Yo no me quedaba en la cama los días laborables. Eso sólo aumentaría mi vergüenza. Me levantaba antes que ninguno de mi familia, me daba una ducha, me afeitaba, incluso me vestía como para salir. Luego preparaba el desayuno de todos: el café, la leche, las galletas. Dejaba el pequeño escenario de nuestra cocina bien preparado, en el que procuraba que no me fallara una sonrisa, según iban llegando mis hijos. Se sentaban. Unos hablaban sin parar, otros nada; respetaban, atendían. Me habían dado un beso y ocupaban sus lugares de costumbre, con la urgencia escolar de la mañana temprano. Los últimos eran Vigor, mi primer hijo, seguido de Violeta, con el menor al que convencía empujándolo.

Vigor comía abstraído en sus preocupaciones de los dieciocho años. Llevando un peso sobre sí que no dejaba compartir a ninguno, que aliviaba con su sarcasmo y su imprevisible risa. Pasión y Salud siempre tenían tema de conversación por el que intercambiar sus reproches o insultos cuando no sus acuerdos cómplices, provisionales. Voz, en cambio, callaba, o se dirigía a su hermano mayor, quien le respondía con monosílabos que el otro agradecía y trataba de interpretar. Felipe dedicaba a todos sus palabras, también a mi mujer y, ahora, a mí. Quizá pagaba el favor, o buscaba esos lazos sin los que un niño es menos niño. Echo de menos a mis otros hijos, Libertad y Energía; especialmente lamenté que no estuvieran la noche en que les mostré mi herida. Tanto ella como él viven con sus respectivas madres; pasan por casa a voluntad, pues ni mis exmujeres ni yo hemos pretendido nunca imponerles nada. Por tal motivo, su decisión de no acercarse o, simplemente, que sus horarios y tareas los apartaran durante un tiempo me dolía como un fracaso.

El espectáculo del desayuno era nuevo para mí, que siempre salía prontísimo de mi casa al trabajo de cada vez. Por entonces yo llevaba casi dos años con el empleo en la fábrica, y me había perdido muchas escenas de su candor, sus planes y relaciones. Mi mujer me lo reprochó sin malicia: –Pareces bobo, mirándolos. –¿Qué quieres que haga? –Yo no paro de luchar con ellos…

Violeta me parecía una mujer admirable. Voz era hijo suyo, el de seis años; los otros se encontraban allí por mi causa. Ella se ocupaba de todos como una madre biológica, con más esmero. Y los chicos la habían ido aceptando.

Ese día, un día, reflexioné sobre los nombres de mis hijos: Vigor, Libertad, Energía, Pasión, Salud, Voz. Entonces me di cuenta de que en ellos, conforme al mismo orden en que nacieron, se podía leer mi biografía; como una revelación en clave de lo que en cada momento había pensado o querido más. Y me di cuenta también de que no podía dejar de advertirse una particular decadencia, una rendición en esa devaluación de los significados. Caían desde el anhelo del vigor, la libertad y la energía –que nacieron en un lapso corto de tiempo–, a una cada vez más humilde aceptación de los límites y de las prohibiciones del mundo. Supongo que mis lecturas nietzscheanas (¡!) con mis deseos de revolución se entreveían en las palabras que cargaban los mayores. Los míos y, desde luego, de las mujeres con las que compartía la vida entonces. Con una, y luego otra y otra quise edificar un mundo aparte, al resguardo de la violencia y las docenas de nuestra sociedad. Mis primeras parejas se fueron al suelo rápidamente; de manera, creo, casi indolora. No sé. No sé si por la prisa o la furia por rehacerme lo antes posible; tampoco voy a revisarlo aquí. Luego, con el aprendizaje de los golpes, uno empieza a plantearse lo mismo con otra precaución, en otros términos. Entonces ha comenzado la retirada. Y ya se trata de no perder la pasión…; luego, de conformarse con tener salud…; después, de que, al menos, nos quede la voz. Aunque para mi esposa, que amaba el canto, el nombre de su hijo adoptaba sentidos distintos. En cuanto a mí, qué deriva, desde la pretensión de un titán a la del cuidado de evitar la afonía; tanto como decir –esto sólo para mis adentros–, verme reducido a la insignificancia y el desprecio. Ahora veía a Voz junto a su madre, más bien callado y obediente, abriendo la boca para meterse una cucharada de cereales.

Y yo, en el medio de mi familia, no en el centro, vestido con la ropa de calle y los zapatos puestos, sin mi brazo izquierdo, esperando una operación que podrá implantármelo (quizá) (un día) (con algún éxito), testigo de sus propias vidas en ascenso, atemorizado por la vergüenza ante ellos, sin saber qué decir, cómo decir, cómo explicarles que había sido un accidente o por qué ocurren, y que uno no tiene desde luego la culpa de eso; y que, por tanto, la obligación de salvaguardar el propio cuerpo en su integridad, de ser digno, de mantenerse firme y sano en la vida… todas esas cosas aún tenían valor. Pero en sus conversaciones, sobre un compañero, sobre la profesora de Matemáticas, sobre la pelea de un sábado, sobre cualquiera de sus minucias preciosas, tejían un mundo al margen de mi herida; desde hacía dos meses, un tiempo infernal en que sentir que esos hijos con sus nombres se iban deshaciendo de su padre.

Vig, Lib, Ener, Pasi, Sal, así llamados en la relación familiar, se volvían hijos queridos cada vez más ocultos; cuyos nombres tatuados de los que se disociaban se iban convirtiendo para mí en la caricatura de mis sueños. El vig, la ener eran quimeras, la lib nunca existió, me quedaba la pasi de un amor, el último, que se mantenía, eso era verdad, la sal la había perdido de un solo golpe. Quedaba Voz, que no podía reducirse más y conservaba íntegro sus letras. Qué ironía, pensé. Callándome todo eso, sin atreverme a contárselo a mi esposa.

Y Felipe, en una tarde, quizá echando de menos a sus padres, que por razones de vida se habían visto en la Antártida, me había pedido casi llorando si podía ponerle un nombre bueno, como el de mis hijos. –¿Y cómo te gustaría llamarte?, le pregunté. –Fuerza, me dijo el pequeñajo, amable hasta decir basta, detallista, que ni protestar sabía y se ponía al servicio de todos. O por lo menos Astucia, se me ocurrió a mí, no fueran a reírse de él, que prometía no ser muy fornido.

Era yo el que deseaba cambiarles esos nombres a mis chavales, ahora ridículos en vez de afirmativos y contestatarios como me parecieron entonces. Sin embargo, el tiempo no vuelve atrás, ese sí que no es relativo; lo harán ellos si lo desean, y no sé si de esa forma se consumará otro golpe.

–Felipe es un gran nombre, significa “el que cuida de los caballos” –le expliqué–: el que los conoce bien, los llama y se los lleva adonde quiere. Tiene un grandísimo poder. Tu nombre quiere decir que podrás dominar animales briosos, elegantes. Y a la gente que sea como ellos.

–¿Podré mandar, entonces?

–¡Claro! Porque serás inteligente y bueno, como ahora. Todo el mundo querrá que tú los dirijas; te harán caso por tu sabiduría.

–Podré mandar, podré mandar… –me interrumpió el muchachito, que se fue clamando y presumiendo a anunciárselo a los otros…

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.