Tomi y sus peripecias llegan a la entrega decimotercera. No se equivoquen, no es ni mal número ni trae mala suerte. Sobre todo porque quiere decir que Tomi es ya de la familia, uno de esos amigos que vienen de visita cada semana. Una de esas presencias que nos hacen felices. Aquí les dejamos con Tomi y el empleo esclavo.

 

Un empleo esclavo no deja de ser esclavo porque la alternativa sea el hambre.

– ¡La alternativa es el hambre!

Más aún, que la alternativa sea el hambre hace que el empleo sea más esclavo.

– ¡La alternativa es el hambre!

La alternativa es que no sea esclavo.

– ¡La alternativa es el hambre!

En estas estábamos, discrepando con un amigo de pensamiento completamente sentado, muy dialéctico él, cuando se me acabó la última cebolla. Maldita sea.

Colgué. La alternativa era pedírsela a mis padres.

Si todavía estamos a 20, insinuó mi padre sin mucho menoscabo de su paternidad

Por eso, respondí yo. Si fuera 27 aguantábamos.

Menos mal que es un mes corto, rezongaba mientras iba a la despensa.

Menos mal.

Mi madre leía el periódico. O es posible que aún no lo hiciera, que esta escena con ella sea posterior y se me haya colado aquí (disculpen). Tu padre es un rata, me reveló sin levantar los ojos de la publicidad, algún día lo dejo y me largo con otra, vida. Me hizo gracia, la mujer retadora intensamente informada. Así que me senté a su lado.

Que se te acabe una cebolla me parece la mayor tragedia familiar a partir de la primavera (antes de eso es que se acabe el dinerito para el gas de la calefacción)… dije por proseguir con algo. En un país, además, donde todo se cocina con cebolla.

No supe si ella me estaba escuchando. Hizo ademán de dejar el diario sobre el sofá en que se hallaba sentada y se detuvo, qué demonios, lo lanzó bien lejos con la intención de deshojarlo. La miré. ¿? Ya lo recogerá alguien.

Vino mi padre con un par de cebollas en un papel. Que son tres criaturas, Manuel, le dijo. Mi padre rebotó y, rezongando otra vez, se volvió por donde había venido.

¿En qué has trabajado?, me interrogó.

En nada, le dije. He tenido cuatro empleos.

Lo contrario que tu hermana (la ojito derecho para la familia, exceptuándome a mí). Vino el domingo pasado a comer, dijo que nos iba a cambiar las cortinas del salón porque estaban viejas. Las examiné con un hábil movimiento de cuello y las deseé para mi casa. ¿Qué tienen de malo?, repliqué para pelearme con ella desde la distancia insalvable. Pero mi madre no atendió a la mezquindad que me suponía.

No, en serio. ¿En qué has trabajado?

Qué más da eso, mamá. He enriquecido un poco a un cerdo a cambio de mi necesidad.

A una madre no se le contesta así, me censuró, sobre todo cuando interviene para que te den unas cebollas.

He estado bien… estoy bien. Mis estudios de Contabilidad creativa y Filosofía del comercio no me han valido de mucho. La reforma de estudios de diplomatura no me han beneficiado, las generaciones jóvenes salen mejor preparadas. Excusas, ¿desde cuándo los estudios han servido para un buen trabajo? Más obediencia y menos teoría, y déjate de cuentos, hijo. Ahora que lo menciono no me critiques, hice los estudios que me aconsejasteis. ¡Si los abandonaste en Segundo, después de que no te cundió Primero!

Lo peor de una madre es su memoria.

Yo no sé qué tienen de malo las cortinas, vaya ganas de cambiarlo todo tiene esa.

Tu hermana nos quiere, es su forma de mostrarnos cariño.

Es su forma de mostrar su dinero.

Y has cambiado de tema.

Me agaché a recoger las hojas del periódico. Ella me observaba desde su poltrona. Por lo que veo, no saber qué decir te vuelve servicial, me disparó. Es mi forma de mostrar cariño.

Mi madre dejó escapar su risita. Entonces, mi padre, avergonzado por su insensibilidad, trajo las cebollas junto con unos puerros flácidos a los que no les había quitado lo verde, un par de pimientos y un generoso corte de calabaza, tal vez algo más. ¿Así está mejor?, se sometió a referéndum.

¡La presentación, Manuel! ¡Que este chico va a recorrerse media ciudad con tu verdulería! Mi padre estuvo a un tris de arrojar todo al suelo. Se contuvo, pegó la vuelta. ¡Si es que no hago nada bien! Se largó refunfuñando.

Tan bueno como inútil. No piensa más que en sí mismo, nunca en las manos de los demás.

Aproveché la pausa para terminar de recoger el vocerío esparcido y depositarlo cuidadosamente doblado para que no molestase. Pensaba en que debía salir de ahí cuanto antes y me comprometí a no volver, con más determinación con la que decidí no hacerlo la primera vez que lo dije. Mi madre lo sabía, según revelaba su silencio de ese momento sincero entre las cuatro paredes del salón comedor.

Antes estas cosas no pasaban, sentenció para sí misma sin importarle mucho que la oyera. Quizá fuera mejor, solo sé que no pasaban.

Me guardé las palabras por si acaso el orgullo. El silencio, más que hervir, se mantenía en aquella casa a fuego lento.

Llegó lógicamente mi padre con una bolsa como debe ser, bien fuerte. Te he metido unas cervezas, me susurró. ¡Espero que ahora esté conforme!, anunció a su pareja. Vas a recorrer la ciudad sin percances. Y luego, sin venir a cuento: ¿tienes trabajo ahora?

No. Si te jubilas les hablas de mí para el puesto. Llevo prisa. Se quedó pensando.

Adiós mamá, me incliné para un beso. Adiós, papá. Y gracias. De verdad que si no fuera por necesidad no lo haría. Estamos para lo que quieras, me interrumpió mi padre. Adiós, cariño. No te levantes, mamá. Lo hizo. Los abracé a los dos sabiéndonos separados para los próximos meses. Mi madre se quedó rezagada por el pasillo, tal vez por eso. Mi padre me seguía con sus inconveniencias. ¡Venid a comer un día! Seríamos una carga. Me acerqué a la puerta sin saber desembarazarme de su repentina congoja de buen hombre que ha tenido un hijo con el que no puede hablar. Ya había abierto y el exterior se me ofrecía con apetito. Mi padre metió mano a la cartera, extrajo dos billetes de sendos colores y los trasplantó a la mía. Me pasó la congoja a mí. Le di otro abrazo y un beso en la mejilla. Gracias, gracias.

Antes de que cerrara porque a punto estaba de bajar las escaleras, mi ojo advirtió a mi madre que olímpicamente lanzaba lejos otra vez las malas noticias.

 

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.