Estamos todos acongojados y en suspenso por las peripecias de nuestro querido Tomi Sánchez, el protagonista de la primera novela de Javier Sáez de Ibarra que compartimos semanalmente en la revista.

 

Cuando entraron esa tarde a la vuelta del hospital en su casa, no había nadie.

El pasillo que se comía varios metros útiles de su domicilio yendo hasta el fondo y volviendo a la puerta se cernía con su oscuridad relativa. Y ellos dos se quedaron mirándolo un poco, como si se dieran cuenta ahora (otra vez).

Mientras se quitaban la chaquetón, el tres cuartos, para colgarlos en el perchero y saber que habían llegado por fin, en tanto se dejaban la puerta abierta y la cerraban luego, haciendo todo ello con esos giros graciosos de dos personas que se chocan en una entrada angosta, y en tanto reunían valor mediante la repetición de gestos cotidianos en el comienzo mismo de su casa, como inquilinos que eran; unas nubes de color ceniza, ciertamente delgadas, se colaron también no se sabe viniendo de dónde y desparramaron su oscuridad por el techo de ese pasillo, combinándose con la falta de luz para hacer el ambiente mortecino, manso y demasiado.

Violeta y Tomás, el matrimonio, se dieron un furtivo abrazo, lo destejieron después por lo poco práctico del lugar y caminaron unos pasos por ese corredor queriendo mantenerse abrazados, ella sobre todo, sin estarlo. El corredor indicaba la dirección única de un túnel; a su término también, suele decirse, se veía algo, la luz, luz prestada por el alumbrado público, anaranjada y todo lo cálida que cabe esperarse.

Tomi también había advertido eso, y precedió a su mujer hacia el saloncito a donde desembocaba el pasillo por el que se desplazaban también lentamente las nubecillas grises rizadas por su movimiento, acompañándolos.

Violeta propuso: –¿Te saco algo de beber? Tomi dudó; luego apoyó su mano sobre el antebrazo de ella. –No. Vamos mejor a estar juntos un rato.

Ya sentados, muy cerca uno del otro, los rostros hacia la luz y hacia su cónyuge, se preparaban –a la manera psicológica– para el encuentro con sus hijos. Los minutos pasaban uno tras otro, con su historia cada uno, cargados. Reunieron así media hora, y después la hora completa, tan densos que el montoncito de la página de la sesentena se había ido como llenando de un granulado. Y en ellos, muy pocas palabras dichas pero toda una columna de palabras pensadas, incluso de frases construidas, de respuestas, y réplicas, hasta conclusiones evasivas que no terminarían de concretarse y los dejaban impacientes, debilitados. Entonces se ofrecían la mano, se tocaban con las rodillas, coincidían en un suspiro o en un sueño.

Él le dijo: –Tengo miedo, Violeta. Ella: –Yo te ayudaré.

Sin embargo, la tarde acabó de caer rendida; ya sólo las luces de la ciudad sostenían la noche. Mientras las sombras que entraron con ellos se habían aposentado en sus sitios respectivos, altos, insignificantes y en silencio, Con todo, los chicos no volvían, y para entonces sus defensas como pareja habían caducado, deshechos en la inanidad. Así que se sintieron más desamparados, aunque también más limpios y libres, como solían. Pensaron que era mejor, en el fondo, esta situación; que la realidad trae siempre ese sabor un poco fuerte que desbarata tonterías y medias tintas para que aflore lo que hay.

–Uf –dijo Tomi–, va a ser tremendo.

–Va a ser nuevo, si quieres –le respondió ella–. Tus hijos no te fallarán.

A lo que Tomi hizo un gesto.

 

Estaban a la mesa para la cena (bastante tarde, porque los menores vinieron de la mano de unos vecinos que los habían cuidado ese tiempo y el mayor no apareció hasta las diez y pico). La mujer había encendido las luces de la casa. Quería que todo fuera bien visible.

Cada cual ocupaba su lugar de siempre, las conversaciones se cruzaban habituales, menos fluidas, chocando de expectativa… En las puntas de la mesa, los adultos; las dos hijas y los tres varones a los lados. La mujer había colocado la fuente de comida en el centro, las botellas de vino, de refrescos, y la jarra de agua, los vasos transparentes, los cubiertos, los platos, las servilletas de las grandes ocasiones dobladas sobre el mantel como para una fiesta. Arriba la lámpara de cuatro bombillas de larga duración esplendiendo.

El padre se inclinó para orar en silencio unos segundos, mientras su familia más o menos respetaba su creencia. Esta vez, una muñeca única se distinguía apoyada en el borde de la mesa, sobre ella pendía su frente; el otro brazo parecía intacto pues caía sin vida hacia la pierna. Lo contemplaron cada uno a su manera. La mujer mirándolos a los cinco, entendiéndolos y preparándose íntimamente. Cuando luego el padre hubo acabado de silabear una plegaria, alzó la vista; en su rostro sólo incertidumbre y serenidad. Empezó a mover la mano, el brazo no.

Enseguida todos comieron.

 

[…]

–¿Y dónde se ha quedado, entonces?

–En el hospital, naturalmente –respondió la madre; siempre respondía ella.

–Pero ¿dónde?

–En unas pequeñas cámaras frigoríficas que tienen.

–Son como neveras.

–Ya lo sé. Porque si no se pudre.

–Pues yo también lo sé, porque es carne.

–¿Un brazo es carne???

–Pues claro que es carne, jajá, que pareces tonta.

–Eso lo serás tú.

–No hace falta que os peleéis.

–Como un helado –sentenció Vigor, el mayor de todos–. Un helado de carne humana. –Silencio.

–Vaya ejemplos que se te ocurren –juzgó Violeta.

–¿Y se puede ver?

–Sí, cariño.

–¿Lo habéis visto vosotros? –Salud no podía creerlo–. ¡Qué asco! Huy, perdón –se tapó la boca.

–Es un trozo de su cuerpo, por qué le va a dar asco. –¿A ti te da asco tu mano? –A mí me da asco tu cara. –Eres imbécil. Da asco, un cacho de carne así suelto. –Puajjjjjj. –No es un cacho de carne, ¡es tu brazo! –Peor todavía.

–¿Queréis dejarlo ya, por favor? –suplicó la mujer.

Los chicos callaron. Comieron o esperaron sin hablar, unos segundos. Pero algo se había desatado.

–¿Cómo es? ¿Hay un cristal?

–Bueno –quiso zanjar ella–. No sé a qué viene esa curiosidad, no me parece un tema…

La voz sombría de Tomás: –Déjalos, Viole, es natural que quieran saber–. Y retrocedió al silencio.

–Sí, queremos saber qué ha sido de un trozo de nuestro padre. –Era Vigor, claro.

Los chicos seguían preguntando con ahínco. Buscaban detalles que les permitiesen verlo con la imaginación. Más que insania; era tal vez el deseo de entender del todo el hecho, y además los sentimientos que estaban quebrando a su padre. O simplemente el ansia producto tanto del miedo como de la pena.

Violeta les contó.

–El brazo se conserva en una caja alargada a muy baja temperatura. –Como un filete. –¡Pasi…! –Si no he dicho nada, he dicho como un filete, ya sé que no es un filete.

–¿Y cómo es el sitio? –Es una habitación con muchas camitas, encima están las cajas conectadas a unos tubos que les proporcionan frío. –¿En las camitas están los brazos? –Vuestro padre no es la única persona herida. (Reacciones.) Ahí se dejan las partes del cuerpo que se han perdido. Vigor exhibió su risa sarcástica: –La sala de las urnas de los despojos (nadie lo oyó). –¿Y cómo se sabe de quién es cada cajita? –En un lado tienen una pegatina para identificar a la persona.

–Son lo mismo que tupper, pero científicos. –Ah.

–¿Y para qué los dejan ahí?

–Los guardan hasta que los médicos se los implanten a cada paciente.

–¿Y por qué no se los colocan? La gente estará esperando.

–Porque tienen mucho trabajo, cariño. No pueden todavía.

–¿Y por qué no ponen más médicos? –Porque no son médicos normales, son cirujanos. –Porque son públicos, mocosa, que no entiendes nada y te lo he contado mil veces –rugió Vigor–. (Su hermana Pasión se quedó estupefacta más que ofendida.) Son públicos: no hay dinero.

“Si tuviéramos dinero no nos pasaría esto; y papá pondría sus dos manos juntas en la mesa para rezar y darle las gracias a su dios por comer hoy el pan de hoy, cómo era eso…” (Se rio para sí mismo y acabó callándose…)

En toda batalla hay una tregua.

–¿Cuánto tienen que esperar? –rompió el pequeño.

–Poco tiempo –dijo la mujer. –¿Cuánto es eso, cuatro días? –¿Una semana? –¿Dos semanas? –No, puede que más; dos… tres meses. –¡Hala! ¡Un trimestre! –¡Cómo se pasan!

–Chicos, no sabemos cuándo operarán a papá; lo principal es que tengamos paciencia y aunque…

–¿Y la gente qué hace? ¿Va, mira su trozo y lo deja ahí? –Sí. –¿Y no da pena verlo en la cajita? –preguntó Voz. –A veces uno debe hacer cosas que no le gustan. –¿Por qué tenéis que ir? –Pues porque pueden surgir problemas. Si pasa demasiado tiempo sin que le reimplanten la parte herida, la persona accidentada se acostumbra, acaba viendo el trozo que le falta como algo extraño y corre peligro de que se produzca un rechazo.

–¿Qué es un rechazo?

–Que el cuerpo no lo quiere. –¿Qué dices? –¿Cómo que no? –¡Que se acostumbra!, ¿no lo has oído? –Si es de su cuerpo, ¡lo tendrá que querer!

–Algunas personas no son capaces de aceptar lo que han perdido. No es un sentimiento deliberado, sino inconsciente, ¿lo comprendéis? (Asintieron.) Ocurre porque esas personas, en realidad, desean olvidar que tuvieron un accidente.

–Yo nunca me olvido si me pasa algo malo.  –La diferencia es que sienten vergüenza. –¡Sí! Vergüenza…

–Me parece que aquí estáis preguntando por los detalles; en cambio no os dais cuenta que cada una de esas personas sufre.

–Señor Tomás –dijo Felipe (el hijo de unos amigos, a quien habían acogido en su casa desde hacía tiempo)–, yo sé que lo está pasando mal; ya verá que se acostumbra enseguida.

Los demás lo miraron de pronto como a un extraño. Continuó:

–Seguro que sabe hacer muchas cosas con una mano; además así practica –Tomi acarició la cabeza del pequeño–. En cuanto le pongan el brazo otra vez, hará la misma vida de antes. Mejor, le va a parecer nuevo.

 

Entonces, Tomi se levantó de la mesa.

Se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de su silla. Consiguió dificultosamente desabrocharse los botones de la camisa. Luego se desembarazó de ella, hizo un giro para dejarla también. Y, con el torso desnudo, se enfrentó a sus hijos. Estiró su brazo para que vieran el muñón. El codo había desaparecido, las vendas permitían distinguir el lugar del corte. Ese espacio donde debería estar el antebrazo y la mano, ese aire desocupado, la imagen vacía del hueco de materia resultaba aterrador. Alguno de sus hijos creía poder negarlo como una falsa visión, por imposible. Otro temió que una misma herida se abriera en su propio cuerpo. Vigor bajó los ojos no aceptando a su padre convertido en tal cosa. Un despojo separado de otro despojo aún menos digno. Y, sin embargo, tuvo que levantar su cara para mirarlo, y mirarlo. (Esto me han hecho, míos enemigos malos…)

–Hijos míos –habló al fin el padre–. No importa cómo veáis mi cuerpo ni lo que me falte de él. Da igual si me quedo ciego o me cortan las piernas. Os quiero mucho. Os amo a cada uno de vosotros. Y nada, nada en el mundo, nada puede contradecir eso.

Se emocionó. Todos callaban absortos por el discurso, escuchándolo a medias, pues el brazo colgando atrapaba sus miradas y las imaginaciones volaban con él. Luego prosiguió.

–Sé que os cuesta verme así y os da pena por mí. Aunque os dé vergüenza, o asco, no me duele nada de eso. No tiene ninguna importancia la imagen. ¿Qué es una imagen? ¿Lo sabéis? Sólo una impresión de luz de los ojos, ni siquiera existe. Porque está y luego me voy y desaparece. Lo verdadero es que os quiero mucho y vosotros a mí. Eso sí que es firme, y dura; cuando se hace de noche, nos vamos a la cama y no nos vemos; pero el amor sigue existiendo. ¿Entendéis? Porque no es luz pasajera, está construido despacito en el interior de cada uno. Y no se va a desmoronar. Aunque me veáis herido, o triste, o viejo, o aunque fuera dentro de una caja, esa imagen no soy yo; pensadlo, recordad lo que os estoy diciendo. Lo que veis es sólo luz; pasará; en cambio yo soy sólido, y vosotros también, aquí, en el fondo de mi corazón.

–Papá, no vas a poder jugar a las luchas como antes, ya lo sé. Jugaremos a otras cosas.

–Sí, a los juegos de ordenador. A las cartas…

–Al fútbol. –Mientras no sea de portero… –Eres idiota.

–Chicos, ¿Por qué no os calláis? Está hablándoos vuestro padre. –Perdona, papá. –Perdona. Papá.

–Podemos resultar graciosos, Violeta y yo, yendo al hospital a ver… –No pudo seguir.

–Papá, te lo colocarán en su sitio.

–… Puede pareceros ridículo, los dos pegados a la pared de cristal… Me acuerdo de cuando nació Salud, con tan poquito peso. Su madre y yo la mirábamos en su incubadora, recibiendo calor y alimento para que viviese. Entonces el cristal también nos separaba, pero lo atravesábamos con nuestro cariño. Salud se recuperó: aquí está con sus coletas y su cara de pícara. Yo te amaba cuando no eras más que un manojito de gramos. Igual que hoy, como a cada uno (y fijaba sus ojos en ellos). Y ese amor nunca se romperá.

Un silencio logró reunirlos; la angustia hecha violencia se había contenido en cierto lugar, de alguna manera. La madre sintió que se emocionaba.

–Bueno, ya me habéis visto. Podéis tocar este brazo o no: cada uno es libre. Eso sí, espero que me ayudéis en cosas que no puedo hacer solo.

Nadie dijo palabra. Tomás aguantó un poco en la misma posición. Luego se volvió, cogió la camisa y trató de vestirse. Era difícil; Violeta se levantó para ayudarlo y le abrochó los botones; cuando quiso ponerle la chaqueta, él lo rechazó. Ella le dio un beso delante de los chicos, que habían contemplado la escena con absoluta atención. Se abrazaron. El hombre se vio obligado a ocultar su cara, y acto seguido se derrumbó en la silla. Con una mano se cubría los ojos.

La mujer intervino:

–Vamos a brindar –afirmó–. Pasi, cielo, acércame el vaso por favor. –La niña se la pasó a Salud y esta a ella.

–¿Vamos a brindar?

–Porque aunque a vuestro padre lo veáis así, es muy fuerte… Levantaos.

Lo hicieron los críos; cada cual con su vaso en la mano; donde la transparencia del agua, los colores marrón, amarillo, naranja de las bebidas los hacían brillar. Sus ligeros brazos hacia adelante, la seriedad del momento, una sonrisa inevitable fácilmente acallada.

–Cariño… –invitó al marido. Sin embargo, este no se movió; se sentían las leves sacudidas de su cuerpo.

La mujer le apoyó la mano en el hombro y alzó su vaso de vino:

–Por papá… Y para que ninguna pena ni ninguna cosa terrible nos separen, y para que nuestro amor dure siempre.

Entrechocaron los vasos, que apenas sonaron. Y luego dijo:

–¡A beber todos!

 

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.