La semana que viene la editorial Jekyll & Jill pone a la venta el nuevo libro de Raúl Quinto, en el cual se acerca a la figura de Fernando Oreste Nannetti (1927-1994), quien padecía esquizofrenia y pasó la mitad de su vida recluido en el pabellón penitenciario del manicomio de Volterra, en cuyo muro escribió un libro de más de setenta metros de largo ayudándose con la punta metálica de la hebilla del chaleco de su uniforme. La canción de NOF4 se sumerge en la vida y en los escritos lapidarios de Nannetti, e indaga, con aliento híbrido entre la biografía, el ensayo y el poema en prosa, cuestiones esenciales de la naturaleza humana como el origen y sentido de la escritura, los límites de la locura, la soledad o la creación artística. Cada ejemplar de esta edición contiene un desplegable a color con fotografía y planos del muro de Nannetti.

 

1.

Escribir para qué. Escribir desde dónde.

 

2.

Antes de empezar vamos al comienzo. Hay un animal antiguo arañando la corteza de los árboles con las uñas. Hay extraños dibujos en la nieve tras el paso de la gran migración. Bestias y dioses. Dioses y bestias. Enseñan los dientes para mostrar hostilidad o sumisión. Un día aprenden a reír y al día siguiente empiezan a recordar los sueños. Un mundo otro que se evapora al despertar y no vuelve. Quieren regresar allí pero no pueden. No saben. No conocen la puerta ni entienden lo que es una llave. Quieren estar ahí con los ojos abiertos. Pero todo se pierde, también lo que acontece a la luz del día. Entonces inventan las palabras y la boca se llena de cosas. No diría que remite la angustia, pero la transforma en una piedra pulida. Y afilada. Hablar es útil. Es como arañar el aire con la lengua. Como manchar la nieve del camino sin tocarla. Eso está bien. Las palabras pueden tocarte y mancharte. Te pueden acunar en una canción frente al fuego y bailar con las sombras temblorosas del otro lado. El animal que mira desde el borde de la luz no conoce las palabras y nos mira con el mundo ardiendo en las pupilas. Las palabras sirven para conjurar el miedo. Para decir: esto es el mundo, contémplalo.

Esto eres tú.

Pero la palabra también es pequeña, y poca, frente al miedo y al mundo. Habla. Dime. Qué hay. Qué queda. Te habían contado historias que antes contaron a tus padres y que alguien dijo por primera vez el día que se inventaron las palabras. La vida. Los cuentos. La vida también en lo que dicen las palabras. Una telaraña de sentido que envuelve todo lo que sucede. Hablas, y cada palabra es un vértigo que se cae de la lengua. Una nada que te vuelve a dejar solo. Por eso posiblemente se hizo necesario escribir. Escribir es decir: esto fue el mundo, recuérdalo. Escribir es decir más allá de la lengua y del tiempo. Tentar la permanencia frente a la fugacidad y la nada. Porque el animal es breve, y la hoguera se apaga y se lleva las canciones y los cuentos de la noche anterior. Pero la escritura es eterna. No lo es. Lo es. Quiere serlo. Es la constatación del deseo de eternidad. De ser dios. Se escribe para decir sin estar. Para decir sin hablar. Para enumerar las posibilidades del mundo y dejar memoria. Para comunicarse con los dioses y con los espíritus de las bestias. Contra la marea del tiempo y el viento que todo lo arrastra. Contra el miedo y la angustia. Escribir es decir: aquí estuvo alguien y te está mirando a los ojos ahora. Se escribe para ser fuera del cuerpo y continuar ahí después de haberse ido. Para hablar con los muertos y con el futuro. Para hablar con los muertos del futuro. Para poder entender lo que no se puede entender y poder callar para siempre. De esa necesidad pudo venir la escritura. Tal vez. Sí. Para poder estar callado y hablar sin parar en la gran conversación sin nombre.

Una llave para regresar al lugar que hay al otro lado. Para traer ese lugar aquí.

Quién sabe.

Yo no sé nada. En realidad nadie sabe nada, y por eso escribimos. El primer animal, el primer dios y la primera bestia, no sabían nada y por eso escribieron. Torcidamente, sobre el hielo, hasta que lo quebraron, y se quedaron atrapados dentro como una sombra. Mira bien estas palabras, mira bien la oscuridad de esta tinta: son ellos. Aquí hay un abismo. Un pozo. Algo que cae hacia arriba, hacia la negrura del espacio infinito. El universo está lleno de palabras, de canciones e historias perdidas, flotando como polvo cósmico a la deriva, sin masa atómica que las ate a ninguna parte. Se dicen y se van. O no se dicen y nunca vienen. Escribir es intentar romper esa cadena. Escribir es contar las cabezas de ganado y el nombre de las estrellas. Es una forma sofisticada de supervivencia para un animal asustado. Antes de empezar debíamos tener claro todo esto. Hay un hombre captando palabras a través de torres de electricidad invisibles. Un animal antiguo arañando un muro con la hebilla del cinturón de su chaleco. Está escribiendo. No puede parar. La puerta está abierta de par en par. Y esta es su canción.

 

3.

Fernando Oreste Nannetti pasó casi toda su vida encerrado. Donde un día pudo haber horizontes y caminos él sólo tuvo muros. Muros que lo retenían, y muros que lo separaban del resto del mundo y evitaban el contagio. Porque resulta que estaba loco. Oficialmente loco: su locura estaba avalada por médicos, jueces y policías. Decidieron encerrarlo en un manicomio y atiborrarlo de pastillas. Muros químicos para aplacar a los fantasmas, mientras los fantasmas bailaban descalzos y libres por los pasillos de la prisión. Era 1958 cuando llegó a la ciudad de los locos de Volterra y estaba delgado como una espina, lo acababan de arrancar de Roma para siempre y apenas habló con nadie los siguientes veinte años, salvo con el muro.

Con el muro sí.

Todos los días a la exigua hora del patio, mientras el resto de internos buscaban colillas, charlaban entre ellos o perseguían vete a saber qué en mitad del cielo alambrado, Fernando Ores­te Nannetti escribía en el muro con la punta metálica de la hebilla del chaleco de su uniforme de preso loco. Cada día, durante años. Trazaba un marco en la pared: una página, y escribía dentro. Más de setenta metros de largo de extraños dibujos y arañazos sobre el muro. Un libro de piedra esgrafiada. Hace del muro algo suyo. Habla a través del muro. O le habla al muro. Un día. Otro. Hiende la parte afilada de la hebilla y graba palabras y símbolos. Escribe sobre el pasado y el futuro, describe el árbol genealógico de una familia inventada: nunca conoció a su padre y su madre lo abandonó cuando tenía siete años. Su memoria es un palimpsesto de recuerdos e imaginaciones que brotan compulsivamente de la punta de la hebilla. Hace informes sobre extracciones de minerales y su valor de mercado. Uranio, cobre, bronce, hierro, oro, plomo, níquel. Fernando Oreste Nannetti es un ingeniero de minas aeroespacial y también se llama Nanof. Todo lo que escribe en el muro lo recibe telepáticamente a través de unas torres de electricidad que él mismo graba en el muro. Alguien emite desde algún lado y Nanof lo capta y lo escribe, no se plantea ni discute nada, sólo ejecuta el dictado. Porque es importante, porque es lo único importante.

Escribir.

Escribe en el muro, pero también escribe cientos de postales a familiares inexistentes donde da cuenta de sus planes, les pide dinero y les dice que pronto regresará a Roma. Siempre las termina igual, casi como si fuera una firma: la luz y el sonido tienen la misma longitud de onda. Después regresa al muro.

Se llama Fernando Oreste Nannetti. Es el señor Nanof. Es NOF4.

 

Raúl Quinto (Cartagena, 1978) es licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Granada y actualmente reside en Almería, donde ejerce como profesor. Es uno de los coordinadores de la Facultad de Poesía José Ángel Valente y ha colaborado como crítico en publicaciones como Quimera. Es autor de libros de poemas como La piel del vigilante (DVD, 2005), La flor de la tortura (Renacimiento, 2008), Ruido blanco (La Bella Varsovia, 2012), La lengua rota (La Bella Varsovia, 2019) o el cuaderno Sola (La Bella Varsovia, 2020). También ha publicado los siguientes libros de narrativa híbrida: Idioteca (El Gaviero, 2010), Yosotros (Caballo de Troya, 2015) e Hijo (La Bella Varsovia, 2017).