La semana que viene se distribuye en las librerías mexicanas de la mando de Festina NOLA, un libro del que dice su contra: «Escrito con el ritmo sincopado de la música de Nuevo Orleans, NOLA retrata la fascinación y el desencanto de habitar esa ciudad. Da fe del influjo cada vez mayor que ejerce en el mundo la cultura estadounidense y los mecanismos por los que el turismo convierte territorios en meros parques temáticos, proyecta la mirada indagatoria del que aprende y extrae conclusiones de lo que se va cruzando en su camino para luego poner en entredicho su percepción de los hechos. Las veinticuatro secuencias o temas de NOLA, como las horas del día o los capítulos del Ulysses de Joyce, se desplazan sucesivamente por las calles y la historia de una de las primeras ciudades fruto de la fusión y síntesis de múltiples culturas y civilizaciones. Es un texto alejado de toda restricción genérica al transitar por la crónica, el ensayo, en ocasiones la etnografía y otras la ficción. Obliga a repensar las ideas asumidas sobre qué es un texto literario, la relación entre Historia y literatura, así como el modo en que la escritura sirve de escalpelo y guía para dialogar con el mundo.» Aquí dejamos una de las secuencias, temas o capítulos del libro como adelanto para los lectores curiosos e inquietos.

 

No hay, en castellano, un gentilicio que designe a los habitantes de Nueva Orleans. Lo he investigado. Mucho. Al menos sí parece claro que se debe decir «Nueva Orleans» a la hora de nombrar la ciudad. Esa institución que, según dicen los que la forman, se dedica a registrar los usos de la lengua y los significados de las palabras, por lo que niegan que se les pueda achacar a ellos la evolución ideológica de la lengua ya que se supone que lo suyo es apenas una labor de registro, aunque en realidad no hagan más que manosearla y encajarla donde a ellos les conviene o interesa, ideológicamente, por supuesto, o, de un tiempo a esta parte, donde le interesa a los que los patrocinan y con los que se lucran, pero en este caso comercialmente, pese a que se trate, al menos en el caso de España, de una entidad pública financiada con fondos públicos, pocos o muchos pero públicos, si bien luego funciona de modo opaco como si no estuviera financiada con los impuestos de los contribuyentes, y se trate en realidad de una asociación que funciona por cooptación, como la mafia, como el Soviet Supremo, por lo que uno no puede evitar terminar sospechando de sus decisiones, esta gente, los que afirman que limpian, fijan y dan esplendor a la lengua, aunque en realidad su labor hace más que nada quitarle brillo, clavarla como una mariposa de la colección de un entomólogo, y en realidad su objetivo pareciera ser el de invertirla a plazo fijo para que amortice en las empresas de sus amigos, en fin, esta gente a la que todos conocemos, sabemos de quiénes hablamos tanto ustedes como yo, ahora estamos juntos en esto, es la que prescribe, porque no describen, sino que prescriben, déjense ya de negar lo evidente y asuman que pretenden imponer el modo de hablar al resto, que se debe decir Nueva Orleans y no New Orleans. Cada vez que hablo con amigos latinos ellos dicen new, bueno, en realidad dicen «niu» y no «nueva», pero yo siempre le he llamado Nueva Orleans, como también digo Miami y no «Mayami», entre otras cosas porque no termino de entender por qué hay que pronunciar en inglés algo que no es inglés, o digo San Luis y no «Saint Louis», porque la ciudad la fundaron los franceses, sí, pero cuando lo hicieron Francia ya había cedido a España la Luisiana en el Tratado de Fontainebleau y la ciudad, denominada San Luis de Illinueses fue la capital de la Alta Luisiana bajo la corona española —me revienta soberanamente cuando dicen que un territorio era «español», como si eso le hubiera reportado beneficio alguno a un pobre individuo en su pueblo perdido en medio de la península—, es más, habida cuenta de que también Nueva Orleans la fundaron franceses, luego fue parte de los terrenos bajo dominio de la monarquía española, y ya solo más tarde parte de los Estados Unidos, no entiendo por qué no referirse a ella en francés, si se trata de reconocer el primer y original nombre del invento. Acaso uno sea un usuario conservador de la lengua, incluso reaccionario, sin ser consciente de ello. Bueno eso y que me molesta la tontería, me molesta que una chica a la que sus padres bautizaron como María se llame a sí misma «Meri», o una chica que se llama Raquel prefiera que le digan «Reichel», y demás idioteces con las que nos topamos a diario en este mundo de hoy. O, peor aún, quizás deba asumir que de un tiempo a esta parte estoy comenzando a ser un hablante conservador, y además plenamente convencido de que hago bien en serlo, sobre todo cuándo uno contempla los resultados de la postura opuesta, del nivel de la gente que te dice que la lengua debe evolucionar, así lo dicen, no se dan cuenta de que son igual de prejuiciosos e intencionados que los del lado contrario, y que la lengua no está evolucionando, la están modificando por intereses ajenos a la lengua, que tiende únicamente a ser económica y clara. Uno puede ser un usuario convencido, incluso enamorado, tampoco es mi caso, del castellano, y usarlo con la finalidad de comunicar cosas, por lo que respeta los modos de la lengua, más que nada para que los otros lo entiendan a uno, y, al mismo tiempo, detestar a los que pretenden erigirse en sus paladines y decirles a los demás lo que es el buen o mal castellano, como si la lengua que hablamos todos fuera suya, y solo suya, y debiera acoplarse a sus criterios estéticos e ideológicos, y lo mismo me pasa con el que viene a decirte que debes cambiar cierto uso, hacia dónde debe ir la lengua siguiendo la política y sus objetivos, porque el lenguaje es anacrónico y ejerce una violencia sobre los individuos y… Ustedes, que son inteligentes, ya habrán entendido la diferencia entre respetar unas costumbres para entenderse y decirles a los demás qué costumbres deben respetarse. Una cosa es usar la lengua y otra imponerla. Se conoce que esto se le escapa a algunos. Esto está escrito en castellano y en castellano tenemos un precioso nombre que es Nueva Orleans. Escribir este libro ha supuesto preguntarse mil veces si dejaba nombres en inglés o los cambiaba, si el lector que transite por estas páginas debe saber inglés para entender lo que le cuento o debo ser un anfitrión amable que acoge con cierta comodidad al lector que entra en esta casa, puedes sentirte en ella como si fuera tuya pero no te olvides de que es la mía, y por tanto allanar el camino para que no sea necesario informarse de cosas continuamente. En todo caso, yendo al asunto: lo que sí parece irrebatible es que no existe un criterio formado en torno al gentilicio que le corresponde a la ciudad. En la lengua inglesa no hay una institución pagada con dineros públicos que le diga a la gente cómo debe hablar, sino diccionarios basados en la autoridad emanada de ejemplos fijados mediante la escritura, ya sea literaria o periodística, y de un tiempo a esta parte digital, que se usan como referente y aclaración, pero nunca como prescripción. En inglés existen dos gentilicios para los habitantes u oriundos de Nueva Orleans, que se usan de modo más o menos generalizado: Neworleanian y Neworleaner (aunque este es mucho menos frecuente). En inglés los gentilicios llevan mayúscula, por cierto, lo que provoca escenas un poco lamentables cuando uno se mueve en el mundo académico gringo, como que un profesor peruano de la universidad te corrija las minúsculas de los gentilicios en castellano porque se conoce que va olvidando su lengua, pese a que pretenda hacer carrera literaria en ella. También está registrado —atentos a esto, registrado y no «aceptado», como gusta de decir la gente esta del palacete de al lado del Prado que tiene que validar o no cómo la gente habla— como gentilicio, aunque poco frecuente, el coloquial Yat, que se usa también para nombrar al inglés hablado por los habitantes de la ciudad, y que está relacionado con la herencia de distintas lenguas que arrastra el área del delta del Misisipi y la manera característica de preguntar en la ciudad «qué haces»: Where y’at? Pero en castellano, aunque sí hay un gentilicio aceptado por la confederación galáctica de academias de la lengua castellana —me enternece y hace mucha gracia siempre que escucho a un argentino o a un chileno echar pestes de la Academia de España como si sus academias nacionales no estuvieran en el mismo ajo, debiera convertirse la ingenuidad en delito para poder meterles mano a estos pánfilos incultos—, para los habitantes de la francesa Orleans, a los que se denomina «orleaneses», no parece haber una decisión consensuada para los habitantes de la que en origen se llamó la Nouvelle Orleans. Siguiendo este ejemplo como referencia y mediante una lógica derivativa se podría obtener «nuevaorleaneses» o «neorleaneses», aunque otras veces pudieran aparecer como «orleannianos» o «neorlandeses». Llama la atención que los encargados del mantenimiento de la lengua, que en su diccionario pretenden registrar y no prescribir, no registren ninguno de esos términos, cuando son términos que existen y puede uno encontrarlos en el inagotable palimpsesto que es la cultura letrada. Vaya una mierda de registro deben llevar, pienso yo siempre. Siendo una institución que ya en el adjetivo antepuesto de su nombre comienza a dejar claro por dónde patina, no sorprende para nada que digan que hacen una cosa cuando en realidad hacen otra. Al menos hacen, eso sí, que ya es más de lo que hacen los monarcas de dónde proviene el adjetivo. Pero a la hora de la verdad para poco sirven, quizá por eso sí que esté bien elegido el epíteto, que reconoce ya su carencia de toda utilidad, como en el caso concreto de aclarar cuál es el gentilicio de Nueva Orleans, y es que los académicos hacen poco más que sentarse cómodamente en sus reales, así que poco puede esperarse de ellos y de la institución que los acoge. Todo esto sería algo baladí e incluso irrelevante, son muchos los lugares que uno puede encontrar en un atlas que carecen de gentilicio en castellano, de no tener presente que los primeros exploradores europeos de la zona lo hicieron bajo el patronazgo de los monarcas habsbúrgicos, y que durante todo el reinado de Carlos III, y buena parte de los de Fernando VI y Carlos IV, la ciudad estuvo bajo la corona de los Borbones españoles, con un notable gobernador como Bernardo de Gálvez, figura determinante para la independencia de los Estados Unidos, aunque sea un detalle poco conocido para el vulgo gringo, y totalmente desconocido para el español, como delegado del poder de Carlos III en la zona. Los historiadores han subrayado, de hecho, que nunca hubo especial interés en la corte española por la Luisiana, más allá de que tras el trueque de territorios obligado por el Tratado de París, una vez perdida la Florida, consideraron que era importante el valor de la cuenca del Misisipi-Misuri como tapón para proteger las estribaciones más septentrionales del virreinato de Nueva España, pero no le veían a la zona ningún beneficio económico, y sabían que la explotación comercial del río estaba ya muy desarrollada por franceses e ingleses, lo que la convertía más en un incordio y quebradero de cabeza que otra cosa. Pese a ello, la administración hispana en la cuenca del Misisipi fue muy exitosa, como se evidencia en el hecho de que la población se multiplicase por tres en apenas veinte años, por diez en el caso de la Alta Luisiana, y también en que se sentasen las bases del desarrollo económico que a lo largo del siglo xix convirtió a Nueva Orleans en la tercera ciudad más grande del país. ¿Cómo es posible que, si hubo presencia hispana, incluso dominio político de la ciudad fundada por Bienville, y haya sido la administración borbónica la que propició la pujanza de la ciudad como metrópoli del sur del país, no haya un gentilicio en castellano reconocible para la ciudad? No hay ninguna respuesta que pueda satisfacer a los interesados en el asunto. Acaso la cuestión debiera desplazarse y hacerse una pregunta opuesta pero más reveladora, ¿para qué sería necesario haber acuñado un gentilicio para una ciudad que sigue existiendo de milagro? Bienville no hizo caso de los consejos de su hermano Iberville, fundador de la colonia francesa de la Luisiana, que no pensaba que los terrenos pantanosos del delta fueran un lugar idóneo para establecer población alguna. De hecho se han encontrado restos arqueológicos en todo el valle del Misisipi pero no en esa zona tan cercana a su desembocadura. El bayou, con su poco acogedora fauna autóctona, los más que previsibles enfrentamientos con los beligerantes nativos locales, nómadas como es lógico, ya que solo unos locos se establecerían en ese terreno, la extraordinaria e insalubre humedad del clima, infernalmente cálido durante el verano, con su estación húmeda marcada por los huracanes llegados desde el Caribe, las inundaciones que se sucedían sistemáticamente, detalle refrendado por la amenaza constante de que el territorio se esté anegando por la subida del nivel de los océanos desde hace décadas —los cálculos más recientes indican que la superficie equivalente a un campo de fútbol pasa a estar bajo el nivel del agua cada cien minutos, que es poco más o menos lo que dura un partido del mismo deporte, así que en lo que dura cada partido desaparece una parcela equivalente a un campo de juego—, y de que la ciudad se haya extendido hasta ocupar una enorme hondonada situada por debajo del nivel del mar, lo que puede ser su sentencia final a medida que esas aguas sigan subiendo sin freno debido a la complicadísima labor de ingeniería que sería necesaria para protegerla usando construcciones parecidas a los pólder de los Países Bajos, forman un cúmulo de circunstancias que parecen dar por buena la intuición de Iberville, y que hacen más evidente que la supervivencia de la ciudad sea, efectivamente, año tras año, día a día, cada vez de modo más acuciante, un milagro que escapa a toda lógica. Pero Bienville convenció, nadie sabe cómo, a la corona francesa de que era ese, precisamente ese y no otro, recodo del río el lugar idóneo para establecer una ciudad, y los trescientos años de historia que tiene Nueva Orleans dan fe de la tenacidad humana, de su cabezonería pura y dura, porque hace mucho tiempo ya que se debiera haber abandonado la intención de habitar una zona que acaso nunca debió haber albergado asentamiento alguno. ¿Para qué inventar pues una palabra que designe a unos habitantes que, antes o después, serán poco más que una nota al pie en los textos historiográficos? Me gusta pensar que quizá haya habido algo de sentido común ibérico en esa decisión pretérita y no mera indolencia. Aunque sé que al pensar esto caigo en la ingenuidad más absoluta. Soy consciente de ello. La ciudad, pese a todo, sigue ahí, desde hace tres siglos, para servir como prueba de que el ser humano es terco. Y no especialmente inteligente.

 

Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) es escritor, crítico y traductor. Su libro más reciente hasta la fecha era la recopilación de ensayos sobre literatura latinoamericana contemporánea La piedra que se escribe (Festina, Ciudad de México, 2016). Ha publicado la novela Lima y limón, que cuenta con ediciones en cuatro países y una digital de alcance global, y Mezclados y agitados. Entre otras cosas es el director de penúltiMa.