Los mecanismos en que la tradición es moldeada por los autores, por la crítica, es uno de los espacios de estudio y desarrollo de la literatura actual más interesantes. Por ejemplo, los resultados de intervenir textos clásicos, como sucede en este caso sobre la novela de Melville.

 

Como se sabe, nuestra época no es afecta a los manuscritos. Aun así, entre los misteriosos manuscritos de nuestro tiempo hay uno que se titula Ybeltrab. Viene con una curiosa bajada: Ybeltrab, el escribiente. Una historia de Wall Street. El texto parece ser una inversión, palabra por palabra, del Bartleby, the scrivener, de Herman Melville. Publicado en 1856, versiones anónimas publicadas en 1853 en Putnam’s Magazine (en dos partes, en noviembre y diciembre), hacen suponer que Melville también tuvo pudor en mostrar la primera versión del relato. Y que el Bartleby fue, en sus orígenes, eso que hoy podemos afirmar que es el Mio Cid: un texto anónimo. La inversión operada en “El manuscrito de Ybeltrab” es asombrosa.

Por empezar, el texto comienza con el final, lo cual nos entrega uno de los finales más dramáticos de la literatura moderna:

¡Oh Ybeltrab! ¡Oh humanidad!

A ese dramático comienzo se añade inmediatamente el dato de que todo el texto está basado en un rumor:

El rumor es éste: que Ybeltrab había sido un empleado de segunda línea en la Oficina de “Cartas Muertas” de Washington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en este rumor apenas puedo expresar la emoción que me embarga. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a “Hombres Muertos”? Pues bien: imaginemos un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a la depresión y la desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar tanto la desesperanza como el hecho de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? A carradas se queman cartas de ese tipo todos los años. A veces el funcionario saca de los dobleces del papel un anillo, pero el dedo al que iba destinado tal vez ya se corrompe en la tumba. Otras veces ese funcionario triste encuentra un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come ni puede sentir hambre. También hay quien encuentra una carta con un perdón envasado para quienes ya han muerto desesperados. Hay esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades, etc. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran como una cascada sobre el tempestuoso fuego de la muerte.

Las respuestas están antes que las preguntas.

-Con reyes y consejeros -dije yo

-¿Eh?, está dormido, ¿verdad?

-Vive sin comer -dije yo y le cerré los ojos.

-Su comida está lista. ¿No querrá hoy tampoco comer? ¿O es que acaso usted vive sin comer?

La inversión provoca efectos majestuosos. A diferencia del Bartleby de Melville -que comienza en una oficina-, Ybeltrab comienza en una cárcel. El narrador, que en Melville se muestra desesperado y sólo interesado en sí mismo, en Ybeltrab adopta un carácter más compasivo y humanista: quiere saber qué es lo que realmente oprimía el corazón de aquel hombre. Como es de suponer, conforme el texto avanza es cada vez menos lo que se sabe de Ybeltrab. Hacia el final del texto el narrador abandona el interés en Ybeltrab y comienza a hablar de sí. Naturalmente, a diferencia del Bartleby del siglo XIX -que será recordado como una gran pieza del cuento corto- el Ybeltrab del siglo XXI es un manuscrito inconcluso. En el final del texto se habla de un epílogo que nunca leeremos. ¿O es el Bartleby invertido propiamente ese epílogo?

Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Ybeltrab, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Ybeltrab. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Ybeltrab era uno de esos seres de quienes nada es indagable, salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas. De Ybeltrab no sé otra cosa que la que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.

A diferencia del Bartleby de Melville -que supuestamente es un oscuro oficinista, un transcriptor, un escriba-, el Ybeltrab de esta literatura invertida es un lector de “cartas muertas”. No dice exactamente “Preferiría no hacerlo” -lo cual sería leído como el síntoma de una pereza pusilánime y cómoda- , sino que subraya el hecho de que sólo se prefiere no hacer algo después de haberlo hecho mucho. Se infiere entonces que no el ocio sino la desesperanza ha ganado a Ybeltrab por “prepotencia de trabajo”. El razonamiento no puede ser más pertinente. La vida de Ybeltrab transcurre en la oficina de un correo primero, en un edificio de oficinas después, en una cárcel finalmente. Todos lugares de encierro que anticipan los itinerarios de la vida enclaustrada de la modernidad. Operadores de bolsas, universo de las finanzas: la especulación financiera se opone al universo del trabajo. Es Ybeltrab un hombre laborioso -un obrero- que evidentemente entra en contradicción con la usura y la acumulación por triplicado -de cada documento en la oficina de Bartleby se debían hacer tres copias-. El sistema de la copia que habita en el universo de Bartleby contrasta con el sistema de cartas únicas, irrecuperables, que habitan en la antesala de los incineradores que es la Oficina de Cartas Muertas en la que trabaja desde el verdadero comienzo Ybeltrab. Es allí Ybeltrab entonces no alguien que dice “Preferiría no hacerlo” sino alguien que, muy por el contrario, ha hecho, y durante años, aquello que nadie quiso hacer.¿Soportar la inexistencia?¿Ser la terminal en la que se disipa todo lo sólido que se desvanece en el aire?¿Leer las cartas perdidas de los escribas que ya no tienen destinatarios? Él soporta sobre sus espaldas el peso de las últimas palabras de toda una civilización moribunda.¿La cultura letrada acaso? Inspirado en “La carta robada” de Poe, Lacan llegará a decir: “Toda carta llega a destino”. ¿Es Bartleby -Ybeltrab- el destinatario de todas las toneladas de palabras sin destinatarios que nuestra época imprime?¿Cómo quemar toda esa masa ingente de palabras finales que fabrica el presente?¿Qué sonido haría una hoguera así? A este dramático cruce entre quehacer e inactividad, entre palabras duplicadas (triplicadas, serializadas) y palabras únicas (ilegibles) que no encuentran destino, se añade el dato, también puesto en el comienzo del texto, de que todo el Bartleby es, como todas las cartas que llegan a la Oficina de Cartas Muertas, también desechable:

Creo que no hay necesidad de proseguir esta historia. La imaginación puede suplir fácilmente el pobre relato de la muerte y la sepultura de Ybeltrab. Pero antes de despedirme del lector quiero advertirle que si esta narración ha logrado interesarle lo bastante para despertar su curiosidad sobre quién era Ybeltrab, y qué vida llevó antes de que el narrador trabara conocimiento de él, sólo puedo decir que comparto esa curiosidad, pero que no puedo satisfacerla. No sé si debo divulgar un pequeño rumor que llegó a mis oídos, meses después del fallecimiento del Ybeltrab, el amanuense. No puedo afirmar si el rumor tenía fundamento. Ni puedo decir qué verdad tenía. Pero como este vago rumor no ha carecido de interés para mí, aunque es triste, puede también interesar a otros.

El Bartleby invertido comienza con la posdata, es decir, es Ybeltrab -con la misma cantidad de letras que su doble original- una historia escrita al pie de página de todo el Bartleby. ¿Y qué decir de otros procedimientos? El hecho de que Ybeltrab haya, como buen escriba, duplicado al Bartleby; el efecto surrealista que le otorga a todo el conjunto el hecho de que los diálogos estén invertidos, etc. La posdata está antes que la carta: el Bartleby de Melville es una carta. Nosotros somos los destinatarios de esa carta.

 

Naúja Zodnem (Juan J. Mendoza).  Argentine Writer. Essayist. He wrote: Internet, capital del siglo XXI (La Crujía, 2017), Diario de un bebedor de petróleo (Ediciones Vox, 2015), Sin título. Técnica mixta (Eloísa cartonera, 2012), Escrituras past_ (17grises, 2011; SigueLeyendo, 2012) & El canon digital (La Crujía, 2011). He has curated of Revista Literal. Edición facsimilar (Biblioteca Nacional Argentina, 2011). Along with Alan Courtis has published the disc of sound poetry DBP (Ediciones Vox, 2015). “Ybeltrab” is part of his work Los fabricantes de vacío (unpublished). Web site: www.tlatland.com 

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.

La imagen pertenece a la conocidísima serie que Bert Stern hiciera con Marilyn Monroe, más de 2500 instantáneas, poco antes del fallecimiento de la actriz.