Con esta novela, ambientada en la belle-epoque germana, Juan José Rastrollo se llevó el premio literario Miguel de Unamuno 2017 y la editorial Salto de Página ha encontrado en ella una hipotética continuación al éxito de una novela cercana en espíritu a El cielo sobre lima de Gómez Bárcena. Aquí compartimos el inicio de la novela para los que quieran catarla antes de correr a por ella a una librería.

 

0. Yo, Delfín

“Un diario es siempre una forma de suicidio”, dijo el viejo Stendhal. Estas páginas que inicio serán esto mismo: un conato de diario. Un cuaderno de apuntes y notas de escritor. En ellas se impondrá el compromiso y la responsabilidad de no prohibirme, aunque no sé si depende tanto de mí o de la propia escritura que determinará, en definitiva, su marco de verdad. A medida que las hojas de este cuaderno gris se acumulen, las iré arrancando. Si por una broma del destino se conservaran y fueran a parar a manos de algún curioso editor, ¿qué importaría? Habrían al menos logrado su propósito primero de haber sido escritas por pura complacencia. He sido bueno como la yegua de san Pablo y malo como la piel de Barrabás, pero hoy ya puedo decir que el mundo me es indiferente y el contenido de estas notas, aun más.

 

1. El Catacumba

Me llamo Delfín Barroso, tengo veintiséis años y, además de un impenitente bohemio de físico anodino y familia burguesa, soy diácono. Hoy, 11 de mayo de 1935, he leído en la revista Blanco y negro que la Gestapo, instigada por el ministro Goebbels, ha clausurado el mítico cabaret regentado por Werner Finck. Los artistas –en su mayoría judíos– han sido enviados al campo de concentración de Dachau, al noroeste de Múnich. Consternado por la noticia, siento ira, rabia, decepción y una punzada fría, pensando que mi cómoda vida pequeñoburguesa es un fracaso, que tengo el alma podrida y que jamás amé de verdad ni a Úrsula, ni a Gávril, ni a nadie. Ahora me arrepiento –siempre se arrepiente uno demasiado tarde– de no haber respondido a sus cartas ni haber destruido la coraza inmoral que me ha convertido en lo que soy. Hoy, más que nunca, soy objeto de mi propia repulsión por aquel temible deseo de esquivar la retórica de las historias amorosas alargadas estérilmente. Y es que tenía tanto que hacer, tanta gente a la que complacer, tanto que aprender, que los días pasaron, y las semanas acabaron convirtiéndose en meses, y éstos en años.

No me parece lícito escribir el horror en esta crónica melancólica de largo aliento. Hablar de fracasos, tempestades internas o torsiones del corazón, pero, ¿qué otra cosa puedo hacer si el relato de mi historia comenzó el día en que recibí una trágica carta con el membrete de un cabaret?

Todo aconteció el verano de 1931, durante un viaje sentimental de diez días a Berlín. Fui allí con la excusa de acompañar a mi amigo Alberto Llorenç en coche hasta París. Quería paliar mi soledad y expiar mi obsesiva búsqueda de personajes de una novela que no escribiría jamás. En aquella travesía, otra novela surgiría indefectiblemente con personajes no buscados y encontrados en el camino.

Durante mi estancia en la capital alemana, cada noche iba, con la cabeza gacha y la mirada asustadiza, a un hotelito por horas de la Augsburgerstrasse. El trayecto de mi hotel hasta el meublé se me hacía eterno atravesando aquellas esquinas oscuras. Era un sitio sórdido, pero al menos podía subir de incógnito a pasar un rato con alguna de las fulanas que me iba encontrando de camino. Todavía recuerdo el miedo y el nerviosismo con que hice el acto con una ancestral ramera italiana de ojos abismados que no paraba de prender cerillas y fumar en pipa. Retengo aún el sabor rancio de su boca, la turbación que me provocaba la observación de su pubis negro de vampira contrastando con la moqueta beige del cuarto, su pegajoso olor a sudor, su sexo voraz, sus nalgas galopantes y la animalidad desafiante de sus pechos.

El sexto día de mi estancia, en una noche de sofocante canícula, disfrazado con un traje de franela estilo Riviera combinado con una corbata con nudo miniatura, visité un cabaret en la pomposa calle Bellevuestrasse. Se representaba un espectáculo de pantomima lésbica. Fui allí bajo la recomendación del poeta Ferran de Pol, experto conocedor de los cabarets político-literarios de Weimar. Aunque ya había estado en Montmartre y en los music halls del Paralelo, Die Katakombe (así se llamaba el local en alemán) tenía algo especial. Su audiencia hedonista y bohemia estaba integrada en su mayor parte por judíos que bebían a escondidas como damas, pero se emborrachaban como cerdos. Lo regentaban los empresarios Hans Deppe y Werner Finck. Éstos, y la mayoría de sus performers de parodias (Rudolf, Theo, Isa, Elle, Coretta, Ernst, Guta, Ivo, Úrsula, Hans, Erich…), también lo eran. Hasta aquel botones vestido de chaquetilla blanca que siempre me saludaba era judío.

El cabaret estaba abarrotado de gente oculta tras una oscura nube de humo. Después de la actuación de Ivo, sobrevino la algazara, hasta que Finck –con su particular alegría y desvergüenza– salió al escenario acompañado de las bailarinas Minna, Lina e Ida, y presentó un espectáculo hasta ahora “insólito”, según sus palabras. De fondo, sonaba la voz de Marlene Dietrich cantando por un gramófono Raus mit den männern aus dem Reichstag (¡Fuera los hombres del Parlamento!), una sarcástica y corrosiva canción de denuncia masculina con mensaje antibelicista. ¡Qué extrañas y excepcionales me parecían entonces las mujeres alemanas!

De repente, un foco cenital movido por unos barmen con aspecto de figurín  iluminó el rostro del proteico conférencier. Para captar la atención del público, advirtió en voz alta a las bailarinas que no hablaran, alegando que su vulgar dialecto berlinés era infame. Además de maestro de ceremonias, era un actor excelente que dominaba el arte de crear expectación de una manera muy particular, no terminando las frases ni lo que estaba diciendo. Era joven, debía de tener unos treinta años. Se rumoreaba que antes de la guerra y la inflación había sido un ganapán, pero que, desde que había montado el cabaret, iba de vacaciones a Nápoles y tenía dos criadas que le hacían las tareas de casa. Se había esforzado en hacer del Catacumba un Moulin Rouge y, viendo el ambiente que se respiraba allí, se podría decir que lo había conseguido.

Tras un redoble de tambor anunció, moviendo su inmortal bigote isósceles, que iba a presentar un número erótico de magia, “algo excepcional”. Saliéndose del guion y con humor vitriólico, comenzó a describir a la gente que había observado aquella mañana desde un banco de la Wittenbergplatz. La que representaba con más gracia era una pantomima de los gestos ridículos de las fuerzas de seguridad alemanas. Tras dejar al público totalmente desorbitado y boquiabierto, presentó a las chicas del número lésbico y se despidió con su habitual “¿Me sigue? … ¿O tengo que seguirlo yo?”. Luces, aplausos, y la canción austriaca “Schöner Gigolo, armer Gigolo” sonando.

Con el público ya revuelto, salieron cuatro chicas al escenario que, sin saludar y con gestos de abúlica intrascendencia, comenzaron a actuar. Pensé en cómo –sin mucha gracia– las actrices alemanas trataban de emular a las pin-ups francesas, tan cómicamente raisonnables. En el espectáculo de aquella noche, cuatro actrices corpulentas con atuendos y modos masculinizantes, la cara empolvada de blanco, los ojos perfilados, cejas postizas y el pelo a lo garçon representaban un mimo. Iban enfundadas en un smoking, contendiendo por la tenencia de un puro habano que trataban de arrebatarse las unas a la otras. Reparé en la morfología del rostro de una de ellas, Úrsula la llamaban. Sus ojos me hechizaron. Tenía las piernas más maravillosas que había visto nunca. Recuerdo que se movía nerviosa por el escenario, increpando a las otras y gesticulando exageradamente como si estuviese emitiendo un aullido eterno. Otra, la que estaba sentada en una otomana con cara de funcionario de Correos, parecía ejercer sobre las demás una especie de poder mental, casi místico, que se apreciaba en que, en el trasiego del puro de una boca a otra, gozaba con pleno derecho de más tiempo en su posesión. Todo aquello me parecía digno de ser filmado. Ahora –desde esta mesa de despacho colonial en que escribo mi historia– pienso en la desvergüenza de aquella escena, y de otras que vi, y me viene a la cabeza que la República de Weimar era imposible; pero podía haber tenido otro final.

Aunque tengo que confesar que me atraía la orgullosa y desolada libertad fronteriza de los cabarets berlineses, el lector se llevaría una idea equivocada de mi persona si estuviera pensando que iba al cabaret porque buscaba el placer de la carne –ya tenía más que suficiente con hotelito por horas de la Augsburgerstrasse–; o porque era un aficionado a los espectáculos musicales y a las artes escénicas. Nunca he sido un buen bailarín (imagínense, parezco un pelícano disecado), ni he aprendido a tocar ningún instrumento. Lo que realmente buscaba allí era el pretexto para hacer lo que realmente quería, que era escribir. La verdad es que, como sabía por Ferrán que el Catacumbas, además de un cabaret al uso, era también una tertulia literaria, aquella noche fui –escondiendo mi tonsura bajo un sombrero canotier– aspirando al ascenso hacia las regiones nobles y abstractas de la literatura. Todo un fracaso.

Debió de ser mi aspecto engolado y rígido de hijo de industrial catalán, o quizá la ridiculez de llevar puesto un sombrero de gondolero en una sala de fiestas nocturna, lo que indujo al personal del cabaret a un insistente ofrecimiento de sus servicios. Mientras una camarera me servía un brandy Mampe con sabor rancio que no había pedido, la cabeza de una cigarrera flotando en la oscuridad trató de ofrecerme cerillas y todo tipo de tabaco aureolado por la turgente silueta de sus pechos. “¿Por qué tienes los ojos tan tristes?”, me preguntó; y, sin esperar respuesta, se fue atravesando la sala de nuevo mientras gritaba: “Zigaretten! Zigaretten!”. Poco después, para suavizar el sabor del brandy, pedí un vino de Burdeos y un vaso de agua con hielo a un camarero de bigotes engomados, pero no me respondió. Quizá por el devastador efecto de una risa que estalló en ese mismo instante. Fue entonces cuando empecé a dudar acerca de mis conocimientos de la lengua alemana. Désabusé, le volví a pedir el vaso de agua a una camarera que me farfulló algo que no pude entender. Finalmente, me trajo la bebida, pero sin hielo. Le di unos pfennigs de propina y, agradecida, me sirvió unos mixed pickels. En el escenario, las actrices del número lésbico seguían discutiendo entre ellas. De repente, Úrsula bajó del escenario increpando y rogando a los clientes de las primeras filas que la ayudasen y subieran con ella para defenderla de la linajuda Guta, que seguía aposentada en su trono con un rictus de sonrisa imposible. Úrsula, organizando un buen tumulto, se movía nerviosa entre la audiencia. Empecé a tener en el estómago una sensación de hormigueo pensando en la posibilidad de que la actriz viniera y me pidiera algo. Tras recorrer las primeras filas y no encontrar a nadie a su gusto, la cabaretera se dirigió hacia mi escondite de la esquina del salón y me robó el canotier. Deseé haberme muerto en aquel momento pensando en cómo mi tonsura estaba quedando al descubierto. Conociendo ese tipo de espectáculos, que ya había presenciado en París o el Paralelo, no sé cómo pude ser tan estúpido exponiéndome con gracilidad a la burla y el escarnio de las actrices. Úrsula dio una carrera silenciosa hasta el escenario y le entregó el sombrero a Guta que permanecía sentada en la regia otomana. Ésta lo examinó y lo dio a oler a dos actrices que mostraban un gran parecido y que finalmente resultaron ser hermanas. Mostraron un forzado desprecio por la fragancia de la prenda. Mientras la actriz principal seguía con mi canotier al ras de un gracioso caracolillo que le asomaba por el ala, las demás –especialmente Úrsula– me invitaron a subir al escenario (tal vez para arrebatárselo a su compañera). Fue entonces cuando centré mi atención en la usurpadora de mi dignidad, reparando en el rostro encendido de la mujer con los ojos azules más increíbles que había visto en mi vida.

Brotaban infinitas toses, muchas de ellas síntomas de tuberculosis. Allí había gente muy extravagante, más de lo que pensaba. Mientras estaba buceando entre aquella batahola humeante y ruidosa del cabaret, en realidad, no podía ver gran cosa, porque el vaho tornaba opacos aquellos rostros hacinados que flotaban. Apenas lograba adivinarlos. Sí pude ver el ígneo espectáculo de Úrsula, quitándose el smoking medio desnuda con apenas un corsé negro, ligas, unas medias de red que mostraban sus infinitas piernas, tacones altos, unos largos guantes negros y, como complemento, un bastón. Las otras dos hicieron lo propio quedándose también medio desnudas. En cuanto a Guta, la actriz lesbiana que ocupaba la otomana, siguió con mi sombrero puesto, aunque también se quitó el smoking y un top de raso negro muy escotado. Después se cubrió con un kimono de seda y empezó a agitar con sofocada desesperación un abanico con penachos de pluma. Para entonces, mi venus ya se había bajado el corsé y sus pechos habían quedado al descubierto. Creedme, dos suculentos limoncitos. Un lunar de volumen considerable habitaba su cuello. Las hermanas Von Dühring, medio desnudas y abrazadas, reían de perversidad. Nervioso por la situación, derramé mi bebida sobre la leontina de un francés octogenario vestido de uniforme con entorchados y cruces de oro. Con el propósito de recuperar mi prenda, me acerqué a las fumadoras. De repente, un anciano malévolo me zancadilleó y me vi cayéndome disparado contra un grupo de jóvenes que parecían artistas. Acto seguido, dos hombres negros musculosos –vendidos quizá en la feria de Völkerschauen– me llevaron hasta el escenario y, con mi avergonzante tonsura al descubierto, Úrsula me besó, provocando así la chanza de un auditorio que jaleaba cada vez más las zumbas de aquellas lesbianas fumadoras con pelo a lo garçon. En medio de ese enjambre efervescente, no me atreví a besarla como ella me pedía. Exorcizado como estaba, no pude. No podría haber sido de otra forma. Tan sólo pude cerrar los ojos y sentir la marejada de un licor amargo que agitaba mis sienes, y un rumor a olas verdes que me desequilibraba. El desconcierto se adueñó de la situación. Pasé del terror a la comedia involuntaria. De ahí al ridículo, al sacrificio, al purgatorio y al apocalipsis final. Fue entonces cuando, como un paciente de frenopático, imaginé mi particular aire de serena vaguedad dibujándose en mi cara. Intuí mi habitual gesto de désabusé y, trastabillando angustiado entre aquel entrevero de cabezas, alientos y caras del Catacumba, logré salir empujando una pesada cortina de cuero que había en la entrada. Desasimiento y plano final.

 

Juan José Rastrollo (Elche ,1969) es filólogo y doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. En la actualidad es profesor de secundaria. Ha publicado relatos, re- señas y algunos artículos en revistas de investigación y periódicos como La Provincia, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos o Revista de Literatura. Berlín-Barcelona Kabarett, su primera novela, ha merecido el Premio Literario Miguel de Unamuno de la Consejería de Cultura del Cabido de Fuerteventura en 2017.

Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.