Las consecuencia, la idea de causalidad, son elementos fundamentales para entender la narrativa occidental. Una cosa sucede y la narración repasa cuáles con las consecuencias de ellos, o da pasos hacia atrás, buscando las causas que llevaron al actual estado de cosas. Como bien señaló Borges, si todo texto puede ser leído a la luz de la literatura policial es porque la idea misma de la narrativa es indagatoria, causal, analiza los efectos y los describe, busca sus motivaciones, requiere de la misma idea de sucesión para ser comprendida. Y los que han buscado violentar esa ley magna siguen siendo autores tildados de difíciles o incomprensibles. Desde los cuentos fantásticos hasta el Ulysses de Joyce. Les dejo con Javier Sáez de Ibarra y sus Trenviajeros. 

 

Alguien (¿el chico, deseoso de rematar su faena? ¿Samuel, en un arranque de altruismo?, ¿el inaprensible hombre del periódico que se crece en las desdichas se trate de propias o ajenas?, ¿alguno de los otros cuyos nombres y figuras –y a cuento de qué– nunca sabré recordar?) organizó (dado el carácter de excursión, de pantomima, de romería humanitaria) la visita (o la curiosidad, el morbo, el entretenimiento de esa tarde) de los ociosos viajeros (dando por ya ganado el sustento por esa mañana con sus conexiones internacionales) a la mujer (la hembra, el sexo débil y debilitante, nuestro vórtice).

Yo me negué –casi con disimulo– a acompañarlos; afortunado de poder quedarme en compañía del hombre timorato –acaso un castrado o un inapetente o un insolidario o nada menos que un perezoso, al que había decidido llamar Tomás–, o quizá escogido por él para apoyar su renuencia a ver a Elena y procurar dirimir entonces nuestro último desacuerdo. De modo que nos arrellanamos en las únicas butacas libres de la cafetería, dispuestos para la prosecución de aquel duelo dialéctico, deseando que acaso fuera el definitivo. Vuelos previos de cortesía nos concedimos: acerca de los trenes, nuestra experiencia en los viajes, algo sobre el modo de ganarnos la vida, la inflación, el precio de la vivienda, el signo negativo de nuestra balanza comercial, los intereses de la banca, la falta de pulso del gobierno, de los gobiernos amigos en general y, por fin, de su / nuestra contienda civil y militar actualmente en marcha.

Volvió a razonar con lo del derecho a vivir felices y seguros, que venía a ser lo mismo, una cosa lleva a la otra, etc.,… Para entonces, la herencia suave de mi llanto en mi soledad de la puerta del coche dieciséis se había esfumado por completo; sólo me quedaba la constancia de ese hecho como un objeto sobre el que reflexionar más delante de otra manera, sin pasión, neutralmente… Felices y seguros; pero por lo mismo: libres, sanos, prósperos… “La salud es lo primero”, creo que anoté. Sin saber cómo, volvía poco a poco a ser el mismo hombre que había subido al vagón el día previo. El mismo hombre… duro; también sensible, deseoso de que pudiera producirse algún encuentro: y eso explicaría mis lágrimas; y cauto, por qué no, en los tiempos que corremos. “En el mundo tal y como está hoy: el único que existe”, seguía mi adversario, enconándose en su geografía y su cronología, su estadística y su derecho (su Derecho también). Yo me había autodenominado “duro”, término que detesto y que no recordaba haber usado para referirme a mí mismo hasta ese momento… Como todas las revelaciones, como siempre que algo ocurre por primera vez ante nuestros ojos, me quedé contemplándolo, midiéndolo, asegurándome de su existencia real. ¿Y qué significaba esto?, que significa: comprobar la novedad, es decir, mediante un rápido, o demorado –según– ejercicio de observación íntima, evaluar si esa realidad se contrasta con la experiencia acumulada y puedo por ello declararla cierta; o no, y, en tal caso, abandonarla como una palabra sin significado. “Los tiempos son duros”: mira la coincidencia de Tomás. “Tiene usted razón en eso”, le dije animándolo a continuar un poco. Duro por negarme a participar con los demás, ¿por negarme a esa oportunidad de verla, en el montón? ¿Qué puerta me estaba cerrando? ¿Es que había de hecho alguna que me sirviera…? “Cuando las demás puertas se cierran, y sólo nos queda una… hay que ir por ella”, sentenciaba el enemigo. Y se me quedó mirando.

 

– Claro –dije yo, entendiendo que debía contribuir a la discusión con algo más contrario que una mirada bovina–. Eso es precisamente lo que piensan también nuestros enemigos. –Y como veía que no se movía mucho, agregué–: ¿No opina usted que cada cual tiene sus razones, tan bien pensadas como la lógica nos permite, y que el problema reside sobre todo en la incapacidad para el diálogo?

 

“¡El diálogo!”, bramó (palabra incendiaria, ya lo sabía), y esto le daba combustible para un ratito. Me había ido olvidando del chico joven, en el que pensaba como un estorbo; y ahora iba acercándome a Elena. No sabía nada de su vida. Quizás estuviera realmente enferma; quería decir, enferma para mí, para nosotros, quería decirme, negándose a convertirse en alguien. O empleaba su malestar –no dudo que verdadero– únicamente como una estratagema con que ganar tiempo (después de lo sucedido la noche anterior, la de los naipes…). El bueno de mi Tomás cargaba con la artillería de la celebérrima frase: “Nuestro legítimo interés”, modulada según le permitía su triple énfasis: “Nuestro (así que está incluido mal que le pese, o por lo menos quien lo enuncia) legítimo interés”; “Nuestro legítimo (no lo olvide usted, conforme a la legalidad, la norma, el Estado de Derecho, las constituciones, la verdad por tanto) interés”; “Nuestro legítimo (y ¿por qué no? Sí, en efecto, lo que nos conviene más) ¡interés!”. Se acabó, debió pensar. Yo me quedé callado, es decir, sin saber elaborar la menor resistencia (venía de demasiado lejos, digo para excusarme). Así que sopesé dos opciones, las primeras que vinieron a socorrerme en aquel trance:

  1. a) “Y eso qué tiene que ver con la guerra” o:
  2. b) “En eso último tiene usted toda la razón, es más, ahí está el quid de todo”.

Porque yo venía pensando: “¿Qué necesita ella? ¿Qué necesito yo?”. Y como me había demorado mucho en responder, acaso pensó que me rendía a su verbo; de modo que cualquier salida no hostil sería computable como una solución airosa para mi vanidad de guerrero vencido.

 

– ¿Y usted qué necesita? –le dije.

 

Se quedó desconcertado. Luego su cerebro comprendió que me había vencido. Después, acaso, que yo no era tan mal tipo; y enseguida: que tuviese cuidado, podía ser una pregunta-trampa (eso le hizo mirarme con fijeza en un instante de concentración).

 

– ¿Qué quiere decir?

 

Pero ya lo había dicho seducido porque se trataba de una sugerencia personal, de viajero a viajero, una pleitesía. El paso al escenario, donde él podía mostrarse.

 

– Usted –le dije–. ¿Qué necesita? ¿No le han dado una maleta al subir… que se supone podemos abrir cuando necesitemos algo? –Me miraba estupefacto, de frente. Recorté la pregunta: – ¿No le han dado una maleta cuando subió?

– ¡Sí! –exclamó–. Pero no una maleta, un bolsito de mano con artículos de aseo.

– ¿Nada más?

– Una gentileza de la compañía. Creo que la tienen con todos

– Ya… ya…

 

¿Era verdad que a Elena se la habían dado también, con esas mismas instrucciones; o sólo a mí? ¿Había hablado con ella de eso, o se me había quedado en la intención? Porque si a este hombre le habían dado sólo un peine, un cepillo de dientes, una esponja, eso significaba que en el tren había una discriminación, pensaba en realidad, un diagnóstico sobre los que viajábamos a bordo, y sobre los avatares que podían sucedernos. Mi hombre se había impacientado:

 

– Pero usted me preguntaba qué necesitaba yo…

– Claro, claro…

– Las necesidades de un hombre como yo no son… (Supuse que haría una introducción general –donde tendría a gala ubicarse en las asimiladas coordenadas geográfico-culturales– (que me daría un tiempo libre) para luego recaer en el caso concreto de sí mismo, que ocuparía el grueso de su exposición), no son…

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.

Por entregas es una sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.