Ganadora del Premio Málaga de Novela 2023, y publicada por Galaxia Gutenberg, que ha tenido la gentileza de compartir un fragmento de la novela con nuestros inquietos lectores, Aurora Q. es la nueva novela de uno de los escritores más interesantes del panorama español, Mario Cuenca Sandoval, dueño de una trayectoria tan impecable como singular, que ha evidenciado siempre un compromiso convencido, tanto con la literatura como vehículo como con la ficción «dura» como género, a prueba de modas y vaivenes propios de una industria siempre obsesionada con encajar en corrientes en vez de impulsarlas. Los aficionados a la mejor literatura conocen desde hace tiempo sus novelas, algunas de las cuales hemos compartido en primicia antes, y, como de primicias se trata, además de adelantar el inicio de la novela, que se pondrá a la venta la semana viene, informamos a los afortunados que estén el próximo sábado por Córdoba, localidad de residencia del autor, que este sábado a las 13:30 se presentará allí la novela, y allí podrán incluso hacerse con su ejemplar en primicia un poco antes que el resto. En la carpa de los presentaciones esperará el autor a los inquietos lectores que puedan pasarse y, para los que no, dejamos aquí el inicio de la novela para que vayan ya pidiéndola a su librero de confianza.
Sesión primera: La captura
1
Temo que el anuncio de que este seminario versaría sobre los niños del Arca, también conocidos como los monstruos del Arca, o los demonios de San Simeón de Emesa,[1] haya ejercido el embrujo de esas melodías que en las fábulas infantiles arrastraban a los curiosos detrás del flautista. Es una melodía vieja y embriagadora, lo sé, pero yo no soy ni el flautista, ni el compositor, solo aquel que se tomó la molestia de transcribirla para la comunidad médica. De ahí que la insistencia de ustedes en asistir a este seminario no provoque en mí otra cosa que una franca perplejidad.
Pero, en fin, aquí están ustedes. Aforo completo. Y puede que incluso haya entre los presentes fervorosos admiradores de la estela de pólvora y vísceras en que al cabo consiste la obra de los niños del Arca. Vaticino que serán los primeros en abandonar el auditorio. Los seguirán los lectores de crónica amarilla, los entusiastas de aquel fantasioso filme de los años noventa dirigido por Gaspar Minaglia,[2] y del formidable alud de telerreportajes y documentales que retratan no tanto a los niños cuanto una sublimación suya, toda esa milonga del hombre natural no deformado por el crisol de la cultura, esa estirpe mítica de los salvajes o los semisalvajes romantizada por la literatura y la filosofía. Sé cómo funcionan esos mecanismos, créanme, operan igual que en el cine americano con el arquetipo de los piratas o los forajidos de mi infancia; bellos, altaneros y tramposos, cínicos e idealistas, mistificados, en fin.
¿A qué tantas prevenciones? Digo esto porque ya adivino la decepción de algunos cuando vean a este viejo facultativo desplegar, como un pavo real, un exuberante plumaje teórico, toda vez que pavonearse constituye una de las prendas de la exhaustividad científica. Porque no estamos aquí para regodearnos en lo macabro, sino para interpretarlo con las herramientas del análisis. No para hacer crónica negra, sino ciencia. Y, como ustedes conocen de sobra, la ciencia se funda en las evidencias y no en los rumores, en el organismo y no en el fantasma. Así que olviden cuanto han oído o leído sobre los niños del Arca. Aparten de un manotazo esa fantasmagoría y centrémonos en lo real, en lo que ya ha cerrado su contorno y no deja orificios por los que se infiltre la especulación y por eso adopta la forma, desde Parménides, de una compacta esfera.
¿Cuál es la primera ficha del rompecabezas? Sin duda, esta fotografía aparecida en prensa el lunes 19 de octubre de 1981, la más célebre de cuantas tomaran los viajeros a pie de autopista aquella funesta tarde de domingo y que ahora pueden contemplar en la pantalla. Estoy convencido de que adivinarán ustedes cosas que no residen en la imagen pero que la imagen sujeta sin problemas. Ya saben que la fotografía es el soporte perfecto para la especulación, porque multiplica la ambigüedad de las miradas, de las intenciones de un gesto, del propósito de una mano suspendida en el aire o el sentido de un paso congelado para la eternidad. Estoy seguro de que, en esta célebre instantánea, no verán ustedes los pies descalzos de los dos hermanos sobre el arcén, sino las huellas de sus crímenes; no el abandono que delata la mugre en sus rostros y los abrojos enredados en sus melenas negras, sino el salvajismo; no las prendas rústicas y austeras de las que los mellizos no querían desprenderse tras su detención, sino las salpicaduras de sangre; no a dos niños abandonados, sino a dos demonios que caminan. Dicho de otro modo: no verán lo real sino una fantasía. Pero no olviden que no se puede fotografiar una fantasía, es decir: una pura elaboración de la mente.

David y Raquel S.
Fotografía de J. Ruiz de Almodóvar, ABC, 19 de octubre de 1981.
2
Centrémonos, pues, en los hechos. Tras un chapucero triaje en caliente, los niños fueron sedados, vestidos con ropas de la beneficencia y puestos a disposición del Tribunal Tutelar de Menores[3] en la mañana del 19 de octubre de 1981. La prescriptiva ficha judicial se completó con los nombres bordados en los ponchos que vestían en el momento de su captura, aunque ninguna pista apuntaba a su filiación, dado que alguien –cuesta imaginar que ellos mismos– se había tomado la molestia de raspar el número de serie del arma que llevaban consigo. Huelga añadir que la inicial «S» fue asignada por el propio Tribunal en alusión a la condición salvaje de los mellizos. Los funcionarios rellenaron con aquella consonante la casilla reservada a los apellidos en su ficha, como podrían haberles asignado la «E» de expósito.
David y Raquel S. no respondían a las solicitudes del Tribunal ni exteriorizaban sensación o afecto alguno, y no por efecto de los sedantes, sino por una especie de bloqueo que el propio juez resumió para nosotros en conversación telefónica con una fórmula monumental: «He visto estatuas hieráticas del Antiguo Egipto más expresivas que ellos». La llamada a que hago referencia se produjo en la tarde del 20 de octubre de 1981, apenas cuarenta y ocho horas después de la captura, con el propósito de comunicarnos que los niños serían trasladados a nuestra clínica y que, aun atiborrados de sedantes, el personal de seguridad debía esmerarse en la retirada de cualquier objeto potencialmente peligroso de las dependencias en que se los confinara, pero también de las consultas en que los sometiéramos a examen, incluidas nuestras estilográficas –«Ya habrán leído ustedes las noticias»–. De sus enseres, solo se les permitía conservar dos muñecos articulados de madera de los que resultaba imposible separarlos y que hoy constituyen una de las reliquias más reconocibles de la mitología de los niños del Arca. Volveremos sobre este asunto más adelante.
Todas aquellas prevenciones parecían pocas para quien a la sazón dirigía nuestro centro, uno de esos viejos psiquiatras empeñados en convertir a sus pacientes en leones marinos bombardeándolos con psicofármacos. El señor D, que se resistía por motivos insondables a jubilarse, era un ilustre representante de esa escuela para la que el loco debe verse privado de toda distracción, reducido a la inercia, como las piedras que ruedan, quizá porque había iniciado su carrera en tiempos mucho más siniestros, anteriores a los hallazgos de Delay y Deniker,[4] anteriores a la camisa de fuerza química que sumió los sanatorios mentales en el silencio y la mansedumbre que ustedes conocen, y en los que los lamentos fueron reemplazados por ronquidos y el olor de las heces, por el aroma de las infusiones balsámicas.
¿Verdaderamente eran tan fieros los niños del Arca una vez desarmados y sedados como leones de circo? «Son peligrosos precisamente porque son idiotas», aseguró el juez. Y sin duda que su señoría se percató de mi embarazo al otro extremo de la línea, pues se apresuró a aclarar que por idiotas se refería a que los muchachos se la pasaban enfrascados en su propio mundo, «lo cual, como ya sabrá usted, doctor, es el exacto sentido etimológico de la palabra idiota». Me tomé entonces la libertad de regalarle al juez de menores una fórmula mucho más compasiva para referirse a sus huéspedes: «Creo que la expresión que buscaba usted es “autistas”».
3
Porque el diagnóstico prima facie de una psicosis autista parecía coherente con cuanto sugerían los hallazgos del peritaje y también con lo que hoy sabemos sobre los mal llamados niños ferales o niños lobo. Bruno Bettelheim estableció de manera retrospectiva que tales criaturas no son sino autistas sin diagnóstico, víctimas de una psicosis infantil que bloquea su humanidad y los encapsula en una suerte de fortaleza desde la que alzan sus defensas contra el mundo.[5] En el caso de David y Raquel, esa fortaleza se edificaba a partir de sus propios cuerpos inmóviles, en una estrategia similar a la de esos insectos que fingen la muerte para pasar desapercibidos a los depredadores.
Los hallazgos practicados por nuestros compañeros de San Simeón de Emesa la mañana del veintiuno de octubre no suponían ningún mentís a la tesis de la fortaleza bettelheimiana: simplemente elevaban a los niños varios escalones por encima de la condición del salvaje o del idiota severo, por contentar a nuestro juez, en el sentido de que:
(i) no eran cuadrúpedos;
(ii) sabían hablar, aunque se negaran a hacerlo y se enrocaran ante cualquier requerimiento sobre su procedencia, su origen, sus nombres o su linaje;
(iii) no presentaban enuresis ni encopresis (en deferencia a los profanos: ni micción involuntaria ni incontinencia fecal);
(iv) conocían el fuego y habían dejado numerosos indicios de aquella destreza durante su periplo por la montaña;
y (v) se hallaban sin duda en el estadio del espejo, c’est-à-dire: se reconocían a sí mismos en superficies reflectantes.
El examen preliminar no arrojó ningún otro detalle significativo, a no ser la disnea de la niña, a la que los agentes de la Guardia Civil habían alcanzado entre estertores que su hermano trataba de aliviar con un aerosol ya vacío, amén de «una serie de cortes paralelos, inferidos con alguna hoja afilada y mal cicatrizados, en la yema de los dedos» del chico, a los que habría que sumar el predecible catálogo de rasguños, escaras y picaduras de insectos, algunos de los cuales podían tener semanas o acaso meses a criterio de los forenses.
¿Saben cuál es el órgano de mayor tamaño en el cuerpo humano? Precisamente aquel que envuelve a todos los demás. La piel es el órgano contenedor sobre el que el mundo escribe su discurso. La piel es un texto. Recuerden ustedes cuando eran niños y arrastraban siempre arañazos en las pantorrillas y costras en las articulaciones. Piensen en una escritura de ramas secas, ortigas, paredes de piedra afilada, agujas de pino, zarzas. Cualquier dermatólogo puede leer ese texto como si se tratase de una larga novela de misterio.
No obstante, lo que diferencia a la medicina forense de la literatura de misterio se remonta al plano de lo simbólico, porque toda buena novela del género está presidida por algún signo cifrado, un grupo de iniciales, un símbolo esotérico, un mensaje en clave. Y también ese texto que conforma la piel humana presenta ciertos pasajes esotéricos, pliegues y zonas impúdicas. Si nuestros colegas del servicio de pediatría[6] accedieron a estas páginas prohibidas en el libro de los mellizos del Arca, fue solo para determinar la edad de los niños –unos once o doce años– con arreglo a la escala de Tanner. Ahora todo el mundo se rasga las vestiduras por estas prácticas que tildan de denigrantes, pero, a falta de partida de nacimiento o documento que desvelara la filiación de los mellizos, solo podíamos buscar pistas en la madre naturaleza, solo a ella podíamos dirigirle nuestras preguntas.
Fue así que nuestros colegas de urgencias hallaron una marca reciente en el pubis de la chica, «inferida con un marcador a fuego o instrumento similar», una especie de lazo de bultos blanquecinos que ofrecían la inconfundible forma de la letra alfa, que hoy todo el mundo asocia con el Arca, pero que entonces constituía un misterio, el arcano que presidía el pórtico de aquel volumen esotérico que era la piel de los mellizos. El hecho de que solo Raquel presentara aquel distintivo, aquella abyecta marca de fuego más propia de las reses que de los humanos, no significa que el signo no imperara también sobre David S., como estudiaremos más adelante.
4
No les negaré que me intimidaba la sola expectativa de encerrarme en una consulta con los mellizos. Pero la cuestión más acuciante no tenía que ver con mi propia seguridad personal, sino que era de índole teórica, morfopsicológica, si la quieren considerar así, a saber: en qué ademanes, en qué automatismos, en qué gestos se revelaría la monstruosidad que había sacudido a la opinión pública durante las últimas cuarenta y ocho horas. Porque lo que trajeron a mi consulta en dos sillas de ruedas, convenientemente atados y todavía constreñidos por un cóctel de tranquilizantes, tenía poco que ver con los rostros de las granuladas fotografías que habíamos visto en los periódicos: dos criaturas tensas y delgadas como muñecos de alambre, todo costillas y esternón, mandíbula y pómulos, que ni siquiera se parecían demasiado entre sí a no ser por el cabello oscuro y unos ojos negros en los que la pupila cobraba un tamaño desmesurado, pues aquella extrema delgadez los emparentaría en realidad con cualquiera que hubiera vivido en las condiciones en que los niños lo hicieron en la montaña.
Nada sugería, pues, que David y Raquel hubieran compartido la cálida oscuridad de una placenta y se hubieran disputado el pecho de una misma madre, pero me parece recordar que fue el vigilante de la noche, el señor H, quien les asignó aquel parentesco, tal vez por ese macabro clisé sobre los gemelos que el cine de terror ha explotado con generosidad, o tal vez porque los niños compartían aquella gestualidad robótica y repetitiva que helaba la sangre, y que es más fácil de encontrar entre los grandes ingenios mecánicos de otro siglo que entre los humanos del nuestro.
Repararán en que antes hice alusión al libro de los mellizos del Arca, y no los libros –en plural–, porque David y Raquel parecían formar los brazos simétricos de un gran autómata programado para imitar a dos niños de verdad, algo así como las ruedas dentadas de un reloj astronómico del que sobresalían dos cabezas que giraban a un lado y otro como respuesta sincronizada a cualquier estímulo sonoro, pisadas en los pasillos, timbres, sirenas lejanas. Esa fue mi impresión durante nuestro primer encuentro en la mañana del miércoles, 21 de octubre, la de un continuo estructural e inquebrantable, una especie de simetría tan rígida que los críos parecían formar una unidad escindida en dos piezas, elaboradas con alambre, hierro oxidado y viejas aleaciones.
Y luego estaba el olor, aquel recio olor que compartían los mellizos, si es que lo eran, que recordaba al que impregna los aperos de labranza muy viejos, inasequible a los poderes del jabón y el desinfectante, y que doy fe de que los iba a acompañar toda la vida –de igual modo que me ha acompañado toda la vida a mí, por haber impregnado mi memoria–. Y estaba también aquella forma de mirar que el señor H comparó con la de las lechuzas. «¿Sabe cómo miran las lechuzas, doctor?». ¿Lo sabe alguno de ustedes? Al parecer mueven la cabeza a un lado y a otro, arriba y abajo, sin que los ojos se desplacen apenas dentro de las cuencas durante sus exploraciones. De ese mismo modo giraban sus cabezas los niños, evitando en todo momento el contacto visual con el alienista, para detenerse en los detalles de la consulta, los lomos de los volúmenes sobre los anaqueles, los anuarios y memorandos médicos, los diplomas y retratos enmarcados. ¿Quizá a la búsqueda de algo que pudieran utilizar como arma? No lo creo. Los mellizos no representaban ningún peligro, por más que nuestro director magnificara el riesgo –«Nunca cierre la puerta de la consulta, Irisarri»– igual que quienes glosan a sus oponentes como robustos titanes solo para envanecerse, y se la pasaban sedados y esposados, y siempre bajo la estrecha vigilancia del señor H, hacia el que manifestaban una peculiar hostilidad que desconcertaría a cualquiera que hubiera conocido a un hombre tan afable y sereno como aquel. No tardaríamos en descubrir que semejante aversión la reservaban los mellizos para todos los uniformados, de los distintos cuerpos, por las razones que desgranaremos más adelante.
[1] El presente texto es una transcripción del seminario impartido por el doctor Mateo Jiménez-Irisarri entre el 19 y el 24 de enero de 2004 en el Centro Ramón y Cajal realizada por sus alumnos a partir de las grabaciones que se conservan en la fonoteca de la sede española de la Asociación Mundial de Psiquiatría. La numeración de los capítulos corresponde a la de los folios mecanografiados por los estudiantes. [Todas las notas son del Editor]
[2] El ponente se refiere a: Gaspar Minaglia, Los nombres del padre (filme), Cesárea Films, España, 1991.
[3] Los Tribunales Tutelares de Menores,v igentes hasta 1985,se habían constituido conforme a la Ley de 1948, que en su artículo 73 contemplaba la posibilidad de que «el presidente dispusiera que los técnicos especializados procedieran al examen y reconocimiento del menor, con ulterior emisión de informe, acerca de su constitución psicofisiológica».
[4] Se refiere al doctor Jean-Louis-Paul Delay y a su asistente, Pierre-Georges Deniker, descubridores de las propiedades de la clorpromazina para el tratamiento de la psicosis. Este hallazgo es considerado el primer gran hito en la revolución de la psiquiatría que se produciría a mediados del siglo xx gracias a la síntesis y aplicación de una serie de psicofármacos en el tratamiento de las enfermedades mentales.
[5] En The Empty Fortress: Infantile Autism and the Birth of the Self, Free Press, Nueva York, 1967. [Hay traducción al castellano: La fortaleza vacía. Autismo infantil y el nacimiento del yo, Paidós, Barcelona, 2002].
[6] Después del triaje de urgencia, el Tribunal Tutelar de Menores de Madrid solicitaría el pertinente informe sobre la constitución psicobiológica de los niños homicidas, David y Raquel S., confeccionado por los profesionales de la clínica San Simeón de Emesa entre 1981 y 1983 bajo la dirección del psiquiatra Dr. Mateo Jiménez-Irisarri y que es, todavía hoy, uno de los casos más citados y más discutidos, sobre todo por los críticos del psicoanálisis, que lo consideran ejemplo paradigmático de diagnosis puramente especulativa, fantasiosa e impermeable al contraste empírico.

Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975) es profesor de filosofía en el Instituto Maimónides (Córdoba) y autor de cinco novelas: Boxeo sobre hielo (Berenice, 2008, Premio Andalucía Joven de Narrativa), El ladrón de morfina (451 Editores, 2010, traducida al francés por Passage du Nord-Ouest y Seuil), Los hemisferios (Seix Barral, 2014, traducida por Seuil en 2016), El don de la fiebre (Seix Barral, 2018, Premi Ciutat de Barcelona 2018) y LUX (Seix Barral, 2021), así como de los poemarios Todos los miedos (Renacimiento, 2005, Premio Surcos de Poesía), El libro de los hundidos (Visor, 2006, Premio Vicente Núñez de Poesía) y Guerra del fin del sueño (La Garúa, 2008). Ha editado, además, antologías de cuentos como 22 Escarabajos. Antología hispánica del cuento Beatle (Páginas de Espuma, 2009) y Las bibliotecas imaginarias (Cuadernos del Vigía, 2017). Ganador del XVII Premio Málaga de Novela.



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