Javier Sáez de Ibarra es uno de los autores más inquietos del panorama literario patrio. Ha publicado varios libros de cuentos, pero la novela se la ha dado a penúltiMa para ponerla en circulación. No cabemos en nosotros de gozo de poder compartir, cada miércoles, un nuevo capítulo de Vida económica de Tomi Sánchez. Engánchense como lo hemos hecho ya nosotros.

 

Tomi Sánchez se hallaba sentado en un banco, en la sala de espera de urgencias del hospital que le correspondía por su zona de residencia (no la del trabajo), adonde lo habían conducido. Doblado sobre sí, apretándose el lugar del corte, ahora sentía dolores y se quejaba, aunque con murmullos.

Uno de sus compañeros iba y venía por el pasillo, salía a fumar, hablaba con algunas otras personas que esperaban; todo por calmar sus nervios. Cada poco se inclinaba hacia Tomi para preguntarle cómo se encontraba –Mal. Me duele. Voy a perder el brazo, voy a perder el brazo si no se dan prisa. Y qué podía hacer él. –Diles algo, llama a alguien, a un médico, a una enfermera, no sé. Entonces el compañero de Tomi se incorporaba de golpe, se ponía furioso y empezaba a caminar aprisa pasillo arriba hasta lejos diciendo vergüenza, médicos, este país, malas palabras. Luego volvía pasillo abajo, apaciguado, y le susurraba al oído, mientras le acariciaba la cabeza. –¿Quieres que avise a alguien más?

Tomi lo mandaba a por agua a la máquina.

Entre los dolores crecientes, tenía como una reserva de inteligencia para mirar a otros bultos de personas que esperaban, como él, y se le ocurría, un poco filosóficamente y sin proponérselo: ¿Qué significa urgencia? ¿Y peligro? ¿Y cuestión de vida o muerte?

Y cada respuesta se le daba, sin que él la hubiera pensado, sin esfuerzo, a continuación de las mismas preguntas: todo es relativo.

Que uno trabaje, que otro sufra un accidente, que uno se caiga, que a otro lo corte en pedazos una sierra. Que la ambulancia en que me han trasladado choque, llegue tarde, y… Que un médico te atienda, que otro, menos avezado, yerre y uno pierda un brazo, un ojo, la vida misma. Que haya sangre para una transfusión y calmantes y una pila de gasas, o nada. Todo es relativo, como relativos somos también nosotros.

Esto lo llevaba a una idea tranquilizadora: hay tiempo, siempre hay tiempo. No hay nada definitivo o fatal. Lo tienen calculado, saben cuánto puede esperar un hombre en una situación desesperada –porque todo es según y cómo, el acontecimiento trágico, el tiempo de la espera y la desesperación–, así que me salvaré.

Tales reflexiones lo hicieron identificar compasivamente a una señora que sostenía a un niño en los brazos, bastante largo para ella y para esa posición, que no se dormía. Le dedicó una sonrisa nacida de esa seguridad de muy adentro, de la conmiseración y de su resignada tristeza. Y ella se la devolvió acaso por las mismas razones.

En el otro lado de la sala de espera, formaban una fila las mujeres que habían vuelto heridas del frente como si aún estuvieran bajo la disciplina militar; la menos dañada era la primera y, quizá, la que conservaba la voz o gobernaba la paciencia de las otras. En el medio, los cuerpos soldados que más sufrían. Irradiaban silencio y el resto de pacientes no las miraba, quizá por el miedo de encontrarse algún día así, o por la vergüenza sentida a pesar de las últimas noticias y de las últimas razones acerca de la guerra

 

Llegó su amigo Javi. En cuanto vio a Tomi así postrado corrió hasta él, se hizo cargo de la situación y lo hizo levantarse. No pudo reprimirse, le dio un beso en la cara; recogió el brazo separado y lo ayudó a caminar con la colaboración del compañero de la fábrica. –Esto ahora mismo lo arreglamos –prometió. Caminaron por el pasillo hasta la puerta que parecía de ingresos, en la que venía a terminar una cola bastante recta de ocho o nueve personas. Sin dar explicaciones a nadie, abrió esa puerta, la franqueó y abordó a la primera mujer con bata blanca que había, sentada tras una mesa charlando con otra. Les habló con un alzamiento progresivo de la voz:

–Mi amigo tiene el brazo cortado y lleva dos horas esperando. ¿Lo van a atender ya, esperamos que se muera o tengo que traer yo un médico del cuello?

La dama se puso dignísima. Tanto, que ni siquiera se dignó levantarse ante la presencia de mi amigo Javier, hay que decirlo, un tipo de fibra, algo desarrapado y, en consecuencia, peligroso. Ella junto a su compañera lo examinó con prevención avisada. Luego dijo:

–¿Cree usted que por gritar le vamos a atender antes?

–¡Sí! ¡Claro! Por gritar, y por ponerme a romper cosas ahora mismo –rugió, buscando a cada lado algún ejemplo.

–Salga de aquí inmediatamente o llamo a seguridad. Hay otras personas que esperan –repuso ella, que ya había visto necesario levantarse para ocupar más espacio.

Yo traté de tranquilizar a Javi con urgencia –apoyé mi mano sobre su hombro–. Sabía que no era capaz de destruir nada, mucho menos de golpear a nadie; sabía también que él creía firmemente que sí lo era. Fui moviéndolo con suavidad contra mí y hacia la puerta abierta (en la que necesitados o curiosos introducían sus cabezas). Emitía bufidos como un animal, privado de pronto del habla.  –Perdone –le dije a la señorita–. Me duele el brazo –se lo enseñé–. Hace más de cinco horas del accidente y me da miedo que si…

–Ya lo veo, tengo ojos en la cara –me respondió ella; conciliadora–. Pero esas no son formas. Con violencia no se consigue nada.

–Con violencia es la única forma de conseguir algo –razonó Javi, de nuevo exasperado–. ¡Si lleva dos horas y no lo han atendido! –Javi, que lo empeoras. –Lo empujé con determinación hasta que retrocedimos.

La mujer quiso apuntillarnos con una recomendación mientras salíamos:

–¿Y ha pensado qué pasaría si todos actuaran como usted?

Javi pasó por delante de mí y le plantó cara:

–Que eso sería la revolución, señorita. ¡La revolución! –Y se largó al pasillo.

–Haga lo que pueda, por favor, enfermera –respondí sin pensar lo que decía–, mi brazo está en sus manos–. Moví a mi compañero de la fábrica que se había quedado en medio entorpeciendo el paso; cerré la puerta con la precaución de no golpear ninguna cabeza y no hacer ruido.

 

Javi recorría el pasillo hecho una fiera: –La luciérnaga, Tomi, ¡la luciérnaga para abrasarlo todo! (Ya explicaré qué era eso.) Y movía mi brazo seco blandiéndolo como un arma…

 

Me cauterizaron la herida, me pusieron apósitos, me la vendaron como es debido, y me desperté en una cama en una especie de sala improvisada en un pasillo de los sótanos del hospital.

Entre las ilusiones de la penumbra, vi el rostro claro de mi mujer. No había nadie más: Violeta, con los ojos después de arrasados y una sonrisa encogida de saludo. Se había inclinado para que sus manos acariciaran la mía. No se me ocurrió otro gesto para responderle que el de levantar el dedo pulgar. Ella me la frotó una, dos, tres, cuatro veces, mucho. Era tierna. A veces se enganchaba un poco con la vía por la que entraba un tubo delgado desde una bolsa para calmantes, antibióticos, toda la parafernalia. Yo le sonreí haciéndole saber la lástima de mis sentimientos, lo que me había pasado y de lo que no quería hablar. Sus lágrimas nuevas aflorando me decían que lo comprendía. De todos modos, busqué mi brazo malo y cabeceando señalé su hueco. Ella apenas volvió la cara a ese lugar, contuvo el movimiento que resultaría una indiscreción, lo corrigió y me miró sin atreverse a los ojos; repetía sus caricias. Abrí los míos, que sentía húmedos, inevitables. También yo sabría aceptarlo, puesto que ella lo había hecho con esa familiaridad. Vi que ambos reaccionábamos fisiológicamente de la misma manera, emocionalmente igual. Entonces me di cuenta de que estábamos juntos, en aquel triste lugar, ocupando nuestro sitio en una estática procesión de camas donde otros familiares atendían a otros pacientes como nosotros. Estallamos de pena, y nos reímos de golpe casi al mismo tiempo. Ella se secó la cara con una mano, volvió a sonreírme, abarcándome por entero, y se inclinó más todavía para, con cuidado, abrazarme. Con mi único brazo, mi pecho, la atención a los conductos por la vía abierta en la vena, me agarré a ella y recibí su cuerpo, se apretaba contra mí; su aroma y su belleza y su amor benéficos me invadieron. Yo me quedé muy quieto, con aquella mujer, pegado. Cabeza con cabeza, rostro con rostro. Los acontecimientos recién sucedidos volaron por detrás como hojas de periódicos llevadas por el viento, también otras cosas de antaño e incluso del porvenir que se esfumaron con una despedida rápida. Así nos quedamos solos junto a la mutua pared de nuestra compañía.

 

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.