Los mejores amigos de Tomi Sánchez hicieron una colecta para recuperar su brazo amputado del hospital y entregárselo a la viuda. Quedaron en el viejo bar en el que siempre se reunían, El Calavera. Alguno advirtió que el nombre resultaba apropiado. Esta vez, a diferencia de las muchas anteriores, la gravedad los dominaba. Entraron desfilando de uno en uno, cediéndose el paso el primero al segundo, el segundo al tercero y así sucesivamente, cediéndose el paso al tiempo que se daban una palmada en las espaldas, bajando uno la cabeza, el otro, más. El dueño del bar conocía los acontecimientos, y mientras secaba los vasos tras su mostrador, las dos manos enérgicas y ocupadas, los iba saludando por orden, levantaba una ceja, inflaba el labio de arriba y sacaba el de abajo suspirando, retiraba los ojos, sin dejar de vigilar a los lados no fuera algún pillo a abandonar la barra sin abonarle la consumición. Los amigos de Tomi sintieron, en medio de su dolor, el afamado aroma de las patatas bravas del lugar, su pescaíto frito y la bullanga de la parroquia. Mezcla de pena y sensualidad que hubiera celebrado el viejo Valle Peña si hablase; y que a los congregantes les hacía sentir en sus carnes la evidencia de ser pasajeros y de que peces volverían a retozar en harina y huevo y ser pasados por aceite después, como habría pajaritos para seguir cantando. Sólo que el grupo se había quedado, felizmente, del lado de acá.

Subieron la escalera de doce peldaños, oscura como de costumbre, hacia el reservado, tengamos ese homenaje, que ellos venían a ocupar cada ciertas tardes de libranza con sus ánimos, sus bromas, su secreto y su melancolía. En realidad, una especie de pasillo o galería en el que sólo cabían estrechamente cuando se juntaban, y que debían compartir con otros solitarios y, por desgracia, no pocas veces parejas. Ascendieron la escalera a semejanza del patíbulo, y con el mismo silencio que traían se buscaron los sitios en el rincón alargado donde organizar las sillas y las mesas. Las manos a veces dudaban, temiendo la que hubiera escogido Tomi, y después resolvían cualquier cosa. Sentados en silencio eran esa estampa que, ellos sabían, representaba el duelo. Cuando hubo llegado el camarero, anotó, no sin antes anunciar su condolencia, resoplar, dejar un juramento para la ponderación general, y sugerir apenas que no somos nada y beber alivia hasta la peor tristeza. Luego se alejó y quedaron ellos. Se repartieron los cigarros que hasta ese lugar, aunque perseguidos, venían a refugiarse; sacó cada cual su cenicero de bolsillo y, jurando, lamentándose o callando, empezaron –la mayoría– a echar humo.

Al rato, trajeron las bebidas y las tapas, y así pudo establecerse la conversación.

Este sugería unos números, aquel los doblaba, el otro se hacía el reservado, un cuarto buscaba abreviar porque se ponía nervioso. Y, cada tanto, pobre Tomi, parece mentira, todavía no me lo creo, esta perra vida. Al final, sacaron los cuartos y se los entregaron al elegido, el más servicial. Alguno no disponía de cambio, otro se lo ofrecía; aparecían los billetes; examinaban la cantidad con discerción, la alargaban dentro del puño sobre las cervezas, las raciones de patatas abrasadas, el aire denso y el humo de los cigarrillos que incluso retiraban a manotazos como si interfiriese. Y se la ponían a aquel en la mano de una manera eficaz y sentida. Luego retrocedían de su inclinación, se secaban la comisura de la boca, carraspeaban, bebían un trago de su cerveza o en cambio tocaban con los labios el pitillo encendido. Alguien esperaba a pasar la mano cordial sobre los hombros de un compañero un momento, a fin de sentirse menos solo; o para arrancarse unas palabras como: yo me acuerdo de Tomi (que podía, o no, continuar un rato). Hubo sus lágrimas, su corrección de sus lágrimas, y algunas de esas frases recordatorias, que a veces comenzaba este y acababa otro. Mientras el diligente amigo que había recogido el dinero se lo metía en un bolsillo sin contarlo, junto al dinero propio.

El “reservado” de El Calavera temblaba de emoción en la penumbra de voces. Se hallaba la presencia recordada de Violeta, la pobre mujer, al cargo de su hijo y de los que le había aportado su marido de relaciones anteriores, y fecundas, ¡cinco!, ¿o eran seis? Qué desgraciada, Violeta; había que ayudarla de alguna forma. ¿Y vosotros creéis que Tomi tendría algo ahorrado? Llevaría un año en la empresa metalúrgica. Eran más. Con lo que pagan hoy. ¿Ella qué hace? Traduce, corrige libros en su casa. Eso no es un trabajo. Pero tú qué pides. Nunca sabe si la van a contratar o no, estoy diciendo. Y quién lo sabe. […] A ella la solicitan un día para una cosa y a lo mejor pasan diez o quince días más hasta que la llaman de nuevo. Y tú dime al final qué es eso en una familia.

Las cervezas iban cayendo, primero alegradas por las raciones, otra vez de patatas, y aceitunas, a continuación por qué no, no deja de ser un día especial, es verdad, la primera tarde (bueno, la segunda) sin Tomi, parece mentira, yo todavía no me lo creo, esta es la jodida vida, unos calamares, el chorizo a la sidra ese, tráete más pan, anda, los champiñones al ajillo, y luego los vasos de amarillo espaciados y sosegados, ininterrumpidos, severos, cuando los platos sucios se habían ido retirando de la mesa, más tristes por la soledad. Pues sí, la segunda tarde sin Tomi. Yo lo conocí cuando teníamos veinte años, soy el primero. De eso nada, yo con dieciocho. ¿Y eso dónde? En el instituto, después de los curas. Y se le queda el exprecursor mirando, algo agredido, teniendo que recular de memoria. Estudiamos juntos. Yo le presenté a Rosa, su primera mujer. ¿A Rosa? Si la conocía yo también; te digo más, fue medio novia mía. Perdona, a Rosa la hemos conocido casi todos. Y eso qué significa. No te pongas así. No me pongo nada, pregunto solamente. Bueno. Yo de Rosa no hablo, de Marieta sí, que yo creo que con ella sí anduvo bien, y ella lo conoció en una actividad que teníamos en el club, un baile que organizaba con Charli, ¿te acuerdas, Charli? Este con lo que lleva no se acuerda de nada, que te están hablando. Yo quería mucho a Tomi, hemos sido hermanos. Para mí también era como el hermano menor que nunca tuve. Vosotros no habéis pasado una noche entera hablando con él, sin dormir, con una botellita de ron moreno nada más entre los dos… Nadie respondió al envite, porque sonaba a eso. Pim pam, pim pam: contándonos la vida, abiertos en canal, uno y otro. Y cuándo fue. Habíamos salido de la facultad, que ya sabéis que aguantó año y medio. Me dijo: Javi, me apetece perderme, perderme de verdad. O se lo dije yo a él, da lo mismo. Da lo mismo porque andábamos iguales en eso. Maltratados por la vida, sin saber qué hacer, sin dinero, sin casa. Le respondí, me acuerdo como si fuera ahora, larguémonos. Y el Octavio, el que se mató con la moto, sus padres gozaban de dinero, nos prestó su casa de la sierra. Allá nos fuimos y una noche entera, os digo, con la botellita que no se me olvida. Y yo lo supe todo, todo de él, y él de mí. Pues es raro porque Tomi ha sido siempre muy reservado. Pues no es raro porque te digo yo que en canal, en canal ¿me entiendes? Como dos pescados a la parrilla. A Charli le dio por reír, Javi se molestó, Charli lo mismo y Javi violento, qué pasa, que me acuerdo de Tomi muerto y a ti te la suda. Los otros entrando. Javi, siempre tienes que soltar burradas. Si está borracho. Estoy alegre, digo triste. Sólo me río de tus comparaciones; que sabes que te digo, que eres un melón con tus comparaciones. Mira, Charli: déjame en paz.

Las cervezas desenfocaban la amistad, los recuerdos de Tomi, hacían más turbia o más brillante la reunión de amigos. Brotan entonces dolores, tristeza, el rastro recogido de las coincidencias, el vaivén, sus miedos, sus esperanzas, derrotas que no importa exhibir hasta que, de pronto, una reserva de prudencia las retira como una mala carta.

Estuvimos toda la noche, os digo, toda, desnudándonos, yo le conté lo que no le he contado a nadie. Lo que no le he contado a mi santa esposa, que se vaya al infierno. Le conté que a mí no me gustaba mi mujer, me gustaba Beatriz, pero que ya estaba con la mía y la otra me daba miedo. Javi, coño, qué dices, y silencios alrededor. […]

El amigo diligente abrió su cartera y la encontró llena, el alcohol le ayudó a creer en el milagro de la lotería y lo volvió generoso; pagó lo de todos sin decir nada a nadie, como un camarada, se fundió la colecta para recuperar el brazo. Qué lío de billetes. ¿Quién ha pagado? No sé. Este. ¿Qué ha hecho? Su cabeza dando vueltas y más vueltas, por qué es tan complicado todo. Ahora ebrios y desconcertados, no iban a pelearse otra vez, que ya habían tenido de eso, no era cuestión de montar una bronca a las tres de la mañana, qué gilipollas eres Pizarro, joder y perdona. Me merezco todo lo que me digas. Se ponía a sollozar como un crío. Y más. Tú no te metas. Y más. ¿De qué estáis hablando? Este, que ha perdido el dinero. El chaval ha querido tener un detalle. ¿Qué dinero? Se ha gastado la pasta de Violeta. ¿En qué? ¡Ahora, coño, que se lo ha gastado ahora! Pues que abran y reclamamos. Cómo van a abrir. No me estás entendiendo. Que no hay dinero, que ya no tenemos nada. ¿Cuánto ha sido? Qué más da. Porque Tomi y yo éramos uña y carne, uña-y-carne. Lo ponemos otra vez. Que lo ponga él. Qué va a poner este, si está en el paro. En la reserva. Serás listo tú.

Pagó Pizarro con la colecta el fraternal encuentro; la viuda tuvo que llevar el dinero que no guardaba más el quebrado escote del grupo al hospital. Fue en compañía de Vigor (que seguía con ella); depositaron la suma a través del cajetín de una ventanilla y la funcionaria-enfermera, una mujer de mirada lúgubre y un presente tristísimo, les entregó un recibo para posibles desgravaciones (si las hubiere) o reclamaciones (lo mismo); también un vale que debían llevar a Administración donde al presentarlo le darían un pase para el Depósito, el chico qué edad tiene, dieciocho, ah entonces entra con usted, allí tenían que entregárselo al encargado y él les daría lo que buscaban. ¿De qué se trata?, inquirió con la voz apesadumbrada y con interés. Un brazo. Ah, un brazo, vaya. Qué pasa. Nada. Bueno, mejor, un brazo se lleva bien. Pues ¿cómo lo dan? No se preocupe.

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Violeta cumplió los trámites como era de ley y a cambio le devolvieron el brazo de Tomi, desde el codo hasta la punta de las uñas. Te aseguran que en la urnita refrigerada se mantiene a la perfección, cuando la verdad se veía amarillo en el borde de arriba y en las yemas de los dedos, que me he fijado. Eres asqueroso, Javi. Era mi amigo. Y el mío. Encima de que a la mujer le ha costado una pasta, se lo dan estropeado. ¿No sería porque tardaron en atenderle? Que lo dejaron en la calle al hombre varias horas hasta que se terminó el turno de mañana y algunos compañeros pudieron llevárselo al hospital, ¿sabías? Pues lo mismo. De manera que Violeta, su mujer, y Vigor, su hijo, conmocionados como poco, recogieron en un paquete el bracito amarillo de Tomi envuelto en un plástico. Se ofreció a llevarlo el chico, ella se opuso, luego la pena se le volvió insufrible, y sentir el peso. ¿Tú lo has cogido? No me atrevo. Da grima. Así que se lo entregó a él, que lo llevaba como a su padre Eneas.

Con cuidado, con miedo. Él reconociéndose el más destinado del mundo. Ella en un silencio atroz. Atravesaron la calle, caminaron dos kilómetros y al final, hartos de andar, tomaron un taxi, para qué ahorrárselo, y regresaron a su casa. Qué desolación de tarde. El chico que dijo que tenía examen, y era mentira. Y ella llorosa.

Qué coraje. Somos unos cabrones; teníamos que haber repetido la colecta, fue culpa nuestra. Fue de Pizarrito. Nuestra, por confiar en él, que encima ni es amigo de Tomi ni nada; que lo conoció en el trabajo anterior. Tomi dio la cara por él, y lo echaron; pero a él le quedó esa cosa de la deuda y el agradecimiento y por eso se apuntó. Que El Calavera no lo conocía.

De modo que el amigo diligente, no tan diligente o mal bebedor, Pizarro, se fundió la pasta y la mujer de Tomi, Violeta, tuvo que poner lo que no tenía de su bolsillo para rescatar el brazo cortado, qué calamidad. Sin embargo, los amigos tuvieron una reacción, y se ofrecieron a ella, la pobre, para zanjar el asunto. Hay que juntarse y hacerlo solemnemente en algún sitio para quemarlo, quemarlo ¿no?, ¿prefieres? Sí, respondió compungida. La abrazaron entre dos más cercanos al fallecido. Esto se arregla de una vez. Por Tomi, y por ti. Conque los amigos se reunieron en la casa de la calle Mejoras, y luego se marcharon todos en su comitiva de coches, también los chicos, a un parque o a una dehesa abandonada, adonde no va nadie ya porque no dejan hacer fuego, aunque las parrillas se conservan (era un domingo). A eso de las doce se habían congregado ya allí; los chicos de Tomi con algunos otros echaron a correr al ver campo abierto. Espontáneamente. Mientras los hombres amigos de Tomi, y algunas de sus mujeres –que cómo la iban a dejar a la viuda sola en ese trance– bajaban de los automóviles, estiraban las piernas para desentumecer los músculos, diciendo pues yo insisto en que por el otro camino se venía mejor. Lorenzo, que no es cuestión de venir deprisa. ¿Te parece que he corrido? Y alguno miraba la campa sintiendo qué ganas de echar un partidillo, aunque no lo decía. En esto, Violeta se puso de pie, menos deshecha también por la luminosidad del día festivo, el espacio ancho, los árboles, y ese aire raro de tan puro y dañino. Salían y salían los mismos que se habían reunido en El Calavera, los mismos –y alguno que se había apuntado a última hora–, más jóvenes de pronto, optimistas, nerviosos de encontrarse fuera de la ciudad, como si estuvieran haciendo algo malo. Un crío había sacado su pelota –contra el mandato expreso de una madre de que ni se les ocurreira–, y uno de los mayores ya le había respondido dándole una patada, sin fuerza, eso es verdad.

Los amigos del bar ahora conversaban aquella conversación misma de la otra vez, ahora compuestos, desafectados por el alcohol, si bien los vinos que iban cayendo también actuaban, y por el acaloramiento de la barbacoa que ordenaba el ritual, las fases preparatorias, las viejas bromas sobre la incapacidad para hacer fuego del más torpe, el servicio de los vermús, quién ha comprado el costillar, quién los chorizos, no os olvidéis de Violeta, oye, para eso están las mujeres, deja a Javi que con ella se lleva bien, cómo es eso, que se lleva bien, mi mujer y la tuya hacen las ensaladas, ¿no traíais un capón de corral? Lo tiene Eugenio, creo, que lo saque ya que la parrilla está lista, hombre. Llámalo. ¿Y el brazo? Ni idea. Cuidado no vaya a apagarse. Tiene que haber rescoldo para luego. Para qué. Para la ceremonia. Bueno. Después de comer, hemos quedado ¿no? Ah, a mí nadie me lo ha dicho. Pregúntale a Charli a ver si sabe lo que han previsto esos. Joder, no te enteras de nada. Parece que habéis venido aquí solo por la pitanza. Eh, que yo me encargaba del fuego, si quieres lo haces tú. Déjalo, Luis, no te enfades. Es que siempre lo mismo.

La mancha de personas sobre la pradera, una fiesta de libertad que nadie quiere perderse en homenaje al amigo. Qué mejor forma para decirle adiós. Repartirse los gastos, hacer el fuego, poner la carne sobre el asador, dejar que se haga lentamente, conversar, probarla de tanto en tanto; recordar momentos felices y jóvenes, tan dichosos como este de ahora. Uno se para y suelta:

–¿Os habéis dado cuenta?

–¿Cuenta de qué?

–De que nos hemos juntado gracias a Tomás.

–Sí –sonríe uno.

–¿Verdad? Gracias al brazo de Tomi. No nos reuníamos todos desde la boda de Juan, a lo mejor. Y de eso cuánto hace. Nos ha reunido el brazo de ese hombre, que andará por ahí, para que hagamos esto en su honor. Él ya no es nada, pero seguro que se siente feliz con nosotros de vernos juntos beber y comer.

–Como Cristo.

–Pues sí, mira. Tomi se hizo católico. Se creyó que ahora estaría en el cielo, flotando, con los ángeles y todo eso. En vez de saber que se encuentra aquí, con las cenizas que tiene su mujer en una cajita, y su brazo.

–Podríamos echarlo a parrilla.

–¡Qué animal eres, Javier!

–Y comérnoslo, él no diría nada. Al contrario, sé que le gustaría. De alguna manera permanecer así, además de en nuestro recuerdo. Yo lo conocía bien.

–Hablando de eso, lo habéis separado ¿no? A ver si va a confundirse.

–¿El brazo?

–¿Dónde está el brazo?

Se habló de este acto en su memoria, y de paso sacar a la mujer y a los chicos de casa, que supieran que había unos amigos para todo. Planearon que durante la comida intercambiarían escenas, agradecimientos, hechos felices que lo hicieran presente entre ellos: eso habían acordado, o sólo alguien lo sugirió y quedó aceptado en la aquiescencia. Que luego pasa que la naturaleza, el brío de las mandíbulas, el descanso de los líquidos y sus camaraderías los habían llevado a coloquios diversos: sobre ellos mismos, sobre el cuidado de los chicos; y de una cosa a otra, sobre el dolor de espalda, los precios, la televisión, las elecciones próximas, el fútbol. Mientras Tomi flotaba allí como un globito atado por un cordel a un árbol; aferrado al suelo y a unas raíces, vaiviniendo a la voluntad de los aires.

Unas horas luego, los chicos se desperdigaron por otros sitios. Y ahora sí, los veintiséis mayores (una cifra al azar) formaron un círculo en torno a la parrilla. Alguien debía tomar la palabra, así que las charletas se apocaban, se extinguieron, esperando una voz. Nadie asumía el mando entre las dudas. Hasta que la fuerza de los hechos y el reparto de roles trajo la solución.

–Bueno, amigos, estamos aquí para recordar a Tomás, a nuestro Tomi, y despedirnos de él. Hemos hecho esta comida juntos, y seguro que él si pudiera vernos se sentiría satisfecho, porque nos quería y porque también le gustaba gozar de la vida. Nos hemos reunido su familia, sus amigos, sus compañeros. Todos los que lo hemos querido. Los que hemos podido venir… Ahora vamos a hacer un acto en su honor. Es triste saber que su cuerpo. Bueno, hemos completado la incineración, como Violeta nos pidió. Se han recogido sus cenizas. Javier…

Javier las trajo. Las había metido en un sobre grande de correos de color blanco. Abultaban porque el hueso más largo no se había consumido por completo, y eso que lo había partirlo en dos. El sobre llevaba unas manchas de apoyarlo donde no debía, y una quemadura leve que sólo él, que lo había manipulado, advirtió.

–No importa el aspecto de las cosas. Lo esencial es invisible a los ojos, dijo el Principito. Tomi ya no ocupa ningún espacio, salvo en nuestros corazones.

Fueron sus expresiones en tanto se dirigía a la viuda para entregarle el sobre con la masita carbonizada de las cenizas. Alguien aplaudió y todos lo imitaron; se cerró pronto. Siguió un silencio sobrecogedor. Hacía daño. Violeta venció una terrible barrera para recoger lo que le daban. Lloró calladamente. Musitó un gracias y abrazó aquello contra su pecho. Sin atreverse a sentarse por no tocar la imagen que conformaban, se sintió la mujer más desolada de la tierra. Ellos protagonizaban la estampa. Lo sabían con mayor o menor claridad. Sabían que lo habían logrado, que todo estaba bien y ya podían llorar en paz, satisfechos de sí mismos. Se recogieron cada cual a su intimidad. Hubo el que esperaba que Violeta hablase; pero la mayoría dio por concluido el rito, dejándose caer a ese abismo interior de contradicciones.

Al poco se sintió una brisa fresca; alguien se apartó un mechón de la cara para que continuara vivo el tiempo.

El globo de Tomi cobró altura y voló de lado a lado, hacia unos árboles.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.