Andar (Gehen), que apareció en 1971, cuando Thomas Bernhard había publicado ya obras tan importantes como Amras, Helada,Trastorno o La Calera, y en el momento en que comenzaba a esbozar el cambio de registro que se concretó en dos de sus obras mayores, Corrección y su serie autobiográfica, que son las inmediatamente posteriores textos publicados de narrativa tras Andar, lo convierten en un texto muy representativo del universo literario de su autor. En esta novela corta se encuentran algunos de los temas, motivos y personajes recurrentes del escritor austriaco: la patria inhóspita, la inminencia de la muerte, el colapso de la identidad, la locura, el suicidio, la crítica acerba a la profesión médica o el el no reconocimiento de la genialidad. También los recursos formales que utiliza Bernhard en Andar, llevados en esta ocasión hasta el límite de sus posibilidades, son los característicos de su prosa: el uso de frases largas, la repetición obsesiva y las variaciones de secuencias. La excusa argumental, que nunca es lo principal en los libros de Bernhard, como sucede siempre con los grandes textos literarios, consiste en que su narrador lleva una temporada en que la que sale a pasear dos días a la semana en compañía de Oehler. A lo largo de dichos paseos Oehler alude sin cesar a sus caminatas y conversaciones con su amigo Karrer, al que no ve desde que este ingresó en el manicomio de Steinhof tras un rocambolesco episodio que tuvo lugar en una tienda de pantalones, suceso del que Oehler fue testigo y cuya narración detallada constituye uno de los momentos centrales de esta novela. Con la excusa de la reciente publicación de una nueva traducción de esta novela corta, realizada por Virginia Maza, y que se ha puesto a disposición de los lectores gracias a la editorial Contraseña, compartimos aquí por gentileza de la misma editorial el inicio de esta narración, con la confianza plena de que no dudarán en acudir apenas hayan terminado a la librería de confianza para poder completar la lectura completa del libro. Disfruten.
Es un permanente pensar de una cabeza humana entre todas las posibilidades y un sentir de un cerebro humano entre todas las posibilidades y un ser zarandeado de un carácter humano entre todas las posibilidades.
En tanto que solo, antes que Karrer se volviera loco, andaba con Oehler los miércoles, ahora también, después que Karrer se volviera loco, ando los lunes con Oehler. Como Karrer andaba los lunes conmigo, ande, ahora que Karrer ya no anda conmigo los lunes, también los lunes conmigo, dice Oehler, después que Karrer se volviera loco y se fuera derecho a Steinhof. Y sin dudarlo le dije a Oehler, de acuerdo, andemos los lunes también ahora que Karrer se ha vuelto loco y está en Steinhof. En tanto que los miércoles andamos siempre en una dirección (la del este), andamos los lunes en la del oeste, y es llamativo que los lunes andamos mucho más deprisa que los miércoles, probablemente, pienso yo, Oehler andaba mucho más deprisa con Karrer que conmigo, viendo que los miércoles anda mucho más despacio y los lunes, mucho más deprisa. Ya ve usted que por costumbre, dice Oehler, ando mucho más deprisa los lunes que los miércoles porque con Karrer (los lunes, por tanto) andaba mucho más deprisa que con usted (los miércoles). Como usted después que Karrer se volviera loco no solo anda conmigo los miércoles, sino también los lunes, no necesito cambiar mi costumbre de andar los lunes y los miércoles, dice Oehler, claro está que usted, como ahora anda conmigo los miércoles ylos lunes, sí ha tenido que cambiar su costumbre y en verdad cambiarla de una forma que probablemente le resulte increíble, dice Oehler. Pero es bueno, dice Oehler y lo dice en un tono inconfundiblemente instructivo, y de suma importancia para el organismo cambiar de costumbre de vez en cuando y sin que pase mucho tiempo, y no solo habla de cambiar, sino de un cambiar de forma radical de costumbre. Usted cambia de costumbre, dice Oehler, porque ahora no solo anda conmigo los miércoles, sino también los lunes, y eso significa que anda de forma alterna en una dirección (la de los miércoles) y en la otra (la de los lunes), en tanto que yo cambio de costumbre porque hasta ahora siempre andaba con usted los miércoles y los lunes con Karrer, pero ahora ando con usted los lunes y los miércoles, y, por tanto, también ando con usted los lunes y, por tanto, ando con usted en una dirección (la del este) los miércoles y en la otra (la del oeste) los lunes. Además, ando sin duda y como es natural con usted de otra forma que con Karrer, dice Oehler, porque Karrer era una persona completamente distinta de usted y, por tanto, el andar de Karrer (y, por tanto, el pensar) era un andar (y, por tanto, un pensar) completamente distinto, dice Oehler. A él, Oehler, el hecho de que yo, después que Karrer se volviera loco y se fuera a Steinhof, lo más probable es que a Steinhof para siempre, dice Oehler, también ande con él los lunes lo había salvado del espanto, en sus palabras, de tener que andar a solas los lunes; ya no andaría los lunes, dice Oehler, porque nada hay más espantoso que tener que andar los lunes a solas. Que sea lunes, dice Oehler, y tener que andar solo es lo más espantoso que hay. Pensar que no anduviera los lunes conmigo, dice Oehler, me resulta inconcebible del todo. Y que tuviera que andar a solas los lunes, lo que para nada puedo concebir. En tanto que Oehler tiene la costumbre de llevar el abrigo perfectamente abrochado, llevo yo el abrigo perfectamente desabrochado. Lo que en su caso, pienso yo, debe atribuirse al miedo de continuo a coger frío y a constiparse con el abrigo desabrochado debe atribuirse en el mío al miedo de continuo a asfixiarme con el abrigo abrochado. Y así Oehler tiene en efecto miedo de continuo a acabar helado, en tanto que yo tengo miedo de continuo a acabar asfixiado. En tanto que Oehler calza botines que le llegan por encima del tobillo, calzo yo zapatos, porque nada detesto más que unos botines, como Oehler nada detesta más que unos zapatos. Menuda zafiedad (¡y menuda estupidez!), dice Oehler sin parar, andar con zapatos y menuda insensatez andar con esos botines altos y pesados, digo yo. Oehler tiene un sombrero negro y de ala ancha, y yo, uno gris y de ala estrecha. Ojalá pudiera acostumbrarse usted a llevar un sombrero de ala ancha como este que llevo yo, suele decir Oehler, en tanto que yo suelo decirle a Oehler, ojalá pudiera acostumbrarse usted a llevar un sombrero de ala estrecha como este que llevo yo. A su cabeza no le cae bien un sombrero de ala estrecha, sino uno de ala ancha, me dice Oehler, en tanto que yo le digo a Oehler que a su cabeza solo le cae bien un sombrero de ala estrecha y no uno de ala ancha como el que se pone. En tanto que Oehler lleva mitones, los mismos mitones siempre, unos mitones de lana, recios y ásperos, que le tejió su hermana, llevo yo guantes, unos guantes de piel de cerdo, finos aunque con forro, que me compró mi esposa. Solo con mitones anda uno abrigado de verdad, dice Oehler sin parar, solo con guantes y, es más, solo con unos guantes de piel suaves como estos, digo yo, pueden las manos moverse tanto como mis manos. Oehler viste pantalones negros y sin dobladillo, en tanto que yo visto pantalones grises con dobladillo. Sin embargo, ya no nos vamos a desprender de nuestra ropa, así que no tiene sentido decir que Oehler debería llevar un sombrero de ala estrecha, pantalones con dobladillo, una chaqueta no tan entallada como esa que viste, etcétera, ni que yo debería ponerme mitones, botines altos y pesados, etcétera, porque ya no nos vamos a desprender de la ropa que llevamos puesta cuando vamos a andar y que llevamos desde hace años, hace décadas puesta cuando andamos y allá donde vayamos andando, porque con el paso de las décadas esta ropa se ha convertido para nosotros en costumbre definitiva y, por tanto, en ropa definitiva. Si oímos algo, dice Oehler el miércoles, comprobamos lo que oímos y comprobamos lo que oímos hasta que hemos de decir que lo oído es no verdadero, que es una mentira lo oído. Si vemos algo, comprobamos lo que vemos hasta que hemos de decir que es espantoso lo que vemos. De esta forma, no salimos del espanto ni de la no verdad ni de la mentira en toda la vida, dice Oehler. Si hacemos algo, pensamos en lo que hacemos hasta que hemos de decir que es algo infame, es algo ruin, es algo desfachatado, es algo monstruoso en su desolación lo que hacemos, y que es obvio que lo que hacemos es naturalmente falso. Así cada día se nos convierte en infierno, lo queramos o no, y lo que pensamos, si lo pensamos, si tenemos la frialdad y la agudeza de mente que hacen falta, se convierte siempre y en todos los casos en algo infame y ruin y superfluo, lo que nos deprime de la forma más estremecedora de por vida. Porque todo lo que se piensa es superfluo. La naturaleza no necesita el pensar, dice Oehler, solo la arrogancia humana piensa su pensar proyectándolo sin descanso hacia la naturaleza. Lo que nos tiene que deprimir de forma cabal es el hecho de que ese desfachatado pensar hacia la naturaleza, inmunizada por completo y como es natural contra el pensar, solo nos aboca a una deprimencia que siempre es mayor que aquella en la que ya estamos. Con nuestro pensar, dice Oehler, las condiciones se hacen condiciones aún más insoportables, como es natural. Si pensamos que hacemos soportables las condiciones insoportables, caeremos pronto en la cuenta de que no hemos hecho (no hemos podido hacer) soportables, ni siquiera más soportables, las condiciones insoportables, sino que solo las hemos hecho condiciones aún más insoportables. Y con las circunstancias sucede lo mismo que con las condiciones, dice Oehler, que es lo mismo que con los hechos. Todo el proceso vital es un proceso de deterioro en el que se deteriora todo y, esta es la ley más cruel, se deteriora de continuo. Si vemos a una persona, enseguida hemos de decir, qué espantosa e insoportable esa persona. Si vemos la naturaleza, hemos de decir, qué espantosa e insoportable la naturaleza. Si vemos algo artificial, artificial como sea, enseguida hemos de decir, qué insoportable artificiosidad. Si andamos, enseguida hemos de decir también, qué insoportable andar, y qué insoportable correr si corremos, y qué insoportable estar parados si estamos parados, y qué insoportable pensar si pensamos. Si nos encontramos con alguien, enseguida pensamos, qué insoportable el encuentro. Si hacemos un viaje, enseguida decimos, qué insoportable el viaje y qué insoportable el tiempo, decimos, dice Oehler, cualquiera que sea el tiempo, si pensamos en el tiempo que sea. Si el entendimiento es agudo, si el pensamiento es el más lúcido y desconsiderado, dice Oehler, enseguida hemos de decir de todo que es insoportable y espantoso. Por tanto, el arte consiste sin duda en soportar lo insoportable y en no sentir lo que es espantoso como lo espantoso que es. Calificar este arte del más difícil es una obviedad. El arte de existir contra los hechos, dice Oehler, es el arte que es más difícil. Existir contra los hechos, existir contra lo insoportable y contra lo espantoso, dice Oehler. Si no existimos todo el tiempo contra los hechos, sino solo con ellos, dice Oehler, en nada sucumbimos. El hecho es que nuestra existencia es una existencia insoportable y espantosa; si existimos con ese hecho, dice Oehler, sin existir contra ese hecho, sucumbimos de la forma más miserable y ordinaria, así que nada debería sernos más importante que existir todo el tiempo aunque sea en él, pero a la vez también contra el hecho de una existencia insoportable y espantosa. El número de posibilidades de existir en (y con) el hecho de una existencia insoportable y espantosa es el mismo que el de las posibilidades de existir contra la existencia insoportable y espantosa, y, por tanto, en (y con) y a la vez contra el hecho de una existencia insoportable y espantosa. El ser humano siempre tiene la posibilidad de existir en (y con) un hecho y, por consiguiente, en todos y contra todos los hechos sin existir contra ese hecho ni contra todos los hechos, al igual que siempre tiene la posibilidad de existir en (y con) un hecho y con todos los hechos, y contra uno y todos los hechos, y, sobre todo, por tanto, contra el hecho de que la existencia sea insoportable y espantosa. Siempre es una cuestión de frialdad y de agudeza de mente, y de la desconsideración de la frialdad y de la agudeza de mente, dice Oehler. La mayoría de las personas, más del noventa y ocho por ciento, dice Oehler, no tiene ni frialdad de mente ni agudeza de mente, ni siquiera tiene entendimiento. Toda la historia hasta la fecha lo demuestra sin lugar a duda. Allá donde miremos no encontramos ni frialdad ni agudeza de mente, dice Oehler, es todo una historia gigantesca y estremecedoramente larga sin frialdad ni agudeza de mente y, por tanto, sin entendimiento. Si contemplamos la historia, lo que más nos deprime es su completa falta de entendimiento, por no hablar de frialdad y agudeza de mente. A este respecto no es exagerado decir que toda la historia es una historia completamente falta de entendimiento, lo que también la hace una historia perfectamente muerta. En verdad, dice Oehler, si contemplamos la historia, si miramos dentro de ella, cosa que alguien como yo se atreve a hacer de vez en cuando, tenemos detrás, de hecho, debajo de nosotros, una naturaleza monstruosa, pero historia no tenemos ninguna en realidad. Lo que afirmo, dice Oehler, es que la historia es una mentira histórica. Pero volvamos al individuo, dice Oehler. Tener entendimiento no significa otra cosa que poner fin a la historia y, ante todo, a la propia historia personal. Tener entendimiento significa no aceptar nada más en absoluto de un instante para el otro, no aceptar a ninguna persona ni ninguna cosa, ningún sistema ni tampoco, como es natural, pensamiento ninguno, sencillamente no aceptar nada más y luego, en esa revelación revolucionaria efectivamente única, matarse. Pero pensar así conduce de forma inevitable a una repentina locura de la mente, dice Oehler, lo que ya sabemos y lo que Karrer tuvo que pagar con una repentina locura total. Él, Oehler, no cree que Karrer vaya a salir nunca más de Steinhof, su locura es demasiado esencial para eso, dice Oehler. Instruirse cada vez más y más en los pensamientos más apasionantes, más monstruosos y más trascendentales, y entregarse entero con mayor determinación cada vez a esos pensamientos únicos solo posibles para él era su disciplina diaria, es verdad, pero yendo siempre solo hasta el grado más extremo anterior a la locura absoluta. Si se va tan lejos como Karrer, dice Oehler, de repente se está rematada y absolutamente loco, y de golpe nada vale nada. Pensar y pensar sin parar, y pensar cada vez más, y con más intensidad cada vez, y cada vez con mayor desconsideración y con mayor fanatismo por saber sin parar, dice Oehler, pero nunca, ni por un momento, pensar demasiado lejos. En cualquier instante podemos pensar lejos de más, dice Oehler, sencillamente se va demasiado lejos con el pensar y todo pierde valor. Vuelvo ahora una vez más a lo que Karrer volvía siempre de nuevo, dice Oehler, a saber, a que en el mundo o, más bien, en lo que calificamos de mundo porque siempre lo hemos calificado de mundo no hay entendimiento en absoluto; si analizamos lo que es el entendimiento, hemos de decir que no lo hay, aunque Karrer ya lo analizó, dice Oehler, y que, como dijo Karrer con toda la razón y esa es la conclusión a la que llegó por su continua consideración de ese increíblemente fascinante tema, no hay ningún entendimiento, sino solo un infraentendimiento. El así llamado entendimiento humano, dice Oehler, siempre es, como dijo Karrer, lo llamado infraentendimiento, incluso subentendimiento, nada más. Esto es así porque, si fuera posible el entendimiento, dice Oehler, también sería posible la historia, pero la historia no es posible porque el entendimiento no es posible y la historia no surge de ningún infraentendimiento ni de ningún subentendimiento, un descubrimiento este de Karrer, dice Oehler. Sin embargo, el hecho del infraentendimiento o del así llamado subentendimiento, dice Oehler, permite sin duda que la naturaleza subsista a través de los seres humanos. Si yo tuviera entendimiento, dice Oehler, si tuviera entendimiento sin cesar, dice él, me habría matado hace mucho tiempo, pero no me he matado porque no tengo ese entendimiento incesante. Lo que hay que entender en lo que digo o sobre lo que digo, dice Oehler, se entiende en ello, lo que no hay que entender no se entiende. Aunque no todo se haya de entender, todo es, sin embargo, inequívoco, dice Oehler. Lo que llamamos pensamiento no tiene desde luego nada que ver con el entendimiento, dice Oehler, en esto Karrer llevaba razón al decir que no tenemos entendimiento en tanto que pensamos, porque tener entendimiento significaría no pensar y, por tanto, no tener pensamiento. Lo que tenemos no es más que un sucedáneo del entendimiento. Un pensamiento sucedáneo posibilita nuestra existencia. Todo el pensamiento que se piensa es pensamiento sucedáneo, porque no es posible el pensamiento real, porque el pensamiento real no existe, porque la naturaleza excluye el pensamiento real, porque debe excluir el pensamiento real. Puede que ahora me tome por loco, dice Oehler, pero el pensamiento real, y eso significa pensamiento efectivo, queda perfectamente excluido. Sin embargo, calificamos de pensamiento lo que tenemos por pensamiento, igual que calificamos de andar lo que tenemos por andar, igual que decimos que andamos cuando creemos que andamos y andamos, dice Oehler.

Thomas Bernhard nació en Heerlen (Países Bajos) el 9 de febrero de 1931 y falleció el 12 de febrero de 1989 en Gmunden (Austria). Estudió música y arte dramático en la academia Mozarteum, de Salzburgo. Cultivó el género de la novela (Helada, Trastorno, La Calera, Corrección, Sí, Los comebarato, El sobrino de Wittgenstein, Hormigón, El malogrado, Tala, Maestros antiguos, Extinción, En las alturas), el relato (El imitador de voces), el teatro (El ignorante y el demente, La partida de caza, La fuerza de la costumbre, El reformador del mundo) y la poesía (Así en la tierra como en el infierno, Ave Virgilio). Publicó cinco novelas autobiográficas, que se encuentran entre sus obras más renombradas: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño.



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