Es un motivo de alegría y orgullo que la gente de Acantilado haya confiado en penúltiMa para poder compartir con nuestros inquietos lectores del adelanto de uno de los libros más esperados del año por parte de la creciente parroquia de devotos lectores de Adan Kovacsics, que no solo permanece atenta a los libros que publica como autor, sino a todas y cada una de las traducciones que firma, ya que desde hace años se ha convertido en un referente de minuciosidad en el traslado de un texto del magiar o del alemán al castellano, y además ha demostrado un tino envidiable a la hora de elegir los textos que proponía a los editores que, inteligentes y atentos, han sabido escuchar sus sugerencias y poner a disposición de los lectores más exigentes libros inolvidables. Kovacsics ha vertido al castellano a pilares de la literatura húngara como Imre Kertész, Ádám Bodor, László Krasznahorkai y Péter Nádas, entre otros, y nos ha facilitado la lectura de textos en lengua alemana de Karl Kraus, Arthur Schnitzler, Stefan Zweig, Peter Handke, Von Doderer o Franz Kafka. Pero no solo es un excelente traductor, ensayos como los recogidos en Guerra y lenguajeEl destino de la palabra lo han situado en un lugar de referencia como pensador desde los fenómenos y vericuetos del lenguaje. Aquí compartimos para nuestros lectores el inicio de un libro de narrativa lleno de ficciones donde Kovacsics se pone en la piel de autores a los que ha traducido y genera casi un efecto mágico de un ventriloquia. Una delicia inagotable.

 

Invención y verdad

Te llamé varias veces, mi querido amigo, pero no hubo forma de encontrarte, y el tiempo apremia. Me están presionando los alemanes, quieren que les comunique ya a quién elijo para escribir mi biografía en su lengua. Por eso insisto, para preguntarte si quieres escribirla tú. Te lo digo así, sin rodeos, querido. Como tantas veces. Como aquella vez que te telefoneé llorando para preguntarte si ibas a traducir a mi colega Péter Nádas y si ibas, por tanto, a abandonarme. Me respondiste que aunque tradujeras a Nádas jamás me abandonarías, que yo seguiría siendo para ti el primero, y me tranquilizaste. Por eso te llamo, porque quiero saber si quieres escribir tú mi biografía en alemán. No me dices nada, oigo desde el otro lado de la línea tu titubeo, me llega desde el otro lado tu respiración, que conozco, pues conozco tu respiración desde hace años. El silencio se llena de ella como una alforja. Pesa mucho la alforja. Parece que lleve una piedra y es, sin embargo, su pariente, tu respiro.

Pero piénsalo: es mi tiempo de preparación para la muerte. Ahora sí, ahora llegan la actividad frenética y la dejación frenética que acompañan a los preparativos. Por un lado, dejar las cosas en orden. Por otro, dejarlas caer. Soltar el timón. Dejar que me arrastre la oscura corriente.

Recuerdo la primera ocasión en que viniste a casa. Habíamos hablado a menudo por teléfono, mi querido amigo; sí, me llamabas para preguntarme esto y aquello, porque era la primera vez que traducías un libro mío, que te adentrabas en mi obra a través de la traducción, la forma de lectura más profunda y temible. Hay que cavar para llegar a los diamantes, y la traducción es ese cavar. Lo sé, traduje durante un tiempo; eso me permitió viajar, sustraerme al círculo vicioso de mi país, disfrutar de estancias en el extranjero, en Viena, en Alemania.

No sé si te acuerdas, pero nuestro primer encuentro se produjo después de numerosas, numerosísimas conversaciones telefónicas en las que te imaginaba allí, en la para mí luminosa España, mientras tú me imaginabas aquí, en mi piso de la para mí deslucida Budapest. Sí, aquí, en mi piso en la Szilágyi Erzsébet fasor, la que en otro tiempo s llamaba Olasz fasor, se produjo nuestro primer encuentro. Me contaste que el antiguo nombre de esta avenida se mencionaba con frecuencia en la casa de tus padres, aunque ya no recordaras por qué ni qué familiar tuyo había vivido en ella. Hablamos también de Jaime Vándor, una persona lúcida y rigurosa, un hombre de palabra clara, que había venido un día a visitarme y me mandaba saludos. Esperamos a Magda. Teníamos mucho y nada de que hablar. Hojeaste los libros que yacían sobre la mesa baja de la sala, vi en tus dedos que eras hombre de letras. Cuando Magda volvió finalmente del trabajo fuimos a un restaurante. En taxi. El restaurante, que se llamaba Rivalda, estaba situado en la zona del castillo. Un lugar sombrío donde se comía bien. Por eso ya no existe. Pedimos una botella de Sauvignon blanco. Te pregunté por qué te interesaban mis escritos y en particular la literatura en torno a Auschwitz. De entrada me dijiste escuetamente que la respuesta se hallaba en mi obra. Estábamos sentados los tres en un rincón del restaurante. Ocurrió en febrero del año 2001, un día frío. Me habías llamado desde Balatonfüred, donde estabas entonces alojado. En general, las conversaciones telefónicas siempre fueron importantes en nuestra relación. Viajaste expresamente a Budapest para encontrarte conmigo, atravesaste la gélida Hungría, los campos helados que las ruedas del tren, dijiste, cortaban con la sierra de su chirrido para verme.

Luego, en el verano de ese mismo año, volvimos a encontrarnos. Esa vez viniste con tu esposa, Cristina. Os invité a almorzar al restaurante Kéhli, en Óbuda, un restaurante especializado en platos húngaros: pollo a la páprika, pörkölt, col rellena, ¡y los postres! Siempre te he escuchado con suma atención, mi querido amigo. Te aprecio intelectualmente, por eso te llamo ahora para pedirte lo que te pido. Recuerdo cuando me hablaste del declive de la burguesía europea, de Europa en general. Que no sería Europa el telos del futuro, sino el Tercer Mundo; que Europa acabaría siendo Tercer Mundo; es más, ¡que el mundo acabaría siendo Tercer Mundo! Dijiste telos, saboreando dignamente la palabra. Eso en el taxi, camino del restaurante. Tú disertabas; yo escuchaba sentado junto al conductor, y me di la vuelta cuando lo dijiste y asentí con la cabeza. Siempre me han atraído los declives, las decadencias, los hundimientos. Y con la edad, más. También a ti, verás, te pasará. Sí, taxi y teléfono, medios recurrentes y fundamentales de nuestra relación. Luego, en el verano siguiente, estuvisteis en el hotel Kempinski de Budapest. Magda y yo pagamos vuestra estancia. Se había hablado de que os alojaríamos en mi otro piso, el de la Pasaréti út, el que fuera domicilio de mi madre. Por algún motivo, sin embargo—por Marci, el hijo de Magda, que se había adueñado del piso, seguro—, no fue posible. Me llamaste el día antes desde una cabina telefónica—estabas en el Graben de Viena, me dijiste, y yo podía oír a través de la línea el discreto rumor veraniego de la ciudad—para comunicarme la hora de vuestra llegada, y te confesé entonces que no podríais contar con la vivienda, porque estaba ocupada—por Marci, el hijo de Magda, insisto—, pero que el asunto se solucionaría. Os esperé, pues, en el andén de la Estación del Sur de Budapest, adonde llegaban entonces los trenes procedentes de Viena. Llegasteis risueños, traías aires del sur. Cristina, con un vestido estival de color crema. Os llevé al hotel Kempinski, que os fascinó, lo vivisteis como un regalo, que lo era, y luego a un restaurante en la ribera del Danubio, donde comimos pescado, moluscos y crustáceos de mar. Yo era feliz, me encanta comer pescado, moluscos y crustáceos de mar, que Magda detesta. Y me alegraba poder ofreceros, a vosotros, mediterráneos, mi querido amigo, pescado, moluscos y crustáceos de mar. De vuestros gestos y de vuestro escaso entusiasmo, sin embargo, deduje que no era eso lo que esperabais. Que más bien queríais comer platos húngaros: pörkölt o col rellena, como aquella vez en el Kéhli. Cuando nos conocimos, yo ya había cumplido los setenta años. Había empezado a envejecer. Allí, en el restaurante en la ribera del Danubio, degustando ese pescado, esos moluscos y crustáceos de mar que a vosotros no os entusiasmaban, os hablé de mi incipiente plan de escribir una novela sobre la edad, sobre el envejecer. Mis modelos eran los últimos cuartetos de Beethoven, los últimos cuadros de Turner. Ésas son las obras que tendría yo presentes para escribir la mía. No intuía yo entonces, ni lo intuías tú, que acabarías traduciendo el libro que contendría las ruinas dispersas de aquel proyecto mío.

En varias ocasiones os alojasteis luego, cuando veníais a Budapest, en el piso de la Pasaréti út, en la que fuera la vivienda de mi madre. Sobre todo cuando no estábamos en la ciudad porque me había trasladado definitivamente a Berlín. Nos vimos poco en Budapest en aquellos años, pero cuando, a pesar de todo nos reuníamos allí, nos traíais jamón ibérico y vino español y espárragos de Navarra. Y Cristina, precisa observadora, recorría entonces con la mirada y admiraba los objetos de nuestra casa y me sonreía.

También nos encontramos en Berlín y en Barcelona. Y en Viena. Y en Madrid. Me acuerdo de que allí viniste a buscarme al aeropuerto. Fue en marzo del año 2004; viajé a Madrid para presentar mi libro Liquidación, si mal no recuerdo. Yo arrastraba los pies, que apenas sentía a pesar de que llevaba zapatillas de deporte, el único calzado que me permitía para viajar en avión. Cuando salimos Magda y yo al vestíbulo del aeropuerto, me creí perdido y miré alrededor buscando un asidero. Me sentía fatigado, apenas había dormido, nos habíamos levantado muy temprano. Gracias a Dios estabas allí, me alegró verte, me tranquilizó. Nos alojaron en el hotel Palace; a ti, en un hotel cercano, Suecia, creo que se llamaba, en el que, según me contas-

te, habían pernoctado Ernest Hemingway y también Julio Cortázar. Dos días después volamos de Madrid a Barcelona, juntos. En el minibús que después de aterrizar nos llevó—era temprano y hacía frío—del aeropuerto a mi hotel en el paseo de Gracia cantamos tú y yo un aria del Don Giovannide Mozart, la de Leporello: notte e giorno faticar… Sí, estaba cansado, en aquella época agotado de tanto viaje, tanto ajetreo, tanto faticar día y noche. El día después se produjeron los pavorosos atentados en Madrid. Magda y yo supimos enseguida que eran obra de un comando islamista, y te lo dijimos. Tú estabas desconcertado. No era lo que decía el gobierno español, que mintió de manera descarada. A la tarde siguiente, a instancias del cónsul de mi país en Barcelona, participé en la manifestación de repulsa de los atentados. Me aterró la multitud, sentí pánico allí, en el paseo de Gracia, tanto que Magda y yo nos salimos de la fila, nos escabullimos y deambulamos por la ciudad, perdidos por calles fantasmales hasta que logramos llamar a nuestro entrañable Jaume Vallcorba. Sí, mi querido amigo, nos entendemos tú y yo en el temor a la masa. Tanto

para ti como para mí, en eso coincidimos plenamente, la masa sólo puede generar embrutecimiento. La masa es el triunfo de la cantidad. La imposibilidad de discernir y de expresar la calidad. Lleva inherente, además, la violencia de la turba y, por extensión, la violencia colectiva. Da miedo. Da mucho miedo.

Engendra una merma de la realidad, el no tener palabras para lo que es. Ni siquiera las busca, coge y repite las que trae la brisa, las que trae lo que llamo el movimiento, las transportadas a hombros de la muchedumbre, de los medios de comunicación, de la llamada cultura de masas, y las mastica una y otra vez.

Nos fuimos de Barcelona al día siguiente, el sábado por la mañana. Cristina y tú vinisteis al hotel a despedirnos. Recuerdo que veníais cargados, traíais una batería de platos que habíais comprado en una tienda cercana; vosotros siempre trajinando. Era un día invernal, pero soleado, eso sí, con una incierta bruma matutina en el paseo de Gracia. Yo tiré a la papelera de la habitación los artículos que sobre mí había escrito Mihály Dés y que me había dado. Estaban en español, así que no entendía nada. Además, Dés se había comportado de manera irrespetuosa y arrogante conmigo en la conversación que mantuvimos ante un nutrido público en la presentación de mi libro. Tú trataste de defenderlo, me contaste que te había ayudado a conocer mi obra, ¡que había sido él quien te había dado mi teléfono de Budapest! Pero a mí no me importó.

Cuando digo que no existe un lenguaje de Auschwitz, lo que quiero decir es que no hay un lenguaje de la experiencia, que el lenguaje dominante lo inunda todo y no deja gestarse ni aflorar el lenguaje verdadero de la experiencia. Atribuyo esto sobre todo a los medios de comunicación, a la prensa, dirían tus amigos Karl Kraus y Walter Benjamin, pero también a las ideologías, a la masa, a lo que llamo el movimiento que te engulle y te arrastra.

No dices nada, mi querido, pero me parece oír un aleteo en el teléfono, el aleteo de un ave de considerables dimensiones. ¿Qué será? ¿Un águila? ¿Un albatros?

¡Mis temores una y otra vez! No sé si te acuerdas de cómo me puse a temblar cuando un pájaro entró volando en mi habitación de Berlín, como si quisiera llevarme. Temí que me deportara. ¡Un pájaro!

¡Un pájaro de mal agüero! Sé que en el fondo se desea que los judíos llevemos la estrella amarilla, vernos con la cabeza gacha y trasladados a un campo de concentración. Yo, claro, me rebelaba contra ello.

Me iré ahora a la habitación de atrás, mi despacho, pues aquí me distraigo: aquí, en la sala, irrumpe el ruido, pasan cada dos por tres las ambulancias por la avenida, van al hospital, que no está lejos. Allá atrás, con la vista a lo verde, podré hablar con calma contigo.

Cuando recibí la medalla de san Esteban, la máxima condecoración de Hungría que el sombrío gobierno de Orbán rescató de la sombría época de Horthy, te hablé y aduje, ante tus dudas y reticencias, que lo que quería era la reconciliación. Pero sonaba débil, de lo cual me di cuenta enseguida por la cara que pusiste. Me dormí en la ceremonia en el palacio presidencial, sentado en la silla de ruedas con Magda, que me había llevado hasta allí, a mi lado. Sufrí lo indecible en aquellos días. Sobre todo me dolió el tener que despedirme de muchos amigos, en particular de mi amistad con András Schiff, ya sabes, el pianista, quien, en una carta personal, me reprochó amargamente mi aceptación de aquella distinción. Me quedé muy solo. Muy pocos se mantuvieron a mi lado. Te agradezco que lo hicieras. Pero es que, además, no se entendió en absoluto—¡tú sí, tú sí!—que yo recibía la distinción como el despojado, el desposeído que había sido. Un arco infinito, más grande que el arco iris, se trazaba entre el niño deportado y el país que lo condecoraba, el niño, el expatriado y enviado a un campo de exterminio se hallaba ante el Estado que lo había desterrado y en ese momento saboreaba, en la más absoluta soledad y desnudez a pesar de los discursos y de los trajes y vestidos a su alrededor, su victoria secreta que no percibían ni quienes lo distinguían ni quienes denostaban esa distinción.

Sé que cuando yo muera te encontrarás en una situación difícil. No recordarás nada de los tantos encuentros que hemos tenido, nada. Sólo me echarás de menos, mi querido amigo, necesitarás las conversaciones, fuesen presenciales, fuesen telefónicas, que nos han acompañado durante tantos años.

Cuando estábamos en el restaurante Rivalda, en el rincón de aquel local oscuro en la zona del castillo de Buda, era el primer día que nos veíamos; te pregunté por qué tú, que no eres judío, te interesabas por ese asunto, por Auschwitz, por el Holocausto y, en consecuencia, por mi obra. De entrada, me contestaste que la respuesta estaba precisamente allí, en mi obra. Pero luego añadiste que para ti, y no sólo para ti, la operación de exterminio de los judíos en Europa desempeñaba un papel central en la historia; era, como yo mismo había dicho en más de una ocasión, el acontecimiento más decisivo después de la cruz. Sin embargo, me dijiste, el acontecimiento no se hallaba sólo en el centro de algo, sino que era también un final. Era la destrucción de un espíritu que ya no resucitaría. El triunfo de un burdo paganismo. Para conseguir esa victoria, había que asesinar masivamente a las personas que, quisieran o no, encarnaban aquel espíritu. Para ti, dijiste, lo que ocurrió fue el final de una espiritualidad. Como había previsto Sigmund Freud, dijiste. El nazismo quería exterminar una humanidad para la que valía más la ocupación en los asuntos espirituales y en el acercamiento a lo universal y al Uno que la exaltación de lo particular y el afianzamiento en las cosas dispersas y esclavizantes del mundo. Y lo cierto es que me da la impresión de que lo ha conseguido.

Sí, conozco esos escritos de Freud. Se preguntaba en ellos por qué, a pesar de ser un judío sin Dios, como se definía, seguía siendo un judío, y lo atribuía a una espiritualidad que se remontaba muy lejos y se había desarrollado a partir de la asunción por parte de su pueblo de una concepción de lo divino que era ética e intelectual, no sensorial. Significaba anteponer la intelectualidad a la sensualidad, significaba valorar la labor espiritual y situar los instintos en un segundo plano. Esa espiritualidad fue minada y menoscabada con el ascenso del nacionalsocialismo al poder con su insistencia en la raza, en lo biológico, en el cuerpo. El exterminio que perpetró el nacionalsocialismo lo fue también de una espiritualidad universal. Lo intuyó Freud, quien en un último intento quiso plasmarla y encomiarla en un libro a la vez claro y confuso, confuso de tanta insoportable claridad. Recuerdo que me contabas que tu familia te transmitió ese inclinarse ante el espíritu y la escritura. De la escritura depende todo nuestro ser. Yo traduje otro escrito de Freud sobre Moisés, el Moisés de Miguel Ángel… Ay, las traducciones, rememoro con nostalgia mis tiempos de traductor, te lo he dicho varias veces: te imagino dedicado a esa labor tan preciosa. ¡Además, hemos traducido las mismas obras, La boda de Canetti o Job de Joseph Roth! Ahora bien, la traducción que más me ha marcado es la de El nacimiento de la tragedia de Nietzsche. Ese libro estaba destinado para mí.

Aquí atrás, en este territorio en que reinan lo verde y las sombras, no oigo las ambulancias, sino el zureo intermitente de las tórtolas. Así que también me distraigo.

No consigo imaginar lo que significa ser inocente, mi querido. Tan pronto como se me atribuye una culpa, la interiorizo y la dejo crecer dentro de mí. ¡Sí, soy culpable!, grita mi fuero interno. También te sucede a ti. ¿En qué consistirá tu culpa? En desilusionarme. En callar ahora que te pido esto: que escribas mi biografía en alemán. La culpa original no es aquella que quedó enquistada en el comienzo, sino la que chisporrotea todos los días. Así como el Juicio no llega al final, sino que se celebra a cada momento. Seguro que llevas en el corazón una culpa que llama a tu puerta a todas horas. Sólo hay una forma de evitarla: cuando el corazón se vuelve impuro, cuando acepta la guerra, cuando acepta la guerra ideológica para que la criatura a la que has dañado se convierta en enemigo. Guárdate de los que no se arrepienten, de los que dicen no haber cometido una infamia, de los que no ven la infamia propia, de los que no exponen su alma. Guárdate de los opacos, de los que siempre hablan de otra cosa. Guárdate de ellos, que son los antiartistas y van ganando terreno, te lo digo yo. Guárdate de los que se esconden, los que se esconden tras

su blancura, los que se esconden tras su negrura, los que s esconden en la corriente de las masas, niegan la existencia de cada cual y la experiencia individual y niegan, por tanto, el alma. Niegan el drama monstruoso del alma, que mueve la cultura, que es el hilo que recorre el arte, niegan el dolor interminable que es la fuente del arte, niegan la tragedia como forma eterna, con sus luchas, sus despedazamientos, sus rechazos, sus preguntas sin respuestas. Van ganando terreno, te lo digo yo; de ellos es ahora la palabra. Van ganando terreno la incomprensión de la grandeza, el desprecio al arte, la incomprensión del arte, el contabilizarlo como asunto de selectos y, por tanto, prescindible; es más, rechazable. El artista, incluso cuando se oculta, se expone. Incluso cuando se cubre, se desnuda.

Ahora oigo un ruido extraño en el teléfono, parece un viento interestelar, parece un ulular cósmico.

¿Recuerdas aquella llamada telefónica cuando tu mujer y tú habíais aterrizado ya en Budapest y os dirigíais a la casa en la Pasaréti út, para alojaros allí tal como habíamos acordado? Estabais ya en el taxi cuando te llamé al teléfono móvil para explicaros que la vivienda, ocupada hasta hacía poco por Marci, se hallaba en un estado lamentable y que no habían podido limpiarla y ponerla a punto para vosotros y que, por tanto, no podríais quedaros allí. En aquel piso, que había pertenecido a mi madre y que tras su muerte ocupamos Albina—ya sabes, mi primera esposa—y yo, siempre hay muchos trastos en la cocina. Es que Marci la utiliza como depósito. Tan llena está siempre de toda clase de objetos, entre ellos una lancha inflable y dos bicicletas, que apenas se ven las baldosas blancas y negras, grandes y relucientes que cubren el suelo.

Tu respuesta fue gélida. «No era lo que habíamos hablado», dijiste. Os indiqué entonces que os dirigierais al hotel Budapest, en la misma Szilágyi Erzsébet fasor donde vivimos. La escena te recordó, me dijiste luego, a aquella primera, cuando os alojamos en el hotel Kempinski al que yo tanto cariño tenía. En realidad, las llamadas telefónicas fueron nuestro verdadero medio, el medio fantasmal del teléfono, mi querido amigo. Ahora bien, no te puedes imaginar qué conversaciones, qué discusiones entre Magda y yo provocaban vuestros anuncios de llegada. Avisabais con mucha antelación, pero era siempre como si llegarais mañana mismo.

Me parece oír otra vez un ruido extraño en el teléfono, como si fuera un molinillo de café.

Yo he sido y soy muy nietzscheano. Pero tengo algo que Nietzsche no tenía: Auschwitz. La experiencia. Es evidente, cuando se lee mi obra, que la experiencia crucial se deposita y se oculta y se graba en la memoria, que hay que recuperarla allí, y que ello impone dos tareas. Una: recobrarla, lo cual es cuestión de Musas, de magdalenas, del olor a cuero de la correa del reloj, de las tropelías y absurdos del régimen de Kádár, es cuestión básicamente del azar y de preparación del hombre para el azar. Dos: expresarla, relatarla, lo cual, a mi juicio, sólo es posible artísticamente. Para hacerlo no vale el lenguaje trillado, prefabricado, ideológico o periodístico. La iluminación sólo se produce una vez. Hay que estar prestos. Por eso es la memoria de la experiencia reacia a la repetición. Hay que empezar de nuevo de cero. Siempre pasé largos períodos de inanidad y espera, que forman parte del arte, forman parte de la literatura, de la narración.

Cada cual debe trabajar la memoria. La memoria es obra de un trabajador de la verdad. La radicalidad de mi individualismo me viene de allí. ¡Que no me arrebaten la memoria! ¡Que no me la arrebaten con cuentos, con leyendas, con versiones oficiales e ideologías! ¡Que me dejen hurgar en mi olvido!

Pero el recuerdo que no está teñido de destino, es decir, de relato, no vale nada. Sólo vale el recuerdo que cabalga sobre el corcel o el jamelgo del destino, es decir, sobre un animal que va a alguna parte. Por eso es también relato. El recuerdo de lo que te ha traído aquí, al que eres.

Destino es nuestra elección más profunda, es lo que no creemos que somos, pero somos. Sólo aquel que elige tiene un destino. Ése es el mensaje de la tragedia. Eligió Antígona, eligió Edipo. Eligieron la intemperie, eligieron el abismo, eligieron lo humano. Alcanzaron el límite de la elección y tuvieron un destino. De ahí también que los perso

najes con destino fuesen héroes.

El hombre moderno cede y deposita su memoria o en otra persona o en internet o en el lenguaje falso, controlado y policial de los medios y de la burocracia política… Ahora se me ha ido el santo al cielo, ¿de qué estábamos hablando? No me acuerdo.

A ver, lo que quería decirte… Para imponer su dominio, lo primero que eliminó el totalitarismo fue la eternidad… Así abrió las esclusas para el oleaje incesante de la propaganda… La característica principal de las personas que practican la autopropaganda, a la que dedican su tiempo y su mente, es que se despegan de su verdadero yo, no tienen conciencia de aquello que verdaderamente son, de aquello que hacen y dicen y que desde luego no tiene cabida en sus campañas de autopublicidad. No recuerdan lo que han hecho o dicho en determinadas circunstancias. Todo eso se borra de su conciencia en aras de la autopropaganda. Ese olvido, ese borrado es una característica central de la propaganda en general.

Para mí, la experiencia es Auschwitz, mi querido amigo. En más de un momento me he sentido incluso agradecido a Auschwitz porque me permitió ser partícipe de una realidad mayor, verle la cara al hombre, ver la cara repugnante de Dios. Sí, así de ancho y abominable es el ser humano. Me decías, mi querido amigo, que Benjamin criticaba el concepto de experiencia banal, pobre y mezquino de Kant y de su época. Y yo te decía que el programa de la Ilustración era precisamente vaciar la experiencia. Y llegar por ese camino al periodismo.

Los periódicos no exponen el alma. Dedican su tácito y temible esfuerzo a vaciarla. Por eso hablan tanto, para tapar su tácito y temible esfuerzo. Son la opacidad. Ellos son el rostro de las masas. Ellos son el lenguaje de las masas, en el que todas las palabras tienen el mismo peso. Da lo mismo quién las diga, dónde se digan, si son en mayor o en menor, si se pronuncian con ironía o con solemnidad, si llevan carga o si no la llevan, si las dice Moisés o las digo yo o las dices tú o las dice el transeúnte en la parada del autobús. Y como todas se oyen con el mismo peso, entra la mentira. Una cosa es la palabra en la boca; otra, en el oído. Cada una requiere un cuidado diferente. En la boca es más ligera. La del oído puede ser deforme y terrible. Ya sólo quedan las palabras del oído.

El lenguaje moderno ha corrompido la metáfora. Ha alejado la palabra de su fuente. Los símiles, las asociaciones, las correspondencias, la verdad que esconden y desvelan, han desaparecido. Y cuando están, lo hacen de manera perversa y desequilibrada. De pronto, una pata de un símil cobra una realidad que ni quiere ni le corresponde.

¡Ya verás, mi querido amigo, cuando me muera! La muerte de cada ser humano deja huérfanos, aunque no tenga hijos, como yo. Se tiene cada vez más presente al padre muerto precisamente porque es recuerdo, porque él es el recuerdo por antonomasia. Recordar es entrar en el vasto territorio de la muerte. ¡Cómo echamos de menos a nuestro entrañable Jaume Vallcorba, por ejemplo! Y, por otra parte, dejas de recordar cuando se acaba la magia. Sales del mar ancho y mágico de la pregunta por la vida y la muerte cuando sales de la infancia. Sales de la infancia y comienza el olvido.

 

Adan Kovacsics (1953) nació en Santiago de Chile, hijo de inmigrantes húngaros, y se formó en Viena. Vive desde 1980 en España, donde se dedica a la traducción y a la escritura. Es miembro de la Academia Alemana de la Lengua y la Literatura. Ha traducido a autores como Karl Kraus, Arthur Schnitzler, Stefan Zweig, Franz Kafka, Imre Kertész, Ádám Bodor y László Krasznahorkai entre muchos otros, y ganado numerosos premios entre los que destacan el Premio Nacional del Ministerio de Cultura de España por el conjunto de su obra y el Premio Nacional de Austria, ambos en 2010, el Gran Premio Balassi de Hungría, en 2017, y el Premio Straelen de Alemania, en 2022. Es autor de Guerra y lenguaje (Acantilado, 2008), así como de Karl Kraus en los últimos días de la humanidad (2015), El vuelo de Europa (2016), Las leyes de la extranjería (2019) y El destino de la palabra (2025).