Nuestro «hombre en Málaga», aprovechó el paso de Alejandro Morellón por la ciudad dentro de esas tournées a las que han acostumbrado a sus lectores la gente de Candaya para presentar su novela corta, y le hizo esta entrevista que, como siempre suele suceder con Antonio Báez se escapa de los clichés periodísticos para estar más interesado en detalles del oficio, que gustosos compartimos con los lectores de penúltiMa.

 

Alejandro Morellón, ganador del IV Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez por El estado natural de las cosas (2016), dotado con 100.000 dólares, publicó en septiembre del año pasado en la editorial Candaya Caballo sea la noche, una nouvelle de unas ochenta páginas que te lleva a reincidir en su lectura varias veces, porque cuando llegamos al final se nos abren claves pero también interrogantes sobre lo que ya hemos leído. El libro narra de una manera muy dosificada la historia de Rosa, la madre, y Alan, quizás hija, quizás hijo, personajes encerrados en sus conciencias y en una casa en la que son incapaces de comunicarse, Alan pasa el tiempo en su cuarto durmiendo y Rosa en el sofá viendo álbumes de fotos de otro tiempo en el que eran felices junto a Marcelo, el padre, que ha se ha marchado, y Óscar, el hermano, que ha muerto de una grave enfermedad, de la que parece que ha decidido contagiarse, atravesados todos por la culpa de algo ominoso que ha ocurrido entre ellos y que no se desvela hasta el final. De cualquier manera más que acontecimientos en la novela lo que hay es el torrente de esas dos conciencias que se alternan en la narración, expresadas en cinco capítulos que no tienen un punto hasta que llegan al final, lo que hace que el lenguaje cobre un valor muy destacado. He aquí las preguntas que le hemos hecho al autor y sus respuestas.

 

Caballo sea la noche es una nouvelle, una novela corta, uno de mis géneros favoritos, unas ochenta páginas repartidas en cinco capítulos de dimensiones parecidas.

¿Cuántas palabras tiene?

Unas 25.000, aproximadamente.

¿Por qué en esos capítulos no hay punto hasta que se acaban?

Porque quería generar una sensación en el lector que se ajustase a la realidad de los protagonistas, a esos flujos de conciencia, a esas divagaciones y recuerdos. Me parecía importante congeniar el fondo y la forma de la historia. La esencia de lo que se cuenta pero también la presencia de cómo se está contando. Así, con estas frases ininterrumpidas, el lector no puede salir de la frase al igual que los protagonistas no pueden salir de la casa.

Voy a empezar por el final. En el capítulo cinco se desvela  brumosamente cuál ha sido la tragedia de la familia que en otro tiempo fue feliz, compuesta por las dos voces de la narración, Rosa, la madre, y Alan, personaje de identidad ambigua, chico o chico, depende de a qué nos agarremos, y las dos ausencias, Óscar, el hermano muerto, y el padre, Marcelo, que se ha marchado de casa. ¿Cuál es el motivo de no darle al lector esa información hasta el final?

Para generar un ritmo y un enigma, para que leer se convierta en una revelación de los acontecimientos al mismo tiempo que los personajes de la novela los asumen.

Ese último capítulo empieza con una referencia a la carta de su padre a Alan en la que se descubren los ominosos acontecimientos ocurridos. En la despedida el padre le dice “Soy la herida y el cuchillo”, que corresponde a un verso de Baudelaire. Uno de los temas de la novela es la identificación de la voz propia, nos encontramos con nuestra tragedia cuando hallamos la forma de expresarla, ¿cómo has ido diferenciado la voces en el relato? ¿se te han confundido alguna vez? ¿se contaminan las voces dentro de una familia? ¿cómo has distinguido las voces de tus personajes de la tuya propia?

Una de las cosas más difíciles ha sido la de encontrar una voz a cada uno de los personajes, una voz propia, genuina, que respondiera a cada una de las psicologías, tanto de Alan como de Rosa. Lo interesante es que a veces se confundían, se mezclaban, y eso no es del todo desacertado tratándose, como se trata, de personas que habitan un mismo espacio y, en ocasiones, un mismo lenguaje que los atraviesa a todos.

¿Cuánto tiempo has tardado en escribir el libro? ¿Qué tipo de correcciones han sido las más habituales?

Tardé un mes en el primer borrador, y luego ya fueron varios meses de relecturas y correcciones. Seguramente lo que más he corregido hayan sido cuestiones de estilo, de la prosa, alternando la más poética con la más narrativa.

En el primer capítulo el lector se puede sentir perdido, desamparado, se le va introduciendo poco a poco en una conciencia y carece de puntos de agarre sólidos, no sabe adónde va. Cuando se acaba el libro uno puede volver al capítulo primero y leerlo ya de otra manera. ¿Por qué someter al lector a ese dominio?

Para aproximarlo al propio desamparo de Alan. Me parece importante que el lector se involucre en el libro, y eso conlleva entender la atmósfera, el lenguaje, la personalidad del narrador, la psicología de los protagonistas.

 En la novela hay una investigación, a mi modo de entender, sobre las relaciones entre cuerpo y lenguaje. La propia ambigüedad de Alan ya es un signo. ¿Qué nos dice la lengua del cuerpo y viceversa?

La palabra, como decía Clarice Lispector, tiene el dominio del mundo. Esto quiere decir que nombrar las cosas nos da cierto gobierno sobre esas mismas cosas. El cuerpo siempre cambia con respecto a las palabras que tengamos de él, y la resignificación del cuerpo nos viene dada por un renombrarse, por una identidad que empieza con la palabra (pensada o escrita).

 Las voces de Alan y Rosa, los narradores, salen de un espacio claustrofóbico. La de Alan de su cuarto donde se pasa el día durmiendo. La de Rosa, del sofá donde revive un tiempo feliz por medio de fotos. ¿Qué hay en la calle que nos proporciona tanto bienestar, ahora que todos estamos confinados en casa con motivo de esta pandemia?

 Esta es una novela de encierro, espacial y psicológico. Los personajes están contenidos en su propia culpa y en sus propias estancias. El afuera siempre nos da un margen de maniobra, una interpretación variada de los acontecimientos, una oportunidad de relativizar.

 En las conciencias  hay ensoñación, memoria, pensamiento, culpa, ausencia, y el propio Alan se pregunta desde la suya: ¿existe alguna mentira que no quiera convertirse en verdad? Te lo pregunto yo a ti. ¿Qué tienen Rosa y Alan de mentira y de verdad?

A veces ya no es tanto lo real o ficcional de un hecho sino cómo se establece su narrativa, su manera de contarlo. Alan y Rosa parten de una misma verdad pero las maneras de asumirla cambian, y por lo tanto se distorsionan. La novela nace de la incapacidad que tiene Alan de hablar con su madre, y viceversa. El texto nace de esa incomunicación.

Ambos bucean en su dolor y es la madre, Rosa, quien precipita una solución echando a su hija (me decido por que Alan es una chica) de casa. ¿Crees que Alan consigue salir adelante una vez que el libro se ha acabado?

 Eso se lo dejo a la libre interpretación de cada lector, pero yo quería ofrecer una puerta abierta, una ranura desde la que se vislumbre un más allá, un hálito de esperanza, una posibilidad de redención.

Marcelo, el hermano, es una ausencia acusadora. ¿Crecer y madurar puede consistir en ir acumulando ausencias que nos cuestionan?

Supongo que madurar es encontrar la manera de que tu identidad se vea lo menos afectada posible por los estigmas sociales y por el señalamiento ilegítimo. Ser en tanto lo que crees y no en tanto lo que los demás te impongan ser.

 

Antonio Báez visto por Curro Romero

Antonio Báez (Antequera, 1964) ha participado en diversas antologías de microcuento y relato breve y ha publicado los libros La memoria del gintonicGriego para perros y su título más reciente es La magia de los días, publicado por la editorial Talentura.