Publicado en la editorial chilena Das Kapital, el extenso poemario de Leandro Hernández Gómez, titulado Ovejería, le sirve como excusa a David Pérez Vega para trazar un comentario sobre ese libro en concreto y las conexiones y tensiones entre la lírica y la narrativa.

 

A Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970) lo conozco desde hace más de una década. Sin embargo, nunca nos hemos visto en persona. Coincidimos ‒hace ya más de diez años‒ en un foro literario en el que una docena de personas (a lo sumo) hablábamos sobre Roberto Bolaño. Por aquel entonces ninguno de los dos tenía un libro publicado. Cuando esto ha ocurrido nos los hemos ido enviado por correo transoceánico. De él ya he leído dos poemarios, publicados en la editorial de Santiago de Chile Das Kapital: Umo (2010) y Maicillo/Sauló (2014). En 2015 publicó otro poemario con Das Kapital titulado Ovejería. Me lo envió a principios de 2016 y yo lo he leído un año más tarde. El tema de la entrada de libros en mi casa se me ha ido de las manos desde hace tiempo y además me ocurre que, en los últimos años, me cuesta encontrar el momento para leer poesía, de la que he sido más asiduo en otras épocas de mi vida. Pero, al fin, me he acercado a Ovejería, un poemario mucho más grueso que los otros que ha publicado Hernández en Das Kapital. De hecho, Ovejería contiene ‒es cierto que algunos son bastante cortos‒ casi trescientos poemas.

En sus dos poemarios anteriores ya había aparecido el término «Ovejería», que yo identifiqué entonces como un lugar de Santiago de Chile que el poeta evocaba en sus versos. Ahora sé (para siempre) que Ovejería es una población que creció cerca de Osorno, que se encuentra a casi mil kilómetros al sur de Santiago, y que en la actualidad Ovejería es un barrio (no sé si este término se usa en Chile) de Osorno, el lugar donde nació y creció (hasta que se fue a la capital en la adolescencia) Leandro Hernández.

En principio, al saber que Ovejería, el último libro de Hernández, era una evocación de los territorios de la infancia a los que el autor vuelve ya adulto, pensé de forma inmediata en el también poeta chileno Jorge Teillier, que en sus poemas evoca los recuerdos de su pueblo Lautaro, al que acude desde Santiago.

Tras leer Ovejería considero que la filiación entre los dos poetas es más de cercanía temática que compositiva. Los poemas de Teillier son más íntimos y desgarrados que los de Hernández, que ha elegido evocar el territorio de su infancia desde la carencia de énfasis. En más de un caso, los versos de Hernández nombran a personas o calles, presencias que parece querer materializar en la página con solo enunciarlas. Se alude en los poemas a hechos o detalles del pasado, en la mayoría de los casos de un modo directo, con versos sencillos que en casi todos los casos eluden el vuelo metafórico: las palabras son directas y primordiales. Flamengo es uno de los primeros poemas del libro:

Flamengo
existen todavía
los clubes deportivos
Flamengo y Barcelona
en la liga de Ovejería?

para los que no recuerden:
el primero de la Guajardo
el segundo de La Trinchera

en la prehistoria del Flamengo
hubo un club en la Guajardo
que se llamó Borussia

Flamengo puede ser paradigma de algunos de los planteamientos estilísticos del libro: una voz poética cercana a la del autor (que en muchos casos se lee como si fuese una voz narrativa) pregunta a un colectivo de personas no identificado, pero que el lector entiende que son sus amigos y vecinos de Ovejería, por alguna persona o lugar del pasado. El poeta quiere dejar constancia de una realidad que vivió o de un lugar que pisó, como ya he apuntado, y en muchos casos desea que el recuerdo sea una enunciación de nombres más que de sensaciones: «En la prehistoria del Flamengo / hubo un club en la Guajardo / que se llamó Borussia». Es cierto que Ovejería no es un poemario de versos aislados (sería muy difícil encontrar en el libro un verso memorable), y en muchos casos tampoco es un libro de grandes poemas sueltos; en realidad funciona más como conjunto, como largo recuerdo hilado en casi trescientos poemas. En este sentido me ha recordado su lectura a Yo me acuerdo de George Perec, libro con anotaciones como ésta: «Yo me acuerdo que Colette era miembro de la Real Academia de Bélgica». En los dos casos, la enumeración de recuerdos contiene claves personales que el lector no conoce del todo, pero intuye, y en la no explicación de por qué elige un recuerdo y no otro recae gran parte del misterio compositivo. Ovejería es un libro para leer entero y no para abrir al azar y leer poemas sueltos.

Los poemas de Ovejería parecen agruparse en series temáticas que, sin aviso, se van dando paso: la evocación del colegio, del aeródromo, del río, de las calles…

Reproduzco un poema que habla de uno de los profesores del colegio que también (aunque no es lo normal aquí) tiene un poso político:

el Peter
hay posiciones irreconciliables
(tal como ocurre con Pinochet)
sobre su legado sobre su gestión
sobre su manera de hacer escuela

golpeó a muchos niños y niñas

se emborrachaba para los bingos
ex alumnos cobraban venganza
(grande Chico Melo)
rodeados x metros cuadrados de pilsen

algunos agradecen los coscachos del Peter
otros los justifican y aplauden

hay otros a los que nos parece el Peter
signo de violencia impunidad

también hay personas que piensan
que los niños y niñas maltratados
eran responsables y se lo merecían.

Antes he hablado de Jorge Teillier y también de George Perec, el mismo Leandro Hernández nos pone sobre la pista de otra posible influencia en un poema corto llamado Spoon river:

Spoon river
no es
Spoon river
es Ovejería

ribera este
del río Rahue

No he leído Spoon river de Edgar Lee Masters, pero sé que en este poemario hablan los muertos del cementerio sobre los habitantes de un pueblo norteamericano. Busco algún poema en internet y me encuentro con que comienzan con preguntas sobre algunos de los habitantes de la población. Por ejemplo, así empieza La colina de Masters: «¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley, / El débil de voluntad, el fuerte de brazo, el payaso, el borrachín, el luchador?»

Éste es uno de los poemas de Hernández: Tres pisos // y de Tres Pisos / alguien se acuerda? // y de su hermano?

En Ovejería el lector español se puede encontrar con muchos chilenismos, y la verdad es que aunque a veces no entendía algunas palabras me gustaba su lectura (palabras como: guata, chomba, maicillo…)

Como ya he comentado al principio, creo que este poemario funciona como artefacto intercomunicado de una página a otra, y que la lectura de algún poema suelto puede causar en el lector una sensación de impenetrabilidad en las claves personales propuestas. Los poemas que más me gustan son aquellos en los que la voz poética reconstruye anécdotas del pasado, o cuando al final de lo colectivo (calles, río, colegio, tiendas…) se pasa a lo personal y Ovejería se convierte en cierto modo en un ajuste de cuentas o conversación con el padre muerto (el poema que dejo abajo, Cordero, toma la voz poética del padre) o con una vecina (pionera de la población), llamada la señora Hortensia.

Reproduzco para finalizar algunos de los poemas que más me han gustado del libro:

restorant
estoy en primero o segundo básico

mis padres ya han concretado
en esto de poner un almacén
al lado de la escuela
mi padre me comunica que ese día
almorzaré en un restorant

me enseña lo que debo hacer
lo que debo decir
cómo debo pagar

me pasa un billete

estoy emocionado

finalmente resulta ser
el restorant «La Feria»
estaba todo ya conversado

raro pero también inolvidable

termino mi comida sentado
a una mesa solo

de postre: duraznos con crema

la amable señora me pregunta
si deseo repetición de comida

no gracias

me pregunta si quiero más postre

sí encantado

el gesto de ofrecer
repetición de postre
merece todas las memorias
termino de comer
sentado a una mesa solo

saco el dinero y pago
alguien me recibe el billete
y me voy a la escuela
sin esperar el vuelto


Ovejería y el agua (V)
teníamos en la Guajardo
una piscina al borde de un risco

por ella la planta de agua potable
vaciaba a diario su superávit

nos bañamos en esa piscina
al borde de un abismo
por el que una vez caímos


Cordero
llevo treinta días borracho
luego de perderlo todo por segunda vez
es como resucitar para volver a morir

mi ex mujer y mi hijo están a mil kilómetros

me vine de Santiago mojado
un temporal preparaba un aluvión

es fines de mayo del noventa y tres
en las calles de la Guajardo han abierto
zanjas para poner el alcantarillado

hoy he decidido dejar de tomar
como lo he hecho innumerables veces
solo que esta vez será para siempre

limpio mi casa y baldeo el piso sucio
abro las ventanas como las zanjas las calles
parecen trincheras en las que se acumula el barro

no puedo dormir tranquilo despierto
transpirando como si un aluvión surgiera
del síndrome de abstinencia

intento cerrar los ojos pero hay imágenes
que no me dejan veo pasar mi vida borracha
tambaleándose para caer en una zanja

cada zanja es un grito sordo cada grito
un par de pies que se acalambran sudo frío
tercianas y me levanto a cerrar las ventanas

las ventanas son las zanjas
afuera hay un aluvión y dentro mío
hay una alcantarilla que revienta

las vecinas me alimentan me saludan
me felicitan por verme sobrio bien
don Hernán muy bien vecino siga así

no lo soporto no soporto esta sed
sólo podría apagarla un aluvión

El delirium tremens me expulsa
de la cama húmeda

algo me persigue y me empuja
a salir a las calles embarradas
a saltar las trincheras abiertas

David Pérez Vega

David Pérez Vega (Madrid, 1974). Trabaja como profesor de Economía en un colegio. Reseña libros los martes en la Revista Eñe Digital y en su blog “Desde la ciudad sin cines”. Ha publicado tres novelas (“Los insignes”, “El hombre ajeno” y “Acantilados de Howth”), un libro de relatos (“Koundara”) y dos poemarios (“El bar de Lee” y “Siempre nos quedará Casablanca”). Ha vivido en Móstoles y actualmente lo hace en Madrid.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.