El escritor venezolano afincado en Miami, Camilo Pino, nos ofrece en este texto inédito una aproximación a la escritura de su última novela, Crema Paraíso que hoy sale a la venta en España publicada por Alianza Editorial.

 

Me costó mucho escribir Mandrágora, mi segunda novela. No exagero si digo que me llevó a territorios complicados. De hecho, pasé tres años acosado por un hombre lobo y un científico loco. Quizás por eso traté de anclar mi nueva novela, Crema Paraíso, en un terreno estable desde el primer día. La idea era sencilla: componer una historia de padre e hijo. El padre, el poeta Dubuc, sería un prócer de la cultura, el mejor poeta de su generación. El hijo, Emiliano, sería un bueno para nada, un joven dedicado de cuerpo y alma a jugar Candy Crush. El plan era embarcarlos en dos viajes, uno hacia el pasado, a la América Latina encantada por el ideal revolucionario y otro, en el presente, a las profundidades del entretenimiento basura en los Estados Unidos y Europa. Pero la escritura es un campo minado y pronto Crema Paraíso se fue llenando de sus propios monstruos: políticos, estafadores, policías, espías y, sobre todo, habitantes del mundillo literario, unos seres capaces de engullir de un bocado a la más fiera de las bestias. Por fortuna, esta vez tomé previsiones y doté a mis personajes de un refugio, un sitio donde encontrar sosiego ante cualquier adversidad: una heladería llamada Crema Paraíso.

Escribir sobre un poeta no es diferente a escribir sobre un artista plástico o un cantante. Lo que siempre me ha parecido complicado, es escribir sobre el arte en sí. Me explico: copiar la letra de una canción no es suficiente para rememorarla. Para evocar una canción hay que describir una atmósfera o provocar una emoción y, aun así, lo más seguro es que el lector nunca sienta que está escuchándola. Con la poesía pasa algo parecido. Las novelas cargadas de poemas nos obligan a cambiar de registro y complican la lectura, nos fuerzan a decidir entre el poema y la trama y al final nos sacan del texto. En Crema Paraíso propongo una solución alternativa, tratar a la poesía como a un personaje, exponerla a las mismas situaciones a las que sujeto al poeta Dubuc y a Emiliano; revelar, por ejemplo, la ridiculez de un palíndromo, celebrar la luminosidad de un pequeño poema místico, o amargarnos con las impertinencias de un poema en prosa, pero siempre respetando la lógica de la novela. Porque de eso se trata el oficio, de adaptarse al mundo de la novela, de descubrir sus mecanismos a través de la escritura y ajustarlos en beneficio lector.

Yo creo que los escritores latinoamericanos nos tomamos demasiado en serio. Los novelistas, en especial, llevamos años alejándonos de la tradición cervantina y hemos sacrificado el humor en nombre de la intensidad y el drama. Ese dramatismo es inclusive mayor cuando hablamos de literatura en nuestras obras. Los escritores de nuestras novelas suelen estar rodeados de pompa y circunstancia. Crema Paraíso pretende recordarnos, en la medida de lo posible, que venimos del Quijote, y que si vamos a hablar de nosotros mismos y de nuestro oficio, lo menos que podemos hacer es reírnos en el camino.

 

Camilo Pino estudió Periodismo en la Universidad Central de Venezuela y Comunicación en la Universidad londinense de Westminster. Actualmente vive en Miami.

Las fotografías de Camilo Pino son obra de Andrés Manner.