Recogimos a Tomi en su casa de la calle Mejoras muy temprano, a eso de las seis y cuarenta. Vi su silueta enmarcada contra las luces amarillentas de su portal; esperándonos dentro, de pie, como siempre, apoyado en un lado de la puerta igual que una columna. Respecto de la luz, algunos vecinos se habían quejado de que la encendía, por consumo innecesario; él se había resignado a quedarse esperando a oscuras, pero cada tanto la daba, el muy cabezota, o porque se sintiera mal. Nicolau lanzó dos ráfagas desde la furgoneta para avisarle de que éramos nosotros, sin embargo no se movió; volvió a dar las ráfagas, y tampoco. ¡¿Qué le pasa a este?! Llegamos tarde, susurró. Nicu es un ansioso. Tuve ganas de pedirle: Déjale un momento. No lo hice. Sentí que se estaba despidiendo. Ocurrió entonces algo curioso: nos quedamos todos quietos sin hacer nada. Nicu al volante, Ferdinand a su lado, Nahuel y Borís –que ya se habían dormido– y yo detrás. Todavía francamente de noche, una madrugada heladora, mezcla de agotamiento previo, energía de café y compañerismo; con olor a champú y lociones al calor de un habitáculo estrecho. El motor de nuestra furgoneta ronroneaba. Era un martes, era la hora, y la condena. Aquel barrio. Detenido, inmóvil cuando los trabajadores salen de su boca en filas imposibles, disgregados ya desde el principio. Maldita sea, y yo que no le había dado un beso a Laura porque me acosté disgustado con ella. La estampita de Tomi al frente, hasta que se movió. Tocó la tecla que desbloqueaba el portón de la casa, lo empujó y salió sin mirar atrás. En ese instante se apagó la luz y el vestíbulo se oscureció, indistinguible del edificio. Aunque yo sabía que Tomi se acercaba, bajando las escaleras una a una hacia nosotros.

Entró, dio los buenos días y se acomodó a empujones que no despertaron a los compañeros. Yo le toqué en el muslo con la mano abierta, en un gesto que él me entendía. Arrancaba Nicolau con su ademán de acero del este. Enfilamos Huelga General y se desvió por Salario Justo, una calle muy bonita porque en ella han levantado una biblioteca pública de ladrillo y salas amplias bien iluminadas, una construcción que a esa hora de la mañana sin nadie parece un barco con sus luces de alta mar en la noche. No sé por qué, tan melancólico, seguro y remotamente confortable. Ninguno hablábamos, prohibido gastar saliva o molestar. Nos reintrodujimos parcialmente en los sueños de hacía unas horas, o los masticamos; con ellos  fraguamos las horas del día que sube. No pensé en Laura, en mí o en Carlitos, por el que había discutido; sino que preferí dedicarme a resoñar a Tomi, a mí mismo y a los colegas dormidos. –¿Qué tal?, recuerdo que le pregunté. –Bien. Parecía contento, aunque solamente fuera de la pregunta.

La furgoneta, obediente, nos hacía avanzar por las calles arboladas y frescas del barrio nuevo. Veíamos a los que salían de sus casas y se encaminaban a las paradas de los autobuses. Alguno desplegaba su periódico, comprado como en la clandestinidad de comercios ocultos; la mayoría se recostaba donde podía o echaba el primero de los cigarrillos, envenenándose en una atmósfera más bien limpia por lo lejana, exigiendo de sus pulmones mayor esfuerzo. Llegaba un autobús; la mansedumbre y la punta de estrés organizaban un revuelo mínimo, como una danza que los llevaba a ir entrando en hilera a su estómago. La marquesina quedaba limpia y dispuesta para la carga siguiente. Bajamos la calle entera hasta la Plaza del Pueblo y tomamos Proudhomme. Recorrimos unos metros, después torcimos por 45 Días por Año. Como si me leyera el pensamiento, elevó su voz Ferdi: Nunca entendí el nombre de esta calle. –Es un homenaje. –Es una reliquia, me corrigió alguien con voz grave. Me sonreí. Eché mi cuerpo hacia adelante para contestar. –Eso es lo que se llegó a pagar a un trabajador despedido. –¿En serio? Estás de broma. –Pues sí –le dije mientras volvía a apoyar la espalda–, antes de que la patronal y los sindicalistas… –No sé, nunca he entendido ese nombre.

Los rótulos de esas calles los había puesto el último concejal de un partido ya extinto, cuando la coincidencia de un empate entre los otros dos (la coalición Cuidado-Particular y el Socialista Monetario Internacional), le dio esa migaja de mando que usó en fijar palabras. (Ahora andan en negociaciones para cambiarlos, si son capaces de modificar una ordenanza).

Al final pasamos por Nostálgicos y Apocalípticos, cruzamos Caída de la Bolsa y recorrimos entera la avenida Libertad Social que nos sacaba del barrio y nos llevaría al resto de la ciudad, esa que las guías de turismo destacan por sus calles recuidadas con nombres serios que catalogan ríos, ciudades y países, primero, y, conforme se adentran en los distritos más distinguidos, van recordando a políticos y generales de los siglos xix y xx, individuos pretenciosos, sectarios, corruptos de su tiempo.

Unos y otros se borrarán, me dije. Se volverán incomprensibles para las cabezas de los madrugadores, empleados y preocupados que transiten por ellas a esta noche de la mañana sin fijarse, pensando que, aun cuando uno discuta con su pareja, no debe acostarse enfadado, que se paga en alegría. Gente que se desvela por la hipoteca, las heridas físicas o el hijo que suspende y no hay modo de hacer carrera de él; por tantas cosas. O, en cambio, van dormidos de cualquier manera en el asiento de atrás de una furgoneta que sabe lo que hace.

 

La brecha del día ya estaba hecha. Nuestro vehículo abría un camino despejado junto a los otros coches, volaba. Un cable invisible tiraba de él y la velocidad nos empujaba hacia la meta, a la fábrica, a los puestos. Éramos carne en un prisma metálico, cristal y petróleo. Buenos amigos. Sus nombres y los míos se conciliaban, le estaba permitido a cada uno pronunciar el suyo o el de los demás. Teníamos un pequeño hogar allí, temporal y cotidiano; viajando por entre las velocidades y con las prisas de otros, cada cual a su destino individual que era el mismo, que luego se deshacía en los detalles particulares. Fuera, una multitud fluía por el Puente de Londres, tantos, que no creí que hubiera trabajo para todos ellos. Se exhalaban suspiros breves, y poco frecuentes, cada uno llevaba los ojos fijos ante los pies. Fluían cuesta arriba y bajando en riadas sin fin. Lo mismo que nosotros ahora, los seis que éramos y que fuimos: el rumano Nicolau, Ferdinad el argelino, Nahuel de Perú, Borís de Cuba, Tomi y yo, nacidos en esta tierra. Quién piensa en el pasado cada mañana. Al llegar al polígono, un camión de reparto se nos echó encima. Vi frenar la cabina y el volantazo de Nicu. Creo; porque lo he comprobado pensándolo a menudo, sentido cada vez. El lateral se hundió, salió despedida la furgoneta, el camionazo al sitio. Alguien pudo gritar. Nos desplazamos tres metros y nos quedamos quietos. ¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien? El motor no oímos y eso nos asustó. Revisamos cada cual su cuerpo, su lugar, su vida. Sus pensamientos. Todo fue espléndidamente actual. La fuerza de los objetos y del espacio. Yo toqué la cabeza de Tomi que se había abatido. Se maldijo. Alguien suspiraba. El de reparto hizo chirriar las ruedas. Nicu consiguió arrancar la tartana para llevarla renqueando hasta la acera. Saltó el primero a ver los desperfectos. Se abrieron las puertas y mis compañeros salieron despacio todavía con el susto. Se quejaban. El cuerpo de Tomi cayó sobre mi costado en cuanto lo liberé. Tenía la pereza dominándolo. Ya todos los amigos estaban fuera, excepto yo. –Compañeros, los llamé. ¡Compañeros!

Van a dar ya las siete y media. No puedo perder el plus de puntualidad. Miramos al suelo. Cierro y después venimos a por él, con el bocadillo. ¿Le decimos al jefe?, quizá no le importe. Censura. Me quedo con él. Aquí dentro no le va a pasar nada, anotó alguien. A nosotros, en cambio. Uno consultó el reloj; otro hizo lo mismo. El tiempo se desangraba en contra, la mañana avanzando inmisericorde. Algún conocido nos saludó con la mano desde el otro lado. Un vehículo de lujo se deslizó a nuestra par. Tomi descansaba. Nicu cerró y nos echamos a andar en grupo hacia el portón abierto de la fábrica.

 

Ayer con mis chicos en el hospital; vemos uno de mis brazos caído en una urna refrigerada sobre una camita, al lado una oreja, un par de ojos, un dedo, un hígado, algo irreconocible. Cuelo una moneda en la ranura: brota luz fluorescente sobre la habitación de los restos. Qué hermoso espectáculo, limpio, ordenado. Todos pegados al cristal, salvo mi hijo mayor y su displicencia. ¿Dónde está tu brazo, papá? Yo ya lo veo, dice Salud, ¡aquel! Su dedo en el vidrio. No, el de la segunda fila. ¿Ese? Miramos adonde señala. No. El tercero de la derecha, junto al hígado. Creo, me corrijo. Mis chicos observan no entendiendo la gravedad del asunto. Procuro recapacitar, la importancia de las visitas. El tiempo de la espera olvida esa parte seccionada, luego no se reconoce. En el momento de operar, los pacientes sienten que les injertan un miembro extraño; patalean, lo aborrecen, su cuerpo lo expulsa. Es inútil la intervención, la espera y los sinsabores vividos. Se va la luz, protestan mis hijos. Otra moneda, rápido; qué escándalo, sólo dura un minuto. La gasto y la sala iluminada. Un viejo se coloca a nuestro lado, con la luz compartida busca su pierna. –¡Daos prisa en mirar, que se acaba! ¿Es allí? Hasta el mayor quiere saber en dónde lo han dejado. Cuando puedo salgo de la furgoneta y cierro, mi reloj marca exactamente las siete treinta y dos con veintisiete veintiocho veintinueve treinta segundos. Llego tarde. Mis hijos se han ido, como es lógico. Me veo solo para cumplir con mi obligación. No me faltan las piernas, únicamente un brazo, sin excusas, echo a andar a toda prisa. Llevo unos metros, veintitantos, y dudo de si he cerrado bien, vuelvo, quiero sacar la llave pero no está. Como un relámpago entiendo que la tiene un compañero (no consigo recordar su nombre). Abro la puerta, la cierro con fuerza, me parece. Y aprieto la manilla un par de veces para asegurarme, miro alrededor no fueran a confundirme con un ladrón. La calle desierta de gente, sólo coches aparcados, las farolas compitiendo con la claridad triunfal del día, las aceras extensas, las fachadas de las empresas, ese jardincillo ruinoso adonde me condujeron cuando sufrí la herida que ya no me escuece. Ya no me escuece. ¡Eh, amigos!, pensé.

Me esfuerzo en llegar siempre corriendo a mi hogar, escucho los lamentos de mi querida Violeta por sobre los de anteriores mujeres que he tenido, trabaja en casa, corrige pruebas de imprenta, mejora textos de otros, mal pagada, esperando si habrá continuidad, emplea tardes y noches que urgen con mala leche porque yo salgo a la calle y ella no. Envidia el tráfico, antes el autobús y, ahora que nos hemos organizado un poco, los madrugones, nuestra expedición de obreros por la ciudad. Vaya cuchipanda. Me dice que tiene encima que hacer la limpieza y la compra sola, pues mi hijo mayor que no es suyo se niega a ayudarla; mil veces le explico que no se enfade, que él me desprecia. Sin embargo esta última noche hicimos el amor; todas las aristas cayeron, nuestros cuerpos decidiendo con urgencia, con pasión removida por el amor que nos tenemos. Me acuesto con mi esposa a ofrendarnos el uno al otro. Muchos no pueden decir lo mismo a estas alturas. Entro contento, saludo a los compañeros ya metidos en faena, cada hombre en su máquina, cada mujer en la suya, el encargado-jefe en la dirección. Cambio mi ropa por un mono que fue de alguien, dejo mis zapatillas por unas botas. Salgo de los vestuarios a la planta. Alzo la mano a nadie por los pasillos, todos con sus cabezas inclinadas en esta cinta transportadora, junto a una rueda, sobre el mecanismo, hacia las planchas. El mundo funciona, y con él nosotros. Le doy la razón a Violeta, mejor salir y encontrarse con los demás; no se habla mucho, pero se siente el afecto subterráneo de cada día, el mismo pan, las impresiones, el odio, las manías de cada quisque que lo distinguen del grupo. Veo a uno que conozco bien, lo paro gritando: ¡Stetson! Le formulo unas preguntas; fáciles. Él vuelve el rostro a otro lado como si no me viese. Ultima mi jefe las siguientes decisiones, una secretaria envía cartas, los operarios se rasgan las vestiduras, el sindicalista huye. Hay más gente hoy ¿no? Te das la vuelta y a tu espalda hay menos. Podíamos organizar una fiesta aquí en la nave. Tú estás loco. Serpentinas, música, algo de comer, echarse un bailecito. Un sábado después del último turno, por ejemplo, se barre y el lunes igual. Espacio para el grupo. Borís se parte el pecho con la risa. Nahuel lo mismo. Traemos a las mujeres, les hará ilusión. Que se apunten los jefes. Si se atreven. ¿No quedaría un aroma distinto? Qué dices, Tomi. Un perfume de bienaventuranza, volver al trabajo se haría menos penoso. Ellos se ríen. No te enteras, Tomasito. Me esconden el rostro, ¿no erais mis amigos? Me lo estalla Basco en la cara: la cortadora de planchas se soltó porque fallaba el mecanismo, fallaba porque debían haberlo reparado, no hicieron la reparación sabiendo que estaba roto, estaba roto porque no tenemos mantenimiento, falta desde que subieron la cuota, la subieron porque no te enteras de nada. Ahí sí me atrapa la tristeza, un instante solo, me caza. ¿Y quién andaba al tanto de eso? ¿Quién? Ninguno. Al final todo se sabe: Todo, todo, todo, absolutamente. En el otro mundo, el que no cuenta. En este, mis compañeros usan su tiempo, trabajan a destajo, se esmeran en hacer las cosas bien, en hacerlas, en las cosas. Ya es bastante; antes de que ocurra algo peor. Los miro, Esteban, María, Mikael, el Búlgaro, la rubita que no me habla, ¿qué pasa, me he vuelto invisible? ¡Aquí estoy! Soy el manco, el manco idiota de los lunes, ¿qué me decís? ¡Stetson!, grito. Stetson veo que sigue ascendiendo por el puente de Londres entre la masa de los caminantes. Ni caso. No soy para nadie, me digo, dan ganas de dejarse caer aquí y no incorporarse. A lo mejor ni me pisan porque ya no existo. Aunque yo sé bien lo que ocurre, lo veo con claridad: tanta obediencia es por miedo. Leo sus pensamientos: si el encargado-jefe lleva la corbata roja habrá despidos; si es de otro color, las cosas funcionarán durante un tiempo. Escucho el runrún del temor en la cabeza de José Luis: si no me suben el dos me chivo de López; y los de Mariana: si el crío de Claudia no se recupera, yo sigo otro año. Cada cual hace sus cálculos. Íntimos pronósticos que no se desvelan a nadie. Llego a la segunda planta, donde nunca estuve antes, ahí los empleados practican juegos parecidos, más sofisticados, más sibilinos. Ella va a entregar un balance, él diseña una estrategia, ella bromea, él seduce. Conozco esos trucos con los que torean a la muerte, sus cuerpos jóvenes han nacido para eso, el escote, el peinado, la fragancia. Hablan de una cosa, piensan en otra. Me quedo en una esquina, siento ganas de tumbarme. En estos cuerpos y en mis compañeros no se encontrará nada dentro, todo lo han desalojado las supersticiones. Así que me recuesto un momento junto al radiador a meditar, pero cuanto consigo es evitar mi derrumbe. Ya es algo. Recuerdo lo que escribieron hombres audaces acerca de lo que se exhibe ante los ojos. Me canso de no sacar conclusiones, conque regreso. No hay distancia entre los rudos de abajo y las uñas pulidas que se ven aquí encima. El mismo sueño breve; volverse imprescindibles. También yo. Cuando escucho una voz que me quiere desde antes: No, Tomi, no, no. Me doy la vuelta completa. Mujer, ¿por qué te quejas?, he tenido trabajos mejores, volveré a tenerlos. Volverás a tenerlos cuándo, Tomi, que el tiempo corre, a nuestro disfavor. ¡Violeta, Dios mío! No me atosigues más, dime qué significan esas señales que me rodean, no soy un bruto. No quiero ser ignorante. No puedo serlo más. Ella me acaricia el final de mi pelo en el cuello, el alcance de la espalda, siento la cerviz del buey lerdo atado al surco dichoso. Encima sin un brazo, con media vida. ¿Tú me quieres?

Entonces más o menos al llegar al término del pasillo me encuentro a Martín a punto de abrir la puerta del montacargas. Está animado; siempre es agradable encontrarse con un hombre optimista. Así que entro con él. Me digo, mi lugar debe de estar ahí abajo, sin duda, me habrán trasladado. Le dejo que apriete el botón. La máquina tiembla mientras desciende con su horrible ruido, peor que de costumbre. Martín no se alarma, piensa en sus cosas: en su mujer embarazada de siete meses, en las ropitas azules, en otras que callo, en sus empleos sabrosos del tiempo. El hombre sabe que pronto volverán a hacer el amor, de lo que se priva contra las palabras de la médica, y le hace andar salido entre las compañeras, las empleadas de la cafetería y el supermercado. Pobre Martín, digo en voz alta, él no me escucha. Silba. El montacargas se desengancha como era esperable y la cabina al vacío. Se borran de su mente esas cosas, descendemos rapidísimo hacia el impacto. Lamento la angustia de mi compañero pues no disfruta del aluvión de memoria, menos prolija de lo que se rumorea en el ay final de un segundo. Quiero abrazarlo, le susurro: –No temas. Él no se da cuenta, hermetido en su vida. Fuertemente lo abrazo para cuando se rompa su cuerpo con el brutal golpetazo. Lo sujeto recordando a mi esposa, agarrándola a ella en realidad; bien asido con mis palabras de amor. Martín, Violeta, no os asustéis. No va a pasar nada malo. A ninguno. Ya nos recogen del fondo de este abismo entre las paredes de madera abiertas, la cadena, la sombra. Violeta, deja de llorar; vamos, Martín. No es una tontería, te digo que hubiera sido mejor que nos levantaran juntos.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.