Caldaroni nació en 1985, en Buenos Aires. Publicó una colección de poemas, La razón bárbara, (2017), Editorial Lisboa. Y el libro de relatos, Nuestra verdadera sangre, (2019), Palabras Amarillas.



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